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Un frente libio en la guerra contra el Estado Islámico puede no ser todo lo que parece

Al igual que los rehenes occidentales previamente asesinados en nombre del Estado Islámico, a los 21 egipcios se les vistió con monos de color naranja para su ejecución. Es una referencia a Guantánamo

26/02/2015 - Autor: Mary Dejevsky - Fuente: Sin Permiso
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La consecuencia más directa del asesinato de 21 trabajadores egipcios en las afueras de la ciudad libia de Sirte ha consistido en un torrente de declaraciones airadas u ofendidas de egipcios de alto rango, reforzada por ataques aéreos nocturnos sobre objetivos islamistas en Libia. De repente, resulta posible contemplar un estado de guerra cuyo arco va de Irak en oriente hasta Libia en occidente, con un incremento de los conflictos existentes – en buena medida internos – gracias a una guerra a la antigua de Estado a Estado entre Egipto y su vecino, Libia.

Para el gobierno dirigido por un antiguo general, Abdel Fatah Al Sisi, que tomó el poder en lo que fue esencialmente un golpe militar y que se enfrenta a un hirviente descontento interno, las tentaciones de implicarse en un conflicto externo son evidentes. Sin embargo, esto significaría dar un salto adelante, quizás mucho más allá y más rápidamente de lo que está justificado.

Desde luego, la conclusión menos fiable de los sucesos de la semana pasada es probablemente la más evidente: la afirmación de que los criminales representan al mismo Estado Islámico que se ha hecho con una franja del norte de Irak y Siria. En todo caso, la afirmación subraya más bien la naturaleza del Estado Islámico como un surtido de filiales, una marca intimidatoria – y por tanto útil  – destinada a amedrentar a los enemigos con su invocación de una causa mayor. Puede que se compartan sus objetivos fundamentalistas, pero su alcance geográfico no es lo que podría parecer: no debería exagerarse la porción de territorio que de verdad controla el Estado Islámico ni su grado de organización.

Cosa distinta son las implicaciones más inmediatamente perturbadoras de los asesinatos. Una es el incontrovertible aspecto religioso. Los trabajadores fueron secuestrados y posteriormente asesinados no porque fueran primordialmente extranjeros sino porque eran cristianos. En Egipto, Sisi ha tratado con moderado éxito de revertir los estallidos de violencia anticristiana que amenazaban con multiplicarse tras la revolución en Egipto. Visto en un contexto geográfico e histórico más amplio, sin embargo, estos esfuerzos parecen condenados al fracaso. Con algunas excepciones, resulta difícil imaginar que vayan a quedar en esta década comunidades cristianas prósperas en parte alguna de Oriente Medio. Hay otra implicación, la de la culpabilidad de los EE.UU., Gran Bretaña, y otras naciones occidentales o, por lo menos, las consecuencias no queridas de nuestras acciones. Al igual que los rehenes occidentales previamente asesinados en nombre del Estado Islámico, a los 21 egipcios se les vistió con monos de color naranja para su ejecución. Es una referencia a Guantánamo y a lo que, de manera general, muchos musulmanes, no sólo en el Oriente Medio más amplio, consideran una guerra de religión librada por Occidente. Se trata de un legado que se está transmitiendo a una nueva generación.

Tenemos además lo que fue la invasion de Irak y sus secuelas vergonzosamente mal gestionadas. La disolución de la élite militar y política so capa de eliminación del Partido Baaz fue un error a gran escala que llevó directamente, si no a la formación del Estado Islámico, sí a la forma en que el movimiento ha sido adoptado por los suníes de Irak. 

A este respecto, apenas importa si los responsables de las muertes de los coptos egipcios en Sirte fueron el mismo Ejército Islámico, una filial o simples combatientes que actúan bajo ese nombre. La guerra civil que atenaza Libia – con el gobierno oficial empujado hacia el Este, a Tobruk, y los islamistas controlando una Trípolí sin ley – ha de atribuirse en buena medida a Occidente.

La arrogancia de los extranjeros que sostuvieron que cualquier cosa era mejor que el gobierno de Gadafi ha hecho correr mucha sangre libia, ha desestabilizado una vasta región del Magreb a Mali, y anima ahora a millares a probar suerte cruzando el Mediterráneo hasta Italia. Lo que pasó en la playa de Sirte este fin de semana tiene raíces más hondas y anchas que las de una horda de combatientes que proclaman su lealtad al Ejército Islámico.

 

Mary Dejevsky, escritora y periodista, ha sido corresponsal en Moscú, París y Washington, y enviada especial a China y varios países de Europa. Es miembro del Grupo Valdai, que desde 2004 es invitado a reunirse todos los otoños con dirigentes rusos, y pertenece al grupo de expertos internacionales de Chatham House. Ha sido investigadora de la Universidad de Buckingham y una de las redactoras de la introducción a The Britannica Guide to Russia.
Traducción para www.sinpermiso.info: Lucas Antón.

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