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El humor, un derecho divino

Podemos mirar, no hacia donde va el chiste, la mofa, sino desde dónde proviene: ¿desde la benevolencia (desde la Gracia en mayúscula) o desde el poder?

19/02/2015 - Autor: Dídac P. Lagarriga - Fuente: Eco-yihad
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Tolerancia

(Traducción del artículo en catalán publicado por Dídac P. Lagarriga en el periódico ARA, Barcelona, el sábado 7 de febrero de 2015.)

Hacer un chiste de quienes están enterrados en una fosa común sólo corresponde a quien tiene los suyos entre los difuntos, a quien utiliza el humor como un instrumento de supervivencia en un mundo hostil. El dolor y la risa provocan las mismas lágrimas, liberadoras de una tensión que, si retenemos, puede provocar bloqueos emocionales todavía más graves. Cuando el humor se convierte en puro escarnio, cuando el verdugo utiliza la broma para hacer todavía más profunda la herida de su víctima, se pierde la gracia, toda la gracia (entendida en todo su sentido). Podemos mirar, no hacia donde va el chiste, la mofa, sino desde dónde proviene: ¿desde la benevolencia (desde la Gracia en mayúscula) o desde el poder?

“Hay una máxima en el judaísmo -apunta Jorge Burdman-: si un judío explica entre judíos un chiste de judíos, se pueden reír todos; si lo explica un no judío, es un antisemita...” Burdman es uno de los participantes en el libro colectivo La sonrisa divina (Icaria), donde representantes de varias convicciones recogen chistes de sus respectivas creencias. Reírse de uno mismo, de aquello que se representa, no sólo es sano y recomendable, es un derecho del que no se nos puede privar: aprendemos antes a reír que a hablar. La comunicación con el otro, en nuestra primera infancia, pasa por las risas y los llantos, por aquella misma lágrima que se activa con las emociones intensas y que va cargada de una sustancia química hormonal diferente a cuando las lágrimas no provienen de esta descarga emocional. Culturalmente reprimimos la lágrima, y sólo hay que vernos ante el llanto de un niño. El desencadenamiento del llanto destensa toda la estructura que hemos ido elaborando y sufriendo: podemos lograrlo por una emoción de fuerte tristeza o de gran alegría. Quién sufre necesita reír del mismo modo que aquel que ríe no puede olvidar el sufrimiento del otro.

Cuando en el patio de escuela un grupo de niños, continuadamente, se ríen de un compañero, por ejemplo por razones de su físico, a nadie se le ocurriría defender la libertad de expresión de este humor, por muy divertido e imaginativo que nos parezca. Ninguna familia irá angustiada a hablar con el maestro sobre el acoso constante que recibe su hijo, basado en burlas y caricaturas, y recibirá del equipo docente la argumentación a favor del derecho a la libertad de palabra y de los beneficios del humor.

Resistir con una sonrisa

Las estructuras de poder que reprimen y excluyen se expresan con un humor carente de gracia, cínico y pérfido. Quien sufre estas estructuras tiene el recurso de la lágrima para resistir, una lágrima hecha de humor y de dolor. El legado de este humor es vital, imprescindible y lo encontramos en todas las tradiciones religiosas. Porque no está hecho desde la estructura de poder, sino a pesar de esta. Lo encontramos en aquellas personas conscientes de los beneficios de la risa, como la manera más ágil de romper ídolos. No hay que ir muy lejos para encontrar un amplio legado de esta resistencia realizada a menudo en la intimidad, llena de giros y doble lenguaje para escapar a la censura y la represión.

José Jiménez Lozano, a su libro Sobre judíos, moriscos y conversos (Ámbito), nos recuerda: “Las formulaciones burlescas o críticas con la creencia cristiana que hacen los moriscos, del mismo modo que los judíos, han pasado a la memoria colectiva de las clases bajas de la sociedad, que han continuado pensando y sintiendo del mismo modo, mientras que los diagnosticadores improvisados de esta religiosidad o irreligiosidad populares se han cansado de acusar al mundo burgués de después de la Revolución Francesa de ser el responsable de todo esto. Pero sólo tenemos que abrir los ojos para ver que la literalidad del chiste o la mofa anticristianos ya se encuentran en los cuentos y los dichos de los moriscos, que no podían entender nada de su nueva fe impuesta y se reían de ella.”

Las fosas comunes, las expulsiones, las conversiones forzadas y cualquier otro mecanismo que utilice una estructura de poder (se llame Iglesia, se llame Estado, se llame Mercado) es contestada, a lo largo de los siglos, por este doble derramamiento de la lágrima. Cuanto más nos acercamos a una estructura de poder, más perdemos el sentido (vital) del humor.

Humor, esencial en la religión

El libro La sonrisa divina, decíamos, fue una iniciativa loable de reunir una pequeña muestra de este legado humorístico dentro de un amplio abanico de convicciones religiosas y no religiosas: hinduismo, budismo, judaísmo, cristianismo, islam, fe Bahai y ateísmo. En el prólogo, el carismático teólogo Juan José Tamayo nos relata una anécdota cargada, cómo no, de humor: “Los atributos que dábamos a Dios en el catecismo católico eran el de omnipotencia, omnisciencia, omnipresencia y la providencia. Fijaos que entonces yo de la CIA no sabía nada. Después pensé: Carambas, ¡vaya cuatro finales! ¿No tendrán que ver estos atributos absolutos con la CIA de los Estados Unidos? Y mira por donde vemos cómo Dios todopoderoso hace pactos con los poderosos...”

El humor hecho desde una estructura de poder y el humor para resistir a esta estructura de poder no siempre tienen los límites claros, en especial en estos tiempos donde hay estructuras de poder demasiado integradas en una cultura o en una manera de vivir que cuesta entenderla como tal, pese a sus propósitos homogeneizadores y totalizadores. Y de aquí surgen los malentendidos (todos conocemos los beneficios de reír y el dolor que nos provoca la risa del tirano).

El humor, cuando nace del corazón, es la herramienta inagotable para deshacer todo tipo de hipocresía en uno mismo y para sobrevivir a la hipocresía impuesta, que manda y escribe leyes. Reír es la expresión sonora, por excelencia, del buen vivir, la exaltación de la convivencia, el estado natural de niños, místicos y ancianos.


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