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Entrevista a José Ignacio Torreblanca: “el resurgimiento de las identidades en Europa se debe al interés de algunos partidos por instrumentalizarlas”

“Debemos comenzar a analizar y explicar los conflictos en otras claves, afrontando su complejidad y superando el discurso de ´hay una cosa grande y maligna que te odia y no se sabe por qué´ ”

18/01/2015 - Autor: Iman Baraka - Fuente: Webislam
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Sigo con interés sus reflexiones desde hace años, en los últimos tiempos en el interesante blog Café Steiner. Si algo le distingue de los falsos europeístas es que prefiere estar en las trincheras, en la acción, en el compromiso, antes que en los debates versallescos de salón donde diplomáticos y expertos en geopolítica analizan el mundo como si fuera un Monopoly.

José Ignacio Torreblanca, Director de la Oficina en Madrid del European Council on Foreign Relations, sabe que Europa comienza donde termina la diplomacia, la geopolítica, los análisis, los informes. Europa se inicia en la ciudadanía, de abajo hacia arriba. Sabe también que europeísta no es el que ha hecho un Erasmus, sino el que defiende los valores europeos con las personas a las que nadie otorga ningún valor.

Me ha emocionado su defensa de los gitanos, de esa dolorida comunidad romaní que sufre vergonzosos ataques y persecuciones, algunas veces institucionalizada, en buena parte de Europa. (¡Qué sería de nosotros, europeos, musulmanes, gitanos, sin Juan de Dios Ramírez Heredia, presidente de los romanís españoles!).

He agradecido a este analista en temas internacionales sus constantes llamamientos contra la criminalización de los musulmanes europeos y su discurso en favor del respeto a las dinámicas internas de las sociedades árabes y musulmanas.

Y he aplaudido con gran entusiasmo su firme denuncia sobre la evasión fiscal de las grandes compañías y multinacionales a través de las "ventajosas" leyes fiscales de Luxemburgo (Luxleaks). Un truco para dejar de pagar impuestos, que sí paga la ciudadanía europea, y que ha reducido, aún más, la recaudación y los ingresos de unos agonizantes Estados europeos. Pero lo más doloroso es que este gigantesco fraude fiscal, que se calcula en billones de euros, ha impedido el rescate de unas sociedades a las que nuestros líderes condenan al austericidio.

Una Europa en crisis política, económica y financiera afronta también una profunda crisis de identidad, como prueban el auge del populismo y los tristes atentados de París. ¿Está fallando la integración ad intra?

Las identidades no son abstractas ni invariables, es por ello que son, en muchas ocasiones, la base de cualquier disputa, ya que en el momento de su afirmación son contestadas por otras identidades. Es cierto que se ha incrementado la eurofobia. Hay grupos sociales, partidos políticos, que han identificado durante esta crisis a la Unión Europa con una agresión directa a sus valores, a sus identidades nacionales, a sus proyectos de convivencia colectiva. Frente a la amenaza que para ellos representa la UE estos grupos desarrollan un discurso que idealiza y manipula el pasado, convirtiéndolo en una Arcadia feliz. Sin embargo, hay que tener también en cuenta que el resurgimiento de las identidades en Europa se debe al interés de algunos partidos por instrumentalizarlas.

El fuerte resurgimiento de los conflictos identitarios,  ¿es consecuencia de las políticas de austeridad? ¿Consecuencia del agotamiento ideológico y falta de innovación política de la UE?

La crisis económica ha afectado a elementos constitutivos fundamentales de nuestra sociedad. En Reino Unido las políticas de austeridad no son tan marcadas, pero tienen grupos eurófobos y populistas muy fuertes. También existen en Suecia, que no es parte de la eurozona, e incluso los hemos visto en Noruega, reflejados en los atentados de Utoya, país que no es siquiera miembro de la UE. Cierta ciudadanía percibe una situación muy complicada y la traduce en una sensación de pérdida, de inseguridad respecto al futuro, tanto a nivel económico como identitario y de valores. Por la puerta que abre la inseguridad entran nuevos actores que a su vez aprovechan las debilidades estructurales y coyunturales. A cada país se le rompen sus costuras por sus vulnerabilidades. En España, por ejemplo, país con cierta debilidad en su costura identitaria esas tensiones se trasladan a la cuestión catalana. Otro elemento que está agitando las identidades es la desigualdad creciente. España ha creado su identidad sobre la igualdad y la redistribución, la equidad… y al llegar la crisis y acabar con ese modelo lo primero que sufre son sus costuras sociales. En realidad, cada país europeo sufrirá esas crisis identitarias en sus vulnerabilidades, allá donde sus costuras sean más débiles.

Algunos expertos ven en la marginación una clave para explicar los atentados de París y denuncian que la primera, y única, respuesta de Europa ante los ataques yihadistas haya sido “securitaria”. Esto se parece demasiado a la política George Bush tras el 11S, con el ya conocido efecto de convertir al mundo, especialmente árabe-musulmán, en un avispero (Iraq, Afganistan, Pakistan…).  

Efectivamente, resulta llamativo que el análisis y las respuestas se realicen desde una perspectiva que podríamos llamar de “guerra”, ya que de ello resulta una pérdida de neutralidad y tiene graves consecuencias. Esto ha calado en Francia, tanto debido a razones emocionales (se sienten atacados) como también razones electorales, puede ser rentable a nivel político cohesionar a una nación después de un trauma como el sufrido. Hemos quizá olvidado que conceptualizar la lucha contra el terrorismo como una guerra tiene efectos no deseados: la pérdida de libertad y seguridad, la dificultad para integrar las comunidades que son semillero del terrorismo… A su vez, internacionalmente, esta actitud determina también con quién vas a actuar. Se ha llegado a comparar la amenaza yihadista, por parte de algún ministro de Asuntos Exteriores, con la Segunda Guerra Mundial, siendo el Islam el fascismo. Pero este análisis, además de otras cuestiones, olvida que se luchó con los comunistas de Stalin contra los fascistas, es decir, hubo que aceptar un mal menor. La cuestión de fondo es el debate entre la agenda que quiere promover Europa y la que puede promover y qué tipo de alianzas desarrolla con países como Rusia, Turquía y Arabia Saudí, por ejemplo.

Mueren miles de personas, niños, hombres, mujeres… a manos de radicales y fundamentalistas islámicos, en Pakistan, Afganistan, Irak, Siria, Nigeria... y Europa mira hacia otro lado, olvidando sus “intervenciones” y sus erróneas políticas.

Las afinidades funcionan de forma concéntrica. Si bien hay una utopía cosmopolita, aún estamos lejos de ser cosmopolitas. Efectivamente ha habido muchas víctimas en Siria, miles, pero, lamentablemente, lo que ha provocado más reacción y movilizaciones han sido las cuatro o cinco decapitaciones de occidentales por el Estado Islámico. 

¿Cómo podemos avanzar hacia una política de Europa que sea coherente hacia fuera y hacia dentro con respecto a los países árabes y mundo musulmán? Teniendo en cuenta que ese “fuera”, mundo árabe, musulmán, ya está dentro de Europa debido en  parte a traumáticos procesos de colonización/descolonización sufridos por esos países.

El hacer un todo del mundo musulmán es el principal error. El hecho de tener un enemigo gigante, cósmico y maligno es más incomprensible para la gente que traducirlo a claves de modernización que se pueden entender más fácilmente. Hay un problema de fractura dentro de las sociedades árabes, mundo musulmán, que responden a razones étnicas, políticas, históricas… Vivimos una época en la que todos esos conflictos se solapan, se fusionan. No me refiero únicamente a los actuales enfrentamientos entre suníes y shi’as, sino también entre turcos y kurdos, por ejemplo, o entre monarquías petroleras y regímenes laicos. Europa ha tomado partido por unos, por otros, incluso en ocasiones no ha tomado ningún partido. En cualquier caso, debemos comenzar a analizar y explicar los conflictos en otras claves para empezar a afrontar su complejidad superando el discurso de “hay una cosa grande y maligna que te odia y no se sabe por qué”, como si no tuviera contexto ni explicación. Es un trabajo en el que también tienen un gran papel los medios de comunicación y los responsables políticos. El debate que han mantenido kurdos y turcos sobre una posible alianza ante el Estado Islámico pone de manifiesto que lejos de buscar culpables, deben buscarse soluciones.

Resulta llamativa la ceguera y la ignorancia europea sobre países que están a 14km, que comparten con nosotros el pequeño Mediterráneo y que puedan ofrecer tantas soluciones a los desafíos energéticos, demográficos, securitarios…

El problema de fondo es la falta de perspectiva y la puesta en marcha de soluciones binarias. Se está produciendo un retroceso, un nuevo fracaso tras lo poco que habíamos aprendido con las primaveras árabes. Europa no acaba de conectar con las sociedades árabes, con esa voluntad de evitar al mismo tiempo el yihadismo radical y los regímenes militares represores. Si bien es cierto que el Islam es una fuerza conservadora, un conservadurismo propio de todas las religiones, ha habido procesos reformadores, renovadores que han quedado interrumpidos. Europa vive la tentación permanente de apoyar la seguridad frente a la inestabilidad.

El ataque contra los caricaturistas de Charlie Hebdo ha puesto encima de la mesa el debate sobre los límites de la libertad de expresión. Respecto a las caricaturas sobre nuestro Profeta (sas) y el Islam parece que no tiene límites. Sin embargo, en esa misma revista, ha habido cierta “censura” hacia otras caricaturas, incluso con despido de un trabajador; y en la sociedad europea  existen otros muchos tabúes y límites que si se traspasan, se convierten en delito.  ¿Estamos siendo hipócritas?

En el debate sobre los límites de la libertad de expresión, los límites nunca son simétricos. Cada sociedad tiene una comprensión diferente de lo que es sagrado. En España se ha sacralizado por ejemplo la monarquía, que no permite ninguna crítica, y el código penal español es bastante restrictivo respecto a la libertad de expresión.  Me parece muy interesante el artículo de David Brooks en El País, ya que muestra cómo las sociedades establecen muchos límites a la libertad de expresión. En un campus universitario norteamericano no se puede hacer el más mínimo ataque a ninguna religión, como por ejemplo poner un crucifijo boca abajo. Eso es porque en EEUU cualquier caricatura o ataque a una religión está muy mal visto, es muy ofensivo. Sin embargo, puedes quemar la bandera porque se considera libertad de expresión. En España y otros países europeos, más tolerantes con la difamación religiosa, el delito de ultraje a la bandera está severamente penado. Los límites a la libertad de expresión varían según países y culturas. La cuestión es saber si el único remedio para evitar las tensiones es la autocensura.

Eso plantea una cuestión muy interesante. Al Azhar, el centro de pensamiento suní más importante del mundo, ha condenado los ataques yihadistas con firmeza, pero ha lamentado que nuevas caricaturas puedan avivar el resentimiento en lugar de promover la paz. Esas declaraciones, que aquí se prejuzgan casi como justificación de ataques terroristas, no se contradicen tanto con la tipificación de delitos como incitación al odio, incitación a la violencia o enaltecimiento del terrorismo que, por ejemplo, recoge nuestro código penal. ¿Dónde está la solución?

La solución es difícil, porque el problema no es tanto el lenguaje, sino la violencia, que lo pervierte todo. El peligro es que este debate se plantea como un juego de extremos. Quizá lo que resulta más significativo es que los ataques yihadistas han confirmado y normalizado la deformación que las caricaturas reflejan sobre el Islam. Es como el provocador chiste: “me molesta tanto que digas que mi religión es violenta que estoy dispuesto a matarte por ello”.

Efectivamente, hay muchos límites a la libertad de expresión, también en Europa. No olvidemos que aquí también se han secuestrado números de El Jueves, debido a portadas consideradas “no apropiadas”. Es un debate que, previsiblemente, se irá abriendo paso y resolviendo a través de los tribunales. Algo parecido con otro derecho, otra libertad, la hemos vivido con el tema del hiyab de las mujeres musulmanas.

Es para desmayarse. Se considera, de forma generalizada, que la emancipación y liberación de la mujer musulmana se consigue cuando se quita el pañuelo. Sin embargo, la única emancipación real se produce a través de la educación. Cáritas y otras ONGs realizan una meritoria función de atención y alfabetización de mujeres musulmanas inmigrantes, pero pocas instituciones públicas dedican el mismo esfuerzo a educar a las mujeres…

El problema con el hiyab es que como España no es laico, no hay un espacio para la expresión religiosa. Es diferente en EEUU o Reino Unido donde, por ejemplo, una mujer policía musulmana puede llevar hiyab y un funcionario público sij un pañuelo cubriendo su cabeza. Francia también es coherente con su modelo, no permite ninguna manifestación religiosa en su espacio público. Pero en España no se ha planteado este debate y en los espacios públicos hay símbolos religiosos, por ejemplo un crucifijo, pero no se aceptan los de otras religiones. Se acepta el crucifijo como algo cultural, pero el hiyab se considera algo religioso. Partimos de una tradición “monocultural” y falta cierta apertura. Me gustaría ver mayor diversidad en la TV y vida pública. Se echa en falta cierta sensibilidad que promueva mayor visibilidad de la diversidad, y también cierta inteligencia para aprovechar esa diversidad emergente en nuestra representación exterior.

¿Qué acciones positivas sugerirías para acabar con distorsiones identitarias y fomentar la integración europea entre europeos?

No hay soluciones mágicas ni inmediatas. La integración se fomenta con medidas y acciones que, como la educación, requieren cierto tiempo. Sabemos lo que tenemos que hacer: mantener el debate público sobre la integración, desarrollar políticas y evaluarlas continuamente. También puede suceder que se produzca ahora cierta rendición ante la dificultad que afrontamos. Frente a ello hay que continuar afrontando este reto y considerarlo en sus términos positivos. Es como en lo relativo a la inmigración,  si lo consideramos un problema estamos equivocando el enfoque y además bloqueando posibles soluciones.


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