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Escudos o lazos: Lecciones para el diálogo interreligioso

Los entusiastas del diálogo interreligioso albergan un deseo de enriquecimiento mutuo y aprendizaje

23/01/2015 - Autor: Frances M. Leap - Fuente: Revista Cascada
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El pluralismo religioso es una realidad que nos rodea y que hace cultura.

Como tenía poco conocimiento de historia en esta área, mis estudiantes y yo aprendimos juntos a través de nuestras propias investigaciones y de visitas sobre el terreno.

Nos encontramos con el judaísmo en la sinagoga local, con el hinduismo en un templo de Vishnú en una ciudad cercana, y con el islam en una mezquita de las afueras. También pudimos haber estudiado el budismo, el sijismo y otras dos ramas del hinduismo ya que había una sociedad de meditación, un Gurdwara y templos jain y shirdi, y cinco mezquitas más. El pluralismo religioso nos rodeaba pero no sabíamos nada al respecto porque el diálogo interreligioso no era una actividad habitual.

Dado que llevar a los estudiantes a dichas visitas interreligiosas no era una práctica común en aquella época, se generaron multitud de reacciones. Muchos estudiantes se acercaron al proyecto con ávida curiosidad, eran muy optimistas, y mantuvieron un buen caudal de esperanza y buenas expectativas hasta el final. Otros estudiantes se mostraron reacios, aprensivos, manifestando miedo a lo desconocido, armándose de un escudo intelectual con la intención de proteger su visión del mundo. Incluso algunos padres llamaron a mi oficina para expresarme su preocupación sobre la naturaleza y el propósito de dicho estudio y su influencia en sus hijos. ¿Podría la curiosidad debilitar la fe de sus hijos?, se preguntaban los padres. A pesar de que el pluralismo religioso es una realidad a lo largo de toda la historia humana, y de que es indudablemente un elemento de nuestras sociedades actuales, para muchas personas, tanto entonces como ahora, ha seguido siendo una realidad distante, alejada de las rutinas de la vida cotidiana. Cuando se ofrece la posibilidad de mantener un encuentro interreligioso, esto puede provocar tanto curiosidad como miedo. Como seres humanos no sólo hemos sido capacitados para buscar y preguntarnos acerca de lo nuevo o lo desconocido, sino que también hemos sido dotados de una cierta cautela, incluso de miedo hacia lo diferente. Ambas actitudes han caracterizado el debate sobre el diálogo interreligioso de nuestros días, provocando a menudo el desagrado de otros, como han podido comprobar los estudiantes durante las clases. Sin embargo, ambas actitudes tienen algo importante que aportar y deben ser tenidas en cuenta.

Los entusiastas del diálogo interreligioso albergan un deseo de enriquecimiento mutuo y aprendizaje, y confían en que el hecho de conocernos mejor los unos a los otros tendrá beneficios para todos. El temor que nos hace ser cautelosos y ejerce de escudo protector —la idea de que el diálogo interreligioso es una labor peligrosa y equivocada— aporta un profundo sentido a aquello que es valioso y único en nuestras propias tradiciones, a aquello que no debe perderse o sacrificarse en dicho encuentro inevitable. Al escuchar las preocupaciones y esperanzas suscitadas por ambos discursos, puede resultarnos más evidente aquello que no es el diálogo interreligioso, pero también lo que pretende ser; la precaución y el entusiasmo, juntos, pueden dar forma a los encuentros entre creyentes de distintas tradiciones, y hacerlos productivos e inspiradores.

El espejo del diálogo

Una inquietud frecuentemente planteada sobre el diálogo es sobre si este es una maniobra de proselitismo encubierto para favorecer las conversiones a una fe u otra. Esta no es ciertamente la intención del auténtico diálogo interreligioso, y esta opinión no debe ponerse sobre la mesa del diálogo. Tanto a los fieles como a los creyentes comprometidos de una tradición religiosa se les pide que respeten la fe de los creyentes de otras religiones, de quienes comparten una devoción y una alegría similares en sus compromisos.

El Santo Corán dice: «¡Oh seres humanos! En verdad que os hemos creado de un varón y una hembra, os hemos convertido en tribus y familias para que os podáis conocer mutuamente». (Corán, 49:13) La Iglesia Católica Romana también exhorta a sus miembros a que «a través del diálogo y la colaboración con los adeptos de otras religiones... reconozcan, guarden y promuevan aquellos bienes espirituales y morales, así como los valores socio-culturales entre ellos». (Nostra Aetate, 2)

Por supuesto, los creyentes participan en el diálogo para explicar con gran entusiasmo la fe que profesan, pero el objetivo principal del diálogo interreligioso es simplemente escuchar y llegar a conocer a los demás. Lejos de alejar a los creyentes de su propia fe, las experiencias interreligiosas suelen hacer más profundos los compromisos originales. Se dice que «quienes conocen solamente a uno, no conocen a ninguno». Mediante la comprensión de otra fe, llegamos a una comprensión y a una valoración mucho más profundas de nuestra propia creencia. En nuestra reflexión sobre el «otro», llegamos a vernos de nuevo a nosotros mismos.

En mi propia experiencia, tras muchos años de impartir decenas de clases durante las visitas a diversas casas de culto, he observado resultados análogos. Aunque el miedo de los padres a que sus hijos puedan ser atraídos a una conversión por un orador persuasivo parece ser aún mayor en la actualidad —ya que los estudiantes a menudo tienen un conocimiento religioso mínimo cuando comienzan la asignatura—, la respuesta más frecuente de los estudiantes no es la conversión a una nueva tradición sino un renovado interés por las tradiciones religiosas de sus propias familias. Aun cuando los estudiantes hayan sido educados por sus padres para tomar sus propias decisiones, —como si profesar una fe fuera simplemente una cuestión de preferencia de los consumidores en un supermercado— he comprobado que ellos quieren «volver a casa». Si el hogar no ofrece mucho en cuanto a sustancia religiosa, los estudiantes son más propensos a recurrir a sus abuelos para encontrar sus raíces espirituales que a convertirse a una nueva tradición simplemente a causa de su conocimiento de ella.

No al método de cocción

A veces, resulta prudente preguntarse si el objetivo del diálogo interreligioso es unir a las religiones de tal manera que se cree una nueva y mejorada religión, una combinación de lo «mejor de todas», por así decirlo. El término técnico para designar esto es sincretismo, pero también se le conoce, irónicamente, como «método de cocción», tomar un poco de esto y un poco de aquello, y un poco más de otra cosa, y hornearlo todo en una nueva y sabrosa religión para que todos la sigan. Este enfoque no es realmente un elemento del auténtico diálogo interreligioso, sino más bien una actitud que nace del individualismo de la cultura de consumo, que busca encontrar aquello que se adapta al propio gusto. El verdadero diálogo interreligioso tiene lugar entre los fieles y los creyentes comprometidos de tradiciones religiosas establecidas cuya intención es la de permanecer en esa situación. No es una comparación de recetas al azar sino un esfuerzo sincero para conocernos tal y como somos.

Una vez más diré que, en mi propia experiencia durante las visitas con las clases, es precisamente el hecho de contemplar la devoción de una comunidad de creyentes durante su adoración lo que incita a los estudiantes a mirar hacia su propia tradición para ver aquello que han perdido. La práctica de la oración islámica ha llevado a los estudiantes a descubrir el Ángelus y la Liturgia de las Horas en la tradición católica, o la práctica de la devoción diaria de las Escrituras en otras tradiciones cristianas. Esto no es sincretismo, sino más bien inspiración interreligiosa fortificante.

Pero, ¿estamos de acuerdo? Otras dos objeciones que he oído plantear sobre el diálogo parecen situarse en las caras opuestas de una misma moneda. En primer lugar, algunos temen que los participantes de otras tradiciones juzguen nuestras creencias o prácticas y las condenen injustamente por estar basadas en un conjunto de valores distintos a los suyos, o a causa de una cierta aprensión cultural. La segunda preocupación es que, al escuchar a los demás, hemos de prestar atención a algunas cosas con las que estamos en profundo desacuerdo, pero impedidos de manifestar esto por la «etiqueta» del diálogo, ello puede dar lugar a apoyar tácitamente el relativismo. Creo que la cuestión planteada por ambos grupos es esencialmente la misma: ¿dónde está la verdad que ha de ser encontrada y cómo actuar en consecuencia? ¿Podemos escucharnos el uno al otro sin destapar todos esos asuntos en los que discrepamos? Y entonces, ¿qué hacer ante un desacuerdo?

En respuesta a estas preguntas fundamentales se deben tener en cuenta dos cosas. Una de ellas es que cada uno de nosotros tiene la obligación humana de buscar sinceramente la verdad de la realidad objetiva en el interior del universo. Esto implica necesariamente hacer juicios sobre nosotros mismos en lo que respecta a las pretensiones de las diferentes verdades. Sin embargo, es importante tener muy claro que el propósito fundamental del diálogo interreligioso es simplemente llegar a conocer y a entender las diversas afirmaciones hechas por otras tradiciones religiosas, sin esperar a estar de acuerdo con ellas en lo que se refiere a dichas doctrinas o prácticas religiosas.

La segunda cosa clarifica aún más lo dicho anteriormente. En el proceso de llegar a conocernos mutuamente puede que encontremos diferencias reales y significativas en las expresiones de la vida moral de nuestras respectivas creencias y prácticas. Es muy importante recordar que no hay que trabajar con esas diferencias en el diálogo interreligioso. Por el contrario, el ámbito adecuado para este trabajo se encuentra en el debate político. Dentro de una democracia multicultural entablamos conversaciones mutuas por medio de la discusión política, convenciendo a los demás del valor y la eficacia de nuestra visión moral y de por qué debe prevalecer la ley. En la mesa del diálogo interreligioso llegamos al entendimiento mutuo, pero en la mesa del discurso político tratamos de persuadirnos unos a otros, no para lograr una conversión religiosa a nuestras afirmaciones acerca de la verdad, sino para obtener un consenso moral sobre los valores existenciales. El diálogo, en cada una de las mesas, mejora gracias al trabajo de la otra.

La sabiduría del corazón

Teniendo en cuenta estas advertencias y aclaraciones, somos más capaces de escuchar los argumentos de quienes son partidarios de los beneficios del diálogo. En el centro está la inspiración que hace que el diálogo pueda renovar nuestra propia espiritualidad. Ciertamente veo este resultado en el aula. La mayoría de los padres se han encontrado con una etapa en el desarrollo de sus hijos adolescentes en la que éstos escuchan los consejos de una forma más abierta siempre y cuando dichos consejos provengan de otros que no sean sus padres. La experiencia interreligiosa produce una inspiración similar, y no sólo a los adolescentes, sino al desarrollo de los creyentes en general. Escuchar a otros compartir sus más profundas convicciones acerca de lo divino puede renovar el vigor de nuestra propia búsqueda de lo sagrado. A menudo, en el diálogo, nuestro corazón se pone de acuerdo con nuestra cabeza y nos encontramos con que esto significa, en la sabiduría del corazón, que se manifiesta la presencia de Dios.

Además, mediante la mutua comprensión de lo mucho que tienen en común nuestras respectivas tradiciones, se puede conseguir un enriquecimiento a nivel local y global. Los ciudadanos están mejor equipados socialmente para vivir en paz y trabajar por la justicia cuando tienen encuentros interreligiosos en los que comparten y aprenden unos de otros. El prejuicio se ha expuesto y se ha roto. A raíz de la tragedia del 9/11, recibí varios mensajes de correo electrónico de antiguos alumnos que expresaban su agradecimiento por las visitas que habían hecho a las mezquitas en años anteriores. Haberse reunido con musulmanes devotos, seres humanos cordiales, les sirvió en ese difícil momento nacional para compartir con los demás su experiencia de que el Islam no es una religión de terrorismo y de que no todos los musulmanes eran responsables ni se alegraban de aquel trágico acontecimiento. Pudieron ser las voces de la paz en medio de una confusión nacional tan enorme.

Encuentros sostenidos

En aquellos casos en los que el diálogo interreligioso se convierte en un encuentro estable entre individuos o grupos, con el tiempo se puede empezar a modelar a los participantes de una manera bella y profunda. Aunque la mayoría de mis estudiantes sólo pueden experimentar uno o dos encuentros durante sus estudios, yo tengo el privilegio de participar en cada viaje, regresando año tras año y creando lazos de amistad con los generosos creyentes que albergan nuestras visitas. Gradualmente, los encuentros han dejado de producirse entre «nosotros» y «ellos», aprendemos sobre sus costumbres y les enseñamos las nuestras. En cambio, tras continuar escuchando y compartiendo, hemos llegado a constituir un «nosotros» en nuestra humanidad común, en una comunidad que honra, y también hemos llegado a una forma de unión situada más allá de las diferencias culturales y religiosas, geográficas y económicas. Estoy profundamente agradecida a mis compañeros de diálogo por la profundidad y la fuerza que han añadido al camino de mi propia fe.

El pluralismo religioso es una realidad que nos rodea y que hace cultura. Pero el diálogo interreligioso es una elección. Enterrar la cabeza en la arena y lanzar piedras cuando queremos respirar no va a cambiar el corazón de nadie, ni siquiera el nuestro. En cambio, podemos optar por avanzar hacia una mayor apertura mental, un corazón lleno de rebosante amor, un mundo más pacífico, aceptando la invitación de conocernos unos a otros, cruzando el arco del diálogo con cuidado y respeto hacia la comprensión mutua.

Frances M. Leap es profesora adjunta de estudios religiosos en la Universidad Seton Hill, en Greensburg, Pensilvania.

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