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IV aniversario de la revolución tunecina: Mohamed Bouazizi, el mártir maldito

A tal punto ha llegado el delirio de persecución que hasta la figura del mártir Bouazizi ha sido proscrita

17/12/2014 - Autor: Carlos de Urabá - Fuente: Webislam
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Sidi Bou Said (Túnez)

Se cumplen cuatro años desde que se inmolara en el pueblo de Sidi Bouzid en Túnez el joven Mohamed Bouazizi iniciando de esta manera el cataclismo revolucionario que azotó los países árabes. Un hecho histórico excepcional que en occidente se le bautizó con el nombre de “primavera árabe” en un intento por compararla con la “primavera de Praga” y el suicidio del estudiante Jan Palach que se quemó a lo bonzo en la plaza de Wenceslao de Praga.

Pero la verdad es difícil encontrar una palabra precisa para definir este levantamiento popular tan insólito. Algunos analistas dicen que es una zaura (revolución), otros que una fauda (caos) y otros, quizás los más ingeniosos, de faura- palabra que describe la acción cuando el café se pone a calentar y se rebosa porque alguien ha olvidado de apagar el fuego.

Y  por caprichos del destino el epicentro de esta hecatombe se situó en Túnez, un país  del  Magreb víctima de una oprobiosa dictadura que condenaba a la mayor parte de la población a la marginalidad y la pobreza.

En ese pequeño país de 165.000 kilómetros cuadrados (50% del cual es un desierto) sucedió un hecho que raya con lo sobrenatural.  Pocas veces en la historia seremos testigos de una rebelión popular de tales dimensiones.

En occidente se piensa que todos los países árabes son iguales y se rigen un mismo patrón, pero se equivocan porque existe una gran diversidad de pueblos, de etnias de lenguas o dialectos. No es lo mismo una persona del Magreb, que otra del Shams o una de la península arábiga. Sin embargo, la característica que si tienen todos en común es una historia marcada por el colonialismo, el imperialismo.

En 1881  el colonialismo francés  -aprovechándose de la decadencia del imperio otomano- ocupó Túnez (su cuota en el reparto de África) preocupados por neutralizar los ataques de las tribus indígenas que pretendían desafiar su dominio sobre Argelia.  Dicho “protectorado” contó con el beneplácito de la burguesía y realeza tunecina que se plegó por completo a las exigencias de los invasores. Tan sólo fue hasta 1956 que, tras una sangrienta lucha por la autodeterminación, Francia les otorgó la “independencia”.  Pero eso si una independencia tutelada pues la metrópoli se reservaba el derecho a intervenir conservando la base militar de Bizerta.

Las autoridadese francesas decidieron que el mejor sistema de gobierno para unos súbditos acostumbrados al vasallaje era la de una monarquía constitucional.  Por esta razón coronaron al bey Mohamed VIII al Amin rey de Túnez. Aunque para calmar el malestar de las fuerzas independentistas se vieron obligados a cederle el cargo de primer ministro al prestigioso abogado Habib Bourguiba. En 1957 un movimiento cívico militar afín al partido Neo-Destour derroca al rey y proclama la república. Bourguiba es elevado al cargo de presidente y líder supremo (en el que permanecerá 30 años). El nuevo raís se empeñó en conducir a Túnez por “el camino del desarrollo y el progreso” aplicando una política de corte socialista con la intención de modernizar esa sociedad arcaica y rural. Entre sus prioridades se contaba el combatir el islam y afianzar el secularismo como vía de integración en el “mundo civilizado”. Bourguiba fue el primer mandatario árabe en declarar públicamente que la OLP debería reconocer al estado de Israel.

De repente surgió la figura de Ben Ali, un personaje sórdido y oscuro y que tras ocupar con éxito diferentes puestos en la Dirección de Seguridad Militar fue ascendido a jefe de la policía secreta. En este cargo desempeñó eficaces campañas represivas contra los miembros de la oposición,  los sindicatos o  la hermandad musulmana. De esta manera se ganó el aprecio de Bourghiba que lo nombró primero  Ministro de Seguridad  y, más adelante, Primer Ministro.

En 1987 Ben Ali con el apoyo del Partido Socialista Desturiano dio un golpe de estado  acusando a Bourguiba de incapacidad física y mental por su avanzada edad. El nuevo hombre fuerte no tenía ninguna intención de cambiar el sistema  y muy por el contrario perfeccionó  el régimen despótico que había heredado.  Aplicando los métodos de terror que aprendió durante el desempeño de su carrera policial reprimió con brutalidad la disidencia o los grupos islamistas del partido Ennahda. Una “operación de limpieza” que dejó miles de muertos, torturados, desaparecidos,  presos y exiliados. Como los países occidentales le exigían una cierta fachada democrática para guardar las apariencias periódicamente convocaba elecciones donde el nuevo partido oficialista -fundado por él- Reagrupamiento Constitucional Democrático era el único que podía participar puesto que las fuerzas izquierdistas o islámicas estaban prohibidas. Como es de suponer en esta farsa electoral Ben Ali salía elegido con el 99% de los votos.

Ben Ali será recordado como el genial organizador de un clan mafioso constituido por familiares y amigos  a los que les otorgaba puestos claves en el gobierno o las compañías estatales. Cualquier empresario o sociedad que deseara invertir en el país debía pagar unos sustanciosos sobornos a la élite gubernamental.

Ben Ali  se distinguió por ser un fiel defensor de los intereses occidentales, principalmente de Francia y Estados Unidos, que lo respaldaban sin mayores objeciones. Durante su mandato aplicó políticas neoliberales privatizando las empresas públicas y cediendo la soberanía nacional a los bancos y multinacionales extranjeras. Este déspota, maquiavélico y megalómano  se unió en segundas nupcias con la peluquera Leila Trabelsi con la que supo amasar una incalculable fortuna que todavía está aún por cuantificar. No era ningún secreto que la primera dama  tenía más poder que el propio Ben Ali y sin su firma no se cerraba ningún trato o negocio.  Con todo el descaro la pareja convirtió a Túnez en una empresa particular donde reinaba a sus anchas  la corrupción y el desfalco. Es increíble la metamorfosis de este agente secreto  gris y anodino que por arte de magia se trasformó en un monarca endiosado y caprichoso que impuso como dogma de fe el culto a la personalidad.

En la primera década del siglo XXI la situación social en Túnez no podía ser más desastrosa por culpa del creciente desempleo y la pérdida del poder adquisitivo. La economía entró en recesión mientras el precio de los productos básicos se disparaba imparable.  Desde luego que sobraban razones para que estallara un levantamiento popular pero nadie se atrevía a levantar la cabeza por temor a las represalias. Resignados a invocar como único consuelo la misericordia de Allah.

Y de esta forma y sin saber muy bien porqué caprichos del destino el día 17 de diciembre del 2010 se desata el cataclismo. El epicentro se localizó en la ciudad de Sidi Bouzid, cabecera municipal de una región eminentemente agrícola y con una altísima tasa de marginalidad y desempleo. El vivo retrato de ese mundo rural tunecino relegado al abandono y el olvido.

¿El azar y la casualidad? Gran parte de nuestras acciones depende de circunstancias ajenas a nuestro control, la suerte está destinada a desempeñar un papel decisivo en el drama humano.

Cuatro años después del derrocamiento del dictador Ben Ali ¿puede decirse que hayan cambiado en algo las cosas?  ¿Las estructuras de la dictadura han sido demolidas, quizás? Lamentablemente ambas  respuestas son negativas pues apenas se está iniciando un proceso democrático que tardara años en consolidarse. Por ahora las conquistas son más simbólicas o abstractas que concretas pues sigue imperando el inmovilismo y la exclusión social. La economía está paralizada por el endeudamiento crónico y la falta de liquidez. Las recetas del FMI no funcionan ya que no se le puede exigir mayores sacrificios a una población que en un gran porcentaje sobrevive con menos de cinco dólares diarios. Si no fuera por las ayudas de la Unión Europea o EE.UU que mantienen  el endeble sistema financiero el país ya se hubiera ido a pique. En todo caso la élite dominante afrancesada y pro-occidental, aunque hayan sido cómplices del expolio y el latrocinio de la dictadura, aun manejan los hilos del poder e imponen sus condiciones.

Mientras tanto Ben Ali goza junto a su esposa Leila y su familia de un exilio dorado en Arabia Saudita. El rey Abdallah lo considera víctima de una oscura “conspiración”. Sus millonarias inversiones y cuentas secretas en diversos paraísos fiscales están a buen recaudo gracias a una intrincada red de testaferros.

Se calcula que clan familiar de Ben Ali a lo largo de todos estos años ha robado de las arcas públicas más de 5.000 millones de euros. Tan sólo unos días después de su partida se encontraron escondidos en el Palacio Presidencial 175 millones de euros, oro y diamantes. En los distintos juicios celebrados en su contra un tribunal militar de Túnez lo ha condenado “in abstemia” a 20 años de cárcel por incitar al desorden, asesinato y saqueo del territorio tunecino. En otro posterior se le impuso la pena de 35 años de cárcel por malversación de fondos públicos, posesión de armas y drogas. Y finalmente este año 2014 un tribunal militar lo condenó a cadena perpetua por la muerte de manifestantes. Sin embargo no se  podrán aplicar dichas sentencias pues entre Arabia Saudita y Túnez no existe un tratado de extradición.

Y lo más trágico del caso es que sus secuaces ahora disfrazados de demócratas siguen ocupando los principales cargos en la política, la justicia, las finanzas, la policía o las fuerzas armadas.

Es tal la frustración y la impotencia que el pueblo prefiere callar.  Tras la euforia inicial han caído presas de una profunda depresión decepcionados por los cuatro años de falsas promesas y vanas ilusiones. El fatalismo pasivo es la tónica dominante. ¿De qué ha valido el sacrificio de los 338 asesinados y 2.147 heridos en las protestas? Hay que esperar –los dirigentes y los líderes de los partidos repiten una y otra vez- No se puede perder la esperanza. ¿Esperar como lo han hecho en los últimos siglos? serenidad y paciencia que pronto va a despuntar el nuevo amanecer. O tal vez no será mejor resignarse y olvidar ese hermoso sueño de justicia y libertad.

Los agentes del Muhabarat hoy más que nunca continúan en guardia pues existe un alto riesgo a que se produzca un nuevo levantamiento popular. La crisis económica es devastadora y las perspectivas a corto plazo muy pesimistas.

Mohamed Bouazizi de 26 años  se dedicaba como muchos otros jóvenes de Sidi Bouzid al oficio de vendedor ambulante. Diariamente se le podía ver por las calles de la ciudad empujando su carreta o “araba” cargada de frutas y verduras. Él era el sostén de su familia (dos hermanos y cuatro hermanastros) que vivían hacinados en una humilde vivienda en el barrio de Hainur.

Pero ese fatídico día 17 de diciembre fue detenido por los guardias municipales en la plaza central de la ciudad al carecer del permiso oficial correspondiente. Los guardias iban a  confiscarle  la carreta y la balanza pero él opuso resistencia y tuvieron que reducirlo a golpes. No era la primera vez que tenía problemas con las autoridades pues en otras ocasiones también sufrió idénticos ultrajes.

Cuenta la leyenda que una mujer policía de nombre Fayda Hamdi intervino en este altercado y que fue agredida e insultada por Bouazizi  En el forcejeo aparentemente ella le propinó una bofetada.  Sea como sea este episodio confuso y delirante provocó la erupción del volcán humano más poderoso de la tierra. ¿De veras se produjo la famosa bofetada? Algunos testigos afirman que sí, mientras que la policía Hamdi lo niega con rotundidad. Bouazizi  ante tamaña humillación y  herido en el orgullo propio se dirigió al ayuntamiento a reclamar por sus pertenencias. Por su actitud insolente los funcionarios lo expulsaron al grito de “kalb” (perro). Entonces el joven furioso compró un galón de gasolina y se fue a  la puerta de la gobernación donde se vertió el líquido inflamable en su cuerpo prendiéndose fuego. Lo hizo en señal de protesta contra las injusticias que se ensañaban con los más pobres y marginados,  una venganza contra las autoridades con la única arma que tenía a mano, es decir, su propio cuerpo.

Mohamed Bouazizi lanzaba alaridos de dolor y se retorcía abrasado por las llamas  hasta que algunos transeúntes lograron apagar el fuego que lo consumía. Estuvo casi un mes agonizando  hasta que  el 4 de enero de 2011 murió a causa de las graves quemaduras en el hospital de Ben Arus. (Sfax)

Una de las fotos publicadas por la prensa tunecina muestra al dictador Ben Ali rindiéndole una visita en su lecho de enfermo el día 28 de diciembre del 2010 en un postrer intento por calmar los ánimos exaltados de los manifestantes. Además,  ordenó la detención de la supuesta única culpable del incidente la mujer policía Fayda Hamdi.  Pero todo fue en vano, ya era demasiado tarde para detener la ira de un pueblo decidido a cambiar el rumbo de la historia.

Ben Ali no quería dar su brazo a torcer, tenía que recuperar la iniciativa y pronunció un vibrante discurso transmitido por radio y televisión en el que prometió la creación de 300.000 puestos de trabajo, un alza generalizada de salarios,  la legalización de los partidos políticos, libertad de prensa y su renuncia a una nueva  reelección. Acto seguido   recibió en el Palacio Presidencial de Cartago a Manoubia, la madre de Bouazizi acompañada por su familia a quienes entregó 20.000 dinares para recompensar la perdida de su hijo.

El “complot terrorista” que amenazaba la seguridad del país debía ser reprimido a sangre y fuego.

El 14 de enero la cúpula militar le comunicó a Ben Ali que ya no contaba con su apoyo  pues la situación se había tornado insostenible. Así que no le quedó más remedio que huir apresuradamente del país en compañía de su esposa Leila y de otros familiares a bordo de un avión que lo condujo a Arabia Saudita.

El joven Bouazizi no era un intelectual, ni un ideólogo ni nada que se le parezca. Ni siquiera pudo terminar sus estudios de bachillerato por falta de recursos económicos. Él pertenecía a la plebe y su único desvelo consistía en trabajar con denuedo para sacar adelante a su familia.

Hay que reconocer que Bouazizi no fue el único en suicidarse pues por aquella época ya se habían presentado otros casos de jóvenes que optaron por quitarse la vida ante las nulas perspectivas de futuro. Pero la pregunta  se vuelve a repetir ¿por qué fue él y no los otros?  Este es un enigma casi imposible de resolver.

Es necesario remitirnos a los anales de la historia para comprender mejor lo que acontece en el mundo contemporáneo. Si estudiamos, por ejemplo, la obra pictórica del orientalista francés Benjamín Constant (1845-1902) comprobaremos que en las sociedades árabes está profundamente arraigado el culto al guía o padre protector cuyo mandato asume por gracia divina. Y ese fue uno de los aspectos que el artista quiso reflejar en sus pinturas: la magnificencia de la que hacían gala los reyes, emires, sultanes, visires o cadis, el lujo exagerado, el esplendor de sus palacios y castillos, sus harenes y, del otro lado, la tragedia de los siervos o esclavos  que eran considerados nada más que bestias de carga. En su famoso cuadro Derniers Rebelles (1880)  nos ilustra  con toda crudeza y realismo los castigos que infligían a aquellos sediciosos que osaban levantarse en contra de la voluntad del soberano: decapitaciones, mutilaciones, torturas y los más viles ultrajes. Sólo a base del terror se impone el respeto a las autoridades.

¿Acaso el creador del universo no había dispuesto que una casta de elegidos se hiciera cargo del orden terrenal?

La intifada tunecina se fue extendiendo por Libia, Egipto, Yemen, Siria, Bahrein, Jordania e incluso a nivel planetario. El pueblo enfurecido se lanzaba por las calles al grito de justicia y libertad. Sin el protagonismo de los medios de comunicación de masas: la  radio, prensa, TV, los teléfonos móviles o Internet jamás se hubieran podido generar la capacidad de movilización de las protestas. La tecnología reemplazó con creces la falta de un liderazgo o de un discurso teórico. Esa fue la clave del éxito.

Las clases privilegiadas se negaban a aceptar lo que estaba sucediendo, era imposible que esa chusma maloliente  pusiera en jaque el orden establecido. Esos seres inferiores, perros humanos, mulas humanas deberían resignarse a su destino.

Pero las leyes coránicas son muy estrictas con aquellas personas que cometen un suicidio pues el único que puede disponer de la vida del ser humano es Allah. O sea que el mártir Bouazizi –según la Sharia-es considerado un apóstata merecedor del Yahannam (el infierno). “Allah ejerce su cólera contra él y le maldice”

En Túnez las aguas han vuelto a su cauce.  El  Muhabarat  (el servicio secreto)  sigue infiltrado en la vida cotidiana, siempre a la escucha en las calles, en los barrios, las  universidades o los centros de trabajo. Las fuerzas armadas como garantes de la soberanía patria la patria tienen que asumir el desafío de enfrentar la amenaza terrorista de al Qaeda al Magreb Islámico que cuenta con bases estables en el sur del país. Esta es la mejor disculpa para criminalizar al Islam y restarle legitimidad al proceso revolucionario. Túnez debe ser un dique que contenga la amenaza yihadista porque  la prioridad es hacerlo un país seguro para los inversores extranjeros y la industria del turismo.

A tal punto ha llegado el delirio de persecución que hasta la figura del  mártir Bouazizi ha sido proscrita. Evidentemente su ejemplo es un peligro pues induce a rebelarse contra las autoridades. Lo mejor es borrar su recuerdo, despojarlo de su contenido político y convertirlo en un personaje folclórico. Ahora ha salido una nueva versión de los hechos que acontecieron  ese día 17 de diciembre del 2010: “todo fue un accidente que algunos grupos de exaltados intentaron manipular a su favor”.   Por eso no nos debe extrañar que su tumba se encuentre perdida en medio de una árida estepa a más de 20 kilómetros de Sidi Bouzid.  Es imprescindible  evitar las peregrinaciones, los homenajes populares o las ceremonias que lo mitifiquen. Lo importante es que Túnez recobre la paz y la estabilidad que es la garantía de progreso. De la libertad no se come. ¡Que vuelvan los turistas!

El gobierno mientras tanto presiona a la familia de Bouazizi para que guarde silencio. Su madre Manoubia fue arrestada por insultar a un juez que lleva el caso de las indemnizaciones a los mártires de la revolución.  Los vecinos envidiosos al observar como habían cobrado protagonismo los acusaron de enriquecerse a costa de la tragedia de su hijo. Como les hacían la vida imposible tuvieron que abandonar Sidi Bouzid  y trasladarse a Túnez capital.

Túnez en el contexto internacional tiene poca relevancia, no hay grandes recursos naturales ni materias primas que explotar y de ahí que se le haya reservado el papel de destino turístico barato. La mejor oferta para disfrutar de hoteles, playas y paisajes exóticos. 

Los más jóvenes ya saben que han nacido perdedores y la única salida que les queda es emigrar a Europa o quizás a América o el Golfo Pérsico. Porque en su propia patria sólo les aguarda la marginalidad, el desempleo o los sueldos de hambre.  Pero es difícil obtener un visado para cualquier país europeo y menos para EE.UU si no se cuenta con  un aval financiero respetable. Así que si quieren redimirse tienen que arriesgarse a cruzar el Mediterráneo clandestinamente.

El régimen de Ben Ali cayó pero sus cómplices continúan en los puestos claves del gobierno. Así lo confirman los resultados en la primera vuelta de las  elecciones presidenciales que tuvieron lugar el pasado 23 de noviembre y en las que se proclamó vencedor con el 39 % de los votos al laico Caíd Essebsi del partido Nidaa Túnez. Este anciano de 88 años fue el antiguo Presidente de la Cámara de Diputados durante la dictadura de Ben Ali. Estos comicios son una prueba más de la confrontación que existe entre el Túnez laico-urbano y el Túnez islamista- rural. Estamos ante  dos tendencias totalmente antagónicas; por una parte los pro-occidentales o afrancesados y, por el otro, los defensores de una sociedad tradicional y religiosa fundamentada en el Corán. La modernidad impuesta por el imperialismo es la premisa que defienden las fuerzas progresistas. Las demás opciones están enraizadas con el “fanatismo medieval” que sólo conduce a la guerra y el caos como se ha demostrado en Egipto, Libia, Siria o Irak. Según este concepto “La laicidad y la democracia son incompatibles con  el Islam que es sinónimo de violencia y  terrorismo”.

Carlos de Urabá 2014.


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