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Globalización, una nueva lectura

El “sistema” es hoy el espacio global que inscribe cuanto ocurre en los ámbitos mencionados de todas las naciones del planeta

17/10/2014 - Autor: Esteban Díaz - Fuente: www.estebandiaz.es
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Esteban Díaz.

1. El término “globalización” debe presentar un concepto, un ámbito y unos modos de desarrollo social y económico diferentes a lo referido por la expresión “mundialización de la economía de mercado”, con cuyo contenido no debemos confundir, pues éste ha de vincularse con el inicio de un mundo global articulado por el “sistema” capitalista en su expansión por todas las naciones del planeta.

Hace más de una década propuse a algún medio de la prensa nacional una reflexión sobre la naturaleza de la globalización. Mejor dicho, le ofrecía lo que modestamente entendía yo por globalización y cómo este término convenía distanciarlo de la expresión “mundialización de la economía de mercado” que, por aquel entonces, ya refundaba, en un nuevo bucle de supervivencia, el capitalismo neoliberal, que a partir de 1999 (Cumbre de la OCM de Seatle o Cumbre del Milenio) circunscribe el poder del “sistema” al dominio absoluto del poder financiero. No olvidemos que cuando hablamos de “sistema” ya no podemos entender tal noción únicamente relacionada a un Estado y a su manera de articular los ámbitos de lo social, de lo político, de lo cultural y de lo económico, pues el “sistema” es hoy, debido a la “mundialización de la economía de mercado/consumo”, el espacio global que inscribe cuanto ocurre en los ámbitos mencionados de todas las naciones del planeta. De este modo el capitalismo comenzaba a transformarse para perpetuarse, expandiendo su predominio sin que oposición alguna limite su poder, hecho que lleva practicando desde que inició su andadura, allá por los comienzos de la Edad Moderna.

Exponía en el trabajo citado que los términos “globalización” o “globalidad” debían reservarse para expresar un mundo global de integración de los pueblos y de sus culturas originarias que definen el rico y plural tejido en el que se expresa y se desenvuelve la Humanidad. Proponía, además, la búsqueda de un equilibrio “cultural” planetario, resultante de la integración de Oriente y Occidente en tanto que civilizaciones milenarias, expresando con tal integración una “complementariedad cultural” que comunicara sus tradiciones humanistas, enriqueciendo el mapa cultural del planeta, hoy uniformado por la superposición de la cultura y los valores del mercantilismo capitalista. No creo que todo esté perdido. Si retrocedemos a mediados del Siglo XX, especialmente a la rica y plural región oriental, sus tradiciones de sabiduría todavía permeaban las mentes y las almas de los habitantes de algunos de los países de esta variada zona geográfica. Sin embargo, hoy presenciamos cada día cómo la totalidad de los pueblos de Oriente están siendo devorados por la cultura y los valores mercantilistas con los que el capitalismo de las democracias occidentales se superpone sobre los territorios y sus gentes, desdibujando sus culturas milenarias, en el caso de los pueblos que mantienen una resistencia heroica, o destruyéndolas para siempre en la mayoría de los pueblos “conquistados” por el capitalismo, cuyo progreso y desarrollo económico y productivo ha seducido a la pobreza en la que vivían -y aún viven- sus gentes, quienes han asumido la cultura de “prestigio” del capitalismo y sus valores. Porque la “mundialización del sistema capitalista es la nueva colonización del mundo. No es Occidente el conquistador. Es el capital y el mito del progreso, traducido en valores del bienestar material, lo que ha conquistado el mundo global. Podemos hablar de democracias capitalistas, europeas o americanas, pero no de Occidente. La noción y los valores de Occidente también han sido devorados por la nieva modalidad del Saturno del capitalismo.

Desde los años noventa he presenciado en India cómo se superponía sobre su variada cultura la “cultura capitalista, que reproduce el diseño, los mecanismos propagandísticos y los valores mercantilistas con los que el capitalismo neoliberal ha logrado expandirse por todo el subcontinente indio. Idéntico programa ha sido implantado en todos las naciones y sus pueblos de la Tierra. He conocido la resistencia en la India que aún es consciente de la grandeza de su tradición de sabiduría, y tengo la firme confianza de que el progreso de tan extraordinaria nación, rica en culturas milenarias que conviven acordes con la tolerancia que define y une a tan sorprendente y generosa tierra, se efectuará respetando los principios culturales de la tradición de sabiduría que unifica la diversidad de sus pueblos y de sus culturas, a la que todos se adhieren. La fuerza de la nación india no radica en su desarrollo económico, sino en la firme creencia de que sus valores tradicionales son la fuente de su progreso como nación plural y como emergente potencia económica.

Fue en mis primeros años de residente en India cuando comprendí que Occidente y Oriente no han de entenderse como culturas opuestas, tal las definían los orientalistas del Siglo XX. No hay, y nunca hubo, un Occidente “versus” un Oriente. Siempre existió en estas dos regiones del mundo dos modos diferentes de comprender el mundo y el hombre, pero no eran modos de conocimiento que se opusieran, sino que sus visiones del mundo, subjetiva e interior la de Oriente, objetiva y externa la de Occidente, se complementaban. Y es en esta “complementariedad” de sus culturas, en sus tradiciones humanistas, en donde debemos poner nuestro énfasis para construir el gran ágora de la globalización para que el Siglo XXI sea el tiempo de una nueva Humanidad, libre de luchas y exclusiones.

No obstante, tan desalentadora realidad, la de un mundo global regido por los valores del capitalismo neoliberal del mercado y del consumo, tal vez nos dificulte pensar en las formas y los modos con los que detener y anular tan desnaturalizada cultura mercantilista globalizada y asentar, definitivamente, en el tejido social, unas relaciones éticas y moralmente correctas, de convivencia fraterna y cooperativa, tolerante, de respeto a las singularidades étnicas y/o culturales y/o nacionales, de integración sin fronteras, que define per se toda idea de globalización con la que el colectivo humano, como un solo individuo, ha de estar comprometido.

2. La motivación que me animó a presentar la idea de “complementariedad cultural”, integrando en ella a las dos grandes regiones, cuyas civilizaciones han enriquecido el proceso evolutivo y cultural de la Humanidad durante milenios –Oriente y Occidente-, conllevaba el propósito de hacer confluir sus respectivas tradiciones humanistas en el ágora global que nos inscribe hoy a todos los seres humanos, sin exclusión, con el fin de que el mundo globalizado quedara definido por la participación consciente de todos aunada al impulso unitario de la construcción de un mundo, que se percibe irreversiblemente global, activado por el progreso y el desarrollo económicos “pensados” desde las nociones de igualdad y de cohesión social planetaria, desde la cooperación centrada en el esfuerzo común por elevar a los pueblos menos desarrollados al nivel de aquellos que han logrado no conocen la escasez, aun cuando, por las propias contradicciones del “sistema” capitalista, una parte de sus poblaciones viven sumidas en una desigualdad, cada día más profunda, en detrimento de las capas más desfavorecidas que, incluso, las vemos mendigar por sus calles en estos días de profunda crisis económica (¿).

Las medidas destacadas arriba servirían, inicialmente, para corregir, con diligente urgencia, los desequilibrios y las desigualdades que dividen el territorio terrestre en pueblos ricos y pueblos pobres, éstos excluidos incluso de la riqueza que contiene la tierra sobre la que nacieron y cultivaron sus ancestros desde centurias, e incluso desde milenios.

3. En esta reflexión no podemos olvidar que, cuando hablamos de “integración”, también nos referimos nuestro planeta Tierra en toda su extensión y variedad de vida, hábitat del no sólo dependemos sino que nos circunscribe y nos acoge para hacer fértil y provechosa nuestra supervivencia, que lograremos únicamente si encontramos las vías fértiles con las que construir sabiamente ese espacio común para todos, permitiendo el desarrollo natural de la vida terrestre, sin intervenir sobre ella, o si lo hacemos, sea porque es nuestro deber recuperar el equilibrio y la estabilidad que por nuestra ignorancia, ambición e irresponsabilidad, hemos malogrado. La construcción de un mundo global sabiamente organizado política, cultural y económicamente, debe hacerse desde la noción del “bienestar universal”, del que no podemos olvidar –insistimos- la diversidad de los ecosistemas que enriquecen la vida de nuestro planeta.

Así, el dibujo del escenario de la noción de globalización descrita nos sitúa en un mundo global que nos está exigiendo, por la propia naturaleza de la noción que encierra su enunciado, una convivencia que destaque la concordia entre todos los pueblos y sus culturas, la tolerancia, la justicia social global, la cooperación solidaria, manifestando una cultura universal de base que impulse sobre el tejido del gran ágora que comenzamos a construir, el respeto a todas las singularidades que son propias y distintivas de los pueblos en los que la Humanidad se explicita. Esa cultura debe estar pensada/ideada/diseñada desde la idea inexcusable del “valor” de lo humano, al que todos los restantes valores deben supeditarse. Y este “valor” de lo humano en sí mismo exige un principio axial que organice y permee una sociedad planetaria que ha de ser “verdaderamente humana”. Si somos sabios y diligentes, comprenderemos que del principio de unidad, vertebrador de la vida global, emanarán, de forma natural, otros principios, tales como el bien universal y la tolerancia. Entonces sí sabremos, a ciencia cierta, que estaremos construyendo el gran ágora de la fraterna cooperación y de la concordia entre todos los pueblos de la Tierra. Un ágora global en cuyo tejido social rezumará la “humanidad” de cada hombre y de cada mujer. No hay mejor remedio para que, con prontitud, se desvanezcan los peligros que se ciernen sobre nuestras vidas derivados de las consecuencias dramáticas de la crisis que vivimos. La receta es bien simple: vivir de acuerdo al “valor” de lo humano.

4. Lógicamente la reflexión que escribí para los medios fue rechazada, arguyendo éstos que tenían un cuantioso material publicable sobre el tema, aunque el trabajo –el que yo le presentaba- les parecía bien argumentado y documentado. Bien. Porque este rechazo me sirvió para elaborar un libro sobre el “cambio de paradigma” 1, que fue bien acogido por miembros de colectivos interesados en el “pensamiento alternativo y contracultural” y entre algunos que venían indagando sobre ideas de renovación, ideas nuevas, que desplegaban un abanico amplio de lo que en aquellos días se entendía por literatura contracultural, que recogía las propuestas paradigmáticas en ciencias sociales y ciencias de la naturaleza (duras), los métodos, los ámbitos y los modos de investigación que proponían los “nuevos paradigmas”, disidentes de lo que Edgar Morin llamó “el paradigma de simplicidad” o “Gran Paradigma de Occidente” 2. Otros, como el físico y humanista Fritjof Capra lo denominaron “paradigma mecanicista”. La casi totalidad de todos estos nuevos paradigmas no mecanicistas oponían un modelo radicalmente diferenciado, como el “paradigma ecológico”, mediante el cual Capra distanciaba la “ecología profunda” (Deep Ecology), que definía su propuesta paradigmática -inscrita en la plural y diversa oferta que presentaba el modelo de pensamiento sistémico- de la “ecología superficial” (Shalow Ecology) 3, visión de la ecología que estaba en auge, explícitamente desarrollada por el activismo de grupo de determinadas ONGs. Otros muchos pensadores en ciencia y en humanidades sostenían sus divergencias, nutridas de principios filosóficos que resquebrajaban los pilares de la ciencia racionalista. Científicos como David Bohm, Werner Heisenberg, Erwin Scrödinger, Sir James Jeans, y los más recientes como Ken Wilber, Michel Talbot, G. Chew, o el propio F. Capra, entre muchos otros, defendían una nueva forma de entender el mundo, al que se sumaron otros pensadores de las ciencias sociales y humanas, indicando una ruptura con la ciencia racionalista. Esta discrepancia fue la verdadera causante de la emergencia de los “nuevos paradigmas no mecanicistas”, y de otros que, perteneciendo al pensamiento racionalista o mecanicista cartesiano/newtoniano, exponían diferencias notables al incorporar las aportaciones de la nueva física surgida en los ámbitos de la física subatómica y de la relatividad, que superaban la mecánica cartesiano/newtoniana. Si la investigación en física parece normalizada, sin establecer diferencias entre ciencia mecanicista y no mecanicista es porque la mecánica en la que desenvuelve sus investigaciones “supera/trasciende” la mecánica newtoniana.

En otros dominios de la ciencia, la investigación sobre el papel de la conciencia amplió los ámbitos, el interés y los métodos en las ciencias relacionadas a la mente (psicología) y su relación con la masa cerebral (neurofisiología, por ejemplo). Todas estas investigaciones aportaron ideas renovadas sobre la ciencia que hacían crujir los principios inamovibles del modelo racionalista de la ciencia objetiva. E incluso se elaboraron teorías epistemológicas (constructivismo) 4 para dar sentido filosófico/científico a sus investigaciones.

Qué duda cabe que la ruptura que supuso el pensamiento emergente era tan evidente como incómodo de asumir y digerir por el academicismo racionalista. El hecho es que aún sigue “trabajándose” en ciencia sin dar autoridad científica a las investigaciones, por ejemplo, que se llevan realizando en el ámbito de la conciencia, siguiendo investigaciones que asumen el complejo mundo cartográfico que dibujan las psicologías orientales, como la budista o la vedántica, aun cuando se subvencionan proyectos sobre tan escabroso y sutil tema, ya que estaría aceptándose la existencia de algo inteligente, consciente, en el ser humano, no entendido como epifenómeno de la materia cerebral, inasible para la exploración científica de la ciencia racionalista, ya que escaparía a los dominios del principio de objetivación, por ejemplo, de la investigación de la ciencia objetiva, cuyos esfuerzos se dirigen más a explicar que los procesos psíquicos e intelectivos del ser humano son productos o epifenómenos o resultados producidos en la materia cerebral, no de un alma o conciencia trascendente.

Las doctrinas filosóficas de Oriente han “orientado”, apoyado y sostenido algunas de las más importantes argumentaciones de la nueva epistemología, pero también hay que remontarse a viejas aportaciones del pensamiento de Occidente, olvidadas por el academicismo laico racionalista, como la metáfora de “los tres ojos del conocimiento” de San Buenaventura, que Wilber utiliza para sustanciar su propuesta epistemológica y su modelo o “paradigma comprehensivo” 5.

5. El nuevo pensamiento científico no rechaza la ciencia objetiva. Del mismo modo que la física subatómica o macroatómica precisa de mecánicas que trascienden/superan la mecánica cartesiano/newtonianas, al operar en “mundos” insospechados e imposibles para la ciencia objetiva/racionalista, al cartografiar también los ámbitos de investigación, y como consecuencia, de los modos de investigar, siguiendo, por ejemplo, la metáfora de la “Gran Cadena del Ser”, que Ken Wilber toma de la psicología vedántica para proponer “un modelo comprehensivo del conocimiento”, a modo de una teoría de los campos unificados en física, integrando a todos los ámbitos del conocimiento, sin exclusión, pues cada uno de ellos aporta un nivel de estudio, de comprensión del ser humano y del entorno que lo circunscribe, el universo. Wilber expone la idea de la complementariedad en ciencia, explicándola desde la metáfora gráfica con la que algunas escuelas orientales definen el infinito campo de investigación que es la Mente Universal, a la que tiene acceso el ser humano desde una indagación plural y diversa: la “Gran Cadena del Ser”. Naturalmente tal empresa requiere de “herramientas” y “métodos” de naturaleza muy distinta a los empleados en la ciencia objetiva, pues se entra en el terreno de mística o de la meditación, rectamente entendida.

Mediante tan gráfica descripción, explica Wilber los diferentes niveles o campos de investigación que la componen; campos que se implican en círculos concéntricos, conteniéndose jerárquicamente de mayor a menor, desde el más elevado y sutil, el del espíritu, hasta el más denso e inferior, el físico, incluyendo en la zona intermedia, el del alma, el de la mente y el de la vida biológica. Todos ellos circunscritos por la Realidad que los proyecta, el Espíritu. Esta idea es apoyada por Wilber con otro gráfico a través del cual explica el ámbito, modo e interés del conocimiento, vinculando estos aspectos a la metáfora de “los tres ojos del conocimiento”, que todo ser humano dispone para conocer el universo y conocerse a sí mismo: el ojo de la carne o físico, el ojo de la mente o hermenéutico, y el ojo del espíritu, mediante los cuales indaga en ese vasto campo universal que es la “Gran Cadena del Ser”. De este modo se logra un campo de investigación completo que ayudará a conocer con mayor profusión y profundidad no sólo el Cosmos, sino el ser humano, en tanto que ambos están tan estrechamente vinculados que no pueden existir el uno sin el otro, pues es el ser humano el hacedor del Cosmos, según las tradiciones de sabiduría de Oriente y de Occidente, perdido el legado occidental entre el tumulto de una fraseología equívoca del racionalismo que, siendo el brazo ideológico del capitalismo mercantilista, ha terminado por llevar, no sólo a Occidente, sino a todo el colectivo humano a una crisis de valores y de conciencia como jamás ha vivido la Humanidad. Una crisis de incalculables consecuencias de la que sólo ha sabido “ver” el lado económico. De ahí su ceguera y su incapacidad para encontrar una vía certera para resolver cómo desliar el nudo gordiano de la crisis. Y aunque Oriente vive en la encrucijada en la que no termina por decidirse entre seguir el camino de Occidente, aceptando la única vía que proponen quienes toman decisiones de poder y de destino humano, o escuchar la voz de su tradición de sabiduría y desarrollar otra idea distinta de “progreso” que le conduzca al bienestar universal, siguiendo las rutas trazadas por la tradición de su sabiduría. En este sentido, Oriente nos refresca la memoria en textos como el siguiente:

“Cuando un ser humano
toma conciencia directamente
del luminoso Ser;
el creador de lo que ha sido y de lo que será
ya no quiere ocultarse más de él.”

“Aquel inmenso ser, sin origen, que es conciencia
y está identificado con los órganos sensoriales y mentales,
habita en el espacio el corazón. Es el que todo lo dirige (…)
Es el creador de todo…”

Gran Upanishad del Bosque

Tal vez nos convenga rescatar la tradición de sabiduría que iluminó épocas notables de algunos pueblos de Occidente y las decidamos confluir con las rutas que Oriente propone para organizar un mundo globalizado de carácter humanista. Nuestra propuesta de “complementariedad cultural” abre una puerta a la convergencia entre Oriente y Occidente para que construyamos una globalización que posibilite unas nuevas/correctas relaciones entre todos los pueblos de la Tierra, fraternas y cooperativas, tolerantes y “humanamente” justas y dignas, para fijar la concordia y para alcanzar la paz tan anhelada, sin fronteras que a nadie excluyan. El mundo global será entonces el ágora libre de “condiciones” para que el colectivo humano encuentre en cada hombre y en cada mujer la “humanidad” que los define. La Humanidad encontrará también la forma correcta y consciente de restaurar el equilibrio en la Naturaleza que la mano del hombre arruinó.

La globalización exige un tejido humano organizado desde el principio de unidad. Agotadas las vías por las que la Humanidad ha recorrido desde la visión del mundo de dualidad, del juego de los contrarios y de oposiciones, tiene en su mano superar el viejo mundo de las luchas fratricidas y construir un mundo nuevo, movilizado desde una visión del mundo que resulta de comprender la unidad de la vida, en la que la Humanidad es sólo un párrafo entre los incontables párrafos que componen el Libro de la Vida. La visión del mundo de unidad nos situará en una perspectiva más abarcadora que nos permitirá una mirada más comprehensiva y unitaria, desde donde los árboles del bosque no nos impedirán “ver” la unidad conectiva del ecosistema que inscribe a los árboles y al bosque. En el HAU HU CHING (81 meditaciones taoístas), atribuido a Lao Zi, se dice:

“Una persona (de conocimiento) superior cuida del bienestar de todas las cosas (…) Cuando mira a un árbol, no ve un fenómeno aislado, sino raíces, tronco, agua, tierra y sol: cada fenómeno relacionado con los demás, y el ‘árbol’ surgiendo de este estado de relación. Mirándose a sí mismo, ve la misma cosa”.6

6. Volviendo al hilo de la propuesta que sobre la globalización la prensa rechazó, trataba yo de darle un sentido a la reflexión que tuviera como premisa incontestable el principio de unidad como eje axial en la organización de la vida individual y social del colectivo humano en cualquiera de las comunidades en que se organizara, tal como dejé dicho al comienzo de este trabajo. Venía yo de aprender en mis viajes por la India de la vendanta advaita (conocimiento de no dualidad) este principio rector, que consiste en “percibir” la unidad en la diversidad, o la unidad que se declara ser y manifestarse en una extraordinaria diversidad de seres vivos e inanimados, siendo el tiempo propicio el nuestro de encontrar las vías idóneas para sustituir lo viejo por lo nuevo. Es decir, la crisis que vivimos como económica y financiera no es más que el signo más externo de una crisis de conciencia o de valores, o civilizatoria si se quiere, que nos habla de una nueva etapa por la que la Humanidad está transitando y que nos impulsa a superar/trascender el viejo paradigma mecanicista o “Gran Paradigma de Occidente” por el nuevo paradigma emergente de una nueva conciencia que se pronuncia en favor de una visión del mundo de unidad, cuyos axiomas filosóficos difieren y se distancian a marchas forzadas del “Gran Paradigma de Occidente”, que hemos identificado, en su última etapa, con la gestión de la “mundialización de la economía de mercado/consumo”, edificadas ambas nociones sobre los pilares del racionalismo cartesiano-newtoniano (mecanicismo), y cuyos principios aún formalizan el saber y la sociedad que aún dilatan el modelo capitalista, alma mater del mundo global que conocemos y del que hemos expresado, en reiterados trabajos, su decadencia y fracaso. Todo el entramado cognitivo-científico del Gran Paradigma de Occidente está argumentado/ nutrido/ sostenido/ reafirmado por tal visión racionalista, que si rastreamos su origen encontraremos la visión del mundo de dualidad como la fuente de la que emergió, generadora del juego de los contrarios, de los opuestos, de las antagonías. Nuestras vidas también se nutren de esta visión dual del mundo, vigorosa y reafirmadamente racionalista, y que han devenido ser un producto de los principios de la definen: vidas individualizas, segmentadas/parceladas, lineales, atrincheradas en sus corazas/ territorios aislados (no importa que se interrelacionen, porque tal conexión con el mundo exterior viene dada desde el individuo/sujeto que se relaciona/investiga un objeto).

Hace más de un siglo el sabio hindú Vivekananda exhortó a científicos e intelectuales estadounidenses a llevar a cabo sus contribuciones a la ciencia desde la visión de unidad. Mucho tiempo ha transcurrido. Pero muchas de las grandes explicaciones a los nuevos descubrimientos que nos han presentado la ciencia moderna han sido explicados mediante paradojas místicas, algunas de ellas enunciadas con expresiones extraídas de las místicas (pensamiento) orientales, dada la proximidad de numerosos científicos con las doctrinas filosóficas de Oriente. 7

En otros trabajo expuse lo siguiente: En palabras de David Bohm: “El todo está presente en cada parte, en cada nivel de existencia. La realidad viva, que es total e indivisa, está en cada cosa” 8. Para la física moderna, “las ‘partes’ de ese todo indiviso están en conexión inmediata, de modo que sus relaciones dinámicas dependen, de forma irreductible, del estado del sistema global ... Así, llegamos a una nueva idea de la totalidad infragmentada que niega la idea clásica de la posibilidad de analizar el mundo en partes que existen separada e independientemente” 9. Tal vez lo que necesitemos en Occidente sea “aprender otra vez, observar y descubrir por nosotros mismos cuál es el significado de totalidad. Debemos, naturalmente, conocer las enseñanzas del pasado, tanto de Oriente como de Occidente, pero copiar estas enseñanzas o conformarnos con ellas serviría de muy poco”. 10

Si queremos construir un mundo global en cuyo tejido social ninguna cultura se superponga sobre las demás, desnaturalizándolas en el mejor de los casos, o destruyéndolas en el peor, tendremos que tomar consciencia de que la cultura con la que el capitalismo, hoy regido por el poder financiero, ha invadido cada rincón de cada pueblo del planeta, mediante la superposición del modelo que hemos denominado “mundialización de la economía de mercado”, hemos de considerar sabiamente los pasos certeros que debemos dar para que la globalización sea el gran ágora abierto una racionalidad dialogante y abiertamente sin fronteras en el saber y en la integración tolerante y sin exclusiones, que hable de igualdad y de bienestar universal, o por expresarlo en los términos de las utopías clásicas una racionalidad pensada y organizada para que el “bien común” sea el eje que vertebre la comunidad planetaria.

La globalización no puede construirse siguiendo los principios filosóficos y económicos de la “mundialización de la economía del mercado” que consumimos y con la que nos convertimos en seres objetuados, desnaturalizados, y por ende deshumanizados. La construcción de la globalización ha de seguir los principios axiomáticos que se deriven del “valor” de lo humano, de criterios antropo-sociales (Morin) que nos permitan hacer realidad el viejo sueño de las utopías humanistas, de Oriente y de Occidente.

Sustituir el viejo mundo mecanicista y dual por un nuevo mundo cimentado en una cosmovisión de unidad y articulado arquitectónicamente por los principios de una racionalidad abierta y dialogante, que teja el entramado de la globalización con las hebras de la concordia y de la paz, de la tolerancia y de la cooperación fraterna, es la tarea con la que el Siglo XXI nos reta y a la que nos invita a afrontar conscientes de la “humanidad” que cada hombre y cada mujer encierra en lo profundo de su corazón.

Notas
1 Díaz, Esteban, En los Albores del Siglo XXI. Reflexiones sobre el nuevo paradigma social no mecanicista: el humanismo global, Bangalore, 2009.
2 Entre otras obras de Edgar Morin, El paradigma perdido, El Método, Introducción al pensamiento complejo, esclarecerán al lector sobre la naturaleza de un paradigma de complejidad (o un espacio cognitivo en donde confluirán diversos modelos no mecanicistas) que busca dar explicación a la naturaleza del conocimiento, a la vez que permite vislumbrar la nueva dirección de un pensamiento emergente disociado de la ciencia/pensamiento mecanicista.
3 Fritjof Capra, The Web of life. A new synthesis of mind and matter. Harper Collins, London, 1996, p. 289.
4 El Ojo del Observador. Contribuciones al constructivismo, Watzlawick, Paul y Krier, Peter (Comps.), Gedisa, Barcelona, 1994 (1991).
5 Ken Wilber, Los tres ojos del conocimiento. La búsqueda de un nuevo paradigma, Kairós, Barcelona, 1991 (1983).
___La conciencia sin fronteras. Aproximaciones de Oriente y Occidente al crecimiento personal, Kairós, Barcelona, 1985 (1979).
6 Edaf, p., 94, Madrid, 199.
7 Wilber, Ken, Cuestiones cuánticas. Escritos místicos de los físicos más famosos del mundo, Kairós, Barcelona, 1987 (1984).
Capra, Fritjof, El Tao de la física. Una exploración de los paralelismos entre la física moderna y el misticismo oriental, Luis Cárcamo. Madrid, 1992 (1975).
___Sabiduría insólita. Conversaciones con personajes notables, Kairós, Barcelona, 1990 (1988).
8 Weber, René, “Conversación con David Bohm”, en: El paradigma holográfico. Una exploración en las fronteras de la ciencia, Wilber, Ken (Ed.), Kairós, Barcelona, 1987 (1982), p. 217.
9 Talbot, Michael, Misticismo y física moderna, Kairós, Barcelona, 1985 (1980), p. 86. 36.
10 Bohm, David, La totalidad y el orden implicado, Kairós, Barcelona, 1983 (1980), p. 50.

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