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Isabel Romero: “La clave del turismo musulmán es que suena la caja registradora”

El Instituto Halal lucha para normalizar la vida e igualar los derechos de los miles de musulmanes que viven en España

22/09/2014 - Autor: Manuel J. Albert - Fuente: Cordópolis
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Isabel Romero durante la entrevista (Foto: Madero Cubero).

Isabel Romero (Madrid, 1957) es la directora general del Instituto Halal y presidenta de la Junta Islámica. Musulmana conversa, ha encontrado en la más antigua de las religiones —el comercio de bienes, ideas y experiencias— la mejor forma de acercar dos mundos que para algunos parecen antagónicos aunque siempre se hayan mirado y relacionado: la cultura de raíz cristiana y la que se respira en el islam.

Los profetas involuntarios de la palabra no son sino los turistas que intercambian dinero por vivencias y nuevos conocimientos. Y Romero se ha propuesto atraer a millones de viajeros musulmanes a Córdoba haciéndoles más confortable su estancia. ¿Cómo? Certificando que los establecimientos donde se hospeden sean halal, es decir, acordes con la ley islámica. De paso, el Instituto lucha para normalizar la vida e igualar los derechos de los miles de musulmanes que viven en España

No hablamos solo de bares y restaurantes que no sirvan carne de cerdo o alcohol, porque lo halal impregna todas las facetas de la vida del musulmán y halal puede ser un alimento o un cosmético. Y es el Instituto que dirige esta mujer y que tiene sede en Córdoba, el que certifica que esos establecimientos o productos cumplan los requisitos necesarios para ser usados por el musulmán más devoto.

CORDÓPOLIS se cita con Romero en el primer restaurante con el sello halal de Córdoba, el Caravasar de Qurtuba. Bebiendo té, Isabel hablará con pragmatismo del infinito poder económico del turismo musulmán y de paso, abordará la convivencia con el catolicismo español, opinará sobre el papel del Cabildo de Córdoba en el debate sobre la Mezquita-Catedral, recordará la luminosa imagen de Al-Andalus que guarda el mundo islámico; y con el pensamiento en Siria e Irak, lamentará los oscuros tiempos que les ha tocado vivir a los “musulmanes que tenemos el corazón abierto al mundo”.

Manuel J. Albert. ¿Dónde estamos?

— Isabel Romero. Estamos en un restaurante que también fue un hotel. Gracias a la reflexión inteligente que hicieron los dueños, se dieron cuenta de que no había establecimientos genuinos dotados de una personalidad propia dirigida a un tipo y concepto de cliente: el musulmán. Y esto es el Caravasar que, además ha dado un nuevo paso y se ha certificado como establecimiento halal, aunque todavía el segmento turístico no está normalizado en el amplio sentido de la palabra. Pero ellos, los dueños, han dado el paso de caminar hacia esa normalización en la que hay otro de fuera, el Instituto Halal, que le supervisa y le controla en cierto modo para hacer las cosas lo mejor posible.

Es el primer restaurante certificado por el Instituto Halal en Córdoba. Pero fuera de Córdoba, ¿cuántos establecimientos hosteleros han sido certificados?

— Hay un grupo que se llama La Pesquera, con cinco establecimientos, y nosotros certificamos el de Marbella. Y este del Caravasar de Qurtuba.

La certificación halal es algo todavía incipiente en España

— Sí, pero no porque el turismo lo sea, porque viene -y mucho- turista musulmán que consumiría halal. Pero la lógica de los establecimientos no ha llegado a lo que ha llegado este establecimiento, El Caravasar.

¿Cómo se las han apañado los turistas musulmanes hasta ahora?

— La gente que venía a hacer negocios, por ejemplo, se traían ellos mismos los yogures en sus portafolios; comían ensaladas locales con cierto reparo y tal vez algún pescado a la plancha.

A ver, ¿exactamente qué es lo halal? Porque no hablamos solo de la comida

— No, es mucho más. Se trata de un estilo de vida; es un concepto amplio que tiene que ver con lo que es bueno, con lo que está permitido desde un punto de vista religioso, y también tiene que ver con lo que ayuda al ser humano a vivir mejor.

¿Todos los musulmanes están obligados a seguir la vida halal?

— Sí.

¿Por religión?

— Sí.

¿Y todos lo practican?

— No. Como en todas las confesiones hay quien la sigue y quien no. Y hay muchos grados de tolerancia e intolerancia. Y de ser más o menos estricto. Pero en general se es muy estricto con el tema del porcino. El cerdo, no. Con el tema del alcohol, el abanico se amplía. Pero en materia de turismo, que exista oferta halal, realmente llega a ser la clave que hacer decidir a una persona si va a un país o a otro.

¿Y en ese abanico de rigidez en qué punto se encuentra el Instituto Halal a la hora de certificar?

— En el más rígido. Tenemos que certificar para el cliente más estricto, si no, estaríamos haciéndolo mal. Cuando certificamos un establecimiento lo hacemos al máximo criterio, si no, habría huecos y lagunas. El cliente que no es muy estricto tiene la opción de ir a un lugar que no lo sea, pero el turista que sí es estricto ha de tener la oportunidad de encontrar un lugar que garantice al 100% lo que quiere y exige.

¿Contempláis la posibilidad de hacer distintas divisiones de rigidez en los certificados halal?

— No nos queda otra. Ya estamos estudiando denominaciones. Por ejemplo, este establecimiento en el que nos encontramos podrá ser halal 100% y tener un distintivo en su puerta que lo diga. Pero otro que solo tenga una carta halal dirá que solo tiene un menú halal. Pero no dirá que el establecimiento es halal. Lo mismo pasa con los puestos de venta: puede vender productos halal pero no ser íntegramente halal.

¿Qué se estaba perdiendo la industria turística de España antes de poder certificar este tipo de productos y establecimientos?

— Mucho. Y en los últimos ocho o diez años mucho más porque el mercado halal mundial se estima que está en más de tres billones de dólares. Y sigue creciendo. Pero en España no había nada. Ahora estaremos rondando, solo en exportaciones de productos halal, los 1.000 millones de euros. Y eso no es nada.

¿Qué tipo de turismo atraeríamos siguiendo las pautas de la certificación halal? Porque estamos más acostumbrados a ofrecer sol y playa, sobre todo.

— El turista musulmán busca otras cosas. Tampoco podemos hablar del turista musulmán tipo, porque hay muchos países y muchas culturas musulmanas. Pero sí que existe un eje tipo ya que el turista musulmán no se suele gastar el dinero en lo que se lo gastan otros turistas como puede ser beber alcohol o jugar en el casino o ese tipo de cosas; ellos invierten en gastronomía, en cultura y, sobre todo, en compras. Los turistas musulmanes son grandes compradores de marcas. Y España tiene, además de todo eso, dos atracciones importantes, una en Barcelona y otra en Madrid: el Barça y el Real Madrid (Risas).

¿Y qué buscan en Córdoba?

— El legado andalusí. Lo andalusí está en el imaginario de cualquier musulmán de cualquier lugar del planeta porque es el esplendor, es el renacimiento del Islam. Es el florecimiento de la ciencia, la cultura, la astronomía. Lo andalusí es aquello que se desea, aquello que desapareció -obviamente a causa de miles de circunstancias- pero que sigue siendo un deseo. Y Córdoba es el símbolo de ese deseo. No lo es, en cambio, Granada. Porque Granada es la despedida. Granada está muy bien y la Alhambra es preciosa y maravillosa, pero Córdoba es el símbolo del conocimiento, del esplendor, del renacimiento antes del Renacimiento.

¿Y qué es lo que encuentran los musulmanes cuando llegan a Córdoba?

— Encuentran las piedras de los monumentos, que es un atractivo. Pero en el islam se contempla también que hay seres que no son humanos pero que conviven con nosotros y a los que se les llaman yines. Y esos espíritus los hay positivos y negativos, buenos o malos; te pueden ayudar o no. Y hay una teoría de que en Córdoba se mantiene su califato de yines y que siguen aquí. Y eso hace que la ciudad, todavía mantenga un espíritu vivo. Es una fábula pero realmente hay algo especial. Por ejemplo, yo estoy aquí en Córdoba por casualidad pero esas casualidades creo que no existen. Vine porque quería vivir en Andalucía. Fui a Sevilla, visité varias ciudades y cuando llegué a Córdoba dije: es aquí donde yo tengo que vivir. Sin explicación objetiva. Y no era musulmana entonces.

Háblanos un poco de ti. ¿De dónde viniste?

— Vine de Madrid en 1981. Soy madrileña pero de familia manchega, ya sabes que en Madrid somos mil leches, como en todas las grandes capitales (risas). Había trabajado en la política hasta entonces y me desprendí de todo aquello que me pesaba muchísimo y empecé a construirme un oficio, una profesión y me quedé en Córdoba. Después de muchos años y muchas cosas, me acerqué por otra de esas casualidades que no existen a una comunidad musulmana, Junta Islámica. Pero sobre todo me acerqué a sus gentes, más que a la organización en sí. El caso es que descubrí que allí había muchas cosas que estaban dentro de mí también, dentro de mis valores. Lo reconocí.

¿Antes de convertirte al islam eras una persona espiritual o religiosa?

— En la época de la política era atea militante, luego abandoné todo eso y pasé a ser agnóstica. Y luego fui un poco multiconfesional, andaba con un espíritu abierto y pensando siempre que esta realidad es mucho más de la que se nos describe y nosotros percibimos. Pero no le ponía nombre a aquello que sentía porque creo que, sobre todo, lo importante es cómo vives y te mueves en tu entorno; desde tu familia y amigos a tu trabajo. Y todo ello ha de estar dotado de unos valores y de un sentido. Eso es lo más importante. Luego ya, más arriba, que cada uno le ponga el nombre que quiera. Para mí Dios no es un señor con barba que castiga y premia. No me cabe en la cabeza, me parece un insulto a la inteligencia.

¿Todavía tienes que explicar cómo siendo mujer te has podido convertir al islam?

— Muchos musulmanes estamos todo el día puntualizando. Es un castigo divino. Somos responsables de lo que haga un pirado allí o de las conspiraciones de la CIA de allá. Todo el día tienes que estar dando explicaciones. “Y tú, que eres tan moderna y tal, ¿cómo es que te has hecho musulmana?” Pues mire usted, precisamente por eso me he hecho musulmana. Y claro, eso ya sí que descuadra del todo. Pero es que para mí el islam es libertad. Pero claro, ves lo que ves por ahí y hay quien se pregunta “cómo que el islam es libertad, de qué me estás hablando…”. Y nos toca puntualizar. Otra vez. Todo el día. Pero bueno…

Es un momento complicado

— Es un momento muy feo. Los musulmanes del mundo que tenemos el corazón abierto lo tenemos muy difícil porque nos lo están poniendo muy difícil. Y eso sí que no es una casualidad. Creo que hay un empeño de devolvernos una imagen de nosotros mismos tan fea con el fin de que nosotros mismos la interioricemos y la proyectemos. Y de hecho, está pasando.

Y en mitad de esta vorágine, vosotros en el Instituto Halal os empeñáis en dar una visión mucho más positiva y normalizada del mundo musulmán y que se basa en algo que todo el mundo entiende: el sentido económico del turismo

— Sí porque es el que te trae algo de otro lugar. Somos fieles a lo que pensamos y creemos. Y por eso dijimos, a ver, estamos en un país que ha hecho una transición política, aunque por supuesto no ha hecho una transición religiosa. Pero como nuestra entidad siempre ha estado en el campo de la dignidad y de los derechos, promovimos la firma del Acuerdo de Cooperación con la Comisión Islámica de España en 1992. Y lo que tenemos hoy, donde estamos, es una consecuencia de que se firmase ese documento y lográsemos una ley que amparara, defendiese y, de alguna manera, custodiase esa libertad religiosa. De forma muy precaria, es cierto, porque no ha tenido casi desarrollo. Pero por eso, lo que hemos intentado en la Junta Islámica y en el Instituto Halal es desarrollar aquello que se tenía que haber hecho institucionalmente. Y hemos impulsado desarrollos de normalización de la práctica de la diversidad religiosa. Eso no nos beneficia solo a nosotros, sino a todo aquel de confesión o pensamiento libre minoritario.

¿Y qué tal la respuesta de las administraciones públicas a vuestra labor?

— Cuanto más peso tenemos en el aspecto económico, mejor respuesta obtenemos.

Es así de triste

— Es así de triste, pero es así. Aunque otro aspecto positivo es que se va quitando el miedo. Aunque sospecho que en cuanto nos damos la vuelta dicen, “¡uy, cuidado, a estos hay que tenerlos controlados!” (risas). Pero creo que poco a poco la cosa se va relajando y se va viendo que no pasa nada.

Decías antes que no ha habido una transición religiosa en España

— No se ha hecho, no.

¿Eso supone un problema para atraer al turismo halal? ¿Afecta a los empresarios del sector a la hora de buscar el mercado musulmán?

— Aquí la clave es lo que marca la caja registradora. Si la caja registradora suena, quiere decir que la cosa va bien y que esto tiene otro color. Si no sonara, ya estaríamos hablando de otro asunto. Pero creo que está sonando. Y creo que lo hace desde hace tiempo, pero los profesionales no identificaban bien qué estaba pasando y quién estaba haciendo sonar la caja. Pero ahora se ha identificado ya como un fenómeno verdadero el tema del turismo musulmán. Se calcula que en 2050 más del 50% de los movimientos turísticos mundiales lo harán personas musulmanas.

Pienso en una paradoja. Muchas veces criticamos que el turismo tiende a desvirtuar los lugares donde se desarrolla porque lo homogeneiza todo, tanto la oferta como la demanda. Y nos vuelve a todos un poco iguales. Pero en el caso de los musulmanes, eso puede ser bueno porque significa acercamiento y una identificación más fácil del uno con el otro, independientemente de la cultura o la religión

— Todos queremos estar cómodos, estar en un hotel agradable con una cama confortable, en una ciudad en la que puedas pasear. Probar la gastronomía local, porque los musulmanes no comemos solo cuscús.

¿Se puede servir un rabo de toro halal?

— Por supuesto. Y un salmorejo o unas berenjenas con miel que sean halal. Lo que haga falta.

La pregunta iba más bien en el sentido de si esa homogeneización que tiene el turismo nos puede ayudar a entendernos un poco mejor todos

— El movimiento abre fronteras. Y no nos olvidemos de que los musulmanes fueron los precursores de las caravanas. El profeta Mohammed (Mahoma) tenía una empresa de caravanas y viajaba con ella. Y su esposa era la empresaria. El comercio ha movido el mundo. Ha habido globalizaciones anteriormente y siempre por el comercio. Hablo de la Ruta de la Seda, por ejemplo. Y todo eso favorece el conocimiento mutuo. Beneficia a ellos que viene de allí y a nosotros que les recibimos. Se va a empezar a percibir la diversidad con total normalidad.

E insisto en una pregunta que te hice antes. ¿Estamos preparados como sociedad española, cordobesa, para eso?

— Hay cosas que hacer todavía. Y teniendo en cuenta el momento que estamos viviendo, hay que hacer un trabajo de sensibilización y de información que quitaría muchos miedos y ayudaría. Ahora mismo, por ejemplo, ha sonado la campana del negocio y eso está muy bien. De pronto, mucha gente ha descubierto que el negocio no está en Europa sino que está en el Sudeste Asiático y otros focos. Pero ahora hay que comprender qué significa eso y hay que prepararse para dar una respuesta de calidad a ese sonido del turismo que viene.

¿Debates locales como el de la titularidad de la Mezquita son entendidos por los turistas musulmanes o se mantienen al margen?

— Ellos no se encuentran con el debate, se encuentran con el problema. Hay un problema y no sirve de nada negarlo y meter la cabeza debajo del ala. Es un problema que hay que ayudar a resolver entre todos. Creo que el Cabildo tiene que suavizar sus formas, tiene que darle mayor dignidad al monumento. Por supuesto que es una Catedral y tiene la dignidad que tiene que tener una Catedral, pero tiene una historia detrás. Y, sobre todo, tiene una oportunidad de futuro. Quizás lo que más nos puede doler a algunos es que Córdoba tiene una oportunidad mundial: tiene un monumento que no existe en ningún otro sitio y que simboliza el lugar en el que siempre se ha rezado a Dios por parte de muchas confesiones. Es una pena que en este tiempo no se comprenda ese paradigma tan especial y tan sugerente.

Porque es el dios de Abraham

— Es el dios de Abraham, pero no hablo ni del culto ni de nada de eso que creo que no dejan de ser menudencias y detalles. Yo creo que la Iglesia está perdiendo una oportunidad de oro para liderar ese movimiento ecuménico de paz y concordia que Córdoba puede simbolizar.

Cuando viniste a Córdoba en 1981, desde un punto de vista religioso, ¿te encontraste con una ciudad más cerrada o abierta que ahora?

— Si hablamos del símbolo, era mucho más abierta. El Patio de los Naranjos era un espacio público de encuentro, la gente iba allí. Yo estaba todos los días, veías venir a los turistas, veías la diversidad, te encontrabas con los amigos, se podía tocar la guitarra. Era un sitio libre y ciudadano. Pero eso se ha perdido y en los últimos 10 ó 15 años se ha endurecido todo; se ha hecho rígido; se ha manifestado ese grito de esto es mío y de nadie más de manera yo diría casi grosera. Y en realidad, no debería haber ningún problema. ¿Es tuyo? la Mezquita-Catedral, vale, pero por qué no va a ser también de todo el mundo. Hazlo abierto, hazlo universal porque así es ese monumento. Hay que quitarse el miedo y mirar un poco al futuro. Y en el resto de la ciudad hace falta mejorar y adecuar cosas. Las Instituciones están enredadas en su cosas políticas y al final siempre pierde Córdoba. Pero al mismo tiempo, se progresa. Sería injusto dar una imagen totalmente negativa. En estos años hemos progresado pero lentamente.

Por ejemplo tenemos a Casa Árabe en pleno corazón de la ciudad, a pocos metros de la Mezquita

— Yo creo que eso ayuda. Y aunque refuerza ese nexo de que lo árabe es lo musulmán y viceversa -el único pero que le pondría-, ayuda bastante porque es una ventana. Y hace una serie de actividades que creo que son muy positivas, como Las Noches de Ramadán.

Pero más allá del legado monumental, parece que hemos cortado completamente el vínculo con el pasado musulmán

— Hemos tenido 500 años de nacionalcatolicismo. Y no lo digo atacando ni siendo peyorativa con la Iglesia Católica. Hablo de un modelo de Estado que asume una visión política de la religión, de una confesión concreta. Y aquí se ha hecho una bandera el ir contra el moro durante 500 años. Eso deja huella, lo quieras o no. En la Plataforma contra la islamofobia hicimos unas jornadas muy interesantes con una profesora de la Universidad de Valencia que ha estudiado cómo en la Edad Media se construyó, en solo un siglo y medio, el discurso del odio que hizo posible la exclusión y toda la barbarie que vino después. Pero fue un discurso que se construyó desde el poder e hizo que la población contemplase el horror y le acabase pareciendo razonable sin que nadie se moviese en su contra. Algo parecido a lo que vimos en la Alemania nazi. Hay momentos sangrantes en la historia y desde luego la expulsión de los judíos y los moriscos en España es de los sangrantes.

Pero parece que se están haciendo esfuerzos, al menos formales, por intentar resarcir lo que pasó. Ocurre al menos con los sefardíes

— Sí, pero faltan cosas. Creo que con los moriscos hacen falta gestos, igual que ha ocurrido con los sefardíes. Y ese gesto parece que va a costar un poco.

¿Y a qué se debe?

— A un problema de identidad. Estamos rascando en un tema de identidad. ¿Qué es hoy España? ¿Qué construye hoy a España? ¿La España que habló árabe, una lengua de la que todavía tenemos, creo, 8.000 palabras directas y 30.000 indirectas. ¿Esa es la España de hoy? ¿O es la del castellano que se hablaba solamente en Castilla? Como te digo, estamos tocando y rascando el tema de la identidad y ahí vuelve a haber miedo otra vez. Y aquellos que tenemos fe en la diversidad y nos parece que nos hace mejores y mayores a todos, volvemos a chocar con los que se resisten y enrocan diciendo siempre que no. Por eso, reconocer a los moriscos como parte de la identidad española frena a muchos.

¿Y no puede deberse a algo mas triste? Otra vez la caja registradora de la que hablabas antes: suponemos que los sefardíes al ser judíos de Israel tienen más poder adquisitivo mientras que los moriscos de Marruecos no

— En parte puede ser. Pero la versión oficial que cuenta el Gobierno asegura que los judíos sefardíes hablaban una lengua que era un castellano y se regían por las leyes de Castilla, preservando su idioma y costumbres a lo largo de los años. Los musulmanes de Al-Andalus, en cambio, hablaban árabe. Y cuando fueron expulsados fueron a sitios donde se hablaba árabe. Es decir, no tenían nada que conservar porque simplemente seguían hablando su propio idioma. El tema es saber cuál es el punto de partida en la identidad. ¿El castellano de Castilla? ¿O la gran diversidad que existía en la Península Ibérica en la Edad Media? Ahí es donde estamos y por desgracia no hemos avanzado demasiado.

¿Crees al menos que los moriscos vendrán de turismo? (Risas)

— Hay pocos descendientes, la verdad… Y esa es otra cosa: hay miedo a que vayan a pedir la nacionalidad. Y aquí pasa igual que con los sefardíes. Pero bueno, ¿quién va a pedir la nacionalidad? Cada uno vive en su casa tan a gusto y ricamente. Tal vez el que tenga mucho dinero venga y se compre una casa. Pero poco más. Y los moriscos, pues claro que vendrán pero más por el positivo mito de Al-Andalus que por haber sido expulsados. Solo hay unas cuantas familias localizadas en el norte de Marruecos, en Chauen y en Tetuán que mantienen sus apellidos. Pero no es lo más significativo, detrás hay cosas más importantes: la reivindicación de Al-Andalus como un momento de luz en la historia de la Península Ibérica y de España.

Un lugar como este establecimiento, el Caravasar, con su certificado halal, cerca de la Mezquita, ¿es un punto de inflexión en esta lenta deriva de reencuentro?

— Es una deriva que se está dando en todas partes, pero en Córdoba también. Porque en cierto modo, todo el mundo estaba expectante para saber quién era el primero que daba el paso y ver qué tal le iba en la ciudad. Y eso es algo normal. Pero después del primero que lo ha hecho y lo ha publicitado, se ha despertado el interés y ya hemos recibido llamadas de gente interesada en dar ellos también el paso.

Lo que me sorprende es que se haya tardado tanto. Porque la fórmula ya se conoce y el potencial económico también. Las grandes compañías lo saben. Por ejemplo, las hamburguesas que se comen en los McDonald’s de los países árabes son todas halal

— Es más, las hamburguesas de carne halal que se comen en los McDonald’s de Marruecos viene de España y de Argentina.

Me acabas de dejar alucinado. Estamos hablando de un potencial de negocio enorme para los empresarios de aquí. ¿De cuánto dinero?

— No lo sabemos, la verdad. Con el turismo tampoco tenemos cifras mundiales, todavía. Se están empezando a abordar ahora. Pero es que hemos estado de espaldas a este fenómeno desde siempre. Hasta el punto de que, por ejemplo, en España, cuando entra un turista por la aduana en cualquier aeropuerto, se le clasifica por su nacionalidad europea, americana y luego hay un apartado que es ‘otros’. Y ahí englobamos el resto del mundo. Ni siquiera podemos echar mano de estadísticas anteriores porque metemos en un mismo saco a los que vienen del Golfo Pérsico con los que vienen del Sudeste Asiático. Es decir, no hay datos fiables. Realmente, ahora mismo, la única fuente de datos sobre temas halal en España es el Instituto Halal.

Imaginemos que el grueso de la industria turística española obtuviese algún sello de garantía halal ¿Habéis calculado cómo aumentaría el turismo?

— Muchísimo. No se cuánta gente vendría, pero muchísima. Mira, el año pasado Granada aportó un dato interesante: entre el 1 de mayo y el 31 de octubre viajaron hasta allí un promedio de 1.000 musulmanes diarios. Y ese turista viene a Córdoba también. Y probablemente a Sevilla, a Málaga y a Madrid. Y si le gusta el Barça, también a Barcelona.

¿Qué países son los mayores emisores de turismo musulmán?

— Los países del Golfo Pérsico por su capacidad económica de los petrodólares, y el sudeste asiático también. Pero no hay que desechar el turista musulmán de Estados Unidos que también viene con mucha frecuencia. Porque claro, de quién hablamos: ¿del turista que viene solo de vacaciones? Que son muchos. ¿O del que viene vinculado a las universidades, aquellos estudiantes que incluyen en sus prácticas un viaje a España para recorrer Al-Andalus? Porque eso se da también.

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— España se ha beneficiado mucho de eso, sobre todo por el tema de la inestabilidad en Egipto. Y Marruecos se ha beneficiado muchísimo porque a pesar de haber tenido cierta inestabilidad sigue siendo un país receptor de turismo, a diferencia de Egipto. En Marruecos, en la zona de Tetuán, encontramos una nueva Marbella y sorprende porque es de gran consumo nacional. Pero es que tienen una oferta fantástica, competitiva con nosotros y tienen mucho que decir. Y hay algo que quiero apuntar con respecto a Marruecos. En España no hemos sabido aprovechar nada el paso del estrecho de Gibraltar que hacen cada año siete millones de personas. Porque ya no hablamos de familias enteras que iban con los pollos, las gallinas y las lavadoras en el capó. No. Ahora vienen en supercochazos y quieren sentarse en una buena mesa a comer y a estar cómodos. Y quién dice que si estuviesen bien atendidos no iban a aprovechar su paso por España para pasar un par de días. Toda esa demanda potencial no está siendo explotada en absoluto.

¿Y es muy caro obtener el certificado halal?

— La verdad es que no. Y de las certificadoras europeas diría que somos casi la más barata. Eso no quiere decir que el servicio sea peor, sino que comprendemos y entendemos que España tiene unas circunstancias en estos años de crisis. Y nosotros también aplicamos la filosofía halal en esto. Por eso, apostamos por el que empieza. Así que en vez de ponernos rígidos y plantarnos en una cuota de certificación anual de 2.500 euros al año, vamos a una cuota más bajita y conforme vas vendiendo, a la certificadora le das un poquito: un 0,5% o un 0,8% de lo que se vaya comercializando. Así se puede avanzar, asegurar el cliente y abrir camino. Así funcionamos desde que empezamos.

Y para convertir un establecimiento normal en un establecimiento halal, ¿el dueño tiene que hacer una fuerte inversión?

— Sobre todo tiene que adecuar la cocina. En un hotel hay menos cosas ya que son básicamente aspectos y gestos de atención al cliente: debes indicarle en la habitación dónde está la Meca, por ejemplo; darle un folleto con los horarios de oración; que en el desayuno no se le presenten la lonchas de jamón o bacon en primera línea y que esté claro el espacio de menú halal… Pero en la cocina es más complejo porque se exige una trazabilidad de todos los productos. Si se hace inversión económica, sin duda hay que hacerla allí. En los casos en los que no se pueda hacer esa reforma, lo que les estamos ofreciendo a esos establecimientos es que sea un cátering externo el que ofrezca el servicio. Es cierto que esto está más enfocados a los establecimientos que atienden a grupos grandes de turistas, pero es que son precisamente esos grupos grandes de turistas lo que más se está buscando los empresarios.

El de los establecimientos turísticos es el último eslabón de la cadena halal. Y nos cuentas que todavía tenemos mucho por hacer. ¿Pero cómo está el resto de la cadena, los eslabones de los productores?

— Ahí se ha avanzado mucho. Puede haber ahora mismo 300 empresas con unas 500 industrias vinculadas certificadas. Es decir, ya hay como unos 500 productos halal certificados. Y hablamos de todo, no solo carne. Hablamos de helados, postres, yogures. Es verdad que una parte importante de esa producción se destina a la exportación, pero en el momento que haya un mercado nacional que lo reclame, crecerá esa base del mercado nacional. Y el tema del turismo es una de las vías para que ese producto halal español también se pueda disfrutar aquí.

¿Echáis de menos mayor colaboración y ayudas de las administraciones públicas para potenciar esta línea de negocio?

— Sí, siempre se echa de menos. Y ya los veníamos echando de menos antes, cuando pasamos todos los desiertos habidos y por haber. Pero bueno, ahora que parece que nos acercamos a un oasis, creemos que ya podemos hacer el resto del camino solos. Aunque, curiosamente, es ahora cuando estamos empezando a ver mayor predisposición y comprensión del asunto por su parte. Pero ahora ya no pedimos para nosotros, ahora a las Administraciones de Córdoba les pedimos que den ayudas para que las industrias y los establecimientos locales adquieran la certificación. Eso le daría un gran impulso al sector.

Porque vosotros, con la certificación halal estáis dando la llave a todo un nuevo mercado de consumidores

— Eso es. Pero otra cosa que hace falta es montar plataformas de comercialización en las que los pequeños productores coloquen sus productos para ser comercializados a cambio de un pequeño margen de beneficios.

Una provincia eminentemente agroganadera como es Córdoba debe de tener un potencial enorme. Estoy pensando solo en el aceite

— En efecto. Antes no tanto, pero ahora los países musulmanes exigen que se importe aceite halal, es decir que no lleve aditivos que puedan ser haram -que es lo contrario de halal-. Nosotros ofrecemos una certificación en ese sentido en la que, además, decimos que ese aceite es justamente lo que dice que es, porque antes ha habido mucho fraude con eso. Hay muchos grupos trabajando en ese sentido, también en la Universidad de Córdoba.

¿Cómo esperas que esté España dentro de diez años con respecto a la normalización de los certificados halal?

— Yo creo que va a estar perfectamente normalizado porque la dinámica del mercado lo va mandando. Pero lo que me gustaría es que la dinámica en la lógica del dinero tuviera un reflejo en la lógica de la libertad y en la lógica de los derechos. Y que consiguiéramos que eso fuese una puerta a la normalización. Que también los propios musulmanes residentes en España vivieran esa normalización. Creo que esta deriva permitirá mayor apertura para unos y para otros en la sociedad española.

Ojalá

— Insha Alláh.


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