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Palestina, tierra de los mensajes divinos

Tercera parte: historia de una invasión. Introducción

26/09/2014 - Autor: Roger Garaudy - Fuente: Musulmanes Andaluces
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Roger Garaudy.

La invasión sionista solamente puede entenderse en su totalidad a partir del plan concebido por Théodor Herzl, quien, no sin razón, declaraba en el año 1897: «En Basilea he fundado el Estado judío».

Por tanto, tenemos que captar la lógica interna del sionismo político mostrando su génesis en la obra de Herzl.

Esta exposición comprenderá, pues, al menos para el lector que haya leído la segunda parte de este libro, un cierto número de repeticiones en las referencias que se hagan al Diario de Herzl. En la segunda parte, hemos utilizado tan sólo un resumen del Diario (Diaries) publicado en un volumen por Loewenthal. Ahora, las referencias las hemos tomado exclusi­vamente del The Complete Diaries of Theodor Herzl, publicado en cuatro volúmenes, y presentados por Raphael Patai, en 1970, en el Herzl Press de Nueva York.

Introducción

Para que los sionistas invadieran Palestina se invocaron pretextos religiosos, tales como el de «Tierra Prometida», como si se tratara de una tierra donada por Dios. «El año próximo en Jerusalén» se convirtió no en lo que fue durante siglos para los judíos piadosos, y para muchos cristianos, a saber, la esperanza mesiánica del advenimiento de la ciudad de Dios bajo la forma de una «Jerusalén celeste», sino que se convirtió en la conquista de un territorio a expensas de quienes desde hacía miles de años lo habitaban.

Esta tarea de mistificación evoca a la de las Cruzadas, cuando la fe cristiana, enraizada profundamente en las masas de los pueblos de Occidente, fue cínicamente explotada por sus dirigentes políticos o religiosos al utilizar una temática capaz de levantar el entusiasmo de esos cristianos para servir, frecuentemente, a intereses oscuros: los del Papado, empeñado en reconquistar su hegemonía sobre los príncipes feudales de la cristiandad occidental, y poner fin al cisma de la Iglesia de Oriente, unos príncipes feudales ávidos de establecer sus reinos en «tierra santa»; o mercaderes de Venecia, de Génova o de otros lugares, para quienes aquellas expediciones significaban unas posibilidades fabulosas para enriquecerse mediante el abastecimiento de medios de transporte y de equipamiento.

Todo esto que, en los comienzos, se presentaba como una prolongación de las peregrinaciones a Tierra Santa, y como una guerra «defensiva» contra los «infieles», de quienes había que rescatar el «Santo Sepulcro», sirvió para justificar una sangrienta invasión, el robo de unas tierras y el pillaje de riquezas (de lo cual la conquista y saqueo de Constantinopla es el testimonio más siniestro).

La invasión sionista presenta las mismas características de desviación de la fe en beneficio de empresas políticas, agresiones militares y conquista de un territorio según unos métodos nuevos: los del colonialismo del siglo xx.

Tanto el mecanismo como las argucias de este desviacionismo se manifiestan ya, con toda claridad, en la obra del funda­dor del sionismo político, Théodor Herzl.

Todos los textos que siguen, y sin los cuales sería imposible comprender el desarrollo de la empresa sionista y la lógica interna de sus agresiones y expansionismo, están extraídos del Diario de Herzl, en el que dejó escritas, entre los años 1895 y 1904, sus verdaderas intenciones, proyectos y medidas, que revelan el sentido profundo del sionismo político.

Con el fin de elaborar un informe lo más objetivo posible de la prehistoria explicativa de la agresión sionista, nuestro comentario se limitará a clasificar cinco grandes temas que se desprenden de este Diario anunciador de todo el futuro de la empresa sionista.

1)  La conquista de Palestina no es una cuestión de fe, sino que utiliza la fuerza movilizadora de una «poderosa leyenda».

Herzl es totalmente claro a este respecto:

El 23 de noviembre de 1895: «Naturalmente que dije, tanto al Gran Rabino de Londres como a Zadoc Khan (Gran Rabino de París), que mi proyecto no obedecía a ningún móvil religioso. Yo respeto ciertamente, la fe de mis antepasados, al menos tanto como las otras creencias» (T.I, p. 278).

El 26 de noviembre de 1895: «Asher Myers (del Jewish Chronicle» de Londres, me preguntó: ¿Qué relación tiene usted con la Biblia? Y yo le respondí: «Soy un libre-pensador y nuestro principios será que cada cual busque su salvación a su manera» (T.I., p. 283).

Asher Myers le respondió: «Los judíos ortodoxos os se­guirán pero os considerarán como un mal judío». (Ibídem).

El Objetivo -Palestina-, no tiene para él ninguna signi­ficación religiosa, pero le permite explotar un mito: «El in­conveniente que presenta Palestina es su proximidad a Rusia y a Europa, su falta de espacio para la expansión, y, también, su clima, al que no estamos habituados.

En su favor: la poderosa leyenda (mighty legend). (9 de junio de 1895. T.I., p. 56.

Hasta tal punto Palestina no tiene para él un significado religioso que llegó a escribir «Puedo deciros absolutamente todo sobre la «Tierra Prometida», salvo el lugar en que estará ubicada. Es una cuestión puramente científica; tenemos que tener en cuenta todos los factores naturales, geológicos, cli­matológicos...» (13 de junio de 1895. T. L, p. 133).

El lugar no importa. O más bien: en función de criterios que nada tienen que ver con la fe judía. El 13 de junio de 1895, Herzl escribía: «Desde el momento en que se constituya la "So­ciedad de los Judíos", convocaremos una conferencia que reúna a numerosos geógrafos judíos para determinar, con la ayuda de estos sabios... el lugar hacia el que emigraremos».

«En principio, no estoy en contra de Palestina ni de Argenti­na. Simplemente tenemos que tener un clima variado para los judíos acostumbrados a regiones frías y cálidas. Con vistas a nuestro futuro comercio mundial, tenemos que vivir cerca del mar, mientras que para nuestra agricultura altamente mecani­zada, tenemos que disponer de grandes extensiones. Los cientí­ficos nos darán todas estas informaciones. La decisión será tomada por nuestro Consejo de Administración.» (Ibídem.)

El 16 de junio de 1895 escribía lo siguiente: «Nadie ha pen­sado jamás en ver la Tierra Prometida allí donde realmente está, ¡y está tan cerca! ¡He aquí dónde está!, en nosotros mismos. Yo no engaño a nadie. Yo digo la verdad; cada uno puede verificarla. Porque cada uno llevará consigo una parcela de la Tierra Prometida: una en la cabeza, otra en sus manos, una tercera en su economía. La Tierra Prometida está allí donde nosotros la llevemos». (Tomo I, p. 105.)

Herzl incluso se mofa de consideraciones proféticas o místi­cas (que, además, le son completamente extrañas) sobre Pa­lestina.

Lo que realmente le interesa son los mitos (judíos o cristia­nos) capaces de justificar la implantación en Palestina y la extensión del «Estado judío».

El 26 de abril de 1896, mientras Herzl realizaba un viaje con el pastor anglicano, el reverendo Hechler, nos cuenta: «Ha des­plegado sus mapas sobre Palestina y, durante horas, me ha enseñado muchas cosas. La frontera norte tiene que ser las montañas que están frente a Capadocia; la del sur, el Canal de Suez. El lema que hay que extender: "La Palestina de David y Salomón"». (26 de abril de 1896, t. I, p. 342.)

Alucinado por esta concepción, no toma en serio su carác­ter «profético»: el 24 de abril de 1896 (t. I, p. 342), concretiza sobre el terreno el plan del reverendo Hechler sobre el Gran Israel: «He presentado el plan completo que, hasta ahora, nadie había conocido en la versión de Hechler, con sus aspec­tos "proféticos", y con los que yo nada tengo que ver».

Herzl no muestra preferencia alguna por la visión de los judíos piadosos o de los cristianos sobre Palestina: «Los cristia­nos piadosos de Inglaterra nos ayudarán si vamos a Palestina. Porqué ellos esperan la venida del Mesías una vez que los judíos hayan vuelto a su casa».

Con Goldmisd me encontré, bruscamente, en un mundo completamente diferente.

El quiere entregar el Santo Sepulcro a los cristianos, piedra por piedra: ¡la mitad para Moscú; la otra, para Roma.

Al igual que Montagu, piensa «en una gran Palestina». (No­viembre de 1895, t. I, p. 282.)

Y esto es lo único que le interesa. A Ibrahim, diplomático turco, le comunica cuáles son sus objetivos el día 15 de febrero de 1902 (t. III, p. 1.217): «Me he preguntado acerca de los obje­tivos del sionismo. Le he expuesto lo que era el judaísmo pu­ramente nacionalista del sionismo».

Herzl no se hacía ilusión alguna acerca de la unidad racial de los judíos. De una discusión que mantuvo en Londres, el día 21 de noviembre de 1895, con Israel Zangwill, señala: «El se coloca en la perspectiva de la raza —lo cual no puedo aceptar, al ver sencillamente las diferencias físicas existentes entre él y yo—. Yo digo solamente esto: Nosotros constituimos una unidad histórica, una nación que comporta diversidades antro­pológicas. Esto basta para crear un Estado judío. Ninguna otra nación presenta una homogeneidad racial». (Tomo I, p. 276.)

En su libro El Estado judío escribía: «A decir verdad, no nos reconocemos como pertenecientes a la misma raza y fe de nuestros antepasados» 1. Lo cual no deja de tener su picante para alguien que no comparte esta fe. (Esta es la situación actual del 85 % de los israelíes.)

Incluso le extraña que el rey de Italia lo haya podido tomar por un rabino: «¡No! ¡No!, Señor, nuestro movimiento sólo es nacionalista». Y añade: «Napoleón tuvo la idea de restaurar la nación judía». A lo cual, el rey de Italia respondió justamente:  

«No, lo único que quería era hacer de los judíos dispersos por el mundo, sus agentes». (Tomo IV, p. 1.599.)

Esta visión, puramente nacionalista y sin posibilidad de fundamentarse sobre la raza, aprovecha al máximo lo que él mismo considera como la «poderosa leyenda» bíblica.

Porque representa una fuerza movilizadora: por sí sola es capaz de atraer a los hombres y al dinero: «Palestina es el único país del mundo que atrae irresistiblemente a casi todos los judíos rusos, excepto a una pequeña minoría. Todos los otros países atraen solamente a los hijos perdidos del judaísmo. Úni­camente la Tierra Prometida, la tierra de sus antepasados con­voca a todos los creyentes». (11 de septiembre de 1903, t. IV, página 1.555.)

En ello radica tanto la colecta del dinero como la concentración de personas. A Joseph Chamberlain, ministro inglés de Asuntos Exteriores, que le propuso unos territorios africanos, le respondió: «Nadie daría dinero por semejante país». (24 de abril de 1903, t. IV, p. 1.473.)

Teniendo en cuenta las motivaciones religiosas que no com­parte, Herzl escribió, a propósito del Primer Congreso sionista de Basilea: «Por respeto hacia las consideraciones religiosas, acudí a la sinagoga el sábado anterior al Congreso». (6 de sep­tiembre de 1897, t. II. p. 588.)

Por idénticas razones, prevé la utilización de los rabinos en el futuro «Estado judío»: «Los rabinos serán los pilares de mi organización y, por ello, les concederé honores... Constituyen una jerarquía orgullosa, la cual, sin duda, estará siempre subor­dinada al Estado». (14 de junio de 1895, t. I, p. 104.)

2) La conquista de Palestina está inspirada por un nacionalismo parecido al de todos los países occidentales del siglo XIX: Herzl, como hemos visto, no se hace ilusión alguna acerca del mito de la raza, pero exige un apego incondicional al futuro Estado sionista y una ruptura con la fidelidad a los países en que viven israelitas en el momento de adherirse al naciona­lismo sionista.

Al narrar su entrevista, en París, el 16 de noviembre de 1895, con el gran rabino Zadoc Kahn, Herzl, que le había expuesto durante dos horas su programa, señala: «Después de la entrevista, se declaró sionista. Pero, dijo, el "patriotismo" francés tiene sus exigencias».

Sí. Un hombre tiene que escoger entre Sión y Francia (t, I, página 272). Herzl añade el 18 de noviembre: «Los "franceses israelitas" —si los hay— para nosotros no son judíos, y nuestra causa no tiene nada que ver con sus asuntos». (Tomo I, p. 275.)

En Londres, por el contrario, se mostró mucho más satisfe­cho, cuando Sir Samuel Montagu, miembro del parlamento, le confesó: «confidencialmente que se sentía más israelita que inglés». (24 de noviembre de 1895, t. I, p. 280.)

A partir de este momento se comprende que aluda «al temor a que, en los periódicos judíos liberales, los antisemitas pongan en tela de juicio su patriotismo». (18 de septiembre de 1897, t. II, p. 666.)

3) La integración del movimiento sionista en el colonialismo occidental de tal manera que la invasión de Palestina no sea más que un aspecto de la política colonialista de Europa.

Herzl jamás escondió que el sionismo político era una empresa colonialista. «Mi proyecto de colonización requiere un estudio profundo», escribe a lord Rothschild el 21 de julio de 1902 (t. IV, p. 1.308). Su idea motriz es la misma de todos los colonialistas: una tierra está «vacía», abierta a la colonización, cuando no está habitada por occidentales: «Si pudiera mostrar un territorio perteneciente a Inglaterra en el que no hubiese blancos, podríamos hablarlo». (23 de octubre de 1902, t. IV, página 1.361.)

Para Thédor Herzl, el mayor problema del sionismo político es el de insertarlo en la política colonialista de Ale­mania o de Inglaterra. El objetivo es crear una «Compañía Chartered», que sea una empresa privada, pero bajo la protec­ción de un Estado. El modelo de Herzl es Cecil Rhodes, magna­te del diamante que consiguió crear, con miles de millones, la «Rodesia» y África del Sur, engañando a todo el mundo: los pueblos africanos y sus dirigentes, como el gobierno británico, al igual que Herzl, busca, gracias a la fortuna del barón Hirsch, de los Rothschild o de otros banqueros, burlándose simultá­neamente del sultán Abu Ul Hamid, del Imperio Otomano, el Kaiser alemán, el gobierno británico y el Zar de Rusia, crear su «Estado judío».

Con cierta admiración, Herzl se vuelve hacia Cécil Rhodes. Era el mes de enero de 1902, y le pregunta: «Por qué me dirijo a usted. ¿Por qué? Porque se trata de un tema colonial... Hay visionarios que alcanzan muy lejos, pero que carecen de sentido práctico. Hay hombres práctico..., pero que carecen de imagi­nación política. Pero usted, señor Rhodes, es un visionario político, un visionario dotado de sentido práctico. Usted ya ha dado pruebas de ello. Y lo que yo le pido no es que dé o me preste algo de dinero, sino el peso de su autoridad en el pro­yecto sionista. ¿En qué consiste este plan? En organizar el retorno y la instalación de los judíos en Palestina» (enero de 1902, t. III, p. 1.194.)

El objetivo, proclamado por Théodor Herzl en su libro El Estado judío, es hacer del estado sionista un bastión avanzado de la civilización occidental ante la barbarie oriental (L'Etat juif, p. 32).

En una carta fechada el 26 de abril de 1896, dirigida al Gran Duque de Bade, reitera que los sionistas desean entrar en Palestina «como representantes de la civilización occidental... contra este rincón perdido de Oriente» (t. I, p. 343).

Colocándose, a partir de entonces, como mandatario de un colonialismo colectivo, ofrece sus servicios a los diferentes países colonialistas occidentales (a excepción de Francia): a Alemania, Inglaterra, Rusia, Portugal e Italia.

A cada cual hay que suscitarle un interés diferente.

En primer lugar, a Inglaterra: «Yo trataré de obtener los territorios necesarios, dentro de una de las posesiones británi­cas, para nuestra colonización» (23 de agosto de 1903, t. IV, pá­gina 1.352). Esta era su primera intención: «Acaso estamos a punto de conseguir una Carta británica y de fundar el Estado judío» (7 de noviembre de 1902, t. IV, p. 1.372).

Cuando solicita de Inglaterra un territorio en El Arish (Egipto), recuerda que está situado en la ruta hacia la India; cuando se da cuenta de que Inglaterra puede abandonar Egipto, ve en Palestina la alternativa para penetrar en Persia y en la India: «Si los ingleses se ven forzados a abandonar Egipto, tendrán que buscar una ruta hacia la India distinta al Canal de Suez... La solución podría tenerla entonces en una Pa­lestina moderna: un ferrocarril desde Jaffa al Golfo Pérsico» (24 de marzo de 1897, t. II, p. 527).

Cuando Chamberlain le propone Uganda, demuestra que la colonia sionista es capaz de «salvaguardar la seguridad estra­tégica y comercial del ferrocarril inglés desde El Cabo a El Cai­ro» (4 de enero de 1902, t. III, p. 1.203).

Al mismo tiempo juega con la rivalidad entre Inglaterra y Alemania. El 16 de septiembre de 1899, le sugiere al señor Eulenbourg, embajador de Alemania en Venecia, que: «Otra potencia podría aportar su ayuda a esta movilización, y, en primer lugar, pensé en Alemania. Era natural. De todos modos, me hubiera sentido feliz si hubiera sido Alemania».

Gracias a este chantaje, el 19 de octubre de 1898, el Kaiser le concedió una audiencia: «Cuando le propuse mi idea: la "Compañía Chartered" bajo protectorado alemán, la acogió favorablemente». Adujo, como razón de peso para obtener la ayuda alemana, que la colonia sionista podría favorecer las ambiciones alemanas en Oriente, en particular la creación de la línea férrea Berlín-Bizancio-Bagdad.

Al mismo tiempo, jugando con la rivalidad de Francia y Alemania, denuncia los peligros que se derivan de la llegada del embajador de Francia, Constans, ante el Sultán: «Dentro de poco, será el centro de todas las intrigas dirigidas a la influencia alemana en Constantinopla» (diciembre de 1897, t. II, p. 781).

Finalmente, ante el canciller Bulow, que teme el avance del socialismo, hará valer el hecho de que el movimiento sionista es el antídoto: «El se impresionó cuando le dije que habíamos hecho abandonar el socialismo a los estudiantes de la Univer­sidad de Viena... Algunos pueden pensar que instaurarán el socialismo en el futuro Estado (sionista), "allá". Pero esa no es mi perspectiva...» (18 de septiembre de 1897, t. II, p. 668).

Herzl, tras el progrom antisemita de Kichiniev, propone al ministro del Interior, Ven Plehve, que había sido responsable de la masacre, ayudarle a desembarazarse de aquellos judíos que, perseguidos, corrían el riesgo de pasarse al socialismo. El le promete «debilitar a los partidos revolucionarios» (t. II, pá­gina 783...) y le pide al peor antisemita de Europa una carta (que Plehve enviará a Herzl el 12 de agosto de 1903)2.

El rey de Italia, el cual Herzl, con el mismo espíritu colonia­lista, le pedirá que le entregue Libia, le respondió: «Pero, ¡es la casa de otro!» (t. II, p. 1.597). A lo cual Herzl le respondió, en el más puro espíritu colonialista, «que el desmembramiento del Imperio otomano y el reparto colonial de sus despojos, estaba próximo».

Lo cual no le impidió «negociar» con el sultán Abd Al Hamid, la venta de Palestina a cambio de que los banqueros sionistas repusieran sus finanzas y la obtención del apoyo mun­dial de la prensa y del lobby sionista. En lo referente a las finan­zas, procedía a un nuevo chantaje: «He declarado que desearíamos comprar Palestina para hacer de ella un país to­talmente independiente, de lo contrario nos iríamos a Argenti­na» (17 de junio de 1896, t. I, p. 367).

En cuanto al apoyo del lobby sionista en Europa, Herzl le propone al Sultán su ayuda para que su política respecto a la masacre de los armenios tuviera una imagen más favorable: «Que el Sultán nos dé este trozo de tierra, y, en contrapartida, pondremos sus finanzas en orden e influiremos en la opinión pública para que le otorgue en el mundo entero su apoyo» (8 de junio de 1896, t. I, p. 363). «Puedo influir en la prensa europea (de Londres, Berlín y Viena) para que la cuestión Armenia sea abordada de modo que pueda ser aceptada por los turcos» (21 de junio de 1896, t. I, p. 387). Cuando Bernard Lazare defien­de, en París, a los armenios, Herzl se lo reprocha (t. III, pá­gina 1.201).

Efectivamente, eso era quitarle a la empresa sionista una de sus bazas: «Hay otras maneras para poder ganarse al Sultán: apoyarle en la cuestión armenia» (7 de mayo de 1896, t. I, pá­gina 346).

Herzl hacía valer el poder de su lobby: «Los sionistas obe­decen a la voz de mando de Manchuria, en Argentina, de Canadá en África del Sur y Nueva Zelanda... En Inglaterra tenemos innumerables amigos cristianos, tanto en la Iglesia como en la prensa, mientras que, en la Cámara de los Comu­nes, 37 diputados han prometido su apoyo al sionismo» (t. III, página 1.195).

El embajador americano en Constantinopla le propone a Herzl una solución de recambio: «Mesopotamia puede ser conseguida... Abraham vino de Mesopotamia, y, por tanto, podríamos utilizar elementos místicos» (29 de diciembre de 1899, t. III, p. 899). Herzl no descarta esta toma de posición de repliegue.

También efectuará ignominiosas propuestas financieras a Portugal con vistas a conseguir su colonia de Mozambique:

«Ahora quiero conseguir Mozambique. Trataré de conseguir del gobierno portugués, que necesita dinero, esta tierra inacti­va para constituir una "Compañía Chartered", prometiéndole cubrir su déficit y, posteriormente, pagarle un tributo» (t. IV, página 1.487, 13 de mayo de 1903).

De todo esto se deduce que, después del Congreso de Basilea, de agosto de 1897 Theodor Herzl pudo escribir, no sin razón, lo siguiente: «En Basilea he fundado el Estado judío» (tomo II, p. 581). La estrategia de la invasión sionista ha consistido en colocarse dentro del movimiento colonialista, buscando simultáneamente la protección de uno de los países colonialistas, jugar con su rivalidad, y, dentro de poco, también con su enfrentamiento.

«Que los antagonismos entre ingleses y rusos, protestantes y católicos, se agudicen. Que se peleen por encima de mí. Así avanzará nuestra causa» (23 de abril de 1896, t. I, p. 333).

La lucha de apetencias colonialistas en la «cuestión de Oriente», es decir, en la perspectiva del reparto de los despojos del Imperio otomano, es una cuestión necesaria para el éxito de la misión del sionismo: «La solución de la cuestión palestina —no digo de la "cuestión judía"— se deriva de los más recien­tes acontecimientos acaecidos en Asia» (10 de marzo de 1898, tomo II, p. 800).

4) Este modo de tratar con las diversas potencias colonialistas destinado a obtener cualquier colonia en cualquier lugar, de­muestra evidentemente que la «poderosa leyenda» de Pales­tina, patria original de ¡os hebreos y Tierra Prometida, no era sino un pretexto y un lema movilizador de algo puramen­te nacionalista y colonialista. Su primer campo de acción fue América del Sur: «Estas repúblicas sudamericanas pue­den ser adquiridas mediante el dinero» (12 de junio de 1895, tomo I, p. 92).

«Hemos dejado a nuestros negociadores en África del Sur para que concluyan tratados de ocupación con estos Estados, y tenemos ya asegurada la tierra que vamos a ocupar» (13 de ju­nio de 1895, t. I, p. 136).

Al ministro inglés de Asuntos Exteriores, Joseph Chamberlain le dijo: «Al gobierno británico quiero pedirle una Carta de Colonización».

—No diga usted «Carta». La palabra, en este momento, suena mal.

—Llamémosle como usted desee. Quiero establecer una colonia judía en una posesión británica.

—Coja Uganda...

(1902, t. IV, p. 1.294.)

Este proyecto africano se enfrenta a violentas resistencias, sobre todo por parte de los sionistas rusos que están «en abierta rebelión. Me quieren colocar ante un ultimátum: tengo que dejar la idea del África Oriental... Voy a movilizar a las bases en contra de estos rebeldes... Voy a suprimirles la ayuda financiera» (4 de diciembre de 1903, t. IV, p. 1.572).

Este asunto irá lejos: en el IV Congreso sionista, Herzl fue acusado de traición, y el movimiento estuvo al borde del cisma.

Pero, Herzl ya tiene otras propuestas: en el Mediterráneo: la Península del Sinaí, la Palestina egipcia, y, sobre todo, Chipre.

«En Chipre creamos una corriente a nuestro favor. Tene­mos que ser invitados. Esto lo prepararé con media docena de emisarios. Una vez creada una compañía judía, con cinco millones de libras esterlinas para su instalación en el Sinaí y El Arish, los chipriotas comenzarán a su vez a querer que esta lluvia de oro caiga sobre la isla. Los musulmanes se marcharán, y los griegos se sentirán felices por vender sus tierras a buen precio al tiempo que emigrarán a Atenas o a Creta». (Conver­sación con Joseph Chamberlain, el 23 de octubre de 1902, t. IV, página 1.362.)

Con América del Sur, África (desde Uganda a Mozambi­que), y el Mediterráneo, Así ha sido escogida como punto de caída. En la carta dirigida al Sultán, el 28 de julio de 1902, Herzl le proponía de nuevo cancelar todas las deudas otoma­nas. «A cambio pedimos una carta o una concesión para una colonia en Mesopotamia y en una pequeña parte de Palestina. Naturalmente, esta compañía pagará una tasa proporcional al número de familias de colonos» (t. IV, p. 1.321).

5)  Los objetivos de esta invasión colonialista, bajo la protección de cualquier potencia colonial, son variados, pero los metodos utilizados en todos los sitios son idénticos: ya se trate de comprar una tierra y de expropiar a los ocupantes, o de apo­derarse por la fuerza de un territorio, el objetivo final es siempre secreto.

«Invitaré a un pequeño número de hombres para que vengan a verme, haciéndoles prestar juramento de guardar en secreto el plan que les daré a conocer» (12 julio de 1895, t. I, página 82).

»La expropiación voluntaria será realizada por nuestros agentes secretos... Solamente venderemos a los judíos. Ciertamente, esto no podremos hacerlo más que declarando no vá­lidas las otras ventas. Pero, si ello no va en contra de la justicia en el sentido moderno de la palabra, nuestra fuerza no bastaría para pasar por encima (12 de junio de 1895, t, I., p. 89).

En América del Sur, por ejemplo, «al comienzo, incluso antes de que sepan a dónde queremos llegar, podríamos obte­ner grandes concesiones a cambio de una simple esperanza de concederles préstamos a menos del uno por ciento» (12 de ju­nio de 1895, t. I, p. 92).

La misma argucia se impone en todas las demás operaciones.

Por ejemplo, el 24 de octubre de 1902, asegura a lord Lans-downe, secretario de Estado inglés para Asuntos Esteriores, que «no habría ni una sombra de duda acerca del carácter absolutamente pacífico de la colonización de El Arish y de otros sitios si aquella les era concedida» (t. IV, p. 1.365).

El mismo día, el ministro Joseph Chamberlain le dijo: «Asegúrele a lord Lansdowne que no están ustedes pensando en un "raid Jameson" 3 desde El Arish sobre Palestina».

«—Se lo aseguraré completamente, señor Chamberlain, le dije sonriendo» (t. IV, p. 1.369).

El mismo Theodor Herzl escribía en su Diario, el 4 de enero de 1902, cuando esperaba obtener Chipre como punto de participación: «Tenemos que vincular a Chipre, y un día, apoderarnos de Israel por la fuerza, como nos lo cogieron hace mucho tiempo» (t. III, p. 1.023).

Generalizando este principio, escribe el 1 de julio de 1897: «Tenemos que organizamos para alcanzar un objetivo rápi­damente accesible, bajo la bandera de Sión, y mantener todas nuestras reivindicaciones históricas.

Acaso podamos exigir Chipre a Inglaterra, aún mante­niendo en nuestras miras a África del Sur o América, mientras se desmembra Turquía» (t. II, p. 644).

Para Herzl, estaba, pues, claro que cualquier concesión que se hiciera no era más que un punto de partida para una con­quista ulterior. De ahora en adelante, esa será la constante de la política sionista, más tarde del Estado de Israel, bajo el mismo pretexto bíblico: «Nuestra zona: desde el río de Egipto al Eúfrates» (15 de octubre de 1897, t. II, p. 711).

«La "prehistoria" del Estado sionista de Israel nos ha mostrado que nació gracias a dos guerras:

»La de 1914-1918, cuando, por la necesidad de obtener contra Alemania los mayores apoyos posibles en todo el mundo y especialmente en América, condujo a Inglaterra a prometer la Declaración Balfour, en 1917; y la de 1939-1945, cuando, rechazando todos los otros países como puntos de acogida de los judíos perseguidos por los nazis, los dirigentes sionistas lograron imponer el mito según el cual la creación del Estado de Israel era la consecuencia ineluctable del hitlerianismo».

La historia del Estado sionista de Israel muestra que, nacido gracias a las dos guerras, hasta el momento actual se ha exten­dido gracias a otras cinco guerras: la que concluyó en 1948 con la anexión de un territorio que sobrepasaba las fronteras que le habían sido asignadas por Naciones Unidas; la de la agresión de 1956 (en connivencia con Inglaterra y Francia) contra Egipto; la de 1967, cuyas nuevas anexiones hicieron inevitable la de 1973, y, finalmente, la invasión del Líbano de 1982.

El hecho de que el Próximo Oriente haya sido sometido al fuego y a la sangre desde que el Estado de Israel logró impo­nerse en la zona, proviene de la lógica misma e implacable del sionismo político, aquella que había forjado Theodor Herzl y que pudo consumarse a través de todos los partidos israelíes, tanto el de Ben Gurión como el de Menahem Begin. Aunque entre ellos existan ataques, comparten, sin embargo, la misma ideología de la violencia.

El autor de la apologética biografía de Ben Gurión, primer jefe del «laborismo» israelí, escribe, a propósito de su héroe que «nunca había creído en la posibilidad de una coexistencia con los árabes. Cuanto menos árabes haya (en las fronteras del futuro Estado de Israel), mejor. No lo dice explícitamente, pero la impresión que se deduce de sus intervenciones y anotaciones es neta: «una gran ofensiva contra los árabes no rompería solamente sus ataques, sino que también reduciría al máximo el porcentaje de población árabe dentro del Estado... Se le puede acusar de racismo, pero, entonces, habrá que hacer el proceso a todo el movimiento sionista, que está fundado en el principio de una entidad puramente judía en Palestina» 4.

El mismo Ben Gurión trata a Begin de «hitleriano», cuando precisamente persigue el mismo sueño sangriento: «Begin per­tenecía incontestablemente al tipo hitleriano, declara Ben Gurión. Es un racista dispuesto a destruir a todos los árabes con tal de realizar su sueño de unificación de Israel; dispuesto a utilizar todos los medios con tal de conseguir este objetivo sagrado» 5.

Este debate lo narra el biógrafo, no menos apologético, de Menahem Begin.

Notas
1 Théodor Herzl, L'Etat juif. Ed. de l'Herne, 1969, p. 112.
2 Ver el texto íntegro de esta carta (en el t. II) de nuestra obra.
3 Jameson era un administrador colonialista de África del Sur, que, en 1895, había organizado un raid en Johannesburgo contra el Estado Boer; esta agresión fue descalificada por el gobierno británico, el cual llamó a Jame-son y le encarceló.
4 Bar Zohar. Ben Gurion, le prophete armé, Ed. Fayard, París, 1966, página 146.
5 E. Haber, Menahem Begin. The man and Ihe legend. Dell Book, New York, 1979, p. 385

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