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En búsqueda de un sentido “humano” con el que construir la globalización

La educación debe proporcionar el conocimiento para que el acontecer del mundo global se manifieste interrelacionado y unido

12/09/2014 - Autor: Esteban Díaz - Fuente: Para cambiar el mundo
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Esteban Díaz.

En búsqueda de un sentido “humano” con el que construir la globalización

1. El mundo ha devenido global, pero el mundo dista mucho de estar “unido”; es decir, se ha organizado en una red de interconexiones (o de conectividad) que han denominado la “globalización”, no para que se posibilite el impulso que favorezca el conocimiento y el desarrollo del “valor de lo humano” inherente (y universal, por tanto) a cada hombre y a cada mujer, siendo la manifestación en la praxis diaria de su verdadera naturaleza, cuando ésta es rectamente conocida. Estos valores humanos universales, desde tiempos remotos, fueron enseñados por las tradiciones de Sabiduría, de Occidente y de Oriente, para fijar, en el devenir de cualquier sociedad humana, aquellas cualidades que definen a ese “valor de lo humano”, que los sabios encarnaron con el ejemplo de sus vidas: la verdad, la rectitud, la paz, el amor y la no violencia.

Porque una sociedad debe construirse sabiendo que son estas cualidades o valores inherentes a cada ser humano la matriz en la que se geste el entramado de redes de relaciones/conctividad que conforma la vida del colectivo humano que la constituye, para que la convivencia social quede manifestada por unas correctas relaciones fijadas por las nociones de igualdad, de concordia, de respeto, de cohesión fraterna, de cooperación solidaria, de justicia social, resultante de la aplicación en el ejercicio diario del “bien común” como eje axial de todos los programas de política social y económica.

En otras palabras: un tejido social debe generar (y conectar los ámbitos de) una cultura que resulte del “cultivo” de esos valores humanos universales y consustanciales a cada hombre y a cada mujer. En otro lugar hemos utilizado la expresión “cultura humanista” a aquella que cultiva el alma humana. Y esta “cultura humanista” será posible si la educación cumple el propósito por el cual fue instituida: elaborar estrategias cognitivas para que los educandos logren descifrar el enigma que encierra la sentencia “Conócete a ti mismo”. Que a estas alturas del proceso evolutivo humano aún no se muestren/comuniquen/enseñen los valores humanos universales en los procesos educativos de un mundo global, que se ufana de haber logrado la educación universal, en la casi totalidad de las naciones que conforman la plural y diversa humanidad, es lamentable. Porque estos valores universales humanos son el único patrimonio real, la única señal de identidad, que posee una sociedad que es definida como “humana”, porque su cultura explicitará, individual o/y colectivamente, lo que los ciudadanos conocieron, acerca de su verdadera realidad/esencia, en el proceso educativo, en cualquiera de sus etapas de formación...

2. En la Antigüedad los programas educativos se caracterizaban por una extremada preocupación por que el estudiante, no sólo descubriera el potencial innato que ha de desarrollar en el proceso educativo, sino que, además, se le formaba en el respeto, en la integridad moral, en la correcta conducta, en la disciplina y en el control de los sentidos, como sucedía en la Grecia clásica, o en la India, de tan remotos tiempos, cuya cultura ancestral se conoce por su tradición escrita. Los sabios maestros diseñaban programas educativos que fomentaban la perfección de los jóvenes, además de ofrecerles los conocimientos sobre las ciencias que indagaban el mundo, o el Cosmos, o la historia humana, o la gramática y la oratoria, o la filosofía, que se conectaba con la educación, que no olvidaba la formación de los jóvenes en un carácter genuino, acorde con la esencia implícita la naturaleza de un ser humano. “Conócete a ti mismo”, era la sentencia que encerraba el significado que debía ser indagado para descubrir la verdadera realidad del hombre, que, según aquellos que habían logrado descifrar el aforismo, no era diferente del Cosmos en su completud, o del Creador del Cosmos, en su plenitud y perfección.

3. Vivimos tiempos convulsos. Tiempos de barbarie, de luchas infinitas, de beligerancia combativa activa contra todo lo que no es como nosotros o no se une a nosotros. Esto es barbarie. Esto no es “humanidad”. La Humanidad significa lo que su raíz etimológica expresa, no distinta de la palabra latina “homo” (‘hombre’), o la inglesa “man”, o la española “hombre” (del latín <hominen), o la francesa “homme”, o la sánscrita “manava”. Todas ellas provienen de la raíz indoeuropea “manas” (‘energía mental’ -¡?-) que hacía referencia al complejo componente con el que se definía uno de los niveles que constituyen al ser humano, el nivel mental, que incluía tanto a mente discriminativa-reflexiva-abstracta como al intelecto superior, que los vedánticos y budistas denominan “bhuddi”, estableciendo una sutil diferencia entre “bhuddi” y los inferiores niveles de “manas”. El significado etimológico de estos términos, que tienen su origen en la primitiva lengua indoeuropea, no es fácil de enunciar, pero lo intentaremos mediante una digresión que nos ayude a aproximarnos a su sentido original: “el ser que ha comprendido su realidad expresada en una individualidad humana, haciendo uso de la energía mental que, disciplinada y utilizada correctamente en la indagación, le permitirá mirar hacia lo más profundo de su ser y reconocerse en identidad con su fuente, su verdadero y universal Ser”.

4. Nunca han estado los jóvenes más perdidos, decepcionados, inseguros, hastiados. Y sin embargo, nos ufanamos de haber logrado una educación universal. Pero no saben los jóvenes (tampoco nosotros) nada sobre ellos mismos, sobre lo que en verdad son, que nada tiene que ver con lo que “viven” o con lo que les dicen en los centros educativos acerca de lo que son. La educación que se imparte en los centros educativos responde a los intereses ideológicos de los grupos políticos que gobiernan, siguiendo el dictado de los valores del “sistema”, alimentado por los principios e intereses del capitalismo mercantilista, cuyo poder lo regenta hoy el mundo del capital financiero. La educación no responde a las exigencias del propósito por el que fue instituida. Ni han comprendido quienes elaboran los programas educativos que la educación debe educar y formar a los futuros ciudadanos en el conocimiento de lo que en verdad es el ser humano, al tiempo que los forma en el carácter genuino que resulta de una educación basada en los valores inherentes a cada uno de los seres humanos. Además, la educación debe proporcionar el conocimiento para que el acontecer del mundo global se manifieste interrelacionado y unido, expresándose, en todo su tejido social/global, una cultura que derive de esos valores consustanciales a cada ser humano, de los que devendrían, de forma natural y espontánea, los valores del respeto, de la concordia, de la integración, de la igualdad, de la justicia social, de la fraterna cooperación solidaria.

Educar en los valores humanos no puede hacerse desde la transmisión de conceptos. Cada ser humano nace con los valores que lo definen como “ser humano”, grabados en su corazón. Sólo se precisa comunicarle el conocimiento que le revele “su” verdad interior, de donde manan los valores humanos, y darle a conocer los instrumentos para lograr ponerlos en práctica. A esto se le llamaba en la Antigüedad  ”Sabiduría”, porque el conocimiento acerca de su ser no sólo fructificaba, sino que, además, se expresaba/se ponía en práctica en su vida diaria.

5. En estas líneas de nuestra reflexión queremos parafrasear una cita de la Divina Comedia de Dante Alighieri, en la que nos exhorta a no vivir como animales, pues hemos nacido para perseguir el saber. ¿Pero qué saber debemos perseguir? Aquél que nos conduce a descubrir qué somos en verdad, ascendiendo como el águila a las cimas del espacio, aun superando alturas azules y lejanas, casi inapreciadas por nuestros ojos, indagando, por ejemplo, alguna de las partículas más diminutas que el átomo, porque son entes planetarios de energía que gravitan alrededor de su núcleo atómico, cuya esencia se nos escurre entre las manos del saber, del mismo modo que el agua que queremos apresar con nuestras manos se nos escapa entre nuestros los dedos. Pero aquello que escurría por nuestras manos dejó impregnada su impronta, porque nos rozó, y su roce nos vinculó para siempre a su esencia, y nos agradó, acaso porque intuimos que nuestra esencia es la misma que la esencia del agua que queríamos apresar. El intento en sí de apresar una esencia es ya un logro, aun cuando nos desvele tan sólo una porción tan pequeña como lo es la partícula investigada, pues nos dará un argumento para afirmar la incertidumbre que nos produce el Universo, sólo con asomarnos, desde nuestras pequeñas mentes, a su enigmática e ingente presencia de luces y de oscuridad infinita. Y esa incertidumbre, qué duda cabe, la amamos, y nos estimula a seguir indagando hasta lograr la verdad que nos impulsa a investigar, que acaso no la encontremos en el interior del átomo ni en el centro de nuestra galaxia, no porque no la contengan, sino porque nos hemos retirado demasiado de la verdad que habita en lo profundo de nuestro ser. ¿Tal atrevimiento de la ciencia física (que en verdad es nuestro atrevimiento, el de todos, pues nos pertenece, por contener todos la misma esencia, que nos une a todos en indivisible unidad y nos hace ser un sólo individuo) al investigar la partícula diminuta, acaso no nos acerca, un paso más, al conocimiento del Universo que nos contiene? ¿Y si logramos comprender el significado de una sola partícula, o su movimiento gravitacional en torno a su núcleo, percibido por cálculo matemático o en representación gráfica de lo que pudiera ser, no nos ayudará a vislumbrar que ese conocimiento nos acerca al conocimiento de nosotros mismos? ¿O tal vez nos dejaremos arrastrar por el conocimiento que nos amontone sobre la tierra, arrastrados como una oruga, que no sabe ni se interesa por lo que pudiera acontecer por encima de su cabeza?

Conocer es descubrir. En ciencia, en arte, en filosofía… Descubrir nos sitúa en el camino del conocimiento de la “esencia” que se encierra en lo profundo de nuestro ser, porque indaga en el conocimiento que revela nuestra esencia. Descubrir, sí, cómo esa esencia es el núcleo sobre el que debe girar nuestra vida. La conozcamos o no, vivir conscientes de nuestra esencia, es el propósito de nuestro nacimiento.

6. Lejos de la Sabiduría, el mundo global, lo es, en tanto interconecta finanzas, mercados, productos, consumidores, dinamizado todo ello por el factor más importante del capitalismo que ha mundializado la economía de mercado: el dinero, que todo lo compra, a pesar de no tener en sí un valor real, pero es susceptible de cambiarlo por todo lo que existe sobre y bajo suelo terrestre.  He ahí su poder. He ahí por qué los poderosos lo son, porque acumulan la mayor parte del capital dinerario en sus manos, para poseerlo todo. He ahí por qué dominan sobre los gobiernos, sobre la producción de mercancías, sobre los mercados, y sobre nuestras vidas.

De este modo el capitalismo se recicló/actualizó, concediendo todo el poder al selecto Club del poder financiero, hasta el punto de lograr el control de las finanzas, de los mercados, de las políticas de todas las naciones del globo, y de la vida de los seres humanos.

6. Interrelación, conectividad. En favor del desarrollo y del progreso económico. Pero el mundo global no conoce la experiencia del respeto, de la tolerancia, de la fraterna cooperación solidaria, y de la integración de los pueblos y las culturas que pueblan la Tierra. ¡Cuanto menos “pensar” en la noción de unidad como principio y eje axial que organice un mundo global, en el que todos –pueblos-naciones-culturas-credos (religiosos e ideológicos)- nos encontremos y nos integremos como una sola familia! Un mundo sin fronteras, fraterno, integrado, cooperativo, respetuoso con la  vida humana y con la de los demás seres vivos, incluidos mares, tierras, aire y el espacio celeste, que contiene todo. Un mundo de igualdad, basada en la unidad que ha de ser definida por “el valor de lo humano”, por la “humanidad” que impulsa el “gen” que hace posible que cada hombre y cada mujer “sean” humanos. Por el contrario, muchos pueblos, con su idiosincrasia cultural singular e irrepetible, han sido engullidos por el Pantagruel del capitalismo que ha invadido el planeta de valores de mercado y de consumo. Este mundo global está siendo removido, organizado, repartido, a su antojo, por el club de selectos líderes que poseen el poder que les confiere la posesión del a casi totalidad del capital financiero. Y de sus cómplices, los intermediarios banqueros y los políticos, que han perdido, unos y otros, el sentido de “lo humano”. Y desde semejante desnaturalización del ser humano, han organizado el mundo global. Su resultado: la progresiva deshumanización del ser humano y el dramático deterioro de los ecosistemas del planeta, con la consiguiente pérdida de innumerables especies de seres que nos acompañaban en nuestro periplo terrestre.

7. ¡Cómo echamos de menos conocer más sobre los científicos, absortos en sus investigaciones sobre lo inmensamente pequeño para entender lo inmensamente grande, y en ese ínterin, acaso logren decirnos que en el camino de sus investigaciones descubrieron un haz de luz que les reveló que, la esencia que buscaban en una partícula, es la misma esencia que la que describe el místico en sus contemplaciones meditativas, o el indagador en sus indagaciones realizadas en la senda de su auto-indagación, que le llevó a descubrir que su esencia es de naturaleza universal y que lo universal es una sola Inteligencia que se manifiesta en todo cuanto existe como aquello que llamamos “esencia”! ¡O la misma esencia que descubrió el meditador en el instante de identificarse con el objeto de su meditación! ¡Qué lejos está el mundo de la política y de la economía, de la justicia y de la educación, de la cultura, que absorben el tiempo y el esfuerzo de la Humanidad en luchas diarias por conseguir… inquietud y estrés en sus vidas, sumidas en su crisis de cosas materiales! El científico y el místico, ¡qué cercanos conviven el uno del otro transitando las rutas de su absorción indagatoria por descubrir la verdad que anhelan conocer!

...


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