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El hombre Darek-Nyumba

In memoriam Emilio Galindo Aguilar, P.B.

25/08/2014 - Autor: Dr. Gumersindo Meiriño Fernández - Fuente: Webislam
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Emilio Galindo Aguilar, P.B.

Se empeñó con todas sus fuerzas en acoger en su casa a todos los seres humanos, se metió entre ceja y ceja que cada uno es un tesoro que hay que respetar; dedicó toda su vida a recibir a los hermanos de otras culturas en su hogar. Y como era fuerte, decidido y enérgico muchos lo miraron con respeto, pero cierta lejanía, porque temían quemarse en el fuego de su corazón.

Su gran obra fue la creación del Centro de Estudios, Darek Nyumba (palabra que significa, «tu casa» en árabe y swahili). Allí recibió a miles de alumnos procedentes de distintas culturas venidas de África, pero, sobre todo, a sus queridos hermanos musulmanes. El Centro Darek Nyumba fue el reflejo de su corazón, una casa, un hogar en el que habitaban nobles sentimientos, en los que se miraba a los ojos a todas las personas y se las respetaba, más allá del color de su piel o de sus creencias en Alah.
Emilio fue valiente, claro, concreto, decidido.

Hace algunos años en España se publicaron unos libros de texto, aprobados por el ministerio de cultura de España, que “calumniaban” al profeta Muhammad. El salió con el fuego al campo de batalla desvelando la tremenda injusticia que se estaba haciendo con los hermanos musulmanes.

Emilio se movió mucho tiempo solo, con pocos apoyos, por su defensa de los musulmanes y de la religión del Islam. Pero lo hizo siempre con gallardía, con serenidad. Sabía que así habían cabalgado muchos de los sufíes, “de los que tanto aprendí” ─el mismo comentaba─, en su propia religión musulmana.

En los últimos meses soñaba con poder terminar un libro que estaba escribiendo sobre el cristianismo, “que tal y como está, quizás habría que llamarlo “Constaninismo” en lugar de cristianismo, recordaba con su voz firme,  porque el fundador de este cristianismo es el emperador Constantino, no Cristo. Cristo es el mensajero del amor, no del colonialismo y el autoritarismo”.

Cuando hablamos del Papa argentino, comentaba la enorme ilusión que le produjeron los gestos y palabras de Francisco, “¡por fin, un enviado al frente de la iglesia, ─afirmaba categórico─ alguien que cree en Cristo!”.

Los ojos de Emilio llamaban la atención. Eran azules profundos, reflejaban las olas de mar en pleno auge, el fuego que llevaba en su hogar (darek-nyumba), su corazón. El fuego del amor del que brotaban las verdades que había aprendido en África, en contacto con el islam y el sufismo. El fuego del amor que encendía su palabra, sus hechos, su trabajo, sus libros, sus conferencias…. Emilio todo lo que transmitía era enérgico. Era un “padre blanco” en todos los sentidos, blanco, puro, limpio, transparente, del que salían palabras vibrantes, reales, y, como la misma realidad, a veces, duras, para los que caminan entre dos aguas.

María Victoria Gómez Morales, comentó sobre él, “le he conocido mucho en su gran corazón y de enamorado de Jesús”.

El mismo día de su cumpleaños dejó el planeta tierra. Los orientales piensan que esta coincidencia desenmascara la vida de un gran maestro.

Este es su testamento. El lo llamó, el credo de Darek-Nyumba:
Lo nuestro es el hombre, todo el hombre, todos los hombres, por encima de ideologías y credos, de lenguas y razas; de estructuras y políticas, el hombre sin plural, por ser creado en serio y no en serie; libre de cuanto le impida, aun en nombre de la religión o de cualquier ideología, ser el mismo; solidario con todos y con todo, sin frontera alguna, ni interior ni exterior, formando la comunidad de la esperanza,  por este hombre trabajaremos y lucharemos, convencidos de que si así lo hacemos, nos entenderemos como hermanos, progresaremos juntos, conseguiremos, unidos, quitarnos el miedo de vivir y devolveremos a todos el coraje de ser hombres: en armonía consigo mismo, con sus hermanos y el universo, en armonía con Dios,   y mañana, hoy, ya, hijos de la luz del fuego, todo comenzara irresistiblemente a ser distinto.

¡Querido amigo, gracias por esa luz de fuego tantas veces compartida!

¡Hasta pronto Emilio!

Gumersindo Meiriño Fernández


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