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Ibn ‘Arabí y su tiempo

Viaje y creación

17/07/2014 - Autor: Alfonso Carmona - Fuente: Ibn Araby Society
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Ibn al-‘Arabí ha sido y es para los sufíes referencia doctrinal de primer orden y, para muchos otros, fuente inagotable de influjo espiritual. Su obra indudablemente es reflejo de las etapas de su experiencia interior, pero éstas no son separables de su vida, o lo que es lo mismo, son fruto del constante peregrinar quele hizo recorrer, primero, su patria una y otra vez, y atravesar, después, el mundo islámico en uno de los momentos más dramáticos de su historia. Los lugares que fueron para él morada más o menos efímera, los sucesos que le acaecieron y las personas que lerodearon son mucho más que detalles anecdóticos del decorado de su permanente búsqueda espiritual. El conocimiento de estos detalles sería muy útil para entender mejor su obra.

En los próximos minutos, quisiera proporcionarles alguna información de las
circunstancias políticas y sociales que en cada lugar encontró y de las ideas que pudo
conocer, más que (aunque también) del itinerario—geográfico y existencial—que
condujo a Ibn ‘Arabi desde su Murcia natal y la Sevilla de su juventud a Damasco,
"refugio de los profetas" (esto último, bien en consonancia con el tema de este
encuentro). Dejo para otros la descripción del viaje interior que le llevó, por los caminos de la ascesis y la meditación, a ese punto donde aalgunos se les desvela el misterio de la unidad de la existencia.

Las fechas y los lugares de su vida.

Muhammad Ibn al-‘Arabí, llamado por sus seguidores al-Shaykh al-Akbar (el Mayor
Maestro), y generalmente conocido como Muhyiddín (Vivificador de la religión), nació
en Murcia el 28 de julio de 1165. Aunque su nombrede familia, o su apellido, es—
según consta en notas suyas autógrafas—Ibn al-‘Arabí, existe la costumbre desde la Edad Media de llamarlo Ibn ‘Arabí (y, de ahí, Abenarabi, transcripción propuesta por
Miguel Asín, y adoptada por las autoridades municipales murcianas para darle nombre a una avenida). La razón de este apellido es su lejano origen árabe, por línea paterna; sumadre, por el contrario, era bereber.

En 1172, tras la muerte del emir del Levante andalusí, Ibn Mardanish, el Rey Lobo, y la
subsiguiente ocupación de Murcia por los almohades norteafricanos, pasó a residir en
Sevilla, al ser llamado su padre—que había sido alto funcionario en el gobierno del Rey
Lobo—a desempeñar un cargo en la administración almohade de al-Andalus.

Adolescente aún, formado en jurisprudencia, gramática y retórica, se preparaba para
trabajar como secretario del gobernador de Sevilla. Pero, cuando contaba menos de
quince años, tuvo una visión que le hizo emprender la búsqueda de la perfección reli-
giosa. A partir de entonces, frecuentó a numerosos ascetas y místicos en al-Andalus y
en el Norte de África.

Mantuvo su residencia en Sevilla hasta cumplidos los treinta años. Después, se estableció en Túnez y Fez. Retornó a al-Andalus a finales de 1198. Durante casi un año, no cesó de ir y venir por los caminos de su patria. Se trataba de efectuar una última visita al país natal para despedirse de sus maestros y compañeros en la vía mística.

Primero se dirigió a Algeciras. Luego continuó su ruta hasta Ronda. Desde allí, se traslada a Sevilla, a donde llega cuando se estaba construyendo la Giralda. La etapa siguiente es Córdoba. La presencia allí de Muhammad coincide con el entierro de Averroes, muerto algún tiempo antes, el 11 de diciembre de 1198, en Marrakech.

Desde Córdoba, el viajero se encamina a Granada; ciudad que abandonará al poco para
dirigirse a su tierra natal, Murcia, donde se entrevista con Ibn Saydabún, famoso
discípulo de Abu Madyán. Unos días después, ya está de nuevo en camino, esta vez en
dirección a Almería, donde llega el 27 de junio de 1199.

A partir de ese momento, perdemos la pista de Ibn al-‘Arabí por un tiempo; no la volvemos a encontrar más que a finales de 1200, ya en el Magreb, en Salé concretamente. Es decir, durante más de un año, nuestro sufí se retiró totalmente del mundo. Sus biógrafos están completamente seguros de que, de haber efectuado más viajes para visitar a otras personalidades espirituales, lo sabríamos. Tanta es la abundancia de información (muchas veces autobiográfica) que se posee sobre todos sus pasos.

De Salé se dirigirá a Marrakech, la capital del imperio almohade, ciudad que también
recibe a veces el sobrenombre de "Tumba de los Santos," por los varios que hay
enterrados. Algunos de ellos habían muerto allí por que habían sido expatriados y
obligados a residir en esa capital. De Marrakech se traslada a Fez y de allí a Túnez, no
sin antes pasar por Bujía. El camino hasta Túnez será lento, y no llegará allí hasta
transcurridos nueve meses, pasados junto a hombres que habían alcanzado la cima de la espiritualidad.

Después de Túnez, su destino será Egipto. En El Cairo estará en 1202. Apenas un año
después de que una buena parte de la población egipcia hubiera sucumbido a la peste y
al hambre que habían asolado el país. Allí nuestro sufí será protagonista de un grave
incidente, una muestra de las tensiones y los malentendidos surgidos en más de una
ocasión entre sufíes de occidente y alfaquíes de oriente. Según una fuente un siglo
posterior a los hechos—de cuyo testimonio hay razones para dudar—Ibn al-‘Arabí fue
condenado a muerte en El Cairo: “Los egipcios le reprochaban ciertas palabras pronunciadas por él, e intentaban hacerlo ejecutar.” Fue un dirigente del sufismo oficial quien intercedió en su favor, y lo salvó.

Forzado o no por este grave incidente, decidió continuar su camino hacia La Meca, a donde no fue directamente (remontando el Nilo y atravesando después el Mar Rojo), sino a través de Palestina. Se trasladó en primer lugar—pasando por Gaza—a Hebrón, a la tumba de Abraham, el padre de todos los monoteísmos, y luego a Jerusalem, donde reza en la mezquita al-Aqsà. Luego prosigue su camino hacia Medina, y finalmente llega a La Meca.

Tras la estancia en La Meca, Ibn al-‘Arabí reanuda sus actividades en el año 1204.
Infatigable, multiplica sus desplazamientos: Siria, Palestina, Anatolia, Egipto, Iraq...
Entre los años 1204 y 1220, no cesa de recorrer una y otra vez esos países. En 1205, por ejemplo, está en Bagdad, luego en Mósul y, más tarde, en Konya. En mayo de
1206, se encuentra en Hebrón, y luego lo vemos en otros luga res de Palestina, donde redacta varios tratados. Lo encontramos en El Cairo en 1207, antes de volver a partir para La Meca al año siguiente.

En 1209, visita Alepo. En 1211, está de nuevo en Anatolia.


En 1212, se encontraba en Bagdad. En 1214, sabemos que está una vez más en Alepo.
Ese mismo año, recala en Siwas (Asia Menor). El resto de ese año y parte del siguiente
los pasa en La Meca. En 1215, está otra vez en Anatolia. En 1218, sabemos que reside
en Malatya (donde nace uno de sus hijos). En 1220 y 1221, está de nuevo en Alepo. En
1223, se encuentra otra vez en Egipto.

Esos continuos desplazamientos no le impiden, sin embargo, aumentar considerablemente el número de sus escritos: una cincuentena fueron compuestos en el transcurso de ese mismo período.

En cada uno de estos desplazamientos se encuentra con discípulos que asisten a sus
lecciones. Unas veces se trata de viajeros cuyo camino se cruzó con el de Ibn al-‘Arabí;
otras veces, son habitantes del lugar, que aprovecharon el paso del maestro por su
región para beneficiarse de su enseñanza. A todos los que lo solicitasen se les concedía
el correspondiente certificado de lectura, donde constaba el nombre del oyente y la
fecha. Muchos de estos certificados han llegado hasta nosotros, y gracias a ellos hemos
podido conocer los nombres de unos cincuenta estudiantes. Prácticamente todos (salvo un par de excepciones) son personas ignoradas en las crónicas y los repertorios
biográficos.

Ha llamado la atención de los biógrafos de Muhyiddín el hecho de que, en sus relaciones con soberanos y dirigentes políticos, Ibn al-‘Arabí adoptará en Oriente una
actitud muy diferente de la que había hecho suya en Occidente, donde rehuyó el trato
con los poderosos y rehusó aceptar sus dádivas. En Oriente, si bien es verdad que no
buscó sistemáticamente su compañía, frecuenta los palacios y se codea con los
príncipes. El mismo Muhyiddín confesaba que tenía, por ejemplo, “cierta influencia
ante el sultán de Alepo.” Y, según una fuente, el emir de Homs le entregaba cada día
100 dirhams.

A diferencia de la mayor parte de los expatriados andalusíes, que preferían quedarse en Egipto a donde les había conducido la ruta de la peregrinación, Muhyiddín escogió Siria como tierra de asilo en su vejez. Se establecerá en Damasco a partir del año 1223
(pronto cumpliría los sesenta años), junto con un cierto número de sus discípulos. La
amistad y la protección que le prodigó la poderosa familia de los Banu Zakí—una
verdadera dinastía de Cadíes Mayores—es sin duda una de las razones que hicieron que Ibn al-‘Arabí prefiriera instalarse en Damasco en lugar de en Alepo, donde residían importantes seguidores suyos. Tal protección le permitió proseguir su enseñanza doctrinal con toda tranquilidad, sin ser inquietado por las autoridades religiosas.

Sería precisamente en la casa de un miembro de esta familia, que era llamado con el
mismo sobrenombre que nuestro sufí, Muhyiddín Ibn Zakí, donde Ibn al-‘Arabí murió,
siendo enterrado en el mausoleo de la familia.

Alfonso Carmona. (Universidad de Murcia)

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