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De vuelta a la Umma

Quién es el musulmán indignado y por qué

01/07/2014 - Autor: Ramzy Baroud - Fuente: Rebelion
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Geometria
Ramzy Baroud
CounterPunch
Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens


“Hermano, hermano”, me llamó un joven mientras yo partía apresuradamente de una sala de conferencias en un centro comunitario en Durban, Sudáfrica. Esto sucedió durante el punto álgido de las guerras de Afganistán e Irak, cuando fallaron terriblemente todos los esfuerzos por detener los feroces ataques militares de EE.UU. y Occidente contra esos dos países.

El joven iba vestido de atavío tradicional afgano pastún, y acompañado por un amigo. Con evidente nerviosismo formuló una pregunta que parecía completamente ajena a mi conferencia sobre el uso de la historia de los pueblos para comprender prolongados fenómenos históricos utilizando Palestina como modelo.

“Hermano, ¿crees que existen esperanzas para la Umma musulmana?”. Preguntó por el futuro de una nación a la cual creía que ambos pertenecíamos indisputablemente, y esperaba ansiosamente cómo si mi respuesta tuviera algún peso, y pudiera calmar sus evidentes preocupaciones.

Tal vez más asombroso que su pregunta es que no me haya sorprendido en absoluto. La suya es una pregunta intra-generacional que jóvenes musulmanes han estado formulando incluso antes de la decadencia y colapso final del Imperio Otomano, el último Califato existente, con el fin de la Primera Guerra Mundial.

A pesar de importantes tumultos históricos, el Califato había existido consistentemente desde los califas Rashidun (los califas ‘bien guiados’) comenzando con Abu Bakr en 632 d.C., después de la muerte del Profeta Muhammad.

Las preguntas del joven invocaron tanta historia y una multitud de significados. Pocos historiadores y ‘expertos’ occidentales (especialmente los que intentaron comprender el Islam a fin de aplicar su conocimiento para propósitos políticos y militares) pueden posiblemente comprender el peso emocional de esa pregunta.

“Umma” en la pregunta del joven, no significa exactamente ‘nación’ en el sentido nacionalista relativamente moderno. Los musulmanes no son una raza, pero existen en todas las razas; no comparten un color de piel, o un estilo de vida per se, o un lenguaje común, incluso si el árabe es el lenguaje original del Sagrado Corán. Umma es una ‘nación’ que se basa en un conjunto de valores morales eternos, originados en el Corán, encarnados en las enseñanzas y el modo de vida (Sunnah) del Profeta Muhammad, y guiados por la Ijtihad ‘diligencia’ –explicada como el razonamiento independiente– de eruditos musulmanes (ulama) basados en el Corán y Sunnah.

Naturalmente, el fracaso del Califato creó una crisis que demasiadas dimensiones. Tuvo lugar la descomposición geográfica de la Umma musulmana, que a pesar de la singularidad cultural y lingüística de los diversos grupos de esa “nación”, la Umma siempre poseyó fundamentales marcos valóricos políticos y sociales. Sobre la base de ese legado antiguo, pero constantemente reanimado legado (de ahí ‘Ijtihad’), los musulmanes poseyeron su propia equivalencia de la Declaración Universal de Derechos Humanos, las Convenciones de Ginebra, códigos civiles y mucho más a partir de hace casi 14 siglos.

Lo que fue más crítico que la descomposición geográfica de la Umma fue el colapso del tejido mismo de la sociedad, la desintegración de las leyes que regían cada relación individual o colectiva, toda transacción comercial, reglas respecto al medioambiente, la beneficencia, la ley de la guerra, etc. Tuvo lugar otra disolución: la de los valores morales auténticos y orgánicos que permitieron que la Umma persistiera mientras tantos imperios fracasaban, y floreciera donde otros decaían. El sistema orgánico autopropulsado fue reemplazado por alternativas que se han deteriorado todas hasta la última.

Y ahí es donde comenzaron las raíces del ‘musulmán indignado’.

La Umma sigue viviendo como un ideal que transciende el tiempo y el lugar. Persiste a pesar del hecho que el último siglo había afectado increíblemente a todas las naciones musulmanas, sin excepción. Incluso el éxito de numerosas naciones en la obtención de su independencia de los poderes coloniales que destruyeron el Califato no enfrentó de ninguna manera la crisis original de la otrora predominante, integral, Umma musulmana. Las sociedades musulmanas colonizadas terminaron por adoptar las reglas y leyes de sus antiguos colonizadores, y siguieron oscilando dentro de su esfera de influencia.

Las naciones musulmanas posteriores a la independencia fueron una abominable mezcla de tribalismo y nepotismo, con una interpretación interesada del Islam y de leyes y códigos civiles occidentales que estaban todos adaptados con tanto cuidado para asegurar la supervivencia de un status quo totalmente corrupto; donde gobernantes locales aseguran la supremacía sobre colectivos derrotados, desorientados, y potencias occidentales sustentan sus intereses por todos los medios necesarios.

Como era de esperar, un status quo semejante no podía posiblemente ser sustentado. Una sociedad civil fuerte y coherente no tenía ninguna probabilidad de supervivencia bajo regímenes opresores, y con la falta de educación u oportunidad, o las dos cosas, generaciones de musulmanes padecieron extrema desesperación.

Como escape de sus infortunios inmediatos, numerosos musulmanes buscaron inspiración en otros sitios. Vieron en Palestina una bandera de lucha, porque la continua resistencia a la ocupación extranjera era una indicación simbólica de un pulso colectivo. El amplio apoyo que Hizbulá (un grupo chií) recibió entre musulmanes suníes por su resistencia contra Israel fue una indicación de que las divisiones sectarias empequeñecían al ser comparadas con la necesidad de que la Umma musulmana se reagrupara alrededor de principios como la justicia, reivindicando aunque sea un ápice de su pasada gloria.

Pero fueron las invasiones occidentales dirigidas por EE.UU. de Afganistán e Irak, las que marcaron la línea de lucha como nunca antes. Cuando Bagdad cayó en abril de 2003, y mientras soldados estadounidenses sumergían tan vanidosamente con sus banderas la antigua capital del Califato Abásida, muchos musulmanes sintieron que su Umma había alcanzado la más abismal humillación. Y mientras hombres y mujeres iraquíes eran torturados, violados y filmados muertos o desnudos por soldados estadounidenses que reían socarronamente en las prisiones de Bagdad, crecía toda una nueva nación de jóvenes musulmanes indignados.

Las guerras occidentales en Afganistán e Irak no fueron el precursor exclusivo de la indignación de la juventud musulmana, la humillación y la actual violencia existente en Siria, Irak, y otros países musulmanes. Las guerras fueron el catalizador. Pensad en un grupo de ‘yihadistas extranjeros’, como los llaman, compartiendo una merienda entre batallas en algún sitio cerca del norte de Irak e imaginad lo que posiblemente tienen en común: un iraquí torturado en Bucca, un libanés que combatió contra los israelíes en el sur del Líbano, un sirio cuya familia había sido asesinada en Alepo, etc. Pero no es solo un problema de Medio Oriente. La alienación y el trato constante al que se enfrentan inmigrantes musulmanes en Francia y Gran Bretaña, sus mezquitas, sus culturas, lenguajes, su propia identidad, cuando son combinados con los sufrimientos de los musulmanes por doquier también podrían tener su propia manifestación violenta.

El Primer Ministro británico David Cameron está preocupado por la amenaza a la seguridad nacional de su país como resultado del actual enfrentamiento en Irak, instigado por las conquistas de territorio por el Estado Islámico de Irak y el Levante (ISIS, por sus siglas en inglés). No parece comprender o preocuparse por comprender el papel de su país en la violencia.

El Presidente de EE.UU. Barack Obama sigue predicando desde la Casa Blanca sobre la violencia y la responsabilidad de su país, como si el papel destructivo y dirigente jugado por Washington en Medio Oriente no tuviera nada que ver con el estado de desesperanza y humillación sentido por una generación de jóvenes musulmanes. Es como si la guerra, la ocupación extranjera y la destrucción sistemática de toda una civilización –a la que muchos musulmanes todavía se refieren como ‘Umma’– no tuviera lugar a ningún precio, fuera de la fluctuación de los precios del petróleo.

¿Quiénes son estos yihadistas? Muchos siguen preguntando y tratan persistentemente de ofrecer respuestas. ¿Agentes de la CIA? ¿Grupos terroristas financiados por el Golfo? ¿Jóvenes descarriados liderados por una conspiración iraní para justificar su apetito de hegemonía regional? ¿Yihadistas extranjeros que combaten contra el régimen de Asad en Siria? ¿O tal vez con el régimen de Asad contra su oposición? Las teorías conspirativas abundan en tiempos de grandes misterios.

Sin embargo, los jóvenes musulmanes ‘indignados’, alienados, constituyen difícilmente un misterio, sino una inevitabilidad histórica totalmente comprensible. Para muchos de ellos, aunque insistan en algo diferente, la Umma y el Califato tienen más que ver con espacios incorpóreos que con verdaderas fronteras geográficas. Es un escape hacia la historia, de la pobreza, la alienación, la opresión y ocupaciones extranjeras. Entender esto es encarar verdaderamente las raíces de la violencia. Ignorarlo no puede posiblemente ser una opción.

Ramzy Baroud es el editor jefe de Middle East Eye . Columnista de análisis internacional, consultor de medios, autor y fundador de PalestineChronicle.com. Su último libro es My Father Was a Freedom Fighter: Gaza’s Untold Story (Pluto Press, Londres).

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