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Cambiar el mundo significa transformar la condición humana

La noción de condición humana siempre estuvo ligada a una idea falsa de la naturaleza humana, absolutamente alejada de su ser real e íntimo, de su verdadera esencia

30/05/2014 - Autor: Esteban Díaz - Fuente: www.estebandiaz.es
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Esteban Díaz.

"Cambiar el mundo, amigo Sancho,
que no es locura ni utopía, sino justicia".

Miguel de Cervantes

1.

Hablamos de "la condición humana" como si los seres humanos nos negáramos a nosotros mismos la posibilidad de que en ningún momento, en nuestro proceso evolutivo, como individuos y como colectivo, nuestras vidas puedan ser de la misma “naturaleza superior” que mostraron aquellos sabios o seres “divinos” que hablaron de la perfección humana, toda vez que hayamos –el hombre o la mujer- superado la idea de “lo humano” reducido a un componente psicosomático, sin más, o animado por un alma que lo acercaba al Creador, siendo éste separado/distinto de su Creación, que dependía en todo momento de la bondad y misericordia de su Artífice.  Sin embargo los sabios, o los “hombres perfectos”, o jivanmuktas o jñanis, en Oriente, exponían que para que el ser humano pueda alcanzar tan excelsa meta, le es necesario abandonar/erradicar la idea de que la humanidad está atada por la condición “natural” de “su” conciencia individualidad limitada/separada de su Creador, si quería trascender a la conciencia universal que en verdad es toda criatura manifestada en el Cosmos.

Para los “sabios” que mencionamos el Creador y la Creación no son distintos, pues la  Creación es sólo el velo con el que se cubre el Creador, dándose a Sí Mismo en cada ser de su Creación, sin merma o falla. Sólo tiene que reconocer esta verdad y vivir establecido en ella. Según las tradiciones de sabiduría de Oriente, éste fue el caso de Confucio, Lao Zi, Buda, Sankaracharya, Gñanesvara o Ramana Maharshi; o de Sócrates, Jesús, Apolonio de Tyana, Ibn 'Arabí, Al-Hallaj, Shams de Tabriz, en Occidente, por traer a la memoria algunos ejemplos, al tiempo que nos mostraban el camino para lograr el paso de lo individual o universal, y cómo sus vidas ejemplificaban sus palabras. Los nombres mencionados no agotan la abundante lista que en una y otra región de nuestro planeta nos muestran las respectivas tradiciones culturales que se han sucedido hasta nuestros días.

En Oriente se afirma, pues, que lo universal y trascendente está inmanente de lo individual o particular, pues toda la Creación es la manifestación de la Conciencia o Energía Universal, Dios. Trascendencia e inmanencia se dan la mano en Oriente. Y en alguna tradición que comunica este conocimiento de unidad entre lo universal y lo individual, riza el rizo insistiendo en la idea de una unidad no-dual, como la vedanta advaita, que afirma que sólo es Real el Ser, pues la Creación es irreal, un sueño, una idea desarrollada y expresada en un Cosmos. También en la tradición de sabiduría occidental se percibe estas ideas de unidad no-dual, de identidad entre el Ser y su Creación, poseyendo ésta una existencia relativa, al ser una mera apariencia de realidad, ya que sólo existe como una ideación salida de la Realidad Única o Dios. Las doctrinas religiosas de Occidente (cristiana, judía, musulmana) y la filosofía racionalista relegaron al ostracismo este conocimiento de no dualidad, permaneciendo viva en algunas corrientes místicas de estas religiones, que nunca perdieron de vista las doctrinas orientales que exponían este conocimiento de “unidad no-dual”, que afirmaban la presencia de la Conciencia Universal en cada forma de vida. Todo es Conciencia. Todo es Dios.

La idea es que lo trascendente se hace inmanente para que lo Uno indivisible se muestre en existencia como los muchos, y en ellos reconocerse cuando las condiciones y el conocimiento sean los adecuados. En este sentido, sólo los seres humanos tienen instrumentos racionales y espirituales para lograr tal conocimiento y crear las condiciones (estrategias y métodos) para  conocerse en tan prístina y divina naturaleza.   

Es difícil entender que no creamos que las vidas de estas grandes almas se desarrollaron motivadas por la misma idea de perfección inherente a cada ser humano y por las estrategias y metodología cognitivas mediante las que pudieron conocer, desarrollar y encarnar tal perfección, si no es porque cada vez que nos miramos en el espejo de nuestras acciones diarias, individuales y colectivas, nos sobrevenga el desencanto ante tanta decepción y mediocridad que invade nuestras vidas, saturadas de limitaciones con las que enfrentamos nuestro vivir diario, o nos embargue la tristeza por las desilusiones y desengaños que acosan nuestra salud mental ante la imposibilidad de conseguir las expectativas u objetivos con las que encaramos nuestra cotidianidad, por ejemplo. Sin mencionar la carga negativa que comprime nuestra mente y nuestro corazón ante tanta desazón con la que muchas noches nos retiramos a descansar.

La clave para superar tanto desencanto existencial reside en conocer qué se entiende por “naturaleza humana”, o conocer qué es verdaderamente “el ser humano”. O dicho de otro modo, qué es en esencia un hombre o una mujer, indistintamente de la diferenciación sexual.

2.

Cuando pensamos en “la condición humana” aparece en nuestra mente la carga negativa que conlleva la expresión. Es como si uno de los genes que conforman la genética humana nos impeliera a vivir situaciones, si bien no siempre decepcionantes, sí movidas por una dinámica en la que tengamos que superar una continuada sensación de imperfección, dolor, obstáculos, frustraciones…, siempre pegados a nuestros talones, sin que podamos desprendernos de tan enojosa carga. No hay un condicionante interno (o externo) que nos "ate" a una existencia lamentable, en crisis continuada de la que sólo podamos aspirar a mejoras o logros parciales para atenuar lo que nos limita y nos relega a una condición de eternizada búsqueda de mejoras.

Cambiar el mundo significa abandonar la idea de “la condición humana” como lastre para conseguir los logros de los que nos hablan las tradiciones de sabiduría, porque de esa manera vive el hombre, hoy global, “condicionado” por lo externo, movilizado por unos valores que lo cosifican y lo ajenan de sí mismo, transmitidos por una educación, una cultura -arte/tecnología/ciencia-, una situación y un contexto sociales, políticos, económicos, que han sido diseñados por los poderes de los Estados, hoy, del mundo global capitalista, desde unos principios y unos criterios que reproducen los valores de la economía financiera y de mercado/consumo. En este “modo de vida” enajenador inscribe nuestro ser y estar las sociedades del mercantilismo capitalista. Porque para sufragar la sociedad del mercado/consumo  se necesitan hombres y mujeres, jóvenes y niños, que reproduzcan el “sistema”, en sus vidas individuales y colectivas, siendo ellos mismos ideas/objetos que prolongan, expresan/difunden y perpetúan el “sistema”.

Podemos decir que el “sistema”, como idea, vive en cada ser humano como extensión suya, condicionándonos, para destruir cualquier intento de reconocernos en nuestra esencia humana. Si la Ilustración luchó contra la barbarie, las sucesivas filosofías que dieron cuerpo a los modelos de liberalismo que nos han gobernado desde entonces han logrado deshumanizar progresivamente a la humanidad, desnaturalizándola.

3.

La desnaturalización de la vida humana se ha convertido en el más destructivo “condicionante” contra el cual debe combatir el ser humano del Siglo XXI. “Combatir” es para nosotros “conocer” y “comprender” qué es el ser humano y destruir (alejándonos de) los valores que lo han desnaturalizado. “La condición humana" que se le impone al ser humano moviéndose en su existencia no es más que una impostura de las sucesivos sistemas filosóficos (filosofía, antropología, ciencia, cultura...) que han gobernado la vida individual y social del colectivo humano desde que lo conocemos inscrito en un hecho civilizatorio, pues nada tiene que ver con lo que en verdad es el ser humano. La noción de "condición humana" siempre estuvo ligada a una idea falsa de la naturaleza humana, absolutamente alejada de su ser real e íntimo, de su verdadera esencia. Desligar al ser humano de ideas de sí mismo que lo desnaturalizan es una tarea/exigencia que debe afrontar la humanidad en el Sigo XXI.

Tal desnaturalización de la vida humana, sin duda hoy global, tiene en nuestros días de globalización un agente/arquitecto tan claro como todopoderoso: el complejo mundo del poder financiero, que a la vez es el promotor de los diseños y de la publicitación de valores vinculados al dinero/comercio/mercado que vociferan el ¡consumo!, de los productos y de nosotros mismos, gobernando sobre cada uno de los ámbitos, modos y mecanismos, sean económicos, políticos o sociales del mundo global, es decir, de nosotros mismos, movilizados todos estos “condicionantes” a través de  los “medios” que a su vez “mueven” la cultura y los valores que definen la vida del capitalismo mercantilista, y que a la postre todos asumimos, autómatas, máquinas deseantes y reproductoras de la ideología del mercado y del consumo, sin que hasta la fecha hayamos despertado/tomado consciencia del narcótico con el que el capitalismo deshumanizador nos inoculó al presentarnos la sociedad del bienestar (o su precedente "sueño americano" post-2ª Guerra Mundial) como el resultado de una cultura (entendida en el amplio sentido con el que la definió el estructuralismo) que nos conduciría hasta la cima del bienestar y realización de las supremas humanas aspiraciones, encumbrando a la humanidad hacia "la otra utopía", la de la sociedad del estado del bienestar, con la que el materialismo capitalista destruiría cualquier idea/intento/impulso que aún moviera al ser humano a pensar en la utopía liberadora que hablaba de la dignidad humana, de la igualdad entre todos los seres humanos, de la justicia social, de la compasión y de la tolerancia, de la cooperación y de la concordia, del bienestar universal de todos, sin exclusión de nadie en la mesa de la abundancia que es nuestro hogar planetario. Por tanto, nadie debe quedar excluido del bienestar universal, de todos, cuyos valores -de las utopías fértiles en fraterna y unitiva humanidad- fueron expuestos para que la humanidad, sin exclusión, como una sola familia, los reconociera y avanzara hacia su plena madurez y su plena libertad, sin que los “condicionantes” externos que nos esclavizan y desnaturalizan graviten sobre nuestras mentes y nuestras almas, y nos aparten/alejen, de forma definitiva, de nuestra verdadera esencia humana, para que nuestra visión, cercana o remota, rezume de forma natural lo propio nuestro, lo natural y genuino, lo verdaderamente humano, de todos, dignos, íntegros, fraternos, sin distinciones ni exclusiones.

Pero recordamos, una vez más, que cuando hablamos de lo "natural y genuino humano" es porque es consustancial/inherente a cada uno de los seres humanos, por lo que no sólo no debemos buscarlo fuera de nosotros, sino que nada ni nadie nos lo puede proporcionar. Es un ejercicio de reconocimiento y de ejercitación en praxis diaria de lo que es "el valor de lo humano", por herencia de nacimiento. Nadie nos regala nada. El bienestar universal es consustancial al ser humano y a todo ser viviente. Sólo hay que reconocerlo reconociéndonos lo que en verdad somos, no lo que nos han contado que somos, atándonos a la infelicidad.  Y aunque sintamos (porque cultural e ideológicamente nos lo han repetido hasta la saciedad) que estamos inmersos en una progresiva conquista de una sociedad del bienestar material que gradualmente nos conducirá mediante luchas e intentos, muchas veces frustrados, a soñadas y deseadas mejoras del bienestar de los Estados del bienestar, no tenemos por qué seguir este consejo cargado, cuando menos, de ignorancia, si no de aviesa crueldad, porque no es cierto. Y con la crisis global que nos araña el alma, lo estamos comprobando en carne propia. No somos las mejoras, somos la armonía, el equilibrio y la perfección que está en nuestro ser. Somos eso. Y bondad, paz, tolerancia, compasión, magnanimidad... Y debemos reconocerlo en nosotros para así actuar en sintonía con tan singular y extraordinaria naturaleza humana.  Indagar, conocer y actuar. He aquí el programa

4.

Cambiar el mundo significa ser conscientes de que el ser humano, cada uno de nosotros, es inequívocamente  libre de “la condición humana” que nos impone como definición y carácter el viejo mundo del paradigma mecanicista, porque ningún "condicionante" podrá impedirnos ser-y-vivir en nuestra verdadera naturaleza, si logramos dar el paso decidido y consciente para abandonar todo aquello que nos ha conducido a tan crítica situación de deterioro de la “cualidad” de lo humano, porque lo contrario a esta verdad es lo que nos han hecho creer cuando nos hablaban de la "condición humana" al definirla con expresiones que nos reprochan lo que negativo e inhumano nos hacemos unos a otros.

Pero no es verdad. No somos de "esa" condición humana. Aunque sí es cierto que nos hemos equivocado, por desconocimiento, al seguir pautas de conducta no correctas. Esto es desconocimiento. Pero en modo alguno es perversidad o maldad. Aunque algunos sí la manifiestan.

Para salir del viejo mundo, que sabemos que “nos daña y nos desnaturaliza”, es preciso “cambiar los viejos usos/maneras de pensar y actuar”, porque son inadecuados hoy para lograr construir un mundo nuevo, alejado de la obsolescencia del modelo de sociedad en el que nos movemos y nos mueve, y del que hemos extraído el amargo jugo de la experiencia de una crisis compleja, de la que no sabemos salir.

5.

Construir un mundo nuevo significa transformar el viejo mundo sustituyéndolo por un NUEVO MUNDO, porque no sólo sus valores ya no nos reportan las expectativas que de él esperábamos (-¡expectativas de bienestar!: nunca hubo una sociedad del bienestar; pero tal vez aún podamos extraer algunas mejoras, dádivas, de la misma naturaleza de la que nos convirtió en mendigos en la propia mesa de la abundancia, al reclamarlas, mediante proclamas, movilizaciones, luchas... ¿Es esto lo que queremos?-). Ni siquiera el viejo mundo agonizante -de ahí su puesta en marcha, movilizando una crisis hartamente dolorosa, con la que revivir/reorganizar sus espacios y dominios de poder- puede conseguirnos hoy leves cambios en las dramáticas situaciones que estamos soportando todo el colectivo humano de a pie, nosotros, los que trabajamos y generamos la riqueza que sirve para enriquecer a quienes gobiernan nuestro destino, nosotros,  los empobrecidos y alejados cada vez más de las decisiones de los poderes de los Estados, en manos de los grupos políticos servidores y dependientes de los poderes financieros, verdaderas máquinas de ambición, codicia y poder. ¿No es la actual democracia representativa el traje hecho a medida de los poderes que genera el capitalismo moderno?  ¿No deberíamos ensayar una nueva vía de organización social? ¿Una nueva visión el mundo? ¿Un nuevo paradigma? ¿Un Nuevo Mundo? ¿Un hombre /una mujer nuevos?

Esteban Díaz, (Cardeña -Córdoba- 1952) Es profesor de Lengua y literatura españolas. La edición de su obra poética se inicia en 1981, año en el que publica Qibab (Ediciones Demófilo) Le siguen La soledad de Asterión, 1995, y Regreso a Córdoba (El alma, el río) en 2001. En 1996 se instala en el Sur de India, cuya tradición de sabiduría permeará su vida y su obra, representando éstas un puente entre Oriente y Occidente con el que el poeta diseña una fértil complementariedad de sus culturas y de sus valores, cuya integración y síntesis sería un argumento firme en la construcción de un mundo fraternal, integrador y universalista, justo y cooperativo, con el fin de lograr definitivamente la armonía y la paz entre los pueblos de la Tierra. La obra inédita desde1995 ha sido publicada por Tiger Moon Productions, Bangalore. India. Entre sus trabajos en prosa publicados en esta editorial destacan El sabor de ser, Sebastián Alba: La extinción del fuego de la mente y su última novela El Valle de las flores de Oro que, en cierto sentido forman una interesante trilogía.
Precisamente es este mismo título, Cambiar el  mundo, la cabecera de su blog, en el que comparte sus últimos trabajos.

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