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Más allá de las muertes de Lampedusa, los niños

No existe un decálogo para vivir una niñez perfecta. Muchos son los factores que sientan las bases de la infancia de un niño: la familia, el colegio, la escuela, el hogar

28/05/2014 - Autor: Macarena Arcos - Fuente: periodismohumano.com
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Representación de un barco lleno de personas cruzando el mar. Manuel Tori
Representación de un barco lleno de personas cruzando el mar. Manuel Tori

Italia es un importante escenario migratorio en la Unión Europea. El Ministerio del Interior estima que son más de 40.000 los migrantes llegados a sus costas durante el 2013. En la actualidad, las cifras no muestran una mejoría en la situación migratoria ya que en lo que va de año son más de 25.000 personas las que han llegado al país transalpino de manera irregular a través de sus costas.

Pero hablar de inmigración italiana, por lo general, no es referirse al país con forma de bota, sino al Canal de Sicilia y más concretamente a Lampedusa. Una isla de 2000 hectáreas situada en el centro del Mediterráneo que a pesar de pertenecer a Italia se siente parte de África.

Los flujos migratorios han ido cambiando a lo largo de los 20 años que esta isla lleva conviviendo con ellos. Si bien, antes era habitual la llegada de hombres, adultos y solos, hoy día los ajados barcos, que se hallan amontonados en las inmediaciones del puerto, traen consigo familias completas, mujeres y niños cuyo único deseo es encontrar en Lampedusa un futuro distinto del que huyen.

Inmigrantes menores de edad

Somalíes o libios de 16 años, chicos palestinos o eritreos de no más de 13 o por ejemplo, bebés sirios sobre el regazo de su madre son los que ocupan, cada vez con más asiduidad, unos barcos que traen del mismo modo la desesperación y la esperanza. Es el reflejo fiel de cómo se vive la inmigración en esta isla. Save The Children estima que uno de cada cinco migrante que llega a Lampedusa es menor de edad, lo que supone que esta tierra de unos 6.000 habitantes haya acogido a cerca de 8.000 menores en el año 2013.

Andar por las calles de la isla a veces se hace duro, sin embargo cruzar la puerta de acceso al Centro de Acogida supone adentrarse en la más cruda realidad. Allí se le pone nombre y rostro a los números de la inmigración, y los más visibles e injustos son los que hacen referencia a los más pequeños, que son demasiados.

Hay niños por todos lados, algunos van descalzos y otros llevan puestas prendas excesivamente grandes para su edad, pero eso a ellos no les importa. Son niños y sólo quieren pasar el rato jugando, pero no es el sitio idóneo.

El aumento de llegadas de menores en los barcos y la falta de recursos del Centro de Acogida de Lampedusa ha hecho que se desarrolle una iniciativa para alejar a los más pequeños de un recinto que no está bien adecuado ni siquiera para adultos. Como si de una excursión se tratase todos los días sobre las 3 de la tarde los niños, colocados en fila en la puerta del centro y con cierta agitación, aguardan la llegada de un autobús anticuado. Cuando eso sucede, apresurados corren a saludar a los monitores que los acompañan y los aúpan para subir al autocar. Saben que van a pasar un buen rato, y se sienten seguros porque además de los cuidadores van acompañados por sus padres, quienes también tienen un papel importante en las actividades que se realizan fuera del centro.

Una carretera mal asfaltada los dirige a una parcela propiedad de la parroquia a las afueras del pueblo. Se trata de un espacio bajo el cuidado de educadores de Save The Children. A través de diferentes actividades psicosociales y de adaptación tratan de hacer de ese espacio un terreno neutral donde los pequeños, en colaboración con sus padres puedan evadirse, divertirse y especialmente metabolizar los traumas de la tragedia. Ya sean guerras, travesías o hacinamientos en un centro de acogida que no goza de las mejores condiciones.

Reflejos de la tragedia

Allí, todo es posible. Juegan a la pelota, cantan canciones populares, aprenden palabras en italiano y sobre todo comparten vivencias y risas con otros niños. Quizás, sea éste el único momento en el que se les escuchará reír, porque sólo en este recinto se olvidan de lo que les rodea.

Hay un patio de arena donde se realizan juegos al aire libre, justo al lado hay montada una gran tienda de campaña que hace las veces de jardín de infancia. En ella, son niños, no migrantes. Dibujan, hacen manualidades o leer cuanto les apetece, nada es impuesto. Tienen libros, cocinitas, cubos repletos de juguetes, mapas, mesitas y dibujos por todos lados. Y es entonces, al observar las ilustraciones pintadas por los pequeños, cuando un adulto vuelve, de sopetón, a poner los pies en la tierra. Ojalá fuera esa la realidad de esos niños, pero sus vida son muy diferente a cómo juegan allí.

Debería ser una imagen poco habitual para una niña de 6 ó 7 años, pero no es así para nuestra protagonista. El dibujo retrata el funeral de una amiga suya en Siria, su país natal. No le falta ni un detalle, la pequeña que ha muerto se halla en el centro del dibujo, recostada sobre un túmulo de color rojo, verde y turquesa. Sus manos están cruzadas sobre el pecho. Llueve y hay trazos borrosos de lo que parece una casa. No se le ha olvidado pintar columpios a pesar de lo trágico del dibujo. Pero no sólo eso, también está ella, se ha autorretratado. La chica de no más de 7 años que ha pintado esta imagen, y que la tiene grabada en su mente, se ha dibujado a sí misma acompañando a su amiga, lleva una flor y se dispone a despedirse de ella para siempre.

Justo al lado de ésta escena hay otras historias recurrentes. Banderas, casas, nubes, lluvia y barcos. Hay barcos casi en todos los dibujos y estas repeticiones muestran que han sido situaciones que necesitan exteriorizar. Sin embargo, hay algo positivo en todo esto, para los pequeños dibujar sólo es un juego, y dentro de ese tienda es lo que realmente importa.

Los psicólogos infantiles ven en el hecho de pintar, una actividad que va más allá del simple aspecto lúdico. Los cuidadores que tratan con los pequeños en Lampedusa saben que dicho hábito supone un importante ejercicio de comunicación no verbal primordial en estos casos porque ayuda a conocer los pensamientos, el desarrollo y sobre todo las carencias y necesidades de unos niños que siendo tan pequeños, ya han vivido demasiado.

Grandes banderas de países como Egipto o Eritrea son el reflejo de sus raíces, de su lugar de origen y así lo transmiten los pequeños, dibujando. Casas con grandes ventanas o escuelas coloridas y repletas de niños revelan el deseo de tener un hogar y una vida de la que han tenido que huir, sin ni siquiera entenderlo.

En Lampedusa, cada dibujo es la aproximación a una historia con nombre y apellido. Un relato trazado a base de llamativos colores cuyos autores son la cara más desafortunada de la inmigración, porque sin conocer lo que sucede se han visto obligados a ser protagonistas de una complicada historia, la suya.

Un futuro desconocido

Al emprender el viaje los niños no saben que puede tardar años hasta llegar a su destino; desconocen que tendrán que cruzar el desierto si vienen del África Subsahariana o de Oriente Medio sin agua y sin comida; no son conscientes de que su familia se expondrá a ser encarcelada por las autoridades o que deberán acordar un importe, generalmente 1000 dólares por niño, con traficantes sin escrúpulos para quienes la vida sí tiene un precio; y tampoco conocen el riesgo que entraña exponer su vida al oleaje del Mediterráneo. Es probable que su inocencia les juegue una buena pasada, y que todo esto les sepa a aventura. Una aventura demasiado cara e injusta ante los ojos de un adulto.

La llegada de los pequeños a la isla tampoco es sencilla. El desconocimiento del idioma, el miedo y el estrés hacen que cualquier esfuerzo sea inútil para hacer sentir a los pequeños a salvo, en casa. Es entonces cuando los dibujos hablan por ellos, y una gigante embarcación, en mitad del mar, repleta de personas hacinadas en su interior es el mejor testimonio para entender que la crudeza que han vivido ya comienza, irremediablemente, a pasarles factura. No ha sido la aventura que esperaban, aunque por suerte ya están a salvo y pueden dibujarla.

Ineficiencia europea

De forma paralela, Bruselas también hace sus dibujos. Gráficos y diagramas donde analizan detalladamente la procedencia, el sexo y la edad de un fenómeno que a día de hoy continúa sin solución en esta isla.

La realidad es que mientras la Unión Europea estudia la inmigración, Lampedusa convive con ella. En la isla saben que no hay dibujos comparables con los que se hacen en esa gran tienda de campaña donde los niños son sólo eso, niños, no números. Los gráficos y los diagramas ni importan ni tampoco ayudan a quienes lo necesitan. Si algo han aprendido allí es a escuchar, cada uno de esos niños, de sus padres o compañeros de travesía les han enseñado a los lampedusanos que no hay inmigrantes, sino historias; y que no llegan barcos con cifras sino con personas. Un detalle que parece haberse olvidado en Europa.



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