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Palestina, tierra de los mensajes divinos

Segunda Parte. Historia de un mito. El Antiguo Testamento y el nacimiento del sionismo cristiano. Esta lectura de la Biblia es para un judío, selectiva y tribal

30/05/2014 - Autor: Roger Garaudy - Fuente: Musulmanes Andaluces
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Roger Garaudy.

Esta lectura selecta y tribal de la Biblia no es más aceptable para un judío que para un cristiano, ya que implica, para los propios judíos, una apostasía: la sustitución del Dios de Israel por el «Estado de Israel»

La ideología sionista se basa en un postulado muy simple: está escrito en el Génesis (15, 18-21): «En aquel día hizo el Señor una Alianza con Abraham, diciéndole: A tu descendencia he dado esta tierra, desde el río de Egipto hasta el gran río, el Eufrates».

A partir de ahí, sin preguntarse en qué consiste la Alianza, a quién fue hecha la Promesa, o si la Elección era incondicional, los dirigentes sionistas, aunque sean agnósticos o ateos, proclaman: Palestina nos ha sido dada por Dios.

Incluso las estadísticas del gobierno israelí señalan que sólo el 15 por 100 de los israelíes son religiosos. Esto no impide que el 90 por 100 de ellos afirmen que esta tierra les ha sido dada por Dios..., en el que no creen.

La inmensa mayoría de los israelíes actuales no comparten ni la práctica ni la fe religiosa, y los diferentes partidos religiosos que desempeñan no obstante un papel decisivo en el Estado de Israel, sólo agrupan a una ínfima minoría de los ciudadanos...

Esta aparente paradoja es explicada a la perfección por Nathan Weinstock en su libro: El sionismo contra Israel ( Ed. Masperó 1969, p. 315): «Si el oscurantismo rabínico triunfa en Israel es porque la mística sólo tiene coherencia con relación a la región mosaica. Suprimid los conceptos del "Pueblo elegido" y de la "Tierra prometida", y los cimientos del sionismo se hundirán. Por eso los partidos religiosos obtienen paradójicamente su fuerza en la complicidad de los sionistas agnósticos. La coherencia interna de la estructura sionista de Israel ha impuesto a sus dirigentes el fortalecimiento del clero. Es el partido socialdemócrata Mapai, bajo el impulso de Ben Gourion, el que ha inscrito los cursos obligatorios de religión en los programas escolares, y no los partidos confesionales».

«Este país existe como realización de una promesa hecha por el propio Dios. Sería ridículo pedirle cuentas sobre su le­gitimidad». Tal es el axioma básico formulado por la señora Golda Meir 1.

«Esta tierra nos fue prometida y poseemos un derecho sobre ella», repite Begin 2.

«Si se posee la Biblia, si se le considera como el pueblo de la Biblia, se debería poseer igualmente las tierras bíblicas, la de los Jueces y de los Patriarcas, de Jesuralén, de Hebrón, de Jericó, y de varios lugares más» 3.

Desde el partido «laborista» al «Likoud» la referencia bíblica sirve para fundar una política: Palestina pertenece a los sionistas por una donación firmada por Dios.

Esta misma lectura selectiva escoge los textos más feroces de la Torah para justificar las exacciones de hoy. Aquellos en los que la expoliación o la exterminación de los autóctonos de Canaán es presentada como una condición del mantenimiento de la Alianza.

El texto de Números 33, 51-52 y 55-56, en que Dios dice a Moisés: «Cuando hayáis pasado el Jordán para entrar en la tierra de Canaán, arrojaréis de delante de vosotros a todos los habitantes de la tierra... Porque si no arrojáis de delante de vosotros a los habitantes de la tierra, los que de ellos dejéis serán como espinas en vuestros ojos y aguijón en vuestra carne. Os hospitalizarán en la tierra que vais a habitar, y yo mismo os trataré a vosotros como había pensado tratarlos a ellos».

Desde Sharon al Rabino Meir Kahane, es la prefiguración de la manera en que los sionistas deben comportarse con respecto a los palestinos.

El Deuteronomio no exige solamente la expoliación de la tierra y la expulsión de los autóctonos, sino la matanza: «Cuando el Señor, tu Dios, te haya hecho entrar en la tierra... y haya arrojado delante de ti a las naciones numerosas... las darás al anatema» (7, 1-2) «y las suprimirás» (Deuteromio 7,34).

El libro de Josué, el libro de las matanzas, no es solamente un texto clásico en las escuelas israelíes; sirve también para el con­dicionamiento psicológico de los reclutas en el ejército: en ocasión de la reciente invasión del Líbano, la capellanía militar de los rabinos predicó la guerra santa. El tema central es de­sarrollado por un rabino (con grado de capitán):

«No debemos olvidar las fuentes bíblicas que justificaban esta guerra y nuestra presencia aquí. Cumplimos con nuestro deber religioso judío (Mitzva) al estar aquí. Según lo que está escrito: el deber religioso (Mitzva) de conquistar la tierra contra el enemigo».

Esta manipulación ideológica se despliega desde la ar­queología hasta los manuales escolares (tanto en las escuelas como en el ejército, el libro de Josué es el texto básico, cuyo comentario es obligatorio en los colegios desde el «laborista» Ben Gourion), los medios de comunicación y la imaginación popular.

Nivel arqueológico: «Para precisar las fechas en que Josué conquistó Canaán, una misión israelí, dirigida por Y. Yadin, comenzó, en 1955, las excavaciones de Tell el Qedah, en el valle alto del Jordán, presunto emplazamiento de la Hatsor bíblica.

Josué, dice la Biblia (Josué 11, 13), tras el resultado vic­torioso de la batalla librada por los israelitas contra la liga de las ciudades cananeas que capitaneaba Jabin, rey de Hatsor, incendió la ciudad, porque Hatsor era la capital de todos estos reinos. Encontrar huellas de esta destrucción y fecharla con ayuda de la cerámica era uno de los primeros objetivos de los arqueólogos 4 (20). Se trataba, en efecto, después de la demostración histórica de la inconsistencia del libro de Josué sobre la toma de Ay y Jericó, de devolver un mínimo de cre­dibilidad a los relatos de valor incalculable para un fundamento bíblico a la actual política de Israel.

Nivel de la vulgarización: En la escuela y en el ejército: como el estudio del libro de Josué figuraba en el programa de las escuelas israelíes, desde la clase cuarta a la octava, un profesor de Tel Aviv, Tamarin, distribuyó un formulario a 1.000 escola­res, diciendo: «Tú conoces los estratos siguientes del libro de Josué (6,20): "El pueblo subió a la ciudad (Jericó) y se apoderó de ella. Mató a todos los que allí se encontraban, hombres, mu­jeres, niños, ancianos, sin distinción alguna..."».

Responded a las dos preguntas siguientes:

a)  A vuestro juicio, ¿Josué y los israelitas actuaron bien o no?

b)  Supongamos que el ejército israelí ocupa un pueblo árabe durante la guerra, ¿debería o no debería hacer que sus ocupantes sufrieran la misma suerte que Josué reservó a los ha­bitantes de Jericó?

Por haber publicado los aterradores resultados de su encuesta sobre semejante condicionamiento de los niños, el profesor G. Tamarin fue expulsado de la Universidad de Tel Aviv 5.

Nivel de los medios de comunicación y de la imaginación po­pular: En enero de 1983, el Estado de Israel, después de las ma­tanzas del Líbano, emitió una serie de tres sellos «para conme­morar a Josué». El primero estaba consagrado al paso del Jordán. Segismundo Coren, el autor del artículo, dedicado en Tel Aviv, a dicha emisión, comentaba: «He aquí algo que recuerda el "método-de acción indirecta" aplicado por las fuer­zas israelíes contemporáneas, entre otras, en el Sinaí, en 1956, y en tres frentes en 1967, pero innovada hace ya 3.300 años por su antepasado bíblico, puesto que los hebreos rodearon la re­gión de Canaán para atacar por el este...».

Sobre el segundo, dedicado a la «toma de Jericó», S. Goren recuerda la exterminación sagrada de los habitantes, a excep­ción de «Rahab, la prostituta, porque había acogido y dado hospitalidad a sus emisarios secretos».

Acerca del tercero, Josué parando el sol para terminar la batalla de Gabaón contra cinco cananeos, «entre ellos, según el libro, Los reyes de Jerusalén y de Hebrón», el autor recuerda: «Los cinco monarcas fueron hechos prisioneros... Luego Josué los hizo morir y sus cadáveres fueron colgados de cinco árbo­les», Goren concluye: «Israel, hoy, tiene que hacer frente a un enemigo no menos peligroso que los reyes cananeos del pa­sado» 6.

Filatelia. Israel: Josué, antepasado de Ariel Sharón

Es curioso releer, en 1983, el Libro de Josué, auténtica recopi­lación de «reportajes» en los cuales el maestro-cronista describe la larga y sangrienta guerra para la conquista de la Tierra prome­tida, unos trece siglos antes de la Era cristiana.

Tel Aviv. Segismundo Goren

Nuestra curiosidad ha sido despertada por tres sellos emiti­dos últimamente por la Administración de Correos y Telégrafos para conmemorar a Josué, dirigente de hombres, jefe militar, estratega y táctico, que dirigió la campaña por una tierra que después se convertiría en Judea y Samaría, la cuna de los reinos hebreos, más tarde en Palestina (deformación del nombre de Filisteos) y, finalmente, en Cisjordania.

Un sello de 5,50 chekels, gris violeta, azul, rosa y turquesa, está dedicado al preludio de la invasión: los Hijos de Israel atra­viesan el Jordán, encabezados por los sacrificadores portando el Arca de la Alianza, en tanto que Josué, comandante en jefe, vigila el cortejo. He aquí algo que recuerda el «método de acción indirecta» aplicado por las fuerzas israelíes contemporáneas, entre otras, en el Sinaí, en 1956, y en tres frentes en 1967, pero innovada hace ya 3.300 años por su antepasado bíblico, puesto que los hebreos rodearon la región de Canaán para atacar por el este, desde el territorio que actualmente es el reino de Jordania.

Un segundo sello, de 7,50 chekels, gris violeta, rosa, turquesa y negro, nos muestra a Josué dirigiendo las operaciones para la toma de Jericó, mientras que los sacrificadores tocan la trompe­ta y los muros de la célebre ciudad se derrumban después (de lo que parece haber sido) una «guerra de nervios» que se prolongó durante siete días.

«Cuando el pueblo oyó el sonido de las trompetas, lanzó grandes gritos y la muralla se desplomó», escribe el «periodista» bíblico. Los hebreos se apoderaron de Jericó «dieron al anatema todo cuanto en ella había, y al filo de la espada a hombres, muje­res, niños y viejos, bueyes, ovejas y asnos...». Después «quema­ron la ciudad con todo cuanto en ella había», aunque Josué perdonó la vida a Rahab, la cortesana, porque había acogido y dado hospitalidad a sus emisarios secretos, llegados en misión de reconocimiento antes del ataque.

El tercer sello, de 9,50 chekels, gris, naranja, amarillo, viole­ta y negro, describe otro episodio célebre: Josué parando el curso del sol y la luna a fin de poder terminar la batalla de Gabaón contra los cinco reyes cananeos que se habían coaligado para combatirle y entre los cuales, según el libro, se encontraban los reyes de Jerusalén y de Hebrón. «El sol se detuvo en mitad del cielo y no tuvo prisa en ponerse durante casi un día.» Los cinco monarcas fueron hechos prisioneros y Josué ordenó a sus hom­bres; «Acercaos, colocad vuestros pies sobre el cuello de estos reyes». Después «los hizo morir» y sus cadáveres fueron col­gados de cinco árboles.

Israel, hoy, tiene que hacer frente a un enemigo no menos peligroso que los reyes cananeos del pasado: es la inflación (aproximadamente un 125 % para el pasado año). Como las tarifas postales tienen que ajustarse, por fuerza, a la curva de los precios, la administración de Correos y Telégrafos ha emitido un sello especial en el cual no se indica valor alguno. El público puede obtenerlo en las oficinas postales contra el pago de un precio que varía periódicamente. Sólo es utilizable para el correo local.

Estos sólo son, entre otros miles, algunos de los ejemplos de la utilización de la Biblia, considerada a la vez como «historia» y como justificación «sagrada» de una política.

Otro ejemplo de mixtificación histórica que conduce a poner en peligro tesoros del arte mundial y elementos valiosísimos del patrimonio cultural palestino, la Mezquita de El Aqsa y el Domo de la Roca, son las excavaciones practicadas debajo de esta obra de arte so pretexto de buscar los vestigios del «Templo de Salomón», pretexto que descansa en un doble embuste:

1)  El «Muro de las Lamentaciones», inmediato al monu­mento, no es en absoluto un vestigio del Templo de Salomón, sino del Templo de Herodes, como resulta evidente por el hecho de que su construcción, su «fábrica», como dicen los arquitectos, es típicamente romana.

2)  El Templo de Salomón, del que todos los historiadores y arqueólogos saben, por el pasado del emplazamiento, que no puede existir ya ningún rastro, no es, en absoluto, un elemento del patrimonio cultural judío, puesto que la propia Biblia (según testimonio sobre esta edificación) revela que fue construido por arquitectos, albañiles y artesanos enviados por el rey de los filisteos, Hiram De Tiro, y que la planta, al igual que la decoración y el mobiliario, tales como son descritos en el Libro de los Reyes (I Reyes 6, 1-38 y siguientes) se atenían a los modelos cananeos, ya que no existía precedente israelita (el arca era transportada debajo de una tienda, y la decoración carecía de representaciones figuradas, como la de los querubi­nes de origen mesopotámico).

Pero no se trata sólo de inverosimilitudes y de critica his­tóricas. Esta lectura de la Biblia no es más aceptable para un judío que para un cristiano.

Lo mismo que nos hemos referido, por lo que respecta a los cristianos, exclusivamente al Nuevo Testamento, sólo invoca­remos aquí a los textos que reconocen los creyentes de la fe judía: los de la Torah, y del conjunto del Antiguo Testamento.

lº)   La Alianza: ¿Es cierto que Dios sólo hizo la Alianza con un grupo de tribus?, ¿y que estas tribus eran exclusivamen­te las de los hebreos?

En el Génesis, Dios dice a Abraham: «Quiero hacerte don de mi Alianza contigo..., y ya no te llamarás Abram, sino Abraham, porque yo te haré padre de una muchedumbre de pueblos»... (Génesis 17, 4-5).

Aquí ya se imponen dos observaciones:

a)  Abraham, procedente de Ur, en Irak, es, según nos dice el Deuteronomio, no un hebreo, sino un arameo (o sea, un sirio): «Dirás, ante el Eterno, tu Dios: Un arameo errante fue mi padre (Abraham)» (Deuteronomio 26, 5). Así pues, Dios escogió a Abraham no por su raza (un sirio emigrado de Irak), sino por su fe.

b)  Dios decide, como señal de la Alianza, la circuncisión: «Circuncidad la carne de vuestro prepucio, y esa será la señal de mi Alianza entre mí y vosotros» (Génesis 17, 111 Abraham cumple esta orden: «En el mismo día fueron circuncidados Abraham e Ismael, su hijo (e hijo de Agar)» (Génesis 17, 26), y Dios añade: «Yo le bendeciré y le acrecentaré... Engendrará doce príncipes, y haré que salga de él una gran nación» (Géne­sis 17 20).

Isaac (Israel) todavía no había nacido de Sara; y Dios pro­mete a Ismael su Alianza: «Estableceré con él una Alianza per­petua para su descendencia» (17, 19).

El texto, por tanto, está claro: la Alianza es anterior al naci­miento de Israel; ha sido concluida con el arameo Abraham, al hacerle la «promesa» de una descendencia numerosa tanto para Ismael como para Israel. Como la tradición quiere que los árabes sean descendientes de Ismael y los hebreos de Israel, los unos y los otros son los herederos de la promesa.

Por otra parte, no se trata en ningún modo de «raza», sino del conjunto de los pueblos de lengua semítica, que, desde hace milenios, recorren en calidad de nómadas los caminos que conducen desde Arabia a Mesopotamia y Egipto. La lengua aramea (la que hablará Jesucristo) es la matriz común del hebreo y del árabe.

La «simiente» de Abraham, por otro lado, no se limita a los hebreos. Según el Génesis, cuando Sara exige que Abraham eche de su casa a su esclava Agar y «al hijo que Agar, la egipcia, le había dado a "Abraham» (Génesis 21, 9) Dios, que no parece haber concedido demasiada importancia a este capricho y a estos celos de mujer, dice a Abraham: «No te dé pena por el niño y la esclava, haz lo que te dice Sara, que Isaac por quien será llamada tu descendencia. También al hijo de la esclava le haré un pueblo, por ser descendencia tuya» (Génesis 21, 12-13-. Para proteger a Ismael y a su descendencia, Dios realizó un milagro: cuando Agar, en el destierro, llora y no quiere ver morir a su hijo de hambre, el ángel de Dios llamó a Agar diciéndole: «¿Qué tienes, Agar? No temas, que ha escuchado Yahvé la voz del niño que aquí está. Levántate, coge al niño y tómale de la mano, pues he de hacerle un gran pueblo. Y abrió Dios los ojos a Agar, haciéndola ver un pozo de agua... Fue Dios con el niño, que creció y habitó en el desierto» (Géne­sis 21, 17-20).

La lectura selectiva de los sionistas «olvida» que esta Alian­za no se extiende sólo a los hebreos, sino a todos los semitas, y, más aún, como se le dice a Abraham: «En ti serán bendecidas todas las familias de la tierra» (Génesis 12, 3).

La universalidad de la promesa es confirmada a Isaac. Dios le dice: «Multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo, y te daré todas estas tierras, y, en ella, serán bendecidas todas las naciones de la tierra» (26, 4). Hay que tener presente que Isaac, de acuerdo con el deseo de su padre, se casó con una aramea, Rebeca, en el país de Abraham, es decir, en Mesopo­tamia del Norte, en Hator (Génesis 24, 10).

Este alcance universal de la promesa es recordado a propó­sito de Esaú, esposo de una mujer árabe. Esaú, nos dice el Gé­nesis (28, 9), «fue a Ismael, y, además de las que ya tenía, tomó por mujer a Majalat, hija de Ismael, hijo de Abraham» 7.

Dios confirma las promesas hechas a Abram, su abuelo, y a Isaac, su padre, y añade, como siempre: «en ti y en tu descen­dencia serán bendecidas todas las naciones de la tierra» (Géne­sis 28, 15).

2º) La elección: ¿Cómo, en efecto, podría conciliarse el exclusivismo de la «elección» de un pueblo con el monoteísmo?

La humanidad es una, porque Dios es uno.

Dado que los hebreos han tenido una concepción tribal de la elección, no fueron rigurosamente monoteístas. (Ya hemos señalado que Elohim es el plural de El, Dios). El monoteísmo sólo es inequívoco con los profetas: el dios de la tribu era solamente el dios más fuerte, y «celoso» de los cultos rendidos a otros dioses que no eran el dios exclusivo de la tribu. Con los profetas se convierte en el único Dios, aquel del que el Deuteronomio (des­cubierto en 622, durante el reinado de Josías) dirá, para que sea el primer artículo de la fe judía: «Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es único» (Deuteronomio 6, 4).

Repitámoslo: Si Dios es uno, la humanidad es una. A esta consecuencia se llegaba en el Levítico (19, 18): «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». El rabí Hillel (30 a. de J.C.), que «marca una nueva era en la exégesis hebraica», según André Chouraqui 8, decía: «No le hagas a tu prójimo lo que no te gustaría que te hiciesen a ti. He aquí toda la Ley. El resto sólo es comentario». Y el Rabí Aqiba (50-136 d. de J.C.), que co­menzó la recopilación de la «Michna» (traducción judía), aca­bada por su discípulo Judah, comentando esta fórmula del Levítico decía: «Este es un principio fundamental de la Ley».

Lo que la fe judía llevaba en sí de grandeza y de belleza se despliega en los profetas, en un esfuerzo por interiorizar y unl­versalizar la antigua fe tribal, y sobre todo para demostrar que ésta no es solamente un pasado y una tradición que conservar, sino un porvenir que construir según la llamada de Dios.

La interiorización se expresa descubriendo de nuevo, bajo el rito, el sentido espiritual, el germen de esta espiritualidad, enterrada bajo el ritualismo tribal, se encuentra ya en la Torah: la circuncisión según la carne sólo es un signo externo de la sumisión a Dios exigida por la Alianza. Ya dice el Deuterono­mio: «Circuncidad, pues, vuestros corazones» (Deuterono­mio 10, 16), y Jeremías anunciará también la renovación de la fe: «Quitad los prepucios de vuestros corazones» (4, 4).

La Ley entera, escribe también Jeremías, ya no será escrita solamente en la piedra sino en los corazones Dios dice: «Yo pondré mi ley en su interior y la escribiré en su corazón» (Jere­mías 31, 33). Esta será «la nueva alianza» (Jeremías 31, 31).

Esta alianza nueva se abre a todos los pueblos. Contra todo particularismo racial o tribal, Zacarías anuncia la conversión de los pueblos: «Se unirán a Dios muchas gentes... que se convertirán en mi propio pueblo» (Zacarías 2, 11). En adelante, el pueblo de Dios lo es según la fe y no según la carne.

Jerusalén se convierte en el símbolo mismo de este universa­lismo: «Mi casa será llamada: Casa de la oración para todas las gentes» (Isaías 56, 8). Jerusalén, la ciudad santa de todos los hijos de Abraham, es el símbolo de esta unidad humana en la fe. En adelante, la admirable plegaria: «El año próximo en Je­rusalén...» es, para todos los hombres y todos los pueblos, la esperanza de un retorno a Dios, del advenimiento del Reino. Esta «buena nueva» de la «nueva alianza», anunciada a «toda car­ne» (Isaías 40,5). A todos se les promete la salvación en la fe: «Vol­veos hacia mí y seréis salvados en los confines todos de la tierra» (Isaías 45, 33). «Vosotros los sedientos, venid a las aguas... Tú llamarás a un pueblo desconocido, un pueblo que no te conocía correrá hacia ti» (Isaías 55, 1 y 5). Ya no hay extraños en el pueblo de Dios: «que no diga el hijo del extranjero que se ha dado al Señor: El Señor me excluirá de su pueblo» (56, 3).

Esta apertura al mundo es todo lo contrario de la preten­sión al excepcionalismo y al exclusivismo tribal: los profetas asumen el pasado de su pueblo, del mensaje de cuyo contenido son depositarios, pero lo superan y lo trascienden abriéndolo al futuro y a todos. «Yo vengo para reunir a todas las nacio­nes» (66, 18).

Esta Jerusalén de Dios constituye el núcleo de la nueva alianza, ya no es una ciudad entre otras: la tierra entera es una «Tierra Santa», donde fermenta por doquier la metamorfosis de los hombres ante el llamamiento de Dios: «Yo voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva; de lo pasado no habrá recuer­do» (Isaías 65, 17). Un pasado caduco en el que una fe sepa­rada de la vida se adaptaba a la explotación de los hombres y de las guerras. En adelante: «Construirán casas y las habitarán; plantarán viñas y comerán sus frutos; no construirán para que otro habite, ni plantarán para que otro coma» (Isaías 65, 21).

¿Qué significa una plegaria que no es el alma de una acción para modelar el mundo según la voluntad de Dios? «Aunque multipliquéis las plegarias, no os escucharé: vuestras manos están llenas de sangre» (Isaías 1, 15). He aquí el pasado; y, he aquí el futuro:

«Porque de Sión saldrá la ley,           

y de Jerusalén la palabra del Señor.

Será el árbitro de las naciones,

el juez de pueblos numerosos.

De las espadas forjarán arados,

de las lanzas, podaderas;

y nuestros hijos ya no se adiestrarán para la guerra.»

(Isaías 2, 3-4)

Tal es la grandiosa visión de futuro de Isaías y de los Pro­fetas, haciendo de Jerusalén, no la capital de una nación, sino el faro espiritual de una comunidad religiosa extendiéndose a los confines del mundo.

Trascendiendo un pasado superado, Jeremías osa anunciar la Nueva Alianza «que ya no será como la alianza que pacté con vuestros padres» (Jeremías 31, 32). Hasta en el Arca, que desde hacía siglos era el centro sagrado del culto de Israel, Jeremías, vuelto hacia un futuro en el que la fe se habrá propa­gado entre las multitudes, Jeremías se atreve a ver un vestigio del pasado: «No dirán ya: "¡Ah, el Arca de la Alianza del Se­ñor!" No se acordarán ya de ella, se les irá de la memoria; ni la echarán de menos ni harán otra. Entonces, será llamado Jeru­salén trono del Señor, y se congregarán en torno a ella todas las gentes...» (Jeremías 3, 16-17).

Isaías dirá: «No os acordéis de las cosas anteriores, ni pres­téis atención al pasado, pues he aquí que voy a hacer una obra nueva que ya está germinando; ¿no la reconocéis?» (Isaías Ai, 18).

El gran exégeta Von Rad ha analizado esta ruptura. En el Deuteronomio, exhumado por el rey Josías en 622, «El Israel al cual se dirigía Moisés, era en realidad el Israel de finales de la época real. Según una ficción característica del Deuteronomio, era el Israel de Josías, que había surgido de la alianza concluida con Yahvé y que esperaba el cumplimiento de las grandes promesas de Yahvé... Si se compara esta concepción teológica fundamental del Deuteronomio con las predicciones de Jere­mías relativas a la "Nueva Alianza", causa asombro, de una parte, ver hasta qué punto se aproxima el Deuteronomio a estas predicciones, puesto que también él mira hacia el futuro, hacia una época en que Israel vivirá en el país obedeciendo los man­damientos... Subsiste una diferencia en un solo punto: Jeremías habla de una Nueva Alianza, mientras que el Deuteronomio se atiene a la antigua alianza... Pero esta diferencia atañe a la esencia misma del mensaje profético» 9.

Von Rad agrega: «Esta visión debía perderse bajo la influencia del Código sacerdotal... y de su teología cultural no escatológica... La aristocracia sacerdotal, que ostentaba el poder en Jerusalén, descartaba cada vez más la espera escatoló­gica... Es posible que en aquella época, la espera profética y escatológica se apartara para siempre de la teocracia» 10. Aquí también, ya no se trata solamente de disputa ideoló­gica: la elección hecha por el sionismo político de mutilar la página profética de la historia judía, las esperanzas de interiori­dad, de porvenir espiritual, y de apertura a lo universal, que lle­vaban en sí como la más valiosa continuación del mensaje de la fe judía, esta regresión nacionalista hacia lo tribal mediante el rechazo del profetismo, se traduce concretamente en la «Ley de retorno» promulgada por el Estado sionista de Israel en 1950. El artículo primero la resume así: «Todo judío tiene derecho a emigrar a Israel»

«Estado judío, Estado para los judíos», el problema de la definición del judío no podía dejar de plantearse en Israel. De ahí la discusión acerca del tema: ¿Quién es judío? 11.

Las instrucciones del 10 de enero de 1960, responden a esta pregunta: «Será inscrito como judío en las secciones "religión" y "etnia" del Estado civil, aquel que

— haya nacido de madre judía y no pertenezca a otra re­ligión,

o bien,

— se haya convertido según la Halakha» 12. Criterio racial, y criterio clerical.

Sin duda alguna, la primera parte de la definición tiende a señalar, según el principio mismo del sionismo político, que el término «judío» no designa solamente una religión, sino un pueblo.

Ahora bien, aparte de la religión el término de judío no tiene ningún sentido: no existe ninguna otra comunidad, de raza o de etnia, que pueda definir a un judío, salvo la comunidad de la fe. La Biblia constituye la primera prueba, confirmada por la biología y la historia.

¿Qué hay de común, salvo la fe, entre la descendencia de Abraham, de quien el Génesis, como hemos visto, nos dice que no era hebreo, sino arameo (es decir, sirio, y proce­dente de Ur, en Irak), de ese pueblo arameo al que David combatirá con encarnizamiento (II Samuel 8, 5-6 y 1; Cróni­cas 18, 5-4).

Isaac se casa con una aramea, Esaú lo hace con una mujer árabe, el rey Saúl ha nacido de madre cananea, la abuela de David, Rut, era moabita, Salomón es de madre hitita...

En aplicación de la legislación israelí actual, Abraham, Isaac, Jacob, Saúl, David, Salomón, por no citar sino a los más ilustres, no podrían, por tanto, beneficiarse de la «Ley de retorno» sino gracias a su «conversión», es decir, por su adhe­sión a una comunidad de la fe, y no por la sangre de sus madres.

Lo absurdo de semejante ley se desprende del principio mismo del sionismo, pretendiendo definir al judío no por su adhesión a una comunidad religiosa, como lo demuestra la Biblia entera, sino por pertenecer a un «pueblo» tal como lo concebían los mitos nacionalistas de la Europa del siglo XIX, y el chauvinismo romántico.

Para un judío, lo mismo que para un cristiano, no existe, en la Biblia, ningún fundamento para apoyar las reivindicaciones sionistas sobre Palestina.

Notas
1 Véase el contexto de esta Declaración en Le Monde del 15 octubre 1971
2 Declaración de Begin en Oslo, Davar, 12 diciembre 1978
3 Mohse Dayan, Jerusalem Post, del 10 agosto 1967
4 Archaelogia mundi. Siria. Palestin I. Jean Perrot. Ed. Nagel, Ginebra 1978, p. 66
5 Citado por el pastor Claude Reinaud, en Liban-Palestine, E. l'Har-mattan, París, 1977, pp. 84 a 86
6 Artículo de Segismundo Goren (Tel Aviv), publicado por el Journal de Geneve. del 23 de enero de 1983, con el título de «Josué, antepasado de Ariel Sharon».
7 La traducción ecuménica de la Biblia (TOB) observa, acerca de este pasaje: «Este texto pone de relieve la presencia de elementos edomitas y árabes en la descendencia de Abraham».
8 André Chouraqui, Historia del judaismo (P.U.F.) ¿Qué es lo que sé?, 1963, p. 36
9 Von Rad, Teología del Antiguo Testamento, Ed. Labor et Fides, Gine­bra, 1965, tomo II, pp. 231-232
10 lbídem. p. 257
11 Claude Klein (Director del Instituto de Derecho comparado en la Universidad hebraica de Jerusalén), El carácter judío del Estado de Israel, edi­ción Cujas, París, 1977, p. 37
12 Citado por Claude Klein, op. cit., p. 42.

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