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Marruecos: desde el Islam al whatsapp

El comercio es el motor, desde las montañas a las ciudades y aunque bastante alejado del estereotipo de Tim Burton existe el trueque y por sobre todos los acuerdos, el regateo

21/05/2014 - Autor: Carlos Máximo Ferreyra - Fuente: lavoz.com
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Chef Chaouen

Hoy, Tánger es una moderna y vital ciudad, pero el siglo pasado fue domicilio de la “generación Beat”, con su contracultura norteamericana. El Islam rige la vida de hombres y mujeres, mientras estas pasan las horas intercambiando mensajes de whatsapp.

“Entre el turista y el viajero, la primera diferencia reside en parte en el tiempo. Mientras el turista, por lo general, regresa a casa al cabo de algunos meses o semanas, el viajero, que no pertenece más a un lugar que al siguiente, se desplaza con lentitud durante años de un punto a otro de la tierra. El turista acepta su propia civilización sin cuestionarla y el viajero la compara con las otras y rechaza los aspectos que no le gustan”.

Llegué a Tánger empujado por esta frase de Paul Bowles. Sus palabras me habían perseguido toda la vida. A pocos kilómetros, 200 subsaharianos permanecían colgados desde hacía un día en la valla de Melilla. En España aún lloraban al ex presidente Adolfo Suárez. Mariam Hassan era nuestra banda de sonido. Escuchábamos la canción Haiyu (ánimo) dedicada a los refugiados marroquíes en Argelia que quedaron presos de la frontera de 2.500 kilómetros que construyó Marruecos por el conflicto del Sahara.

“Este rey es más joven, más abierto”, dice el mozo de un bar. Pero la noticia del día en la ciudad era que una playa entera había desaparecido, a causa de la extracción de arena que luego se vende en negro a las constructoras. Con los pies en África, en mi boca, todas las palabras que conocía se resumían en una.

Paul Bowles había llegado a Tánger en 1947 para escribir una novela por encargo. Se tituló El cielo protector y Bernardo Bertolucci la llevó al cine en 1990 con rodajes en Tánger, Argelia y Níger.

Mohamed Chukri llegó a Tánger desde el infierno. Su padre, antiguo militar en España, trasladó a la familia desde la montañosa región del Rif, donde dictaba órdenes a golpes, con mucho hambre y una miseria infinita. En los años ´60 conoció a Paul Bowles, que lo ayudó a traducir al inglés su novela autobiográfica El pan desnudo, un relato descarnado sobre la miseria, el analfabetismo y la marginación en los años previos a la independencia, es también un retrato de la lucha por la supervivencia y la dignidad en condiciones extremas.

La ciudad ha inspirado muchos de los libros que marcaron la historia de la literatura, estos son dos casos traducidos a varios idiomas.

Por aquellos años, Tánger era una ciudad donde espías, políticos caídos en desgracia y contrabandistas llegaron a disfrutar de la edad de oro del exceso. Una de las razones para que los escritores de la “generación Beat” quisieran residir aquí. Con Paul y Jane Bowles como referencias, el Café de París en el Zoco Chico y los hoteles Rembrandt, El Mouniria y Minzah, nuclearon los encuentros furtivos de Burroughs, Tennessee Williams, Allen Ginsberg, Jack Kerouac y demás superhéroes de la contracultura norteamericana.

A diferencia de las ciudades del interior, Tánger es una ciudad moderna, ruidosa y vital. Las casas tradicionales se ven en el cerro, pero el auge de la construcción muestra edificios por toda la ciudad.

Las mafias marroquíes en España inyectan mucho dinero en Marruecos y hasta el Palacio Real ha sido acusado de institucionalizar la corrupción en el negocio inmobiliario.

Como la mayoría de las ciudades marroquíes antiguas, Tánger tiene una Medina amurallada y en su interior se reproduce otro mundo. Un trazado imposible dibuja el territorio con calles sinuosas y llenas de recovecos, donde sus habitantes y turistas se pierden. A los costados, tiendas y puestos donde se vende hasta lo inimaginable: verduras, semillas, escribanos públicos, máscaras. 

El comercio es el motor, desde las montañas a las ciudades y aunque bastante alejado del estereotipo de Tim Burton en Charly y la fábrica de chocolates (un marroquí compra un chocolate y paga con una gallina) existe el trueque y por sobre todos los acuerdos, el regateo.

En Marruecos rige una monarquía constitucional y, a pesar de que han sido muchos los pueblos que se han asentado y colonizado el territorio (españoles, romanos, franceses, hebreos), la religión es islámica y su libro sagrado es el Corán. Por eso, en Tánger, los alminares de las mezquitas superan a varios edificios y desde esa torre, el almuédano (miembro de la mezquita elegido por su voz) llama al pueblo a la oración.

Es bastante curioso ver la gente en la calle arrodillada en cualquier sitio, rezando. Las cinco oraciones diarias se regulan por la posición del sol.

La ropa que usan las mujeres cubriéndose todo el cuerpo, el rostro y la cabeza tienen que ver con esta tradición, como así también la imposibilidad de sentarse en un bar como lo hacen los hombres. Aunque, como dice Pablo Sigismondi, nosotros también estamos cubiertos de velos.

Desde los acantilados de Tánger se puede ver la costa de Andalucía. Sólo 14 kilómetros la dividen de Marruecos. Tánger no es sólo una ciudad portuaria, es un misterio. Una frontera física y metafórica. Una historia sin tiempo ni espacio.

Es domingo en Tánger y el centro de la ciudad está cubierto de luces de colores. Las playas urbanas han quedado vacías y los hombres toman su café formando una fila interminable de frente a la calle. La ciudad recupera el ritmo que la puso en los mapas. Varias mujeres se reúnen en una pizzería al paso, se ríen y las horas se pierden en mensajes de whatsapp.

Chefchauen, la ciudad azul

Un gran taxi Mercedes Benz nos conduce a Chefchauen. Los viajes siempre tienen como consigna la contemplación y este punto azul en la montaña del Rif, con la gente trabajando la tierra, la vegetación, los niños jugando al fútbol y los colores del paisaje componen la escena perfecta. Austeridad y belleza.

Desde el momento de su fundación hasta 1920, ningún extranjero había entrado a la ciudad porque estaba cerrada a los no musulmanes, vetado incluso bajo pena de muerte. Cada año, antes del Ramadán, toneladas de pintura blanca y azul son usadas para pintar las casas de la Medina.

El color azul fue introducido por los judíos con una función poco artística: era para ahuyentar a los mosquitos. Aunque hay otra versión, que dice que lo hicieron para reemplazar al color verde del Islam.

La ciudad trepa por la montaña con casas irregulares. Al lado de una de las siete puertas de entrada, en lo alto, la cascada del río Ras el Maa alimenta el brillo de Chefchauen. Cada mañana, las mujeres lavan la ropa allí y la secan al sol. Es un escenario natural, diferente al que se ve en la Medina.

La ciudad es un paraíso para los amantes del hachís y de kif, un polvo fabricado con hojas de marihuana y tabaco. Una especialidad de la zona.

Abdel nos dice que hoy es día de feria. Los bereberes bajan de la montaña a vender sus cultivos y animales. Una nube de aromas viaja a través de la ciudad.

El sistema nervioso de la tranquila Chefchauen se acelera. En el Juzgado Central un grupo de personas espera para visitar a sus familiares que cumplen condena.

Aún en el entorno alucinante de montaña, la calidez de la gente y su sencillez, la realidad de estos pueblos puede ser terrible. En los barrios, todavía existen los hornos comunitarios donde se cocina el pan y los pasteles que se preparan en las casas a diario. Los trabajos son dirigidos por un maestro que controla la temperatura. Antes, en la Medina había más de 15 hornos que fueron desapareciendo por falta de mantenimiento.

“Estoy azul por dentro”, dice Dora Burlet, quien recorrió más de 10 mil kilómetros para llegar a Chefchauen. Antes Marrakesh y después el desierto, pero la personalidad de esta ciudad la sorprendió.

No hay turismo plástico, lo que ves, existe. La mano de Fátima, la hija de Mahoma, siempre está presente en las puertas cuidando los hogares. Es un símbolo, una inspiración.

A pocos kilómetros, grandes barcos cruzan el estrecho de Gibraltar. Estamos aquí para entender las fronteras del mundo, sus límites invisibles, para descubrir que el viaje que hacemos es un viaje dentro de otro.


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