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El derecho a la ternura

La educación para la ternura exige la revalorización del mundo afectivo

06/05/2014 - Autor: Miguel Ángel Santos Guerra - Fuente: El Adarve
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Ternura

Estamos acostumbrados a reivindicar y opinar sobre los grandes derechos de la vida pública: libertad, trabajo, vivienda, educación, sufragio, sanidad… Pero no hablamos casi nunca de los derechos de la vida cotidiana que están confinados a la esfera íntima. Derechos no menos importantes, no menos necesarios. A esta categoría de derechos relegados, casi vergonzantes, pertenece el derecho a la ternura. Ahora bien, lo privado, constituido por las rutinas de la vida cotidiana, impregnado en las dinámicas del afecto, es precisamente el espacio donde se desarrolla lo público y donde se manifiesta la ternura.

Todo está ordenado para que sólo lo público sea objeto de consideración y de valía. Lo demás son cuestiones menores, sin gran relevancia para la vida. Lo privado está condenado al anonimato cuando no al olvido. Relegada a la esfera de lo privado, la ternura nunca aparecerá en la esfera pública. O lo hará de forma vergonzante. “Perdón por la debilidad”, decimos cuando nos emocionamos en público.

Sería sorprendente ver a los señores parlamentarios discutiendo en el Congreso sobre la naturaleza y la necesidad de la ternura, elaborando un sesudo articulado sobre el derecho de todo ser humano a disfrutar de ella y promulgando luego una ley que garantizase ese derecho. Parece más lógico verlos preocupados por la alta política internacional y por las esenciales peculiaridades de la macroeconomía.
No creo que el derecho a la ternura sea un don generoso de gobernantes magnánimos, sino una respuesta a una necesidad imperiosa de los individuos. No me refiero sólo a los niños y a las niñas (a quienes por supuesto y en primerísimo lugar me refiero) sino a todos los seres humanos, incluidos los sapientísimos y poderosísimos varones que nos bendicen y gobiernan.

Algunos obstáculos dificultan el desarrollo de este derecho. El primero es nuestra concepción del mundo como un campo de batalla. El guerrero piensa en la conquista, en el poder, en la victoria, en la lucha, en la destrucción. La caricia será, en todo caso, una recompensa o un consuelo posterior. Nos hemos acostumbrado a que los personajes que triunfan en el ámbito público sacrifiquen el mundo de los afectos en aras de un triunfo que exige dureza y agresividad. El segundo obstáculo es la separación radical que se ha hecho entre lo cognitivo y lo afectivo. Esa separación radical es muestra clara de nuestro analfabetismo afectivo. Afortunadamente, cada vez estamos viendo de forma más clara que lo típicamente humano, lo verdaderamente humano es la afectividad. Las máquinas pueden llegar a ser más inteligentes, pero nunca tendrán la capacidad de expresar afecto y ternura. El tercero es la estrategia educativa que nos ha alejado a los varones de los valores más ricos de la sensibilidad. “Los niños no lloran”, se nos decía casi con violencia.

Dice Luis Carlos Restrepo en su pequeño y a la vez apasionante libro ‘El derecho a la ternura’: “Las aulas, tan propicias a la formulación de una verdad abstracta y metafísica, no parecen serlo al tema de la ternura".

Los profesores, como se decía del gran Charcot, actúan como auténticos mariscales de campo, sea al momento de enunciar su verdad o cuando se aprestan a calificar el aprendizaje”.

La reflexión sobre la ternura nos pone de bruces ante el tremendo problema del maltrato, de la intolerancia, de la violencia y del odio tan extendidos en nuestra sociedad. Hemos sido educados para la competitividad, para la lucha, para la defensa, no para la ternura.

La educación para la ternura exige la revalorización del mundo afectivo. Y exige también el desarrollo de estrategias que permitan dar y recibir ternura. Cuenta Enrique Mariscal en su libro ‘Cuentos para regalar a las personas que no leen’ que un anciano llega a una consulta médica para curarse una herida. Tiene mucha prisa. Mientras el médico le asiste le pregunta cuáles son las razones de su urgencia. El anciano cuenta que tiene que ir a una residencia de ancianos para desayunar con su mujer. Ella padece Alzheimer. El médico le pregunta si ella se alarmaría si no llegara.
–No, doctor, ella no sabe quién soy, pero yo sé muy bien quién es ella. Siempre disfrutó de que le leyera cuentos y poesías en el desayuno.

Necesitamos ser acariciados para crecer. Los franceses tienen una simpática y significativa expresión para designar a las personas ásperas, hostiles, torpes en la relación social. Los llaman ‘osos mal lamidos’. Necesitamos también acariciar. La caricia no ‘agarra’. El poder. sí. El poder sujeta, inmoviliza. La caricia libera. Dice Jean Paul Sartre: “La caricia no es un simple roce de epidermis; es, en el mejor de los sentidos, creación compartida, producción, hechura”.

Dice Restrepo en la obra anteriormente citada: “La caricia es una mano revestida de paciencia que toca sin herir y suelta para permitir la movilidad del ser con quien estamos en contacto”. Es imposible acariciar a otra persona sin estar, a la vez, acariciándonos. Somos tiernos con los otros cuando lo somos con nosotros mismos.
Hemos de ser tiernos con las personas, con los animales, con las cosas, con el mundo. La ternura sólo es posible en el marco del respeto a los otros. No se puede acariciar a la fuerza. El niño quiere tanto al pollito que lo mete con él en la cama hasta asfixiarlo.

“Ser tierno es afirmarse como un insurgente civil que ante la violencia cotidiana dice tajante como los gatos: ¡No!”, dice Restrepo, que elige al gato como el mejor símbolo para hablar de la ternura. Cuando le acaricias se queda quieto, pero cuando le atacas saca las uñas y las emplea con fuerza casi salvaje.

Hemos de abandonar la lógica y la estrategia de la guerra, hemos de practicar la ternura familiar, escolar, social, laboral. Porque así podremos ser y hacernos más felices.

Apena el mundo sin ternura. Cuenta Eduardo Galeano esta hermosa historia en su libro ‘Bocas del tiempo’: “Cuando Mariana Mactas cumplió seis años, algún vecino de Calella de la Costa le regaló un pollito azul (…). Mariana lo bautizó con el nombre de Pérez. Fueron amigos. Pasaban horas charlando en la terraza, mientras Pérez caminaba picoteando migas de pan. Poco duró el pollito. Y cuando llegó a su fin esa breve vida azul, Mariana se sentó en el piso, como para no levantarse nunca. Con la vista clavada en una baldosa, comprobó:
–Apena el mundo sin Pérez.


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