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La audición mística o samā

en Ibn Arabī y otros autores sufíes

04/05/2014 - Autor: Jordi Delclos Casas - Fuente: ibnarabisociety.es
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El término samā significa literalmente ‘audición’. Su significación primera debe entenderse sin embargo en términos de una audición absoluta (samā mutlaq) no conectada todavía con ninguna idea de música, pues la audición mística propiamente
musical es, según los autores sufíes, una subclase de esta especie más amplia de audición. Ibn Arabī hace remontar este sentido de escucha del término samā a la
escucha original que el mundo hace ante el verbo divino; así, el samā es la < cálamo divino escribiendo sobre el libro de la existencia>>
La cosmogonía del Islam perpetúa, por tanto, la tradición abrahámica de la creación por el Verbo. Una aleya ampliamente citada establece esta relación entre la orden  existenciadora y la escucha por parte del mundo: “Su orden, cuando quiere algo, es decirle tan sólo: <<¡Sé!>> Y es”. El creativo “Sé” (Kun) de Dios deviene así el “decir” en la forma cósmica, mientras que el mundo es el que “escucha” (wa-l-samā min al-ālam). Esto también es nombrado como al-samā al-kawnī, queriendo decir  al-kawnī “perteneciente a la existencia”, o bien, “perteneciente al mundo o universo”. Este al-samā al-kawnī contrasta con al-qawl al-ilāhī, o el Habla (Verbo) divina. Y es función del ser humano actuar de hermeneuta de los signos divinos leyendo-escuchando el verbo divino en “los horizontes y en sus propias personas”, es decir, en los lugares donde se manifiestan los signos, que son el mundo natural, las propias personas y el Corán o los libros revelados. Esta función se enmarca, pues, dentro de este esquema cósmico más amplio, donde el mundo creado es el mensaje de Dios a nosotros, y nosotros somos oyentes de Su decir existencial.
La idea de la creación del universo mediante un sonido inicial es también común a otras cosmogonías. Por ejemplo, los egipcios creían que el dios Thot había creado el mundo con la voz. Y los persas y los hindúes, afirma el musicólogo Marius Schneider, “creían que el mundo había sido creado por un sonido inicial que, al emerger del abismo, primero se hizo luz y poco a poco parte de esta luz se hizo materia. Pero esta materialización nunca fue totalmente completa, pues cada cosa material continuaba
conservando más o menos sustancia sonora de la cual fue creada”.
Según esto, existe en toda la creación una música inaudible que lo impregna todo. Toda materia se encuentra perpetuamente en estado de vibración. La audición absoluta, pues, implica que incluso los sonidos del mundo natural pueden llevar un mensaje escondido. Ruzbihān de Shiraz evoca una estación espiritual (maqām) donde Dios habla por boca del sonido de los pájaros y otros animales e incluso del sonido del viento. Sin embargo este alto grado sólo es concedido a los santos o amigos de Dios (walī), pues cuando estos se encuentran en el estado de unificación, Dios les habla por medio de todas Sus creaturas. Así pues, el samā no se limita a las melodías humanas, sino que se extiende al lenguaje de todos los átomos del universo. En el Corán aparecen algunas aleyas muy significativas al respecto: “Le alaban los siete cielos, la tierra y sus habitantes. No hay nada que no Le glorifique, pero no comprendéis su alabanza. Él es benigno, indulgente”; “Lo que está en los cielos y en la tierra glorifica a Dios. Él es el Poderoso, el Sabio”. Es decir, toda la existencia emite sonidos de alabanza que por su sutilidad no pueden ser percibidos más que por unos pocos. Por eso Gazālī dice que toda la existencia está ocupada en decir lā ilāha illā llāh. Valga también la siguiente aleya sobre el profeta David: “Sujetamos, junto con David, las montañas y las aves para que glorificaran”. Esta vibración, pues, inherente a todo lo existente, que según el Corán es en realidad una oración o ďikr constante, puede ser percibida como una música. En la literatura sufí encontramos multitud de ejemplos en los cuales los místicos percibieron el mensaje oculto en los sonidos naturales. Y es a través de la Imaginación activa que se establece una red paralela y trascendente de significaciones, que transmutan en signos los datos sensibles.
En este esquema general se enmarca otro tipo de audición que, en contraste con la absoluta, es limitada o restringida (al-samā al-muqayyad), y esta es la que tiene relación con la música. En el sufismo el término samā se usa generalmente en referencia a la audición musical con fines espirituales. Según Ibn Arabī hay cinco formas de oración: la oración litúrgica (şalāt), la lectura meditada del Corán (talāwa), la meditación propiamente dicha (tafakkur), la contemplación adquirida mediante el ejercicio de la soledad (jalwa), y el canto religioso y audición de música sagrada (samā).
Así, esta audición ‘limitada’ de música con fines espirituales deviene un medio o camino para realizar aquella audición mayor o absoluta. Y es que este verbo creativo o existenciador que resuena siempre en el fondo de toda creatura es también la vibración
responsable del amor. Corbin lo explica así: “el amor que estos seres experimentan por
él, incluso antes de saberlo, no es otro que la vibración del ser de él en el de ellos, activada por el amor de él cuando los emancipó de su espera poniendo su ser en el
imperativo (kun, “sé esto”). Es ahí donde Ibn Arabī descubre la causa de la emoción
que nos estremece durante la audición musical, pues hay simpatía entre la respuesta de
nuestra virtualidad eterna al Imperativo que la despertó al ser y nuestro presentimiento
de las virtualidades que el encantamiento sonoro nos parece evocar y liberar”.
Recuérdese aquí también otro mito de la creación, el del pacto preeterno de Dios con los
descendientes de Adán en el Día de alast, según el cual el ser humano está llamado a la
toma de conciencia de su origen. During explica que existe un mecanismo misterioso
entre la música, el verbo que hace ser y el éxtasis (waŷd) provocado por la pura
conciencia del hecho de existir. Durante la experiencia mística el sujeto descubre su
pura realidad existencial, despojada de los accidentes y los atributos de la condición
humana. El punto destacado es que la toma de conciencia de nuestros fundamentos
existenciales, inseparables de un cierto estado de gracia, se hace precisamente a través
de la audición musical. Descubrir su sí mismo y su origen sitúa al sujeto dentro de un
estado de éxtasis. Sin embargo, el samā no es un simple medio artificial para provocar
el éxtasis, sino un rito que permite re-actualizar un estado anterior al tiempo. La
importancia de este mito de alast que completa este otro de kun reside en el hecho que
funda una relación de amor entre la divinidad y el sujeto, relación que es una de las
claves del misterio del concierto espiritual.
Esta relación de amor es la razón de la gran aceptación que obtuvo el samā en el
mundo islámico, hasta el punto de llegar a ser la piedra de toque del misticismo a pesar
de la oposición de los doctores de la Ley, pues la experiencia de la audición musical se oponía al exceso de intelectualismo por parte de estos doctores así como a las
laceraciones de los ascetas. Por ello el músico sufí Hazrat Inayat Khan dice que este
tipo de experiencia es mucho más profunda que la simple creencia intelectual en Dios, y
otorga también a la música el papel de mediadora para llegar a dicho estado: “Para un
músico, la música es la mejor manera de unirse con Dios. Un músico con una creencia
en Dios le ofrece a él la belleza, el perfume y el color de su alma”. “La música es el
principal medio para despertar el alma, no existe nada mejor. La música es el camino
más corto y más directo hacia Dios”.
Otros sufíes han hecho referencias a la dimensión terapéutica y al poder e influencia espiritual de la audición musical. Fue Sarrāŷ uno de los primeros en hablar de las virtudes propiamente terapéuticas del samā: “Muchas enfermedades son sanadas por
la samā”. Y Bujārī, con una fórmula análoga, señala que “muchas enfermedades
mentales (divānegān) han sido sanadas por el samā”.

 
Primer capítulo de:
La audición mística o samā en Ibn Arabī y otros autores sufíes
Por Jordi Delclos Casas

 


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