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Arabia Saudí en la encrucijada

Clanes, disputas y desafíos

10/04/2014 - Autor: Javier Aisa Gómez de Segura - Fuente: web
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Abdulnasser Gharem. In transit Fighter 2013

El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, se trasladó recientemente a Riad para negociar con el rey Abdalá. En estas fechas, Arabia Saudí tiene varios desafíos esenciales. En política interior, la continuidad del poder establecido y los cambios sociales. El retroceso como potencia que aspira a la hegemonía regional y el deterioro de sus relaciones con Estados Unidos determinan sus problemas externos.

Jeques, clanes y disputas

La monarquía actual es el resultado de la alianza, desde el siglo XVIII, entre la belicosa tribu Saud, en el centro de la Península Arábiga, y el wahabismo, movimiento ultraconservador del islam suní, por su estricta versión de la unicidad divina (tawhid) y su activismo violento para extender una interpretación (ichtihad) dogmática de la religión.

Abdul Aziz bin Saud se proclamó rey de Arabia Saudí en 1932. Antes había vencido y expulsado al clan hachemí hacia Transjordania e Irak, entre 1924 y 1926. Después derrotó al Ijwán, hermandad wahabí, que censuraba a los Saud su preferencia por el poder político en vez del proselitismo religioso. A partir de  entonces, ante la ausencia de una identidad nacional saudí cohesionada, la dinastía Saud controla el país con la legitimidad política que le proporciona encabezar el sistema tribal y clánico; la religiosa, por ser guardianes de los Lugares Santos de La Meca y Medina y la económica, ya que dispone de unas reservas de 267.000 millones de barriles de petróleo (el 18 % mundial) y produce cerca de 10 millones de barriles al día.

El problema del reino saudí no es solo el choque entre tradicionalismo y modernización. Escenario de fidelidades y deslealtades tribales, dinásticas y religiosas, las facciones se superponen y se enfrentan unas con otras e incluso en el seno de cada una de ellas.

Los frentes abiertos son múltiples junto a la tensión histórica con los chiíes. Existen conflictos entre los mismos conservadores. Por un lado, la tendencia institucional, en la cúpula del poder político, acompañada por una corte de sabios religiosos que suscriben sus decisiones. Por otra parte, los ortodoxos más activistas -herederos de los Ijwan - a los que se unen las células de Al Qaeda, formadas por combatientes en Afganistán. Estos dos sectores censuran los despilfarros de la familia real y sus acuerdos con las diversas administraciones estadounidenses, además de la sumisión que les prestan algunos ulema. Finalmente, las tres tendencias conservadoras chocan con los grupos suníes más liberales.

Las redes de poder se someten a la pertenencia a un clan. Es una solidaridad grupal y económica en una dualidad de conceptos que se resume en el término qâraba: familiaridad y cercanía en las relaciones sociales y en el territorio. El absolutismo se ejerce de forma centralizada y, a la vez, dispersa, a través del mantenimiento de las estructuras tradicionales, encabezadas por los jeques tribales, en una especie de "tribalismo político". 

Herederos sin fin

Los asuntos sucesorios ya provocan tensiones. El relevo en la jefatura de la monarquía es singular. Primero gobiernan los miembros de la misma generación y solo se pasa a la siguiente cuando la anterior desaparece. Este modelo hereditario gerontocrático (han reinado cinco hijos de Abdel Aziz, de edades entre los 62 y los 89 años del rey Abdalá) genera no poca inestabilidad política. Cada integrante del linaje compite con el otro el mando de la dinastía y se rodea de su propio grupo clientelar, que domina con cierta autonomía sus posesiones políticas y económicas; reparte influencias y configura diplomacias  paralelas y contradictorias para lograr ventajas de todo tipo.

El círculo más poderoso son los Sudairi, integrado por los siete hijos de Abdel Aziz, procedentes de la misma madre, y sus respectivas descendencias. El rey actual, Abdalá, no pertenece a este clan – es hijo de Fahda bint Asi Al Shuraim, otra de las mujeres de Abdel Aziz – sino a los Rachid, de origen sirio y opuesto a los Sudairi. En su entorno se agrupan el resto al resto de facciones. En 2006, Abdalá formó un consejo de notables para elegir al nuevo monarca mediante una votación familiar, que permitiera encontrar el equilibrio. Sin éxito,  porque los Sudairi mantienen el control, a pesar de sus diferencias entre ellos, ya que la tercera generación, más joven, pretende ocupar los primeros puestos en la jefatura del régimen.

La mayoría de los dirigentes políticos y religiosos proceden del Nejd, en pleno desierto, aunque su población es minoritaria frente a los habitantes del Hejaz o a las tribus yemeníes, como las de Asir, origen de Bin Laden y de varios de los activistas que se inmolaron en las Torres Gemelas de Nueva York. Existe un resentimiento anti-Nejd en el resto del reino y no pocas tiranteces dentro de los liderazgos tribales, estatales y religiosos.  

La apertura prometida por el rey Abdalá a su llegada al trono en 2005 no se ha cumplido. Algunos intelectuales pidieron entonces una monarquía plenamente parlamentaria. Ahora, los reformistas exigen una Asamblea electa que reemplace a las 120 miembros nombrados directamente por el rey. Grupos de jóvenes lanzaron un manifiesto por las redes sociales, suscrito por 20.000 personas. Otros cambios anunciados, como un organismo contra la corrupción; elecciones municipales y la participación de las mujeres como votantes, candidatas y en la chura (Consejo Consultivo) se han quedado en papel mojado. Al contrario, el régimen ha endurecido las medidas contra la escasa oposición que surge en Arabia Saudí: censura en los medios y de las redes sociales; vigilancia; prohibición de manifestaciones y detenciones arbitrarias.

Evolución social

No obstante, las reformas serán inevitables porque la sociedad de Arabia Saudí es cada vez más dinámica. El alza de los precios del petróleo ha posibilitado grandes mejoras en la educación, infraestructuras y programas sociales, pero la riqueza ha favorecido sobre todo a los príncipes y parientes y a la élite de empresarios y tecnócratas instalados en el poder. Varios de ellos están implicados en escándalos de corrupción y nadie les ha molestado.

Un 75 % de la población tiene menos de 30 años y en 10 años el número de habitantes puede duplicarse y llegar a los 59 millones. Los 100.000 jóvenes que estudian en el extranjero y el desarrollo de las nuevas tecnologías revelan que existe un mundo con más libertades que las que tienen en su país. Igualmente, los cambios son imprescindibles para evitar disturbios sociales. Cualquier disminución de los ingresos derivados de los hidrocarburos acarrea desempleo (un 25 % en total y el 43 % de los licenciados universitarios); dificultades para conseguir una vivienda (solo un 22 % son propietarios) y empobrecimiento (un 11 % de la población sobrevive con algo menos de 100 dólares al día). Sin olvidar la discriminación de las mujeres y las duras condiciones de vida de 5 millones de inmigrantes oficiales y otros tantos ilegales.

Con el propósito de frenar cualquier democratización reivindicada en las  las movilizaciones árabes en estos tres años, la monarquía prometió destinar 129.000 millones de dólares para crear puestos de trabajo, incrementar los salarios y promover viviendas y servicios sociales. Sin embargo, esos fondos han ido a parar al aparato de seguridad, al rearme militar –incluido el programa nuclear– y a las instituciones religiosas.

Amenazas y alianzas externas

La estrategia regional de Arabia Saudí intenta que Irán y el resto de los chiíes en sus diversas tendencias, sean en Irak, Líbano, Bahrein y Siria (sumado en este país el rescoldo del antiguo nacionalismo árabe secular) pugnen con la dinastía Saud. Ni los persas, ni corrientes religiosas disidentes deben entorpecer la búsqueda del liderazgo saudí en el mundo araboislámico.  Precisamente, el rey Abdalá bin Abdelaziz, al comienzo de las revueltas hace tres años, decidió actuar en el vecino Bahrein. Fuerzas del Consejo de Cooperación del Golfo (alianza de los Estados de la zona) llegaron a la capital Manama. Inmediatamente, el rey Al Jalifa ordenó la represión de sus opositores. Los emires suníes consideraron que sus contendientes chiíes habían protagonizado las protestas apoyados por Irán, donde el chiísmo duodecimano es la religión oficial. Los manifestantes censuraban las discriminaciones políticas y sociales que sufren los chiíes (el 75 % de la población). También reclamaban un Estado democrático y el juicio de los especuladores que habían desviado fondos públicos. Estos acontecimientos han reproducido el enfrentamiento histórico (fitna) entre las dos tendencias del islam. Pero, sobre todo, marcan el pulso entre Arabia Saudí y el régimen iraní para poseer la hegemonía en Oriente Medio.

La intervención encabezada por Arabia Saudí fue una advertencia también para los propios sectores chiíes de Arabia Saudí (un 10% de la población total) que vive la provincia de Al Hasa, al este de la Península Arábiga y zona de importantes reservas petrolíferas. Allí han muerto recientemente varios manifestantes que protestaban en Qatif. 

Decepción, malestar y alarma han provocado en la monarquía algunas modificaciones en la diplomacia de Estados Unidos en Oriente Próximo. Entre las quejas, destacan la negativa a intervenir directamente en Siria y, sobre todo, las negociaciones con Irán.
La firme alianza sellada en el pacto de Quincy (febrero de 1945) permitía a Estados Unidos un acceso privilegiado al petróleo y el control frente al nacionalismo y panarabismo árabe en provecho de Israel. La contrapartida para Arabia Saudí ha sido armamento, protección y no injerencia en cuanto a la democratización del reino. La amistad se resquebrajó después de los atentados del 11 de septiembre. Estados Unidos reprochó al régimen cuando menos “dejar hacer” a los grupos yihadíes y reclamó el inicio de reformas políticas. Los saudíes respondieron que también eran sus enemigos, aunque fundaciones wahabíes, a consecuencia de su militancia ideológica, y algunos miembros de la familia real, debido a sus rivalidades, jugaran a aprendices de brujos y apoyaran determinadas acciones terroristas. En medio de la polémica, Washington también marginó la iniciativa de Arabia Saudí para solucionar la cuestión palestina (2002), si bien Riad tampoco presionó suficiente a la presidencia estadounidense. Ante un desaire y otro, Arabia Saudí rechazó en el otoño un asiento en el Consejo de Seguridad y el príncipe Saud al Faisal, ministro de Asuntos Exteriores, no pronunció su discurso en la Asamblea General de la ONU.

Para esquivar más críticas, pero al mismo tiempo para contrarrestar a la oposición islamista e impedir además posibles acciones de los grupos más radicales en Arabia Saudí, el rey Abdalá ha suscrito una nueva ley antiterrorista que establece de tres a veinte años de cárcel para los saudíes que hayan luchado en el extranjero.

El recelo entre Arabia Saudí y Estados Unidos es mutuo, a pesar de que prosigue la alianza militar con sustanciosos réditos. En 2011 se firmó un pedido de armas de 34.000 millones de dólares. No obstante, Arabia Saudí tantea a Francia y el presidente François Hollande se muestra receptivo, dado el enorme mercado  de armamento que representa el reino saudí: un gasto de 70.000 millones de dólares en 10 años. Sobre la mesa están ya contratos de venta de misiles, fragatas, submarinos y hasta sistemas de vigilancia fronteriza. Asimismo, las posiciones de ambos Estados respecto a Siria, Líbano e Irán son más cercanas que con EE.UU. Nuevos escenarios, que quizá compongan nuevos compromisos.


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1 Comentarios

Rafael Hernndezli dijo el 16/04/2014 a las 06:38h:

Asalamu aleikum: En México ya quisiéramos tener la seguridad de Arabia Saudita en lugar de tanto delincuente: He llegado a la conclusión de que estimulante tener dos lugares sagrados para los musulmanes, pues la famosa triada de libertad, igualdad y fraternidad tiene un límite. Ojalá y que la libertad que tenemos en Occidente sirva para enaltecernos y no para rebajarnos cada vez más en lo moral


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