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El ser humano realizado: al-insan al-kamil

Todo perece salvo la Faz de Al-lâh

02/04/2014 - Autor: Abdelbadi de Gerasa - Fuente: alkalima.es
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Al Insan al Kamil

En una tradición qudsi Al-lâh dice: «No cesa mi siervo de acercarse a mí por las buenas obras hasta que lo amo, y cuando lo amo Yo soy los pies con que camina, las manos con que actúa, los ojos con que mira...». Hay que leer lenta y atentamente este hadiz, una y cien veces, para comprender el sentido del camino que hemos emprendido. Este es un estado donde el ser contingente desaparece y sólo perdura el Amado; en ese estado, el muhsin es un vehículo de la voluntad divina, un ejemplo de Al-lâh sobre la tierra, una  verdadera teofanía.

Según otro hadiz qudsî, Al-lâh ha dicho: «El humano es mi secreto y Yo soy el secreto del ser humano». Otro dicho profético afirma que Al-lâh creó al humano a su semejanza y otro afirma que Al-lâh es para cada creyente tal y como este/a es capaz de imaginarlo/a. El sheij al-'Alawî decía que el conocimiento de sí mismo era de más importancia que el conocimiento de Al-lâh. Una de las máximas de Abûl Hasan ash-Shâdilî: «Conócete y sé como quieras». Y Sahl at-Tustarî dijo: «La soberanía divina tiene un secreto y ese secreto eres tú, ese tú que es el ser de quien se habla; si ese tú llegara a desaparecer, la soberanía divina sería igualmente abolida». E Ibn 'Arabî, en relación a la visión de Al-lâh: "El manto de Al-lâh es la criatura. Somos la magnificiencia de la que se reviste la esencia divina. De lo que se deduce que no veremos nunca a Al-lâh. Sólo nos veremos a nosotros mismos".

Todo esto apunta al estado de complicidad entre el humano realizado y Al-lâh. Cuando el hadiz qudsi afirma que el ihsan es actuar como si vieras a Al-lâh, pues en todo caso Él/Ella/Ello te ve, sitúa la autoconciencia de la propia naturaleza divina como cumbre del islam. En el momento en que ha logrado el perfecto estado de servidumbre o entrega a Al-lâh, el humano deja de ser él mismo y pasa a actuar movido únicamente por Al-lâh, la amante queda reflejada en el espejo del Amado. El estado de completo aniquilamiento en Al-lâh (fanâ fi-l-lâh) condujo a al-Hallay a pronunciar la frase «Anâ al-Haqq» (yo soy el Verdadero), causa mística de su martirio. Según ibn Arabî, al-Hallay confundió su estado con la total absorción del humano en la divinidad, cuando en verdad esa absorción no llega a realizarse nunca, pues Al-lâh nos restituye constantemente a nosotras mismas para que podamos seguir recibiendo Su mirada. Eso es lo que se llama baqâ, o permanencia en Al-lâh tras la aniquilación, que es la máxima unión en la separación. Según ibn Arabî, la expresión correcta de este estado es: «Anâ sirr al-Haqq» (yo soy el secreto del Verdadero).

Despertar la visión interior y ser capaces de realizar la ilaha ila Al-lâh, es decir: no hay nada que tenga una realidad separada de la Realidad única. Quiere decir que todos nuestros anhelos o sueños de criatura no son más que vanidades si no son sueños y deseos de Al-lâh, si no nacen de la conciencia de que solo Al-lâh existe y de que nosotras/os somos una nada que se anega en el océano de Al-lâh, en la Matriz abisal de donde surge todo lo creado. El musulmán y la musulmana aspiran a borrarse ante a Al-lâh, en Al-lâh, a aniquilarse en la divinidad hasta desaparecer, sabiendo que a cada instante Al-lâh los restituye de nuevo a su forma y les asigna un nuevo cometido. Aspiran a llegar a ese punto en el cual «Todo perece salvo la Faz de Al-lâh», ser capaces de ver a Al-lâh manifestarse en todo lo creado, incluso en la muerte o en las destrucciones más terribles. Tras esta aniquilación en Al-lâh, es Al-lâh mismo quien nos entrega la subsistencia, pues nuestro ser formaba ya parte de la Unidad desde antes de nuestro propio nacimiento. Vivir únicamente sostenido por Al-lâh, sin esperar nada de las criaturas, lograr el desapego hacia las formas. Pero no por medio del renunciamiento al mundo, sino mediante la plena conciencia de que todas esas formas transitorias son parte del secreto divino, teofanías a través de las cuales Al-lâh se revela y actualiza constantemente Su poder, Su generosidad, Su creatividad, Su fuerza, Su ternura, Su majestad, Su belleza, Su magnificencia... Y nosotros/as no somos más que eso, uno de los modos que tiene Al-lâh de desplegarse en mundos que se suceden los unos a los otros, al-hamdulil-lâhi Rabbí al-'alamin. Alabado sea Al-lâh, Sustentador de todos los mundos.

En este mismo momento estamos ante la Faz de Al-lâh, y la Faz de Al-lâh está en todo lo visible. Vivimos en el mundo como teofanía, en la plena conciencia de que Al-lâh es el Creador de todo cuanto nos rodea, de todo cuanto nos sucede y de que cada paso que damos lo da Al-lâh. Nuestra mirada pulida en el espejo del Amado nos permite saborear la Majestad y la Belleza de Al-lâh en todo, y ese ver se refleja en nuestros actos, si Al-lâh quiere.

Muchos dirán: esto es muy bello, pero son tan solo palabras que nada tienen que ver con la dureza de la vida cotidiana, con los esfuerzos que el humano se ve abocado a realizar en este mundo, con los problemas que tenemos que afrontar. Ciertamente, Al-lâh ha creado al humano en tensión, sometido a multitud de fuerzas antagónicas, tentado por esto y por aquello, arrastrado por la corriente del tiempo como una hoja seca... Pero nada de eso contradice la enseñanza primordial del islam: la ilaha ila Al-lâh. Es precisamente el recordatorio de este estado natural del ser humano, de su condición primera, lo que nos permite afrontar todos esos retos cotidianos como formas en las cuales Al-lâh se manifiesta. No hay nada que nos separa de Al-lâh, nada podría separarnos de la Fuerza Matriz que nos crea y nos recrea a cada paso. Sentir esa intimidad es ya la realización de Su promesa. Por dura que sea nuestra vida, esto es aquello que nos queda, aquello que «resta» una vez que las formas se precipitan en el abismo de lo incondicionado. Lo que resta es Al-lâh, el Tiempo que (nos) queda.


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