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Discurso de Juan José Tamayo en la recepción del Premio Fundación Siglo Futuro

Por la defensa de los valores humanos, la solidaridad y el diálogo entre religiones

04/04/2014 - Autor: Juan José Tamayo - Fuente: Webislam
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Juan José Tamayo.

Deseo expresar mi agradecimiento a la Fundación Siglo Futuro, a su Patronato y a todos los miembros de la Junta Directiva, que quiero personalizar en su Presidente Juan Garrido Sicilia, animador cultura y guía intelectual de este proyecto. Recibir este Premio es para mí un honor por la honorabilidad de la institución que me lo concede y por las personalidades galardonadas en ediciones anteriores, entre otras, José Luis Sampedro, Mario Vargas Llosa, Mario Benedetti, Antonio Gala, Mario Benedetti y el doctor Joaquín Barraquer Moner, a quien se le rinde un homenaje en este acto y de quien me siento orgulloso de estar acompañado. Constituye también un privilegio porque otras personas lo merecen tanto o más que yo por su trabajo y ejemplaridad en la defensa de los valores humanos, la solidaridad y el diálogo entre religiones. Es, igualmente, una responsabilidad ya que me liga todavía más a la Fundación y me compromete a seguir colaborando con ella con más dedicación.

Quince años ha que vengo colaborando con ella, a donde llegué como suplente para sustituir en una conferencia  mi entrañable amigo y colega Enrique Miret Magdalena.

Lo recordará bien su presidente D. Juan Garrido, quien me hizo la invitación por sugerencia del propio Miret Magdalena. Los tres lustros de mi relación con la Fundación son tiempo suficiente para comprobar la excelente labor que lleva a cabo en todos los campos de la cultura sin excepción: arte, ciencia, filosofía, religión, economía, educación, familia, empresa, relaciones laborales, escuela, universidad, tecnología, sociología, política, historia, geografía, narrativa, ensayo, poesía, teatro, pintura, música, deporte, comunicación, etc.

Nada relacionado con la cultura le es ajena. Todo lo que tiene que ver con la creatividad cultural está presente en sus programas. Todo lo convierte en tema de estudio, análisis y reflexión en actitud abierta, critica, no dogmática. Ahí radica, a mi juicio, una de sus principales aportaciones a la ciudad de Guadalajara, a la Comunidad de Castilla la Mancha y a las Comunidades limítrofes. De todos estos lares vienen personas atraídas por la calidad de sus actividades y por la amplia oferta cultural que semana tras semana hace la Fundación a sus participantes cada vez más numerosos.

Eso explica la continuidad de su programación, siempre nueva y creativa, sensible a cuantos fenómenos acontecen en la vida de la Ciudad, de la Comunidad, de España y del Mundo. Porque si algo caracteriza a los responsables de la Fundación es su capacidad de compaginar la cultura universal y la vida local, la situación de la región y los problemas globales, la realidad cotidiana y los fenómenos históricos más significativos. Nada humano le es ajeno. Global y local, regional y nacional, particular y universal, individual y social, personal y comunitario: esa es la dialéctica en la que se mueve la Fundación en un equilibrio que no es frecuente encontrar en otras instituciones. 

El reconocimiento de la Fundación no se circunscribe al ámbito local, regional o nacional va más allá de nuestras fronteras por el prestigio cultural y la calidad humana de las personalidades que intervienen en sus actividades, desde las fuerzas vivas locales y regionales, conocedoras de los problemas y siempre a pie de páginas de las inquietudes y necesidades de la ciudadanía, hasta figuras de prestigio internacional de todos los continentes y todos los saberes, que brillan con luz propia, cada una en su campo.

Muchas de ellas han sido galardonadas con premios locales, nacionales e internacionales por parte de prestigiosas instituciones. El prestigio de dichas personalidades da prestigio a su vez a la Fundación, que se siente enriquecida con las aportaciones intelectuales de tan egregios y distinguidos colaboradores y colaboradoras.

La Fundación no descuida el carácter educativo de sus actividades. Ella funge como educadora social en valores cívicos como la convivencia en concordia, la disidencia respetuosa, el consenso y el disenso, la participación política, la solidaridad, la defensa de la justicia, el trabajo por la igualdad (no clónica), la opción por la paz, el respeto y el fomento de la diversidad cultural, étnica, geográfica, ideológica, política, religiosa, etc. como riqueza de lo humano, el cultivo de la creatividad en todos los campos del saber y del quehacer humano, el pensamiento propio, la capacidad de iniciativa.  

Quiero destacar también el clima de las actividades de la Fundación, que destacan por el diálogo abierto, la discusión serena, el debate disciplinado, las intervenciones razonadas, las disensiones argumentadas, la tolerancia y el respeto al pluralismo. Es este el clima el que vivo cada vez que asisto o participo en los eventos organizados por la Fundación. Y es lo que quiero reflejar en este texto como reconocimiento a una labor cultural ingente e irrenunciable y como agradecimiento por permitirme colaborar en dicha iniciativa cada vez más necesaria.

Colaboración que constituye un enriquecimiento de la vida cívica y, a decir verdad, también me enriquece a mí en todos los campos y contribuye a trabar lazos de amistad con los colegas que intervienen en las actividades y los ciudadanos y ciudadanas que participan, con los miembros del Patronato, del que tengo el honor de formar parte, y muy especialmente con su presidente D. Juan Garrido. Espero y deseo que la Fundación tenga larga vida y cuente con el apoyo de las instituciones políticas, sociales y culturales tanto locales como autonómicas y de otras instituciones interesadas en impulsar la cultura para seguir desarrollando sus excelentes proyectos culturales. Es la ciudadanía la que lo demanda y se le puede  privar de la cultura, que constituye una de las bases fundamentales del desarrollo integral de los pueblos, de la que no puede ser privada Guadalajara.

Se me concede el Premio por la “permanente defensa de los valores humanos, de la solidaridad y del diálogo entre religiones”. Razón de de más para mi agradecimiento. Son tareas que debemos asumir todos los seres humanos como condición necesaria para la convivencia cívica en justicia y libertad, así como para la supervivencia de la Humanidad y del Planeta y que me gustaría asumir como prioritarias. No hay otras más importantes, ni más urgentes.

Los valores humanos constituyen el ADN de toda persona, nuestra identidad moral, el criterio para valorar nuestra conducta para con los demás. Sin valores humanos, se impone la barbarie, en la que tristemente hemos desembocado los humanos no pocas veces a lo largo de la historia. Con frecuencia, sin embargo, confundimos valor y precio, como nos recuerda Antonio Machado, y solo valoramos lo que tiene precio despreciando los valores, que sometemos a las reglas venales del mercado.

Los valores humanos nos llevan derechamente a la defensa de los derechos humanos, sobre todo de quienes se ven privados de ellos. Como nos recordara José Saramago, a quien esta Fundación tributó un homenaje en 2012 con motivo del segundo aniversario de su muerte, los derechos humanos son, siguen siendo, la utopía del siglo XXI, en cuya realización estamos todos comprometidos.

En la cultura del neoliberalismo, la solidaridad es una palabra a punto de ser excluida del diccionario, si no lo ha sido ya. Es, en palabras del papa Francisco, una palabra molesta, casi una palabrota para los mercados, que debemos salvar, poner en valor y activar.  Es una palabra que ha recuperado Francisco y ha colocado en el centro de su mensaje como denuncia de la insolidaridad de Europa hacia los inmigrantes, que mueren por cientos, a quienes les tratamos como población sobrante, no les prestamos acogida y les negamos auxilio hasta dejarlos morir e incluso participamos en su muerte.

¿Cómo entender la solidaridad para que sea eficaz, dé sus frutos y no se quede en un mero sentimiento de lástima? Como compromiso de devolver a los empobrecidos lo que les pertenece y les hemos robado, como reconocimiento del destino universal de los bienes de la humanidad y de la tierra, que es anterior a cualquier título o supuesto derecho de propiedad privada. En caso de necesidad, decía Tomás de Aquino, todos los bienes son comunes. 

El diálogo entre religiones es otros de los motivos de la concesión de este premio y, es sin duda, con el que siento especialmente identificado. “Sin diálogo –afirma Raimon Panikkar- el ser humano se axfisia y las religiones se anquilosan”. Es verdad. Has sido muchas las guerras que han desagrado a la humanidad por motivos religiosos. Todavía quedan rescoldos de esas guerras que no se han apagado y que siguen causando enfrentamientos entre creyentes de distintas tradiciones religiosas. Es, sin duda, la más grave irresponsabilidad de las religiones. Es necesario revertir la tendencia: pasar del anatema al diálogo, de la guerra a la paz, del enfrentamiento a la negociación, del choque a la colaboración, de la co-existencia a la con-vivencia.

Ahora bien, para que el diálogo no se quede solo en una tertulia de sobremesa, debe ir acompañado de la alianza contra la pobreza y de la lucha contra la exclusión social y la violencia de género contra las mujeres, que son tres de las lacras más graves que sufre nuestra sociedad.  No sé si merezco este Premio o no, lo que sí sé es que se convierte en un imperativo ético y me marca la hoja de ruta a seguir en la dirección de una sociedad intercultural, -interreligiosa e interétnica más justa y solidaria. Para conseguirlo pueden Ustedes contar conmigo como yo cuento con Ustedes.  Como decía la vieja canción, “con tu puedo y mi quiero, vamos juntos compañeros”.  Muchas gracias.

Guadalajara, 22 de marzo de 2014.


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1 Comentarios

Samira Saker dijo el 05/04/2014 a las 02:37h:

Hola profe en hora buena, bien merecido. Agradezco toda la contribución que nos da en cuanto al tema de la concordia entre las diferentes religiones. Gracias


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