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Kalimat, capítulo V

Si quieres comprender, hermano, algo de los secretos que hay en el mundo, el enigma del ser humano y los símbolos de la esencia del Salat, reflexiona conmigo en esta breve historia

26/03/2014 - Autor: Said Nursi, Traducción de Abderrahmán Habsawi - Fuente: Webislam
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Paraíso

wa sh-shámsi wa d u h âhâ, wa l-qámari idzâ talâhâ, wa n-nahâri idzâ ÿallâhà, wa l- láili idzâ yaghshâhâ, wa s-samâ:i wa mâ banâhâ, wa l-ár d i wa mâ t a h âhâ, wa náfsin wa mâ sawwâhâ.

¡Por el sol y su claridad! ¡Por la luna cuando le sigue! ¡Por el día cuando lo muestra brillante! ¡Por la noche cuando lo vela! ¡Por el cielo y lo que lo ha erigido! ¡Por la tierra y lo que la ha extendido! ¡Por la vida y lo que la ha equilibrado!

(Corán: Ash-Shams, 1-7)

Si quieres comprender, hermano, algo de los secretos que hay en el mundo, el enigma del ser humano y los símbolos de la esencia del Salat, reflexiona conmigo en esta breve historia:

En un tiempo cualquiera hubo un sultán que poseía grandes riquezas. Los cofres de su tesoro contenían toda suerte de joyas y piedras preciosas, y aun había entre sus posesiones otros bienes escondidos y sorprendentes que jamás había mostrado a nadie. Además de tanta abundancia, el sultán era un gran sabio conocedor de todas las ciencias de su tiempo y de igual modo era hábil y consumado experto en las distintas artes.

A semejanza de todo ser dotado de majestad y belleza que desea ser contemplado y admirado, también este gran sultán quiso ser exaltado y tenido en consideración por los habitantes de su reino. Para ello organizó una fiesta en la que expuso ante sus súbditos sus galas más fabulosas buscando llamar su atención y provocar su estupor. Así fue como exhibió su grandeza ante los ojos de las gentes, mostrándoles lo que nunca antes habían visto.

El sultán tuvo en cuenta que no todo el mundo podría congregarse para contemplar las joyas y las alfombras de su tesoro, pero sabía que la noticia no tardaría en propagarse por los cuatro puntos cardinales y que los que no verían, al menos oirían el relato.

Para su fiesta, el sultán mandó construir un magnífico palacio, y lo dividió sabiamente en estancias, cada una de ellas decorada de un modo diferente, todo ello hecho por su propia mano para que fuera muestra de su extraordinaria habilidad. No había lugar en el conjunto palaciego que estuviera vacío, todo estaba lleno de obras maestras y espléndidos adornos.

Cuando el alcázar estaba preparado, dispuso en las salas ricas mesas colmadas con los más exquisitos alimentos. Nada faltaba: había delicias para todos los gustos. Cada huesped sería agasajado con lo que más le satisfaciera. Nadie saldría defraudado de ese fastuoso alarde del sultán.

Después invitó a los habitantes de su reino; convocó a sus súbditos que acudieron desde todos los confines. Para que les sirviera de guía por las dependencias del alcázar eligió al mejor de sus visires, y le explicó todos los detalles de su obra. Escogió para ello al más elocuente, al más prudente, al de mejor memoria, al de exquisitos modales, al más fiel a su deseo, y lo convirtió en maestro de los secretos del palacio. Le ordenó que hablara al pueblo de la delicadeza que había en cada obra de arte, del valor de cada gema, del brillo de cada perla, de la finura de las alfombras, de la riqueza de los mosaicos, del esplendor de los cristales, todo ello para que se dieran cuenta de la habilidad del artífice, de su sabiduría y de su opulencia.

También fue encargado ese prudente visir de que enseñara el protocolo a los visitantes, para que cada cual supiera cómo debía entrar y salir, y por dónde, y cuándo. Así todo seguiría un orden armonioso y no habría confusión y cada uno aprovecharía su visita y aprendería de lo que se ofrece y sabría del sultán. Para aumentar su majestad, el sultán se ocultó tras una cortina, para dejarse tan sólo adivinar. Así su grandeza era realzada por el velo que le daba un halo de misterio conforme a su carácter extraordinario.

El visir organizó la visita al palacio, y se hizo con subalternos a los que instruyó en la misión que debían cumplir. Cada uno vigilaba una puerta y se hacia cargo de dirigir a un grupo distinto. Otros de sus servidores se pusieron en marcha y llegaron a las regiones más distantes para preparar a los peregrinos y dirigir sus pasos.

Todos fueron reunidos ante el gran visir, que dijo con su potente voz a los congregados:

"¡Oh, gentes! Nuestro señor el sultán, al que pertenece este alcázar prodigioso, ha querido, al construir este edificio, darse a conocer a sus súbditos. Todo lo que véis con vuestros ojos es obra suya y producto de su sabiduría y de su habilidad. Conoced todo lo que él puede hacer, y escuchad para profundizar en el conocimiento de vuestro rey.

Con los adornos que ha puesto en cada habitación no quiere sino mostrarse amable a vuestros ojos. Quiere que le améis en la belleza de cada detalle. Responded a su deseo embelleciéndoos vosotros. Hermoseáos antes de entrar en el palacio para ser dignos de la luz que contiene. Hacéos amar por el sultán de la belleza, acercáos a él con lo que os ofrece.

Sólo ha querido hacerse amar. Ha buscado despertar vuestra admiración para que conozcáis todo con lo que puede obsequiar a quienes se aproximen a él. Responded a su llamada, acudid a él con vuestros corazones, presentáos ante él con lo mejor de vosotros para que os colme con sus dones. Oíd su deseo y aprestáos para recibir su generosidad.

Él ha querido ser vuestro anfitrión en este día magnífico, y agasajaros como se agasaja a los reyes y a los príncipes. Con su ostentación desea ganar vuestra gratitud. Os da lo suyo para satisfacerse en vosotros, para redescubrir su grandeza en el estupor de vuestros corazones. ¡Proclamad su grandeza para que sea notoria y por todos conocida! Hablad de las excelencias de vuestro rey, mostrad sin timidez vuestra admiración ante su opulencia.

Él ha querido que adivinéis su belleza en su obra, ha deseado que lo ansieís antes de mostrarse a vosotros. Está detrás de esa cortina, al final de la última estancia y sólo desvelará su rostro ante quien le ame con la generosidad con la que él ha amado. Acercáos a él con pasión, con emoción desbordada, para que os enseñe su belleza de la que lo que véis no es sino un pálido reflejo, para que os aloje en la estacia de su intimidad y os haga los honores que tiene reservados para pocos, para los mejores de entre vosotros.

Vuestro sultán quiere que sepaís que él es vuestro único rey. Ahí tenéis su único sello con lo que marca lo que le pertenece. Es su signo para que reconozcáis de dónde os vienen las órdenes que debéis obedecer y a las que os tenéis que rendir. Sólo él es merecedor de vuestros elogios y digno de vuestra perplejidad. Y he aquí que yo os muestro el sello de su poder. No volváis a confundiros jamás. El sultán no tiene semejante y su sello no tiene igual. Distinguid con claridad para que nadie os time con baratijas".

Así habló el visir y todos escucharon sus palabras claras y sus sólidos argumentos, y los visitantes fueron entrando y comprobaron que lo que había en el alcázar no podía ser descrito por ninguna lengua. Nunca antes habían ni tan siquiera podido imaginar que existieran perfecciones como las que les eran mostrado. Cada tesoro estaba en un lugar privilegiado, y el todo era el colmo del equilibrio y la simetría más desconcertante.

En el palacio, las gentes se dividieron en dos grupos. El primero de ellos era el de los poseedores de inteligencia despierta y corazones puros. Éstos supieron apreciar el justo valor de cada maravilla que se exponía ante ellos. Se decían en sus adentros: "Sin duda, cada objeto de esta colección tiene guardado un secreto profundo que lo hace ser magnífico". Y al escuchar las palabras del sabio visir comprendieron el enigma y descifraron el acertijo. Y dijeron al visir: "¡Oh, maestro! Este espléndido edificio y estas joyas únicas, toda esta armonía y toda esta magia, tiene un autor que debe arrebatar los sentidos. Dinos cómo podemos llegar a él, enséñanos el camino que conduce a su morada, pues nuestro asombro nos exige saber quién es y cómo es. Indícanos, ¡oh, visir! la senda que lleva hasta el sultán que ansíamos saludar, condúcenos por este inquietante laberinto de riquezas sin límite hasta donde está el que ha sabido crear toda esta hermosura". Y el visir les ordenó que le siguieran hasta la última estancia donde estaba la majestad en persona que agasajó a sus húespedes como hace el generoso con el que llega hasta él.

Al segundo de los grupos pertenecían los de poco entendimiento y corazón estrecho. Eran ladrones que sólo querían ver qué podían robar. O eran glotones que se apresuraron a llenar los estómagos con lo que encontraban a su paso, hasta hacerse pesados y ya no podían caminar más. O eran infelices que sólo buscaban saciar sus apetitos e instintos de prisa y con lo que fuera. O eran como ciegos y sordos que nada podían distinguir ni apreciar, encerrados en la indiferencia de la oscuridad y el silencio, y se tumbaron con su pereza sobre los primeros cojines que encontraron a su paso. O eran petulantes indignos que fingían aburrimiento mientras se adoraban a sí mismos, prisioneros de los estrechos límites de la mediocridad. Todos éstos se comportaban como ignorantes maleducados semejantes a bestias groseras, y pronto se quedaron satisfechos y dormidos. Pero acudieron los guardianes del palacio y los arrojaron fuera. Los arrancaron del cobijo y los echaron al calor del sol abrasador donde ninguna sombra les protegía, ni había agua fresca ni alimentos sabrosos de los que disfrutar. A otros los enterraron en las mazmorras, y otros fueron entregados al verdugo. Así lo había dispuesto el sultán para todo aquél que se mostrara con desdén hacia su gloria.

Y aquí termina esta breve historia. Si has escuchado con atención el relato, te habrás dado cuenta de que el sultán construyó el magnífico alcázar para que cumpliese una función, que era la de mostrar todo aquello de lo que era capaz el rey. El sultán no hizo sino realizar su obra y exteriorizar su habilidad para ser contemplado y reconocer su propia majestad en el desconcierto de sus súbditos. Para ello era esencial el visir: si no fuera por él, el sentido de la obra se habría perdido. El palacio no habría sido más que un libro ilegible. Nadie habría comprendido su significado. El visir desentrañó lo inescrutable, sacó a relucir el secreto y descifró el enigma.

Sin el visir, nada hubiera tenido su cumplimiento. El alcazar, de no ser por él, sólo hubiera sido un laberinto que no lleva a ninguna parte. Se puede decir, por tanto, que la existencia y el sentido del palacio dependían de la función del visir. Si los súbditos del reino escuchaban y obedecían al guía, el objeto de su creación se realizaba y la fiesta alcanzaba su mayor alegría.

Para aquéllos que le volvieron la espalda, el palacio y cuanto contenía desapareció y se disipó en el sueño de la irrealidad y fueron destruidos al no haber necesidad de ellos. El alcázar, todo lo que había en él y los desatentos fueron aniquilados en el olvido, pues no eran sino ignorancia en medio de la ignorancia.

He aquí las claves de la historia: el sultán, el palacio, las riquezas, el visir, los súbditos, la atención y la desatención, la intimidad en la opulencia y la expulsión privadora. Y he aquí sus correlatos en el Corán: Allah, el mundo, las criaturas, el profeta, los seres humanos, el Jardín y el Fuego.

Efectivamente, el alcázar es este mundo alumbrado con lámparas en el techo relumbrante de su cielo, y alfombrado con colores abrumadores, y decorado por mil criaturas sorprendentes. Y todo es ofrecido al ser humano.


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