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Kalimat, capítulo IV

Al-Îmân billâh y al-Îmân bil-Âjira

19/03/2014 - Autor: Said Nursi, Traducción de Abderrahmán Habsawi - Fuente: Webislam
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“El Imán es palabra y acción. Crece y decrece. Todo acto de ‘ibada proviene del Imán y las transgresiones decrecen el Imán.”

Me he abierto a Allah y al Último Día
âmantu billâhi wa bil-yáumi l-âjir

El Último Día es el reencuentro con Allah, el final de la existencia separada y el comienzo de la integración final en la Verdad. El Îmân, la apertura hacia el Yáum al-Âjir , es la expectativa con la que el Mûmin aguarda ese momento y se prepara para él.

1. Abrirse a Allah – al-Îmân billâh- y abrirse al Último Día – al-Îmân bil-Âjira- son las más preciadas claves que desatan ante el espíritu del ser humano el talismán del universo y le abren la puerta de la felicidad y la paz. Hacen del hombre un ser paciente ante su Creador y un ser agradecido ante su Enriquecedor, y la paciencia y la gratitud son los remedios más eficaces frente a todos los males. Prestar oído atento al Corán, dejarse guiar por sus anuncios y advertencias, establecer los cinco salats , abandonar todas las torpezas propias del incauto, todo ello es una valiosa provisión para el viaje que aguarda al hombre tras la muerte: son luz que ilumina su tumba y aligeran sus pasos sobre el Puente hacia Allah. Si quieres comprender todo esto, escucha esta breve historia:

Un guerrero cayó herido durante una batalla. Sus manos quedaron casi mutiladas, y un león se le acercó por detrás. Frente a él estaba el patíbulo que aguardaba a los prisioneros de guerra, o bien el exilio. Todo se había unido contra él para hacer de su situación una tragedia de la que le sería prácticamente imposible huir. Mientras lamentaba su estado, he aquí que por su derecha se le insinuó un anciano que le pareció ser el Jidr pues su rostro era resplandeciente. Y el anciano que se asemejaba al Jidr le dijo:

"No desesperes. Te enseñaré dos talismanes, y si sabes hacer uso de ellos el león que te amenaza se convertirá en un caballo ligero dispuesto a servirte, y el patíbulo que tienes ante ti se transformará en un columpio para tu regocijo. Y te daré dos remedios, y si sabes dosificarlos, tus heridas podridas sanarán y tus manos se convertirán en flores perfumadas. Y te proporcionaré un salvoconducto y tu exilio será un viaje de placer, y cubrirás la gran distancia en poco tiempo como si fueras un pájaro. Si no crees lo que te digo, pruébalo una vez y te darás cuenta de que soy sincero".

Y el guerrero probó todo lo que le describió el anciano y descubrió que sus palabras eran verdaderas. Y yo también, pobre de mí, he saboreado algo, muy poco, de sus enseñanzas y soy testigo de su eficacia.

Más tarde, el guerrero se dio cuenta de que por su izquierda se le acercaba un hombre burlón y parlanchín que parecía un demonio. Venía a él lujosamente vestido trayéndole pinturas atractivas, instrumentos musicales y bebidas alcohólicas. Ese hombre se detuvo ante él y le dijo:

"Ven, compañero, acércate a mí y disfruta de lo que tengo. Entretengámonos contemplando estas bellezas aquí retratadas, escuchemos dulces cantos y comamos y bebamos hasta saciarnos. Pero, ¿qué son esas palabras que repites sin cesar?".

El guerrero le respondió: "Son un talismán que me protege".

Y el hombre le censuró diciendo: "Déjate de esas cosas incomprensibles y no enturbies la pureza de este momento. Disfruta de lo que yo te ofrezco. Pero, ¿qué son esas cosas que tienes en las manos?".

"Son medicina".

Y el hombre le dijo: "Aparta de ti esos ungüentos. Estas sano y nada malo te sucede. ¿No ves que te impiden beber de mi copa? Goza conmigo de todo lo que te traigo. Y ¿qué es ese papel con cinco sellos que hay junto a ti?".

Y el guerrero respondió: "Es un salvoconducto oficial". El hombre replicó: "Rómpelo, ¿qué necesidad tienes de viajar en esta hermosa primavera?".

Y el hombre siguió intentando convencer al guerrero con sus palabras y sus bromas, y poco a poco fue debilitando su resolución. Y es así porque el ser humano se confunde con facilidad y cualquiera lo engaña. Pero una voz como un trueno llegó a sus oídos desde la derecha: "No te dejes engatusar y responde al que quiere distraerte: Si puedes matar al león que aguarda detrás, si eres capaz de retirar el patíbulo que hay ante mí, si eres un médico hábil que sane mis muñones, si aligeras el viaje que me aguarda, entonces sí, muéstrame qué es lo que me ofreces. Si no tienes fuerzas para disipar mis pesadillas, calla, porque no eres más que un necio que busca atontarme, y deja que hable el anciano que se parece al Jidr".

2. Has de saber que ese guerrero amenazado eres tú , y es el ser humano. Y el león que lo persigue es el tiempo. Las cuerdas del patíbulo son la muerte, la disolución y la separación que han de probar todas las vidas: ¿no ves cómo la muerte separa entre amantes y nos llama cada día y cada noche? Y las dos heridas profundas son la impotencia humana y la indigencia humana, y son sufrimientos que no tienen fin. En cuanto al exilio, es el viaje de la vida en el que se nos pone a prueba para que saquemos lo que llevemos en nuestros adentros, un viaje que empieza en el mundo de los espíritus, pasa por el parto, continua con la infancia, la juventud, la madurez y la vejez, y después se abandona el mundo por el tunel de la tumba, se cruza el Puente y se reúne todo ante Allah en el Último Día.

El doble talismán es el Îmân billâh y el Îmân bil-Yáum al-Âjir, la Apertura hacia Allah y la Apertura hacia el Último Día. Sí; este poderoso talismán convierte al león del tiempo en un caballo preparado para que lo cabalgue el Mûmin. Es más: el león se transforma en un al- Burâq, en un animal fabuloso que transporta al ser humano haciendole atravesar los siete cielos sacando al hombre de su prisión y mostrándole el infinito de los Jardines del Misericordioso en la Majestad de su Grandeza Inmedible. Es por ello por lo que los perfectos entre los hombres siempre han preferido la muerte, pues saben a donde los conduce, han sabido de su esencia, la han reconocido como paso hacia Allah.

De igual modo, el anciano había prometido al guerrero que el patíbulo de la muerte, la disolución y la separación se convirtirían ante él en un columpio para su goce, y es porque el que tiene las claves del Îmân descubre en la sucesión de las cosas la renovación de los favores que Allah dispensa al ser humano. La muerte, la disolución y la separación son las promesas del Creador incesante, son vestigios de su capacidad. El mundo es como un espejo que refleja en múltiples imágenes las posibilidades infinitas de la Verdad Creadora, y en ese espejo el sabio encuentra el tesoro exuberante de la riqueza inagotable de su Señor. Y esa abundancia es una promesa para él, y contempla en ella su destino.

En cuanto a los dos ungüentos con los que sanar la impotencia y la indigencia, has de saber que el primero de ellos es el Tawakkul, la absoluta confianza que se ha de depositar en Allah. Y junto al Tawakkul y como estandarte suyo, está el S abr, la paciencia. Reúne en una misma cosa el Tawakkul y el S abr quien sabe que el Poder de Allah es inapelable y carece de obstáculos y por otro lado sabe que Allah es Misericordioso y Amable hacia sus criaturas.

Efectivamente, quien es consciente en el seno de su impotencia que el Sultán del universo tiene entre sus manos el imperativo al que todas las realidades responden, ¿cómo puede desasosegarse? Al contrario, es firme en las peores calamidades, pues sabe que todo viene de Allah y todo vuelve a Allah. Quien conoce a Allah está seguro en su impotencia, pues el Dueño de su destino es el Rey Uno que rige todas las cosas. Si a un recién nacido pudiera preguntársele cuáles son sus mejores momentos, seguramente diría: "Cuando mi madre me recoge en su seno para calmar mi llanto y mi miedo". Y así es el sabio en el regazo de Allah que sabe que la ternura de una madre no es más que un ínfimo destello de la Ra h ma manifiesta en todas las cosas. Por ello los perfectos han sabido que hay un placer inmedible en su propia impotencia, pues es ésta la que los arrima al calor de Allah, la que los empuja a buscar la fuente de toda bondad real. Y así, el sabio es el que deja de fingir que es capaz de algo y se refugia en su auténtica condición, y encuentra en su debilidad una fuerza indecible, la de Allah mismo resguardándolo. Y su consigna es: No hay fuerza ni poder más que en Allah.

En cuando al segundo ungüento, has de saber que consiste en la invocación -Du‘â- y el ruego -Suâl- dirigido a Allah junto a la satisfacción -Qanâ‘a- y la gratitud -Shukr-. Y es así porque el que es huesped en casa de Quien le ha puesto como alfombra la tierra entera y sobre ella ha depositado mesas bien servidas, y le ha ofrecido las flores de la primavera para perfumar su banquete, quien es huesped de semejante Anfitrión, ¿cómo podría se desagradecido? ¿cómo podría dar importancia a su propia pobreza quien es atendido con opulencia? Al sabio no le pesa su indigencia ni le resulta dolorosa su precariedad. Al contrario, le sirven para atreverse a pedir más a Quien lo tiene todo. Es más, desearía ser más pobre para poderse llenar de más bienes y recoger más dones de quien es Dispensador de toda suerte de beneficios. Quisiera tener más espacios vacíos en su ser para colmarlos con la infinita riqueza de su Señor. Y es así como profundiza en su indigencia para descubrir todo su alcance y exponer su necesidad absoluta ante su Dueño Absoluto.

 



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