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Francisco, un año de esperanzas y de incógnitas

Recupera la palabra “solidaridad” que corre el riesgo de ser eliminada del diccionario y es “una palabra incómoda, casi una palabrota” para los mercados

16/03/2014 - Autor: Juan José Tamayo - Fuente: Webislam
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Juan José Tamayo.

Desde su elección el 13 de marzo de 2013 el papa Francisco no ha cesado de sorprender a fieles y escépticos y, todo hay que decirlo, también de escandalizar  a los conservadores de dentro y de fuera, por sus gestos, acciones, palabras y actitudes, que han cambiado, al menos hacia el exterior, la imagen del papa y la han hecho menos hierática, más cercana al pueblo y, en definitiva, más creíble. ¡El papa es humano! Su primer mensaje desde el balcón del Vaticano no fue para bendecir urbi et orbi cual monarca absoluto mundial investido de un poder sagrado, sino para pedir a los reunidos en la plaza de San Pedro que rezaran por él. El cambio no es irrelevante.

Su decisión de renunciar a vivir en las estancias vaticanas y de fijar la residencia en Santa Marta es un ejemplo de sobriedad, amén de inteligencia, que supone un cambio en el estilo de vida de los papas. El Jueves Santo dio una prueba más de “transgresión” de las rúbricas litúrgicas rígidas de sus predecesores. Rompiendo con la tradición de celebrar dicha efemérides en la basílica de San Juan de Letrán, Francisco optó por hacerlo en un centro penitenciario donde lavó los pies a doce jóvenes, entre ellos a dos mujeres, una musulmana serbia y otra católica italiana. El gesto escandalizó a los conservadores pegados al rígido ceremonial de Semana Santa, quienes le acusaron de “confusión litúrgica” y de que “el relativismo se nos mete en casa”.

Los discursos pronunciados en su visita a Brasil durante la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) expresaron la continuidad con el espíritu reformador de la V Conferencia del episcopado latinoamericano celebrada en el santuario de Aparecida en 2007, en la que él jugó un importante papel cuando era arzobispo de Buenos Aires. En un gesto de solidaridad con los empobrecidos, visitó la favela Varginha, al norte de Río de Janeiro. Allí criticó la indiferencia ante las desigualdades, dijo que la realidad y el ser humano pueden cambiar e hizo una llamada a no perder la esperanza.

En plena movilización de los Indignados, lejos de apagar el fuego de la protesta, se puso del lado de los jóvenes, a quienes les dijo: “Espero lio, que haya lío, que la Iglesia salga a las calles. Que nos defendamos de la comodidad, que nos defendamos del clericalismo”. Un mensaje en las antípodas del transmitido por Benedicto XVI en la JMJ celebrada en agosto de 2012 en Madrid, donde las recomendaciones a los jóvenes se orientaban preferentemente hacia la oración, la confesión frecuente, las prácticas cultuales y la devoción mariana.

  Creo que el viaje a Brasil hubiera sido una excelente oportunidad para tener un encuentro con las comunidades eclesiales de base, numerosas en ese país, y con los teólogos y teólogas de la liberación, algunos de ellos silenciados y castigados por los papas anteriores,  o, al menos, haber tenido algún gesto o alguna palabra de cercanía y de rehabilitación. Hubiera sido un paso importante en el cambio de actitud del papa hacia la tan castigada teología latinoamericana de la liberación.

Hay que reconocer, no obstante, que durante los últimos meses se han dado pasos importantes de acercamiento del Vaticano hacia dicha teología, al menos en la persona del peruano Gustavo Gutiérrez, considerado el padre de esta tendencia teológica, que entiende la teología como reflexión crítica sobre la praxis histórica a la luz de la fe y considera la opción por los pobres como una verdad teológica y actitud evangélica radical y el trabajo por la liberación de los excluidos la praxis fundamental del cristianismo.

Varios han sido los gestos de acercamiento. El papa ha recibido a Gustavo Gutiérrez en audiencia privada. L’ Osservatore Romano publicó un artículo suyo a propósito del libro de coautoría conjunta del teólogo peruano y el presidente de la Congregación para la Doctrina de la Fe, hoy cardenal Gerhard Müller. El teólogo peruano ha intervenido recientemente como orador principal en la presentación de dicho libro junto con el propio Müller, el cardenal de Honduras Oscar Rodríguez Maradiaga y el portavoz del Vaticano Lombardi.

Al menos ha comenzado el deshielo y se ha pasado del anatema al diálogo, del silenciamiento a la escucha, del aislamiento a la visibilidad. Cosa impensable durante los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI, que fustigaron a la teología de la liberación y sancionaron a algunos de sus principales cultivadores. Con todo, a mi juicio falta un  paso importante por dar: la retirada de las sanciones contra los teólogos y teólogas de las diferentes tendencias teológicas más vivas y creativas actuales: de la liberación, de las religiones, feminista, todas ellas en continuidad con el concilio Vaticano II.

Es un paso que no tendría que serle difícil dar a Francisco, ya que su crítica del capitalismo, su teología del bien común y de la solidaridad  y su propuesta de “Iglesia de os pobres” va en la dirección, o mejor, se inspira en la teología de la liberación. Dos paradigmáticos, entre muchos que podría seleccionar. El primer fue el viaje a Lampedusa para rezar, llorar, solidarizarse y homenajear a los cientos de inmigrantes que perdieron la vida y denunciar a los responsables de tamaña tragedia que califico de “vergüenza”. El segundo, la Exhortación Apostólica La alegría del Evangelio, la más severa de las críticas contra el neoliberalismo que se alinea con las tradiciones anti-idolátricas de ayer y de hoy: de ayer, los profetas de Israel y Jesús de Nazaret; de hoy, los Foros Sociales Mundiales, los movimientos alter-globalizadores y los Indignados.

Estamos ante un texto revolucionario inusual en la doctrina social de la Iglesia, que denuncia: “la globalización de la indiferencia” que nos vuelve “incapaces de compadecernos ante los clamores de los otros” y de llorar “ante el drama de los demás” la “anestesia de la cultura del bienestar” y la consideración de los excluidos por parte de los mercados como “desechos” y población sobrante. Francisco interpreta la crisis como resultado de un capitalismo salvaje dominado por la lógica del beneficio a cualquier precio y pronuncia cuatro noes, que deberían hacer templar al sistema: “no a una economía de la exclusión; “no a la nueva idolatría del dinero”; “no a un dinero que gobierna en lugar de servir: “no a la iniquidad que genera violencia”.

Recupera la palabra “solidaridad” que corre el riesgo de ser eliminada del diccionario y es “una palabra incómoda, casi una palabrota” para los mercados. Solidaridad que entiende como la decisión de devolver a los pobres lo que les pertenece y que reconoce el destino universal bienes como realidad anterior a la propiedad privada. Critica la utilización de los derechos humanos como justificación para la defensa exacerbada de los derechos individuales o, peor todavía, de los derechos de los pueblos más ricos.

Pone, en fin, en el centro de su mensaje las palabras que molestan al sistema neoliberal: ética, solidaridad mundial, distribución de bienes, preservar las fuentes del trabajo, dignidad de los débiles.

Uno de los ámbitos donde se juegan tanto la credibilidad del papa como la autenticidad de su reforma es el que se refiere a la actitud ante las mujeres, que no puede ser por más tiempo la discriminación de la que vienen siendo objeto en la historia bimilenaria del cristianismo. En ese terreno Francisco poco ha cambado. Reconoce, es verdad, el hecho de la marginación de las mujeres en la Iglesia católica; afirma que le produce un profundo sufrimiento ver cómo en ella o en algunas organizaciones eclesiales el servicio de las mujeres desemboca en servidumbre. Defiende su incorporación a los ámbitos de responsabilidad eclesial.

Pero no ha dado pasos en esa dirección. Ha dejado clara la negativa al  acceso de las mujeres a los ministerios ordenados apelando, a mi juicio erróneamente, a la voluntad excluyente de Cristo, lo que es contrario a las investigaciones bíblicas, históricas, arqueológicas, teológicas y pastorales que avalan el ejercicio de todas las funciones ministeriales por parte de las mujeres. Defiende la elaboración de una “teología de la mujer”, que, en el fondo, mantiene los estereotipos de lo masculino y lo femenino, legitima las funciones y los roles diferenciados en función del sexo, y hace peligrosa distinción entre identidad y función utilizando el recurrente discurso de la excelencia, siguiendo la encíclica de Juan Pablo II Mulieris dignitatem, que considera un “documento histórico”.

A la vista de este planteamiento, Francisco no parece tener en cuenta las más importantes aportaciones de la teología feminista: la consideración del movimiento de Jesús como comunidad (no clónica) de iguales; la hermenéutica de la sospecha aplicada a los textos androcéntricos de la Biblia y de la teología; la crítica de la organización jerárquico-patriarcal de la Iglesia; la defensa de una Iglesia inclusiva y no sexista, etc.
Papel importante en el mantenimiento de la discriminación de las mujeres está jugando el presidente de la Congregación para la Doctrina de la Fe cardenal Gerhard Müller, quien, siendo ya papa Francisco, ratificó la condena de Benedicto XVI contra la Conferencia del Liderazgo de las Religiosas de USA (LCWR), organización que agrupa al 70-80% de las monjas estadounidenses y que trabaja por la justicia social, la igualdad de género, la paz, la no discriminación étnica y cultural. La acusa de “serios problemas doctrinales”: de distorsionar “la fe en Jesús y en su Padre”, y haberse alejado de las enseñanzas de la Iglesia siguiendo “teorías feministas”. Además reafirma la vigilancia episcopal-patriarcal sobre ellas. Haría bien el papa en vigilar al “vigilante de la ortodoxia”. Le va a crear muchos problemas.

Un año después de su elección, hay muchas esperanzas depositadas en Francisco, pero quedan no pocas incógnitas y muchos cambios por llevar a cabo, si quiere ser coherente con su propuesta de una Iglesia de los pobres.


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