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Kalimat, capítulo II

Aquellos que se abren al Misterio

05/03/2014 - Autor: Said Nursi, Traducción de Abderrahmán Habsawi - Fuente: Webislam
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Horizonte de luz

al-ladzîna yûminûna bil-gháib

El Corán llama así a los musulmanes, que son los que cultivan en sí la capacidad de abrirse a lo insondable. A esa facultad propia del ser humano se la llama Îmân, y el universo al que nos asoma es el Gháib, el infinito océano espiritual, el Misterio interior, el Mundo del Uno.

1. En el Îmân -es decir, en la capacidad del corazón para abrirse al Misterio del Gháib- hay una dulzura infinita y una paz profunda que debes conocer. El Îmân consiste en aprovechar el carácter insaciable del corazón humano y sumergirse por sus dimensiones indefinibles encontrando entre sus pliegues las verdades y las esencias que dan forma y hechura a cuanto existe. En cada acto con el que nos asomamos a lo abismal de la existencia -de la nuestra y de la de cuanto nos rodea- hay satisfacción para el ánimo porque colma, llena vacíos y reconforta en la inmensidad que el ser humano intuye en sus adentros y descubre en sus apetitos y deseos más profundos. Ciertamente, el hombre es receptáculo para un océano que contiene el secreto de la Abundancia de Allah-Creador. A ese mar interior lo llamamos Gháib, el Misterio, y quien bucea en sus aguas encuentra a su Señor, a Aquél que da realidad a cada uno de sus instantes.

En cierta ocasión, dos hombres abandonaron sus cómodos hogares y salieron para emprender un largo viaje con el deseo de conocer el mundo y comerciar con sus gentes. Uno de ellos, egoísta y gruñón, tomó un camino. El otro, feliz y amable, tomó en la misma bifurcación un segundo sendero.

El primer viajero, que no tenía más acompañante que su pesimismo, llegó a una ciudad inhóspita, pero la fealdad del país estaba en el ojo con el que miraba. Hacia donde se volvía no encontraba más que ancianos doblegados por la vejez y el cansancio de una vida estéril. En esa ciudad desgraciada sólo había mendigos harapientos y miserables que ululaban por las esquinas de calles mugrientas, huérfanos desvalidos, viudas desesperadas en su abandono y enfermos pordioseros que se humillaban ante ricos avarientos e infames. Los jefes del país eran tiranos corruptos que esquilmaban sus riquezas y vejaban a sus habitantes con toda suerte de humillaciones.

En todas las paradas que hacía el viajero se encontraba siempre con el mismo terrible espectáculo: cada aldea era un cementerio y el reino entero era un funeral oscuro y tétrico. Y a su estrechez natural se sumó la tristeza de lo que sus ojos contemplaban y se apoderó de él la desesperación y se hundió en la amargura. En su deriva acudió a la taberna y se embriagó con un vino barato, y en su borrachera vio que todos los habitantes de ese mundo cruel eran enemigos que procuraban su ruina y bandidos que merodeaban su fortuna. Era un extraño entre ladrones, un ser débil entre criminales ensañados.

En cuanto al otro viajero, el risueño, el de corazón abierto, el que buscaba la verdad y era recto en sus intenciones, ése descubrió en su peregrinación un país feliz y hermoso en extremo. Entró en una ciudad, y la encontró desbordada en una fiesta, y fue recibido con todos los honores, pues era un pueblo hospitalario que acogía sin reparos y con suntuosidad a los extranjeros y los agasajaba y escuchaba con satisfacción sus relatos. En todas partes encontraba alegría y rostros sonrientes, y era homenajeado por todos. Habló con sabios que le comunicaron conocimientos únicos, comerció con mercaderes que le enriquecieron, escuchó a poetas que endulzaron sus momentos como si el país fuera el patio de una zawiya. En cada uno de ellos encontraba a un amigo, a un allegado que lo trataba con familiaridad, y todos eran agradecidos a sus gestos, y ensalzaban su nombre sin hipocresía ni adulación.

El primero de esos peregrinos, el pesimista, el que estaba únicamente ocupado en sus sufrimientos, el angustiado por su tiempo estéril, se había hundido en su propia pesadilla y todo lo que le rodeaba reflejaba su desánimo. El segundo, el optimista, el que se había abierto a lo que el mundo quería decirle, el que se alegraba con la felicidad y se expandía con el regocijo de la vida, ese encontró satisfacción, hizo de su existencia un deleite, y ganó una incalculable riqueza en su trato con el universo.

Al regresar a sus casas para reunirse con los suyos, ambos hombres volvieron a encontrarse y cada uno contó al otro su experiencia. Cuando acabaron sus relatos, el dichoso dijo al infeliz:

"El viaje te ha enloquecido. Has perdido el sentido de las cosas. Lo que ha sucedido es que lo que habita en tus entrañas, tu ego insatisfecho, se ha manifestado exteriormente. Tu fuego ha quemado el mundo y no has podido ver más que desgracia y abatimiento ante tu torpe mirada. Las sonrisas se han hecho gritos y lágrimas, el regocijo y el descanso se han convertido ante ti en robo y saqueo, en enfermedad y aburrimiento. Vuelve al sano juicio y purifícate, y tal vez el denso velo que te ciega sea retirado y puedas contemplar la magia de la existencia. Afila la visión y quizás descubras la Esencia que soporta cada cosa y encuentres en ella una grandeza sin límites y un poder indescriptible. Hay una extraordinaria Gema de la que todo ha surgido. Esa Gema es el Rey cuyo poder es inmenso, enriquecedor e infinito. Te ha dado existencia a ti y a cuanto te rodea y ha depositado su Misterio en el corazón de cada cosa: descubre ahí la eternidad en la que todo es pleno y único, grandiosamente bello y majestuoso, y lleno de amabilidad y promesas. En ese universo interior hay armonía y sosiego, felicidad sin límite y abundancia. Y los signos de ese Reino espiritual serán contemplados por tus ojos en el mundo mismo que no es sino el despliegue de esos secretos creadores. No sea para ti la tierra el resultado de tus ilusiones y tus cortedades, comienza a verla en su Realidad y en el perturbador alcance de su Misterio".

Finalmente, el feliz descifró al desdichado todos los signos, y éste comenzó a ver el mundo de otra manera, y finalmente dijo:

"Sí. He estado loco porque he bebido mucho vino, me he embriagado con el amor a mí mismo, me he hundido en mi miseria y he hecho de cada una de mis carencias, de cada uno de mis miedos y de cada una de mis torpezas una criatura que he contemplado como si fuera algo real. Mi escasez ha puesto delante de mí pobreza y sufrimiento, y mi ignorancia ha hecho de todo algo oscuro y amenazante. ¡Allah te bendiga! Me has salvado de mi Fuego".

2. Has de saber que el primero de esos dos viajeros, el que estaba encerrado en sí mismo, el incapaz de huir de sus ilusiones que son límites y no horizontes, el que no podía dejar atrás su ego esquilmador, sus esperanzas siempre insatisfechas y sus terribles miedos, es al que el Corán llama Kâfir, el Camuflador de lo Verdadero, la víctima de su propia cortedad y carencia de luces, el monstruo que todo lo pudre. Y el Corán también lo llama Fâsiq, el Perverso, que en realidad es una palabra que designa al que se esconde en sí y se torna ávido y destructivo y pervierte todo lo hermoso y todo lo bueno, y todo para él se convierte en una estafa y un engaño.

Para el Kâfir, esta vida es un cortejo fúnebre: sus habitantes son huérfanos o viudas desamparadas. Las criaturas, para el Kâfir siempre están perdiendo, siempre están abandonando algo, siempre se están despidiendo, porque la vida es un instante para el dolor y la desazón. Los animales y los seres humanos, para el Kâfir, son objetos para la codicia y la violencia, pues el tiempo no hace sino destruirlos. Las montañas, los mares, la tierra, las estrellas,... son para el Kâfir muertos gigantescos. En realidad para él nada tiene vida, todo está vacío, fraude y robo, todo es triste apariencia de vida, pero no vida y existencia, no es bullicio sobre la quietud de lo insondable.

Esta percepción de la existencia es sufrimiento y dolor, es un Fuego que acaba abrasando al Kâfir y lo consume en su propia desgracia. Ese Fuego es llamado Fuego de la Privación, pues es el que atormenta al que no tiene nada, al que se sumerge en su vacío.

En cuanto al segundo de los peregrinos, es el Mûmin, el que está abierto al Misterio, es el que contempla con los ojos de su corazón la Esencia que hace reales a las criaturas, y existe en esa Joya que está fuera del espacio y el tiempo limitadores y frustrantes. Ese se ha expandido con lo eterno, y ya no está sujeto a la muerte. Se ha librado del mundo desgraciado de su compañero. El mundo, ante sus ojos, es una Morada que menciona sin cesar al Rahmân, al Creador Amante, es un foro en el que desvelar los signos de la Presencia de lo Infinito, es el despliegue del Secreto Majestuoso que da la vida y la quita, el vestigio del Poder al que nada puede ser comparado. El Mûmin se ha sumergido en esa Fuerza Única, en esa Sabiduría Extrema, y ha pasado a vivir en su Grandeza.

El Mûmin se ha solidarizado con la existencia, comparte con ella su Secreto, y todo es para él un hermano, el reflejo de su propio océano interior. Y he aquí que todo pasa a enriquecerse mutuamente, y las criaturas se compenetran y se aúnan en su Señor Uno. Para el Mûmin cada ser cumple una función, cada fenómeno es un signo, y todo traduce lo infinito que habita en sus entrañas más profundas, y, por lo tanto, el Mûmin aprende en todo, goza de lo abismal que hay en cada cosa, se enriquece en la exhuberancia interior de todo instante, y es hechizado por la magia de cada acontecimiento. Y se convierte en enamorado: es seducido por el Rey y a Él se entrega y lo busca, pues en Él está su meta y su destino. Se lanza así a una conquista, y su esfuerzo y su lucha se convierten en un desbordamiento. El Mûmin ya no puede ser atado por nada, y su vida se convierte en una eclosión, en un estallido, en una intensificación de la vida. El Mûmin se ha abierto a la sabiduría que hay en la vida y en la muerte.

El Mûmin se ha entregado y se ha abierto por completo a la Sabiduría y al Poder de su Señor: Islâm e Îmân, estas son sus dos palabras claves. Se ha entregado, se ha abandonado al flujo, y ése es su Islâm. Y su Islâm lo ha abierto por completo a su Señor, y ése es su Îmân. Múslim- Mûmin, éstos son los nombres que lo definen.

El Islâm es entrega y el Îmân es apertura, y después viene el Ihsân, la excelencia, que es sabiduría y paz manifiestas en el torbellino de la existencia. El Ihsân es fruto de ese caminar recto del ser humano que lo transforma en califa, en criatura soberana pues ha coincidido con su Señor Interior. Eso es lo que hace al ser humano rey en medio de la creación, lo hace lo más grande pues el Gháib lo ha agigantado hasta hacerle recubrir con la fuerza de su inmensidad interior y la intensidad de su aspiración todos los espacios creados. Para ello ha debido superar las etapas que lo llevan de la confusión a la claridad, de la ignorancia a la sabiduría, de la pereza a la acción, del conflicto a la calma con la que actúa en la existencia con decisión y contundencia: ha dejado de ser un indolente abandonado a la ceguera de su frustración para transformarse en un eje del universo.

Es así como el que se abre al Misterio y se sumerge en sus abismos se reviste con la cualidad de lo insondable y reaparece bajo el manto de la majestad.


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