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La Compasión

Todo se hace por amor a Dios

28/02/2014 - Autor: Mariam Isabel Romero - Fuente: Webislam
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Ar Rahmani, Ar Rahim.

Podría parecer que el tema de la Compasión, Misericordia o Benevolencia, es de los fáciles o gratos de abordar en cualquier tradición espiritual, pero para mí, al menos, es el más difícil y complejo.

Para ejercer la compasión, se precisa de un estado interior depurado, una profunda limpieza de la propia intención, de un trabajo intenso en el desapego de las acciones, propias y ajenas, de una distancia que solo Dios/Allah otorga a quién El quiere y le permite ejercer. Casi afirmaría que no es posible entrenarse en ella, pues la sola intención de ese entrenamiento  conlleva desear su logro, y eso mismo nos arrastra hacia una intención de mejora sobre nuestro ego que invalida el acto en sí de la misericordia.

La compasión es claramente una acción del alma y, cómo todos sabemos, el alma no es nuestra, ni individual, el alma es colectiva, de toda la humanidad y por tanto solo es de Dios.

Cualquier disposición intermedia, incluso con la mejor de las intenciones, ya daña al posible beneficiario  y a nosotros mismos.

¿No podemos, entonces, ser compasivos, misericordiosos o benevolentes?

Faltaría añadir que esa imposibilidad de decidir sobre algo que no es nuestro, también impide la culminación de un acto de compasión o misericordia, pues incluye inevitablemente una limitación personal.

¿Podemos nosotros juzgar el hecho de que Dios haya decretado la desgracia o el dolor a los seres humanos? ¿Podemos presuponer que tenemos tan siquiera la posibilidad de situarnos en un plano de igualdad con aquel que sufre?

Parece inevitable que la compasión surja de una comparación. Establecemos los valores, muy humanos por cierto, de lo que es bueno y malo, del vivir supuestamente acomodado frente al que sufre la necesidad, del estar sano frente al que padece una enfermedad, y esa posición ventajosa es, tal vez, la que nos despierta el sentimiento de la compasión.

¿De verdad estamos dispuestos a pensar que Dios es un ser injusto y terrible que castiga a unas criaturas causándoles terribles daños, mientras que a otras las premia  haciéndoles vivir acordes a esas  premisas de comodidad?

¿Son realmente los acomodados los beneficiarios de la Gracia divina? ¿Acaso no venimos a este mundo para despertar a la existencia de nuestro Creador?  ¿No es la comodidad el mejor camino para permanecer velados en el ensueño de la vida?

El daño, el dolor, el sufrimiento, son el fruto de una valoración sobre lo que nos merecemos o no nos merecemos en este mundo. ¿Acaso yo, que intento ser una buena persona, que no ofendo, no robo, no mato, que no molesto a mis vecinos, no pego a mis hijos y les comprendo, que hago trabajo social y ayudo a los necesitados, puedo llegar a  merecer el sufrir una enfermedad dolorosa, una quiebra económica, un despido, o cualquier otra calamidad? ¿Dios nos castiga por algún motivo que no alcanzamos a comprender y aceptamos someternos a ese sufrimiento con actitud masoquista porque con ello alcanzaremos alguna compensación? Absolutamente no.

Por tanto, hablemos de cuál seríala mejor disposición —como seres transitorios que somos— ante la acción  divina de la misericordia.

En ese caso… ¿no intervenimos? … ¿debemos quedarnos impasibles ante el devenir de los acontecimientos o ante la propia deriva de una humanidad abocada a su desaparición, como todo lo creado?

En el islam y en todas las tradiciones espirituales auténticas, solo podemos cambiar el objetivo de nuestra intención, pues si la misericordia sólo Le está reservada a Dios, poco podemos hacer nosotros como criaturas Suyas que somos, aunque sí podamos realizar un aprendizaje mediante el  desapego de nuestra intención y de nuestra acción, y por supuesto, de las consecuencias de todo ello.

El desapego de los resultados y de nuestras intenciones y acciones es el único camino posible para que esa Luz de Misericordia se abra paso a través de nosotros, como cauce del río que conduce la Gracia sin preguntarse nada, ni por qué corre entre sus riberas, ni adonde se dirige, ni donde concluye, ni a qué mar o en qué cloaca desembocará. Eso sólo compete a Dios.

“Diles ¡Oh, Muhammad!: ¿Acaso son iguales quienes saben los preceptos de su Señor y los ponen en práctica y quienes no saben? Y por cierto que sólo reflexionan los dotados de intelecto.”

(Sagrado Corán 39:9)

En el Sagrado Corán se nos conmina continuamente a tener el corazón abierto, a la generosidad, a las buenas formas, a la compasión, pero todo ello viene seguido siempre de una clara indicación: las buenas obras, las buenas acciones, la ayuda al prójimo, el perdón, la solidaridad, no son sino de Él/Ella/Ello.

Se cuenta que la Madre Teresa de Calcuta, un mes antes de su muerte, estando ya enferma, tuvo un momento de desesperación porque Dios abrió sus ojos y se dio cuenta de algo trascendente, y entonces se lo contó a quienes la rodeaban: “He estado toda mi vida volcada en hacer el bien a los demás, a los pobres, a los desesperados, y ahora veo claro que toda esa acción tenía que haber sido ofrecida y dirigida a Dios, como único depositario de la benevolencia”. Podríamos resumirlo en esa frase que hemos oído tantas veces, sin alcanzar la profundidad de su significado: todo se hace por amor a Dios.


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