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Los niños de la Marina Alta que fueron vendidos como botín de guerra

Se describe a los menores como si fueran ganado: “Jerómina, de 12 a 13 años, es fuerte y tiene los ojos negros”.

10/01/2014 - Autor: Redaccion Marina - Fuente: La Marina Plaza
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Fueron vendidos como botín de guerra, muchos como esclavos...

Fueron vendidos como botín de guerra, muchos como esclavos, porque eran hijos de aquellos moriscos que se sublevaron contra el decreto de expulsión de Felipe III en 1609. Arrancados por la fuerza de la compañía de sus padres muertos o exiliados al Norte de África, aquellos niños de todas las edades se vieron obligados a quedarse en la Península, muchos de ellos en la Marina Alta, y a educarse en una religión diferente a las de sus ancestros. A diferencia de otras, esta historia es conocida porque en 2009, cuando se cumplían 400 años de aquellos hechos, esta comarca ya reflexionó con profusión sobre el exilio morisco. Pero nunca es superfluo seguir recordando.

Por esa razón, un blog basado en el libro La Senda de l’Èxode (publicado por la Macma y escrito por los profesores Antoni Mas, Josep Mas y Jaume Noguera) sigue difundiendo por las redes sociales aquella historia y, lo que resulta más valioso, lleva desde finales de diciembre publicando las listas de aquellos niños que en vez de exiliarse con el grueso de la población morisca rumbo a Orán siguieron viviendo en las poblaciones de la Marina Alta, adoptados en casas de nobles, comerciantes, labradores o integrantes del clero.

Esas listas están organizadas por municipios. El blog, que lleva el mismo nombre del libro, ha publicado ya las relaciones de los morisquets que crecieron en Benissa (28 niños), Ondara (39), Calp (13), Parcent (6) y Alcanalí (6), y pronto lo hará con el resto de poblaciones de la Marina (sólo en Dénia se calcula que se quedaron unos 200). Las características de esas relaciones resultan hoy, cuatro siglos después, sorprendentes y denotan la crueldad de los vencedores hacia los hijos de los derrotados: junto al nombre del niño, su edad, su procedencia y el nombre de su “presentador” (esto es, su tutor, el cabeza de la familia del nuevo hogar del morisquet), se dan a conocer también las características físicas de cada menor, casi como si se tratara de piezas de ganado. Así, sabemos que Jaume, de 6 años, tenía dos señales en la frente y en la ceja y “buen aspecto”; Caterina, de 6 a 7 años, marcas de viruela y los ojos hundidos; y Jerónima, de 12 a 13 años, era “fuerte” y con los ojos negros. Y así, decenas y decenas de descripciones sobre la salud, el aspecto físico o mental y la disposición para el trabajo.

¿Por qué se quedaron?: de los secuestros a la esclavitud

Antes de publicar estas listas, cada una de ellas en una entrada, el blog reprodujo en la red una serie de capítulos del libro que ayudan a entender las razones por las que hubo oficialmente 2.449 hijos de moriscos (aunque en realidad el número fue muy superior) que se quedaron en la Península. Según el bando de expulsión de Felipe III (22 de septiembre de 1609) podían librarse del éxodo aquellos menores de 4 años con el consentimiento de sus padres o aquellos menores de 6 cuyo padre o madre fuera cristiano viejo. Pero esas eran las disposiciones legales acordadas desde el altivo trono del Imperio. La realidad, a pie de calles, pueblos y aldeas, fue muy diferente.

Los autores de La Senda de l’Èxode sostienen que mientras los hijos de los moriscos que aceptaron de buen grado la orden de expulsión pudieron partir con sus padres al Norte del África, los vástagos de quienes se sublevaron contra las intenciones de la Monarquía en revueltas como las de la Vall de Laguar o Muela de Cotes se vieron en cambio forzados a quedarse. Y por eso se convirtieron en botín de guerra: secuestrados primero por las milicias que sometieron esas sublevaciones a sangre y fuego, acabaron en manos de nobles, miembros del estamento eclesiástico o labradores ricos. Fue lo que el Tulio Halpering llamó “el santo latrocinio”, porque tuvo además un componente religioso: la propia virreina Isabel de Velasco estaba encantada ”de haver quitado a Satanás las uñas de esta presa” cuando se refería a las niñas moriscas.

Pero más allá de esas excusas teológicas y a pesar de la oposición formal de las autoridades, muchos de estos niños acabaron convertidos en esclavos y algunos vendidos en tierras de Castilla o incluso de Sicilia. Otros se quedaron mucho más cerca de las poblaciones del interior de la Marina donde habían nacido: en Benissa, como Alonso, de 14 años, que era “simple y con una señal en la ceja”; en Ondara, como Diego, de 3 años, que tenía “el pie derecho torcido”; o en Calp, como Anna, de 11 años, que mostraba “una peca en las mejillas y los ojos grandes”.


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