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Las perlas del peregrino

Extractos de libros y de textos inéditos. Compilación de Thierry Béguelin. (Selección)

05/01/2014 - Autor: Frithjof Schuon - Fuente: Perlas del Peregrino
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Frithjof Schuon.
Frithjof Schuon.

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El primer criterio de la espiritualidad es que el hombre manifieste su consciencia de la inconmensurabilidad entre lo Real y lo ilusorio, lo Absoluto y lo relativo, Dios y el mundo.
El segundo criterio es que el hombre manifieste su elección de lo Real: que com-prenda la necesidad imperiosa de una adhesión activa a lo Real; y, por lo tanto, de una relación concreta, operativa y salvadora con Dios.
El tercer criterio es que, sabiendo que lo Real es el Bien Supremo y que, por consi-guiente, contiene y proyecta todas las bellezas, el hombre se conforme a ellas con toda su alma; pues lo que sabe que es perfecto, y lo que quiere alcanzar, debe también serlo; y lo es por las virtudes y no de otro modo.
El hombre posee una inteligencia, una voluntad y un alma; una capacidad de com-prender, una capacidad de querer y una capacidad de amar. Cada una de estas tres facul-tades implica una función esencial y suprema que es su razón de ser, sin lo cual no ser-íamos hombres; una función determinada por lo Real y que contribuye a la salvación. Conocimiento total, voluntad libre y amor desinteresado; inteligencia capaz de absoluto, voluntad capaz de sacrificio, alma capaz de generosidad.
Todos los dogmas, todas las prescripciones y todos los medios de una religión tienen su razón suficiente en las tres vocaciones fundamentales del hombre: en el discerni-miento, en la práctica y en la virtud. Y todos los dones y medios de una religión el hom-bre los lleva en sí mismo, pero ya no tiene acceso a ellos a causa de la caída; de ahí pre-cisamente la necesidad —en principio relativa— de formas externas que despiertan y actualizan las potencialidades espirituales del hombre, pero que corren el riesgo, tam-bién, de limitarlas; de ahí, además, la necesidad del esoterismo.

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No podríamos afirmar con bastante claridad que una formulación doctrinal es per-fecta, no porque agota en el plano de la lógica la Verdad infinita, lo que es imposible, sino porque realiza una forma mental capaz de comunicar, a quien es intelectualmente apto para recibirlo, un rayo de esta Verdad, y con ello una virtualidad de la Verdad total; esto es lo que explica por qué las doctrinas tradicionales serán siempre aparentemente ingenuas, al menos desde el punto de vista de los filósofos —es decir, de los hombres que no comprenden que el fin y la razón suficiente de la sabiduría no se sitúan en el plano de su afirmación formal; que no hay, por definición, ninguna medida común ni ninguna continuidad entre el pensamiento, cuyas evoluciones no tienen, en definitiva, más que un valor simbólico, y la Verdad pura, que se identifica a lo que es y que por esto engloba al que piensa.

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La función esencial de la inteligencia humana es el discernimiento entre lo Real y lo ilusorio, o entre lo Permanente y lo impermanente; y la función esencial de la voluntad es el apego a lo Permanente o a lo Real. Este discernimiento y este apego son la quin-taesencia de toda espiritualidad; y llevados a su grado más elevado, o reducidos a su substancia más pura, constituyen, en todo gran patrimonio espiritual de la humanidad, la universalidad subyacente, o lo que podríamos denominar la religio perennis; es a ésta a la que se adhieren los sabios, al tiempo que se fundan necesariamente en elementos de institución divina.
La noción de lo Absoluto y el amor de Dios son sin principio y sin fin, y por ellos o a causa de ellos posee el hombre la inmortalidad; esto es decir que la noción de lo Abso-luto y el amor de Dios constituyen la esencia misma de la subjetividad humana —esta subjetividad que es una prueba de nuestra inmortalidad y de Dios, y que es propiamente una teofanía.
El alma inmortal no ha comenzado con el nacimiento; es el espíritu divino que Dios inspiró al hombre en el momento de la creación. Así es cómo el hombre, en la medida en que es conforme a su naturaleza y por lo tanto a su vocación, es sin principio; luego increado, como algunos han dicho.
La noción de lo Absoluto y el amor de Dios son eternos.

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¿Qué es el mundo sino un flujo de formas, y qué es la vida sino una copa que, apa-rentemente, se vacía entre dos noches? ¿Y qué es la oración sino el único punto estable —hecho de paz y de luz— en este universo de sueño, y la puerta estrecha hacia todo lo que el mundo y la vida han buscado en vano? En la vida de un hombre estas cuatro cer-tezas lo son todo: el momento presente, la muerte, el encuentro con Dios, la eternidad. La muerte es una salida, un mundo que se cierra; el encuentro con Dios es como una abertura hacia una infinitud fulgurante e inmutable; la eternidad es una plenitud de ser en la pura luz; y el momento presente es, en nuestra duración, un lugar casi inasible en el que somos ya eternos —una gota de eternidad en el vaivén de las formas y las melod-ías—. La oración da al instante terrestre todo su peso de eternidad y su valor divino; es la santa barca que conduce, a través de la vida y de la muerte, hacia la otra orilla, hacia el silencio de luz —pero no es ella, en el fondo, quien atraviesa el tiempo repitiéndose, es el tiempo el que se detiene, por decirlo así, ante su unicidad ya celestial.

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El hombre reza, y la oración forma al hombre. El santo se ha convertido él mismo en oración, lugar de encuentro entre la tierra y el Cielo; él contiene, por ello, el universo, y el universo reza con él. Está en todas partes donde reza la naturaleza, reza con ella y en ella: en las cimas que tocan el vacío y la eternidad, en una flor que se abre, o en el canto perdido de un pájaro. Quien vive en la oración no ha vivido en vano.


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