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Tomando el té con el Imam Jomeini

La juventud iraní exige más libertad y más democracia

06/01/2014 - Autor: Carlos de Urabá - Fuente: Webislam
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Teherán
Ayatolá Jomeini

Llegar en avión a Teherán es un espectáculo realmente maravilloso. En el horizonte se recortan los picos nevados de la cordillera de Alborz donde sobresale la esplendorosa cumbre del Damavand tímidamente quemada por los rayos del sol. En sus faldas se extiende la capital de Irán inabarcable e infinita. Este paisaje idílico es tan sólo un mero espejismo pues al poner los pies en tierra el hechizo se desvanece y comienzas a comprender el porqué esta megalópolis de 15 millones de habitantes tiene la fama de ser una de las más ruidosas y contaminadas del mundo.

Dirigirse al centro de Teherán en autobús (o en cualquier medio de transporte) es una desquiciada aventura que pone a prueba nuestra capacidad de aguante. El tráfico infernal y los interminables atascos dejarán un inolvidable recuerdo en nuestra memoria. Tras casi hora y media de viaje el chofer anuncia la parada de la plaza del Imam Jomeini y los pasajeros salen apresurados a cumplir con su rutina diaria. A esta hora de la mañana la gente desayuna en los bares y los cafés y yo por pura inercia me siento en una terraza a beber el tradicional té persa. De improviso tuve la extraña sensación de que alguien me observaba. Entonces, levanté la mirada y vi un gigantesco retrato del imam Jomeini pintado en la pared de un edificio. Allí estaba el Ayatollah de luengas barbas blancas envuelto en una túnica negra y tocado con su típico turbante. Nadie puede escaparse a esa aguda mirada que te intimida y advierte que debemos seguir el camino recto y alejarnos de las tentaciones mundanas. Bueno, habrá que acostumbrarse a su presencia porque su imágen se repite sin cesar por todos los pueblos y ciudades del país.

A pesar de que han pasado 24 años de su muerte o ascención a los cielos Jomeini es una figura inmortal venerada con pasión por sus incondicionales. Un tributo póstumo que comparte con Ali Jamenei, su mano derecha y actual líder supremo de Irán y Shia Marja (descendiente directo de Ali) y sus hijos más predilectos, es decir, los miles de mártires caídos en la guerra contra Irak cuyas fotografías primorosamente decoradas con girnaldas adornan las calles y avenidas acaparando por completo el espacio público. En Irán, igual a lo que sucediera en la revolución mexicana con Orozco, Siqueiros o Diego Rivera, los artístas plásticos se han comprometido en sublimar el espíritu de la eterna yihad.

Bebo a largos sorbos mi te y el imam Jomeini continúa allí escrutándome impasible. En todo caso él ya se transformó en luz divina y nosotros los mortales tenemos otras preocupaciones más pueriles. La revolución islámica cumplió su cometido y ahora los iraníes se encuentran inmersos en un difícil trance por culpa del bloqueo económico impuesto por los países occidentales a causa del programa atómico.

En las últimas décadas del siglo XX existió un hombre virtuoso que contó con el  beneplácito de Allah para cambiar el rumbo de la historia, no sólo del Medio Oriente, sino del mundo entero. Ese hombre sabio estaba de antemano predestinado a ocupar el liderazgo espiritual de su pueblo, ese hombre austero y alejado de las tentaciones de la carne no es otro que Seyed Ruholá Musavi Jomeini que, según su familia, era descendiente directo del profeta Muhammad (la paz sea con él) por la línea chiita de Fátima y Ali, los primeros mártires.

Su padre, que también había sido Ayatollah igual que su abuelo, murió asesinado cuando él apenas tenía 5 meses de edad -un trágico hecho que lo marcó para el resto de sus días (la obsesión del martirio)-. Jomeini desde temprana edad recibió una educación de sayyid y a los siete años ya recitaba el Corán de memoria, a los doce años era enviado por sus preceptores a Isfahan a estudiar ciencias islámicas, a los 16 a la madrasa de Arak y a los 18 años se trasladaba a la ciudad santa de Qom para perfeccionar materias tales como teología, filosofía, jurisprudencia, moral y sufismo. Alcanzó tal grado de conocimiento que fue nombrado de muytahid, el elegido capaz de interpretar las sagradas escrituras, el auténtico talaba (buscador) cualidades que lo condujeron poco a poco a ocupar el puesto de hodjatoleslam, un alto jerarca del clero chiita y, posteriormente, Ayatollah o señal de Allah. Este poeta místico dotado de una extraordinaria oratoria y un carisma avasallador obnubilaba a las masas con un lenguaje franco y sencillo.

En el año 1963 el Ayatollah Jomeini pronunció en Qom un enfervorizado discurso ante sus devotos en el que acusó al Sha de ser la encarnación del shaitan (demonio).  Los clérigos indignados por el proceso de laicidad y la expropiación de sus tierras exigieron la inmediata abdicación del soberano. En las principales ciudades del país se convocaron protestas que la policía reprimió brutalmente. Jomeini era detenido y encarcelado bajo el cargo de incitar a la rebelión. A partir de ese momento se convertía en el máximo opositor a la monarquía y cabecilla del movimiento de resistencia clandestino en Irán. Los enfrentamientos lejos de disminuir se recrudecieron y al Sha no le quedó más remedio que liberar al Ayatollah para apaciguar los ánimos. Pero el servicio secreto Savak le seguía los pasos y ante la posibilidad que sufriera un atentado tuvo que exiliarse en la ciudad santa chiita de Nayaf (Irak), donde reposan los restos de Ali -el primero de los doce imanes herederos espirituales del profeta, según la tradición chiita-. Desde allí continúa con sus ataques contra la monarquía blasfema y corrupta de los Pahlevi. Sus discursos se transmitían por todas las mezquitas del país gracias a la encomiable labor de sus adeptos cimentando poco a poco las bases de la revolución islámica.

La dinastía de los Pahlevi fue fundada por el coronel de los Cosacos Reza Kahn quien en el año 1921 derroca al emperador Ahmad Sah Kayar. Reza Khan se propone demoler las estructuras medievales y sacar a la sociedad iraní del subdesarrollo. En la Segunda Guerra Mundial por demostrar sus simpatías hacia el Tercer Reich, las tropas anglo-soviéticas del frente oriental, invadieron el país para proteger la refinería de la Anglo-Persian Oil Company en Abadán (vital para el suministro de combustible a los aliados). Tras la caída y deportación a Sudáfrica, asume el trono su hijo el príncipe heredero Sha Reza Pahlevi. De inmediato se compromete a defender los intereses geoestratégicos de EE.UU. y Gran Bretaña, sobre todo, en lo referente a los recursos petrolíferos y la persecución anti-comunista. El Sha deseaba que Irán se convirtiera en una monarquía laica al estilo europeo aplicando la misma fórmula de Ataturk en Turquía. Obsesionado con sacar el país del atraso atávico implantó la llamada «revolución blanca» con el afán de modernizar el país. En el fondo estaba decidido a minar el poder de las instituciones religiosas que eran un obstáculo para llevar a cabo sus planes.

El Sha se reveló como una personalidad narcisista amante del lujo y la opulencia, un ser pretencioso que con todo el descaro se autocoronó como rey de reyes y sucesor de Ciro el Grande. Sus delirios megalomaníacos lo llevaron a conmemorar por todo lo alto -en Persépolis en 1971- los 2500 años del imperio Persa. En su honor organizó una pomposa ceremonia que rayaba la obscenidad; millones y millones de dólares despilfarrados para satisfacer sus estrafalarios caprichos mientras la mayoría de su pueblo permanecía sumido en la pobreza y el abandono. Una ofensa de tal magnitud fue aprovechada por los clérigos chiitas para socavar aún más su legitimidad.

El 6 de marzo de 1975, el Sha y Sadam Hussein se reúnen en Argel para firmar el histórico acuerdo fronterizo de Shatt al Arab. El Sha, preocupado con la presencia del imam Jomeini en Nayaf -donde sus discursos no hacen más que desestabilizar su reino-, le ruega a Hussein que lo expulse de Irak. En 1978 el gobierno iraquí le deniega a Jomeini el derecho de asilo y ante el grave peligro que corre su vida -su hijo Mustafá había sido envenenado por los agentes de la Savak- decide exiliarse en Francia (Neauphle le-Château, en la afueras de Paris).

Mientras en Teherán sus seguidores (clases medias y pobres) se echan a las calles reclamando su regreso. Las masas enloquecidas vociferaban «¡muerte al Sha aliado de occidente e Israel! ¡Allahu akbar! ¡Jomeini, te daremos nuestra sangre!», por todo el país se desarrollaron gigantescas protestas cuyo clímax se alcanzó en el llamado «Viernes Negro» cuando el ejército masacra a cientos de manifestantes. Las imágenes de los revolucionarios que se untaban las manos con la sangre de los caídos dieron la vuelta al mundo.

Ya era demasiado tarde, todo estaba perdido para el sha Reza Phalevi y su familia, que unos meses después tuvieron que huir rumbo a los EE.UU a bordo de dos aviones en los que cargaron un fabuloso botín de dólares, oro y piedras preciosas.

El día 1 de febrero de 1979, Jomeini regresa a su patria tras 14 años de exilio y 6 millones de personas le dan la bienvenida al ruhollah, el aliento divino, el alma de Allah, al adalid de la teología de la liberación que venía a hacer justicia. Las masas presas de un súbito ataque de histeria colectiva desatan el cataclismo mesiánico.

Consolidado el triunfo de la revolución islámica se instaura un régimen teocrático fundamentado en la sharia. El Parlamento Islámico de Majlis y el Consejo de Mulás (shura) y el Consejo de Guardianes asumen el poder legislativo, ejecutivo y judicial. Una de las prioridades es imponer un nuevo orden moral, ético y piadoso de acuerdo a las exigencias del Corán. La autoridad del Imam Jomeini procede de Allah y él será quien ejerza la tutela o el velayat-el faqih sobre su pueblo. La «democracia espiritual» es la única capaz de restablecer la dignidad y el amor propio en el ser humano. Aunque exista la figura del presidente de la república la última palabra siempre la tendrá el Líder Supremo.

Se crean los cuerpos de seguridad: el Pasdaran «los guardianes de la revolución» y los Basij o milicia de voluntarios islámicos que empiezan la persecución de todos aquellos cómplices de la dictadura del Sha. Con celeridad van capturando los miembros del Savak o la policía secreta, militares, políticos para conducirlos ante los tribunales islámicos que sin vacilación los condenan a la pena capital. El imam Jomeini en nombre del Consejo de Mulás ordena extirpar de raíz los vicios de la sociedad occidental: la pornografía, el alcohol, la droga, la prostitución o el juego, que habían sumido a Irán en la Edad de las Tinieblas. Las turbas enardecidas al grito de ¡marg bar liberalizm! Se dedicaron a incendiar los teatros, cines, discotecas, bares, es decir, los antros del pecado y el degeneramiento.

La Asamblea de Expertos compuesta por juristas y clérigos ortodoxos decreta la separación obligatoria de los sexos a partir de los 7 años, el uso por parte de todas las mujeres del chuddar (vestido largo) y el makhné (pañuelo que cubre la cabeza) como señal de sumisión al poder partriarcal. «Mujer, el negro de tu chador es más importante que el rojo de mi sangre».  la Policía Moral y los grupos antivicio se encargarían de velar por el estricto cumplimiento de la ley. Las mujeres que no respeten dichas ordenanzas serán castigadas con una multa de 80 latigazos.

El día 29 de marzo de 1979, se aprueba mediante referéndum el nacimiento de la primera república islámica de la historia moderna acabando con 2500 años de imperio. El día 1 de abril de 1979 es oficialmente proclamada en una solemne ceremonia y el 3 de diciembre de 1979 Jomeini asume de manera vitalicia el cargo de  Guía Espiritual y Líder Supremo -para muchos el duodécimo imam que esperaban desde hace siglos-.

Entre la vida social, política o económica y la religiosa no existe ninguna diferencia, la unidad es lo primordial tal y como lo pregonan los dogmas coránicos. Así que todos aquellos sectores laicos e izquierdistas tudeh o los liberales, que desde un principio se sumaron a la revolución, debían someterse a la autoridad del Ayatollah y el Consejo de Clérigos o, de lo contrario, serían perseguidos y encarcelados. No se iba a tolerar la más mínima disidencia y para demostrarlo se iniciaron las ejecuciones sumarísimas (ahorcamientos).

El 4 de noviembre de 1979 cientos de estudiantes chiitas asaltan la embajada de Estados Unidos en Teherán y toman como rehenes a sus diplomáticos. La rabia contenida durante siglos aflora con inusitada virulencia. Ha llegado la hora de la venganza contra el imperialismo yanqui, el máximo enemigo del islam. Nadie se olvida lo sucedido en el año 1951, cuando la CIA y el M16 (operación Ajax) derribaron mediante un golpe de estado al primer ministro Mosaddeq (opositor a la dictadura totalitaria de Reza Khan), directo responsable de la nacionalización del petróleo y la expropiación de la compañía BP (British Petroleum). Jomeini adoctrinaba a sus pupilos con el «¡marg bar Amrika!» (¡muerte a América!) -que desde entonces se convirtió en el grito de guerra- bendiciendo esa heroica acción antimperialista. Los estudiantes a cambio de la liberación de los rehenes, exigían la extradición del Sha y el reintegro de los cientos de millones de dólares usurpados por la familia real.

El 22 de septiermbre de 1980 el régimen baazista laico iraquí de Sadam Hussein, que ambicionaba anexionarse el Shatt el Arab en el Juzestán rico en petróleo, invade Irán. Hussein ataca por sorpresa, pues cree que no le sería dificil vencer a un ejército iraní debilitado tras la caída del Sha. 13 siglos de odios y tensiones entre árabes y persas desatan la conflagración bélica.

El ayatollah Jomeini enfurecido lanza un llamado a la resistencia -¡ningún ejército podrá derrotarnos! ¡Allah está con nosotros! Nos convertiremos en mártires igual que el imam Hussein en la batalla de Kerbala ¡guerra, guerra hasta la victoria!-.

Irak contaba con el respaldo incondicional de EEUU, Inglaterra Francia, la Unión Soviética y los países del Golfo Pérsico que lo proveían de armamento y pertrechos.  La revolución islámica representaba un peligro para occidente y había que aplastarla a sangre y fuego. Como se comprobó posteriormente EEUU, Alemania y Francia, en contra de los tratados internacionales, suministraron ingentes cantidades de armas químicas y biológicas a Sadam Hussein que éste utilizó sin ningún escrúpulo en el campo de batalla y en el genocidio del pueblo Kurdo. Crímenes de lesa humanidad que fueron debidamente «legalizados» por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

El imam Jomeini odenó la movilización de todos los ciudadanos para salvar a a Irán de las garras de los herejes sunitas. Nadie quedaba excluido pues hasta los niños y ancianos se vieron obligados a empuñar los fusiles AK 47 y marchar a primera línea de combate. El más famoso de los batallones era el de los basiji mostazafa o niños mártires, que se abrían paso entre los campos de minas con un retrato del imam Jomeini cosido en el pecho y las llaves del paraíso amarradas al cuello. La guerra se alargó por ocho años dejando un trágico balance de más de un millón de muertos, miles de heridos, las infrestrucrturas colapsadas y ambos países arruinados por completo.

La guerra Irán-Iraq finalizó sin un claro vencedor y con las fronteras tal y como se encontraban al inicio de la contienda. La revolución islámica logró sobrevivir aunque a costa de sacrificar toda una generación en nombre de la lucha.

El día 3 de junio de 1989 fallece el imam Jomeini y su entierro se convierte en una de las más apoteósicas manifestaciones de dolor jamás conocidas. Se calcula que casi 10.000.000 de personas acompañaron al líder supremo hasta la última morada. Durante el cortejo fúnebre se produjeron escenas de dolor desgarradoras: llantos, alaridos, golpes en el pecho, flagelaciones que reflejaban el drama de unos hijos huérfanos del padre del reino espiritual. Los Pasdaran, ante el descontrol y el caos reinante, tuvieron que disparar al aire sus armas para dispersar la marea humana que quería tocar al Mahdi o redentor, arrancarle una reliquia o besar su mortaja.

El cuerpo de Jomeini hoy reposa en un descomunal mausoleo construido en las afueras de Teherán, al que diariamente acuden miles de peregrinos a orar en su tumba. Justo al lado del mismo se encuentra el cementerio de Behesth -e Zahra, dedicado a los mártires de la guerra Irán-Iraq. En una de las plazoletas hay una fuente mística que durante las festividades de la Ashura se tiñe de color rojo para asemejar los chorros de sangre derramada por los combatientes. En el mes de Muharram también se organiza el «concurso de plañideras» y la elección de la «madre de los mártires». Jomeini en su testamento nombró como su sucesor al hodjatoleslam Ali Kjamenei quien desde entonces es el responsable de mantener intáctos los principios de la revolución islámica. Además de cumplir la sagrada promesa de liberar a Palestina de las garras del sionismo y reconquistar la ciudad santa de Al Quds (Jerusalén).

La revolución islámica iraní transformó por completo el panorama geopolítico del Medio Oriente. Con el fracaso de la opción militar laica del panarabismo los grupos fundamentalistas, tanto chiitas como sunitas, comienzan a radicalizar su discurso. En esa época en la que el mundo era dominado por las dos grandes superpotencias: la Unión Soviética y Estados Unidos -enfrentadas en la «guerra fría»- de repente, surge una alternativa de carácter religioso antimperialista. El imam Jomeini se erige en su representante y convoca a todos los musulmanes de la Umma a sumarse a la lucha contra los cruzados occidentales. «EEUU es un Satán, Inglaterra peor que EEUU y Unión Soviética peor que los dos». Cuando en 1982 Israel invade el Líbano sin dudarlo un instante, Irán sale en defensa de sus hermanos chiitas, patrocinando la creación del Partido de Dios o Hezbolah, la resistencia armada en el combate contra el sionismo.

Los medios de comunicación occidentales se han empeñado demonizar la revolución Islámica y desprestigiarla a como dé lugar. El presidente George Bush en un discurso ante el congreso en 2002 no dudó en incluir a Irán en el  «Eje del Mal» junto a Irak, Corea del Norte, Siria, Cuba y Libia. «El régimen de los Ayatolás fomenta el terrorismo internacional y su única finalidad es la aniquilación del estado de Israel.  Este país es la principal amenaza para la paz mundial»

El gobierno iraní sabe que la única manera de romper la hegemonía militar que ejercen Estados Unidos e Israel en Oriente Medio es adquiriendo la bomba atómica. Además también debe neutralizar a sus enemigos sunitas, los países del golfo pérsico y Arabia Saudita, que lo tienen en el punto de mira.

Durante su polémico período presidencial, Ahmadineyad (2005 2013) -amparado por los clérigos más conservadores- llevó a cabo una política de plena confrontación con occidente. Su discurso incendiario negaba el holocausto, amenazaba con borrar del mapa al estado de Israel y defendía la legalidad del programa nuclear iraní. Con su apoyo a Hezbollah y Hamas y a Bachar Al Assad en la guerra Siria quedó aislado por completo. «Irán con su religión del terror no hace más que desestabilizar Oriente Medio y por lo tanto debe ser castigado hasta que no rectifique su camino. El mundo libre tiene que combatir este flagelo» (palabras de Shimon Peres en la ONU).

Por eso no es de extrañar que en las pasadas elecciones el clérigo reformista Hasán Rouhaní haya conseguido la victoria. Su promesa de negociar con las potencias la paralización del programa nuclear -el 24 de noviembre se firmó en Ginebra un principio de acuerdo- devuelve las esperanzas a una ciudadanía completamente hundida por la crisis económica. Las sanciones internacionales y el bloqueo han provocado el encarecimiento de los productos básicos, una inflación del 42%, la subida del dólar a 30.000 rial, la quiebra bancaria, cierre de industrias y de empresas, la paralización de las exportaciones de petróleo que representa el 80% del PIB (la produccion ha caído de 6 millones de barriles a 1.3 millones diarios), y hasta el mercado de las alfombras se desploma. La recesión y desempleo han disparado los índices de pobreza y marginalidad hasta cotas jamás imaginadas. Factores que generan delincuencia, robos, prostitución, tráfico de estupefacientes, corrupción. Delitos que el gobierno intenta atajar con medidas represivas o punitivas; la ley del  Talión: «ojo por ojo, diente por diente». Con razón las ejecuciones públicas en la plaza Madani -donde cuelgan a los reos en lo alto de las grúas hidráulicas- se han multiplicado en los últimos meses.

Estamos en los albores de un cambio generacional. La juventud iraní, que representa más de la mitad de los 76.000.000 de habitantes, y que tiene menos de 30 años, exige más libertad y más democracia. Es la hora de un cambio de rumbo que se traduzca en hechos concretos y no en alucinaciones metafísicas. Vivimos bajo la influencia de un mundo globalizado de la que es difícil escaparse: Internet, los teléfonos móviles, las computadoras, la televisión por satélite son instrumentos al servicio de la alienación materialista que invade las conciencias. El capitalismo pagano se ha infiltrado en todos los ámbitos, ya sea en la educación, la moda, el cine, la música, los libros o el arte. La gente quiere ser protagonista de su historia; hablar, participar, opinar, criticar, hacerse entender en inglés, en francés o en alemán, quitarse de encima el lastre de los tabúes sexuales y romper las barreras del aislamiento y la censura. Occidente los deslumbra con sus espejismos tecnológicos en el que la realidad virtual  les confiere al menos un espacio de libertad. Estamos presenciando un choque entre  lo sacro y lo profano, entre los dogmas de fe y la laicidad.

Contradecir la autoridad del Consejo de Clérigos o la del Guía Supremo es una ofensa imperdonable. Ellos son los portavoces de la voluntad de Allah y su papel es el de mantener el buen funcionamiento de la «democracia espiritual». Ahora más que nunca, los mecanismos de censura y represión son imprescindibles para prevenir cualquier brote de rebeldía. Por este motivo los líderes reformistas Musavi, Karrubi y Rahnavard se hallan bajo arresto domiciliario. Según Amnistía Internacional se cuentan por miles el número de disidentes encarcelados, entre los que cabe destacar intelectuales, artístas, abogados, periodistas, estudiantes, cineastas y homosexuales. La violación de los derechos humanos, las torturas y coacciones son una práctica habitual de los organismos de seguridad. Algo que se ha venido denunciando repetidamente en los foros internacionales.

Pero quizás el fenómeno sociológico más significativo sea la actitud contestaria de las mujeres. Secularmente excluídas por el poder patriarcal que las ha relegado al papel  de amas de casa y criadoras de los hijos, reclaman una mayor igualdad. Como en todos los países islámicos la revolución femenina es una asunto pendiente y que tendrá un gran repercusión en un futuro no muy lejano. La mujeres han adquirido, sobre todo en el ámbito urbano, un alto grado de educación y son capaces de competir profesionalmente con los hombres. Ellas, de la manera mas sutil y silenciosa, insisten en cambiar la sociedad.

El cuidado del físico es primordial de ahí que el boom de las operaciones de cirugía estética –especialmente las rinoplastias- se encuentra en pleno apogeo. En el fondo son hedonistas, les gusta ir a la peluquería, maquillarse e imitar los modelos de belleza occidentales. La mejor manera de medir esa actitud contestataria es que el velo makhné ya no lo llevan ceñido al pelo, sino que se va cayendo de forma irreverente sobre sus hombros. Por eso los guardianes de la moral con un bastón en la mano no se cansan de reprender a aquellas insolentes que transpasan la línea roja.

En el pasado los persas fueron uno de los imperios más poderosos de la tierra,  una civilización matriz con 7000 años de tradición oral y 4000 años de tradición escrita,  cuna de las religiones monoteístas y poseedores de una cultura extremadamente refinada, además de excepcionales artístas amantes de la música y la poesía. Ellos están orgullosos de ser iraníes y del protagonismo histórico que les ha encomendado el destino.

Es viernes y Teherán se despierta demasiado tarde porque es día de asueto o el salat Yumu'a. Una tregua merecida para aliviar el estrés diario. Desde temprano los más piadosos se dirigen a las mezquitas a cumplir con sus obligaciones espirituales; y los más profanos, al contrario, prefieren escaparse del entorno opresivo de la gran ciudad y marcharse a las montañas. Una peregrinación al pico nevado del Damavand, donde un día habitara Zaratrustra. En medio de ese paisaje boscoso y salvaje no hay reglas ni imposiciones, sino aire puro y libertad.  La naturaleza es el sitio perfecto para reunirse con los amigos, conversar, soñar y hasta enamorarse. Ya lo decían el gran poeta persa Omar Khayyam: «Si en el cielo hay huríes y vino, como dice el Mulá/ nuestro premio en lo alto será beber y amar…»

Carlos de Urabá 2013
Teherán-Irán.

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