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Belén de rodillas ante su amo Israel

Otra humillante y carcelaria navidad

30/12/2013 - Autor: Carlos de Urabá - Fuente: Webislam
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La obra representa un paisaje bíblico con San José y la Virgen María camino de Belén y frente a ellos el muro de Cisjordania (Bansky)
La obra representa un paisaje bíblico con San José y la Virgen María camino de Belén y frente a ellos el muro de Cisjordania (Bansky)

El nacimiento de Jesucristo marca una de las fechas más trascendentales en el calendario de la civilización cristiana occidental. La navidad es una fiesta religiosa que hace parte del arquetipo colectivo que está grabado en nuestras raíces y tradiciones ancestrales. Desde la más tierna infancia asumimos inconscientemente esos patrones de comportamiento -adquiridos en la educación o en el hogar-.

Allá en Colombia se acostumbra a colocar en la sala de la casa el pesebre o el belén  con las figuritas de los personajes bíblicos: José, María, los reyes magos, camellos, burritos y ovejas incluidos. Al lado del mismo, se levanta el clásico arbolito lleno de adornos, bombillas, guirnaldas o bolas de colores.

En esa especie de altar celebramos la novena de aguinaldos en la que se interpretan los clásicos villancicos. El 24 de diciembre es el día supremo, tal vez, el más importante del año,  pues se reúne toda la familia en la cena de Noche Buena. Justo al terminar la misma, los más beatos se dirigen a la iglesia a oír la Misa del Gallo. Y al otro día, como por arte de magia, aparecían los regalos al pie del pesebre para regocijo de los más pequeños.

Según narra la Biblia, José junto a María -que estaba embarazada- viajaron a lomos de un burro desde Nazaret a Belén de Judea a cumplir con el edicto del emperador romano Cesar Augusto, que obligaba al empadronamiento de la población. Como llegaron muy tarde a Belén, agotados golpearon las puertas de las casas pidiendo asilo. Pero nadie quiso acogerlos y solo un humilde pastor se compadeció de ellos brindándoles su establo para que pasaran la noche. Allí tendida entre la paja y rodeada por una mula y un buey, María dio a luz a Jesucristo. Este, a grandes rasgos, es el mito fundacional del cristianismo y sobre el cual se ha edificado toda su teología.

No sé bien por qué motivo me propuse peregrinar hasta al portal de Belén. Quizás fuera para rememorar mis recuerdos infantiles o descubrir otra dimensión fuera de los circuitos turísticos. Pero, como es lógico, en este año 2013 de la era cristiana la historia ha cambiado radicalmente pues los que antes eran oprimidos por el imperio romano, ahora son los opresores del pueblo palestino. 2000 años después Israel es el amo y señor de Tierra Santa.

Con mi mochila al hombro, me dirigí al sector árabe de Jerusalén oriental donde está situado el check point de Al- Zeitim (al-Tur) que es una especie de cuadra gigantesca  plagada de barrotes de hierro igual a las que se usan en las ferias de ganado. La diferencia es que aquí no hay ganado, sino palestinos. Esta es una de las tantas puertas de entrada y de salida a Jerusalén y en la que se erige imponente el muro del apartheid de nueve metros de altura construido a base de placas de hormigón. En las garitas de control es obligatorio enseñar la documentación a los carceleros o soldados del Tzáhal. Ellos, por lo general, te miran con soberbia y te hacen a un lado si no les gusta tu cara. Así que sólo pasan aquellos palestinos que posean un permiso  expedido por las autoridades israelíes. Cuando me llegó el turno, los soldados al darse cuenta que mi pasaporte era colombiano sonrientes me saludaron con unos “buenos días” en español. Y es que el gobierno colombiano es el principal aliado de Israel en América Latina y eso, quiera que no, cuenta mucho. Ya del otro lado del muro se localizan los pueblos de Eizariya y Abu Dis en el que se distingue un desordenado urbanismo fruto de la falta de medios y la pésima planificación urbana.

Me siento un poco incómodo pues la gente me observa con curiosidad. -Seguro, se preguntarán, ¿a dónde irá este loco o maynun?- Un caminante o un vagabundo no tiene ningún sentido y menos si es un extranjero que se supone maneja dólares o euros. Por puro placer salir de excursión a observar la naturaleza es simplemente una pérdida de tiempo. Con lo fácil que es pasear sentados en la sala de la casa viendo el mundo a través del Discovery Channel. Los palestinos tienen otras prioridades más urgentes como, por ejemplo, la de garantizar su propia supervivencia y la de sus familias. Los tiempos que corren no están hechos ni para el romanticismo ni para la poesía.

En la guerra de 1967 o la Naksa, el ejército israelí ocupó Cisjordania y comenzó para los palestinos uno de los capítulos más dramáticos de la historia. Desde esa fatídica fecha, las cosas van de mal en peor. Agobiados por la precaria situación económica,  el desempleo, la falta de oportunidades y la carestía de la vida han perdido cualquier esperanza en el futuro. Israel continúa el proceso de colonización, o sea, el robo de sus tierras, la construcción de asentamientos ilegales y la represión militar. Esta es una realidad muy amarga: enjaulados por el muro, víctimas del más ruin castigo colectivo y en estado de sitio permanente. Encima millones de refugiados condenados al destierro más humillante sin que haya la más mínima esperanza del retorno. No es de extrañar que hasta los campos de olivos o almendros languidezcan entristecidos. La naturaleza de alguna u otra manera refleja las penalidades del ser humano.

Si hubiésemos venido aquí hace unos cincuenta años nos habríamos encontrado otro panorama: los campesinos en plena actividad arando la tierra con sus bestias, sembrando el trigo o la cebada o regando los huertos y sementeras, las recuas de burros cargadas de productos para venderlos en los mercados de Jerusalén o de Ramala. Todo eso irremediablemente ha desaparecido. Los colonos judíos en su ambición expansionista no dudan en talar los olivos o árboles frutales, envenenar los cultivos, quemarlos o echarles sal con tal de arrebatarles las tierras. Definitivamente el campo es un sitio hostil y peligroso, pues los colonos ultraortodoxos -sin contemplaciones- desde sus autos o desde los mismos asentamientos disparan sus armas sobre los palestinos para amedrentarlos.

Los vecinos me saludan al verme pasar y se les marca en su rostro una sonrisa.  Alguien me pregunta que adónde voy y yo le digo que a Belén. -Eso está lejísimos. Le faltan más de 20 kilómetros. Lo mejor es que tome uno de esos taxis colectivos que por 10 shekels te llevan en menos de media hora-, me aconseja. No comprenden que yo lo que quiero es caminar, peregrinar al estilo Ibn Battuta, aquel viajero andalusí del siglo XIV que le dio la vuelta al mundo y que cualquier árabe reconoce pues es uno de sus héroes míticos. Voy a Belén, donde nació Isa al-Masih (Jesucristo) –para los musulmanes un profeta. Belén es la Meca de mi hayy (peregrinación) particular. Siempre hay que justificarse religiosamente, pues aquí no valen los argumentos ateos o agnósticos. Estamos en Tierra Santa donde la autoridad de Dios, Yahvé o Allah prevalece infalible.

La ruta discurre por una geografía de barrancos y cañones desérticos que se pierden en las estribaciones del Mar Muerto. Voy cruzando pueblos como Asawahera al- Sharqiya, Jub al Rum y Ubeidiya cuya arquitectura moderna y vulgar los despoja de cualquier atractivo. Aquí lo que prima es lo práctico, es decir, lo más barato: ladrillos y cemento, un techo y cuatro paredes sin que se preocupen por el estilo artístico o la estética. Las casitas antiguas tradicionales dotadas de gran belleza apenas se mantienen en pie medio derruidas, irremediablemente se caen a pedazos abandonadas por sus dueños que se vieron obligados exiliarse en Jordania tras la Naksa.

El muro del apartheid jalona toda nuestra andadura y al salir de las zonas urbanas se transforma en una cerca eléctrica reforzada con espirales de alambre de púas. Los barrancos áridos y pelados no son más que sucias escombreras o botaderos de basura. La dejadez y la desidia reinan por doquier pues de que vale la belleza en medio de tantas tragedias.

En el check point de Jub Al Rum, los militares del Tzáhal al verme venir se colocan en posición de ataque. Nerviosos, cargan sus armas y sin dejar de apuntarme –como está escrito en los manuales antiterroristas: un hombre caminando con una mochila es un elemento altamente sospechoso- uno de ellos, al parecer de mayor rango, me hace señas para que levante las manos y me acerque. Al darse cuenta que soy un extranjero y no un árabe se van relajando y cuando le enseño mi pasaporte colombiano me da una palmada en el hombro y me dice -very good Uribe!- y de inmediato me ofrecen una coca cola y galletas. -¿A dónde va usted?- Me interroga. -A Belén- le respondo. (siempre hay que tener una coartada, claro). Ahora me advierte que por medidas de seguridad está prohibido caminar en la carretera y, por lo tanto, debo continuar en algún vehículo.  Yo insisto en  que vengo de muy lejos y tengo que cumplir mi promesa de ir a pie hasta el lugar donde nació Jesucristo. Ante mi insistencia, me dan vía libre, pero antes debo firmar un papel en el que asumo toda la responsabilidad de lo que pueda pasarme.

El hecho es crear miedo y desconfianza para ejercer un mejor control en la zona donde al parecer existe un kibutz. La carretera que conduce a Belén ahora se precipita a lo profundo de un wadi. Los autos pasan apresurados y no pueden detenerse porque también está prohibido. En medio de tanta desolación me vienen a la memoria las canciones navideñas que hablan de valles floridos, bosques nevados, ríos cristalinos, camellos, ovejitas o trineos de papá Noel. Imágenes de un lugar paradisiaco que solo existe en nuestra imaginación. “El camino que lleva a Belén baja hasta el valle que la nieve cubrió …” todo es un cuento idealizado, nada más que una fantasía de Walt Disney. “Pero mira como beben los peces en el río, pero miran como beben por ver a Dios…” ni ríos, ni peces, apenas pasa por ahí un riachuelo ponzoñoso o, mejor dicho, una fétida letrina que arrastra cadáveres de latas y plástico.

De repente, a la altura de Wadi al’Arais, aparece un pastorcillo arreando un redil de ovejas. Seguro, busca yerbajos para darles de comer pero no hay más que un pedregal estéril donde revolotean los cuervos. Por culpa de la valla electrificada y el Muro del Apartheid, los ecosistemas naturales y humanos han colapsado.

Ahora comienza una empinada subida en dirección a Beit Sahour. Al ganar altura contemplamos a la distancia con claridad el monstruoso asentamiento de Har Homa -uno de los más grandes de Cisjordania-,  construido sobre el monte Abu Ghneim -donde un día hubo un bosque de pinares- perteneciente a los pueblos de Beit Sahour, Um Tubami y Sur Baher. Cuando entramos en el núcleo urbano de Belén, el tráfico se hace cada vez más denso pues la carretera se ha quedado pequeña y no queda espacio ni para los peatones. Belén es una ciudad moderna de unos 30.000 habitantes que se reparten al 50% entre árabes cristianos y musulmanes. La mayor parte de los ingresos económicos proceden del turismo religioso, pues aquí se encuentra el centro de peregrinación cristiano por excelencia. En la Basílica de la Natividad, situada en la plaza del Manger, se forman  largas colas de fieles ansiosos por visitar la Capilla del Pesebre y la Gruta del Nacimiento. Su máximo anhelo es arrodillarse  y besar la estrella de plata que marca el sitio exacto donde se supone que María dio a luz a Jesucristo. Además de tomarse una foto para eternizar ese momento de gloria.

La soberanía de Belén fue transferida, tras los Acuerdos de Oslo en el año de 1995 firmados por Rabin y Arafat, a la ANP. Aunque esa no es más que una victoria moral, pues la ciudad como muchas otras de Cisjordania se halla cercada desde el año 2002 por el Muro del Apartheid. El 30% de los pobladores de Belén son refugiados de la Nakba de 1948 y muchos de ellos todavía residen en los campos de Aida, Azza y  Dheisheh. Por la falta de recursos económicos la situación social es muy deprimente: la tasa de desempleo es del 45% y la pobreza crónica de un 40%. No hay Nochebuena que valga, ni noche de paz ni noche de amor, ni Reyes Magos ni estrella de Belén que resuelva tantas injusticias y arbitrariedades.

He desistido de visitar la Gruta del Nacimiento pues es tal la aglomeración de devotos que prefiero abstenerme. El turismo religioso se ha convertido en un tremendo negocio que reporta jugosos beneficios, sobre todo, a la iglesia católica y a  las agencias de viajes –cuyos propietarios son mayoritariamente judíos-. Es increíble que este santuario haya sido profanado impunemente por los mercaderes del templo.

La vía de salida a Jerusalén se llama check point 300, donde desde tempranas horas de la mañana se forman largas colas de palestinos con permiso de trabajo israelí que ellos denominan de carácter “humanitario”. La mayor parte de éstos se dedican al sector de la construcción o a los servicios varios, sin que tampoco falten las sirvientas que son muy apreciadas en los hogares judíos. Es una bendición ganar unos 50 shekels diarios (11 euros) pues al menos les ofrecen la posibilidad de mantener a sus familias “dignamente”. En este check point se repite el mismo escenario del Al-Zeitim: una jaula de largos y estrechos pasillos nos conduce hasta esa gran cuadra de barrotes de hierro donde la gente se amontona cual ganado a la espera de cumplimentar los trámites aduaneros (suelen tardar más de una hora). Cuando suena un pitido y el semáforo se pone en verde, entonces podemos ingresar a través de los torniquetes a las garitas blindadas -no sin antes pasar las pertenencias por el escáner- donde tenemos que enseñar la documentación en regla. Presento mi pasaporte a los guardianes que, en esta ocasión, resultan un par de atractivas muchachas. Lo ojean un poco y una de ellas levanta la mano y hace girar el pulgar hacia arriba en un claro gesto de aprobación. Se escucha por un parlante una voz sensual que dice “Welcome”, y, sin mayores sobresaltos, ingreso nuevamente en la “tierra prometida”.

Carlos de Urabá 2013
Amman-Jordania

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