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Armonía de los contrarios: la solución que anhela la humanidad

Puedo decir que en toda mi vida, jamás, en ningún momento, he buscado a Dios”. Simone Weil (1942)

22/12/2013 - Autor: Mailer Mattié - Fuente: ceprid
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Simone Weil
Simone Weil

En el Ñapa Pacha –el tiempo antiguo en los Andes-, Wiracocha, después de varios fracasos, creó finalmente el universo y le dio un orden. Al terminar el Unu Pachakuti –el gran diluvio, el agua que transformóel mundo-, el Creador emergió del lago Titikaka donde solo brillaba el resplandor dorado de los ojos de un puma, a los que reemplazó enseguida por el sol (inti) y por la luna (quilla). De su unión nacieron luego dos hijos, la pareja sagrada formada por Manco Capac y Mama Oclla, el primer inca y la primera colla. A continuación, Wiracocha se dirigió a Tiwanaco y allí diseñó a la nueva humanidad. Dio nombre a las mujeres y a los hombres, les enseñó las lenguas, los oficios y las artes y les transmitió costumbres justas. Pidió entonces a Manco Capac encontrar un lugar que simbolizara la sabiduría de los humanos. Cumplida la tarea, en aquel sitio se fundó Cuzco, el ombligo del mundo, la ciudad más hermosa del Tahuantinsuyo.

Wiracocha determinó, pues, que en el Alax Pacha –el espacio/tiempo de arriba- habitaran el sol, la luna y las estrellas; que en el Mankha Pacha residiera el pasado y que en el Aka Pacha –el mundo intermedio- viviera la humanidad. Un orden armónico, resultado de la complementariedad de los opuestos: lo que está arriba y lo que está abajo; lo femenino y lo masculino; el día y la noche, el verano y el invierno que se turnan.

Hombres y mujeres, entonces, aprendieron que era posible sentir en todas las cosas la obediencia del universo al orden diseñado por el Creador quien, una vez terminada su obra, se dirigió hacia el Oeste, atravesó los Andes y desapareció caminando sobre las aguas del mar.      Alejado de su propia creación, quiso dejar a los humanos la obligación de preservarla. El mandato sagrado que ha guiado la historia de las comunidades originarias andinas durante milenios, resistiendo todas las formas de opresión -antiguas y modernas-, para defender el equilibrio de la relaciónentre la vida social y la espiritualidad, entre el individuo y la colectividad.

En su interpretación del mundo, Simone Weil coincidió plenamente con esta ancestral cosmovisión, definiendo el retiro de Dios como la “locura de amor del acto creador”: “Dios y la creación son infinitamente distantes”, escribió. Además, percibió en la belleza del universo la manifestación de la unidad de los contrarios, algo “instantáneo” y “eterno” al mismo tiempo; la belleza como expresión de un orden divino: la constatación de que el cosmos acepta obedecer a Dios.

No obstante, su preocupación fue apenas teológica, teniendo en cuenta que consideró monstruoso que la sociedad moderna aceptara de forma natural la escandalosa ruptura entre vida social y religión que la caracteriza: la perversa separación entre lo sagrado y lo profano, reflejo de que el individuo moderno -a causa del orgullo por la técnica y el progreso- ha olvidado que el universo obedece a Dios.

Weil observó asimismo que, consecuencia de esa separación, la política se convertía en religión o ésta se transformaba en política, tal como ilustraba el poder de la Inquisición durante el Renacimiento o mostraban el nazismo en Alemania y el estalinismo en la Unión Soviética. En todo caso, aparecía el Estado bajo la forma de la imagen suprema que ostenta el monopolio de la idolatría y de la obediencia. Metamorfosis que en la sociedad actual se extiende, de hecho, a la economía y al dinero.

Para Weil, por tanto, resultaba imprescindible solucionar esta ruptura, presente desde hace siglos en la civilización, salvo en algún período durante la Alta Edad Media en pequeñas comunidades europeas que desaparecieron precisamente en la medida en que se fortalecía el poder de la Iglesia y del Estado. Es decir, consideraba urgente que el individuo aprendiera “cómo se aprende a leer, cómo se aprende un oficio (…) a sentir en todas las cosas, por encima de todo y casi exclusivamente, la obediencia del universo a Dios”. De este modo, precisar la relación entre lo sagrado y lo profano permitiría, de hecho, inspirar la vida social en el orden del cosmos, para intentar así eliminar las principales causas de los graves problemas que enfrenta la humanidad.

Sería necesario corregir en primer término, por ejemplo, la pérdida de equilibrio y unidad, propia de la sociedad contemporánea, entre aquello que corresponde al individuo y aquello que pertenece a la colectividad. Allí donde los medios para la satisfacción de las necesidades humanas son monopolios radicales –estatales y/o privados- que se han convertido en fines -como la economía, el sistema político, la medicina y la educación-, impera la necesidad. Cuando esto sucede, entonces lo social ahoga al individuo: destruye el alma humana cuya armonía exige la unión complementaria entre lo individual y lo colectivo. Es decir –tal como señaló Weil-, el alma humana demanda equilibrio entre igualdad y jerarquía, obediencia y libertad, verdad y libertad de expresión, soledad y vida social, propiedad personal y colectiva, castigo y honor, trabajo individual y comunitario, seguridad y riesgo. Solo así podemos construir nuestro arraigo y echar raíces, sintiendo a la vez que somos parte del universo.

“Nunca –escribió Weil a su amigo el sacerdote J.M. Perrin en mayo de 1942- en toda la historia conocida hubo una época en que las almas estuvieran tan en peligro como ahora en todo el globo terrestre”. En consecuencia, fundamentar la organización de la vida social en la complementariedad de los opuestos constituía, en su opinión, “la solución que los hombres anhelan precisamente ahora”.

Mailer Mattié es economista y escritora. Este artículo es una colaboración para el Instituto Simone Weil de Valle de Bravo en México y el CEPRID de Madrid. Su último libro, escrito junto a Sylvia María Valls, es “Las necesidades terrenales del cuerpo y del alma. Inspiración práctica de la vida social”, editado por La Caída con la colaboración del CEPRID. Disponible en librerías y en libros.lacaida@gmail.com y ceprid@nodo50.org
 
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