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El hayy como nunca se contó

Un hermano musulmán argentino, periodista de un reconocido medio en Latinoamérica, experimentó la peregrinación a Meca en el 2013 y escribió una crónica imperdible. Secretos de un viaje iniciático.

06/12/2013 - Autor: Abdul Wakil - Fuente: Revista Viva
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Peregrinos en el monte Rahma, en Arafat. El día más importante del hayy.
Arafat

En Oriente, para acercarse a Dios, te proponen el ejemplo de la montaña. Si querés ascender, dicen, hay que dejar el mundo atrás y subir la cuesta solo. En el islam, en cambio, tenemos un método más radical: el amontonamiento.

Dos millones de peregrinos aterrizamos desde 118 países, vestidos con un par de sandalias y dos trozos de tela en el amontonamiento más grande a escala mundial –cinco recitales de los Stones en River, dos finales del mundo de fútbol y dos aperturas de los juegos olímipicos, sumalas todas y vas a quedarte corto-. Un rito multitudinario donde no hay lugar para que te sientas especial, luminoso, o separado del resto.
Moldeada hace 1400 años por el Profeta Muhammad, paz y bendiciones, la peregrinación anual a Meca es uno de los cinco pilares del islam –si tenés los medios, te toca hacerla-. Aquí lo llamamos hayy.

Uno viene a este mundo a ser probado, advierte el Corán. Y el hayy es la gran prueba.  Tu micro es rechazado dos veces camino a Meca y debe regresar. Tu valija va, por error, a parar al aeropuerto vecino.  Te cierran dos veces las puertas de la Kaaba. Y soldados impiden que entres a la mezquita en Arafat.

En los próximos cinco días, 9842 de los peregrinos nos extraviaremos. 158.929 iremos a parar al médico. A 24 nos someterán a endoscopías. 263 recibiremos diálisis. A siete nos harán cirugía a corazón abierto. Sacrificaremos a 770.000 ovejas. Dejaremos 53.565 toneladas de residuos. Y a 200 mil nos expulsarán por no tener permiso en regla.

En Arabia Saudita, la peregrinación a Meca ocupa la primera plana de los diarios, dos terceras partes de los titulares en los noticieros y sus ingresos representan el 1,3% del PBI. Tiene su  propio ministerio que moviliza 95.000 soldados, dispone de 4200 cámaras de seguridad y ordena cien vuelos diarios en helicóptero.

El hayy incluye actividades como rodear la Kaaba, el templo levantado por el profeta Abraham, acampar, arrojar piedras, marchar entre dos colinas, sacrificar un cordero, rasurarse el pelo, suplicar, beber agua bendita -un millón de metros cúbicos consumidos en  cinco días-, aguantar el calor – 40º este otoño en Arabia Saudita-, rezar cinco veces al día, y, sobre todo, esperar. Un viaje de 80 km de Jeddah a Meca que demora 40 minutos, en tiempos de Hayy, si lo completás en tres horas, andás con suerte. En 1992, hubo un atasco tan grande que una de cada diez personas, nunca llegó a Arafat –y son apenas 14 km-.

Previo a la partida, necesitas darte vacunas. Pedir perdón a los que has hecho mal. Y escribir tu testamento: descubrís no solo qué pocas cosas importantes poseés en esta vida, si no como tu familia puede arreglarse bien sin vos con solo repartir con justicia tus bienes.  Tiempo atrás, que un peregrino regresara sano y salvo a casa, era una loteria. No habia asfalto. Habia bandidos en el camino. Y el desierto de Arabia Saudita era un desafio para pocos. “Antes lo complejo era llegar a Meca, pero luego como habia poca gente todo era mas facil”, dice Abdul Haqq, peregrino español , periodista y miembro de la European Muslim Union. “Ahora llegar a Meca es facil. Lo complicado empieza cuando uno pone un pie en el aeropuerto”.

Lo primero que uno hace es despojarse de su ropa y vestir este par de telas blancas llamadas ihraam. Sepulta su vida. Y se transforma en peregrino.

Aquí,  mismas reglas para todos: ni sexo, ni perfume. Ni pelea, ni protesta. Allah garantiza que volveremos a casa como bebés, libres de pecado, y al morir, nos reencontraremos en el paraíso. Es nuestra recompensa.

El hayy es un ardid de Allah para ponerte en evidencia. Así que no más engaño, mi amigo. Excepto por el ihraam, vas desnudo igual que millones de peregrinos. Uno viene al hayy a cambiar de piel.

La peregrinación, en verdad, se inicia mucho antes de pisar la Meca. En los dias previos, te sale un grano en la nariz, otro en la entrepierna. Estás congestionado.

Detectás en el espejo un principio de conjuntivitis. Antes de limpiar tus pecados, Allah te hace supurar.  Día uno. Pasás el primer día del hayy en Mina, a 12 kilómetros de Meca, el campamento más grande del mundo: 2.5 millones de metros cuadrados de carpas.  361 días al año, Mina es un pueblo fantasma. Los otros cuatro, desborda. Desde que se disparó un incendio que consumió dos kilómetros de carpas en 1997, donde 350 peregrinos perdieron la vida, instalaron 100 km de redes de agua y sensores de calor en las carpas. Ahora, techos y paredes son de teflón y fibra de vidrio.

En Mina, uno  aguanta el calor y espera. Rezás junto a un peregrino de Tajekistán que, en tres años, quiere ser presidente. Un general retirado del ejército de Marruecos. Y un hombre de Dubuti, África, un lugar tan caluroso que, tres meses al año, la mitad de la población escapa al país vecino. En Mina, te hacés uno con la multitud.

Allah se sirve de la muchedumbre para ilustrarte lo que hace con tu vida: te arrastra, te bloquea, te empuja, te eleva, te aplasta, te rescata, te libera. No importa cuánto esfuerzo hagas, si no sintonizas con la multitud estás frito. Y esta es la llave que Allah pone en tu mano: la leccion de dejarse llevar por Él.

Al día siguiente, te trasladás a Arafat, en los alrededores del monte Rahma, 22 kilómetros al sudeste de Meca. La primera foto que conocés de Arafat, es una toma aérea del monte cubierto de nieve. “Estás confundido, eso no es nieve”, te dicen. “Es gente”.

Aun cuando es válido pasar el dia en la ciudad, los peregrinos buscan sitio monte arriba, entre las piedras. En este lugar, por poco, Abraham sacrifica a su hijo Ismael, a pedido de Allah. Y en una saliente, el profeta Muhammad dio su último sermón tres meses antes de morir.

Si uno viene aquí en este preciso momento –el hayy son sólo cinco días al año-, Allah toma nota de lo que uno pide. Y cumple. El dia de Arafat es el dia de los pedidos, así que escalás el monte Rahma cuatro horas antes del amanecer, para ganar lugar. Llevás una libreta con los ruegos de 47 familiares y amigos. Allah te lo muestra: uno es aquello que añora. Hay gente que pide amor. Gente que pide un buen morir. Gente que pide lo que no necesita. Rogar delata tu debilidad. Pasás el día en Arafat leyendo una y otra vez la lista, pidiendo y pidiendo. Al atardecer, partís en bus a Muzdalifah a descansar como indica la tradición, y de allí nuevamente al gran campamento de Mina. Es el momento de la limpieza.

Durante tres días, arrojás 49 piedras sobre monolitos gigantescos que simbolizan al demonio. En cada piedra que uno tira, se van nuestras miserias. No es fácil desprenderse de ellas. Es como decirle a alguien que, si quiere bajar de peso, debe dejar el helado. Nos encariñamos con nuestro lado oscuro. Pero aquí, bajo el sol aplastante del desierto, Allah promete limpiarnos siempre y cuando, nos comprometamos a no reincidir. No hay chance de mirar atrás.

Históricamente, este era el punto mas critico de la peregrinacion. Las autoridades lo  llamaban: “la pesadilla logística”. En 1990, 1426 personas murieron aplastadas en el puente mientras apedreaban los monolitos. Para evitar tragedias, menos de cinco años atrás, construyeron cuatro pisos,  un nuevo ramal de desembocaduras y rediseñaron los monolitos.  “Antes los pilares eran más pequeños y la gente no acertaba, con lo cual debia repetir todo y se generaban catastrofes”, dice Abrar Siddiqui, operario del hayy. Ahora, las explanadas son amplias y hasta compraron 226 buses electrónicos para trasladar inválidos a descargar sus pecados.

En Mina, a izquierda y derecha, blancas filas de peregrinos subiendo y bajando puentes. El paisaje tiene aire apocalíptico.  “Parecen almas luego del juicio final”, compara Ahmad Jailani, peregrino de Malasia. “Por eso se dice que el hayy es un ensayo de la muerte”. 

Una vez que te liberás en Mina de los demonios, te rasurás la cabeza, volvés a tu ropa habitua, y podés tener relaciones y protestar, como tanto te gusta. Mientras tanto, kilómetros más arriba, una multitud de ovejas y cabras son sacrificadas en nombre de todos nosotros. Recién entonces, se abre el camino para visitar la Kaaba, en Meca, la esperada casa de Allah.

Otros tiempos, misma esencia.  “Antes, todo era más complicado. Viajar 700 kilómetros desde mi casa en Jizan a Meca, llevaba dos semanas”, se acuerda Jabran Yahya Suleiman, barba blanca y larga, un saudi de 80 años que va por su peregrinación número 60. “Ahora, el hayy es como un picnic”.

Son otros tiempos, es verdad. El recorrido entre las colinas de Safa y Marwa, que replica la corrida deseperada de Agar, madre de Ismael, en busca de agua para su hijo, es hoy un pasillo techado, señalizado y marmolado. Antes las carpas eran un horno. 

Ahora, tienen aire acondicionado. Y en lugar del sacrificio ritual del cordero –que hizo Abraham, con permiso de Dios, en lugar de su hijo-, hoy el pegrino paga mil pesos en una oficina y recibe un ticket con el compromiso de que un matarife hará el trabajo por uno –despachan luego la carne a países necesitados-.  Cambiará la cáscara. Pero el sabor del hayy sigue intacto.

A medida que te acercás a la Kaaba, la direccion en la cual millones de musulmanes orientan sus cinco rezos al dia, tus oraciones tienen otro sabor. Cuanto más cerca de la Casa de Allah, más sientes la presencia del Dueño.

La Kaaba está de estreno. Un día atrás, le colocaron la nueva kiswa que cubre el templo: 670 kilos de tela importada de Italia y Suiza, bordados con 120 kilos de hilo de oro y plata. Durante ocho meses, 240 costureros se abocaron al trabajo. Además, una guardia permanente la repara cada vez que alguien decide recortar, de incógnito, un pedazo.

Viste, como tantos, imágenes de la circunvalación de la Kaaba en tevé: el milagro de la multitud girando en sentido contrario a las agujas del reloj, la sincronía perfecta del hombre ante su Creador. Conocerla en persona, es otra historia. Hay gente que la rodea, mientras habla por celular. Padres que llevan hijos y esposa detrás, sujetados a los hilos de su mochila como racimo de uvas. Hay un anciano doblado como una viga, sostenido por un hijo delante y por detrás otro masajeándole la espalda.

Tenés suerte: te acercás tanto que podés besar sus santos muros. La han perfumado y el perfume te pica en los labios. Das siete vueltas alrededor de ella, la forma en que Él nos revuelve hasta disolvernos en un mismo caldo. Cada vez que la vuelvas a ver en fotos, en la tele o donde sea, algo en tu interior dará un salto. Ya bastantes problemas trae explicar el amor que sentís por otra persona. Expresar cómo la Kaaba capta tu corazón, imposible.

Dios tiene un sentido del humor muy fino: plasma la peregrinación más numerosa del planeta, en un lugar donde prácticamente las veredas no existen, nadie se traslada a pie y muchas avenidas se cruzan a las corridas. En el monte Rahma, en Arafat, donde uno va a pedir, emplaza a media docena de mendigos –si querés pedir, te dice, primero debés aprender a dar-. En la Kaaba, la multitud casi traga tu ihraam y quedas desnudo, y por poco, te arrolla una mujer en silla de ruedas. Tras ascender 2.500 pies hasta la cueva de Hira, donde por primera vez el profeta Muhammad recibe la visita del ángel Gabriel, encuentras un puñado de monos y a dos comerciantes vendiendo celulares último modelo. No sabés cuál te sorprende más.

Al principio, pataleás. Todo eso, te decís, no corresponde a una “experiencia espiritual”. Luego, aceptás lo que viene. En definitiva, el musulmán acepta su destino. Y al final, zás, entendés. Así como te muestra su humor, a lo largo del hayy, Allah te enseña su generosidad: se disfraza de  peregrino de Uzbekistán, los dientes con funda de oro, y te rescata de una cueva taponada por la multitud. En el pico de sed de la tarde, te pone una pera en la mano. Y cuando el termómetro atraviesa los 40º, tiende a tus pies, una montañana de sombrillas –el rey entrega 115 mil como estas en cada peregrinación-.
Cada cual recoge del hayy el antídoto contra sus males. Cuando está apurado, le cierra el paso. Cuando está agotado, alguien llega a darle fuerzas. Cuando la muchedumbre parece un caos, irrumpe el llamado a la oración y las filas se ordenan como campos de maíz.

Uno regresa a su pais, renovado. Y, si Allah quiere, perdonado. En el aeropuerto, coinciden dos vuelos y en la aduana, se forman largas filas que no avanzan. Pasan 5. 10. 15 minutos. Y la gente empieza a protestar. Bate palmas. Dice que es una pérdida de tiempo, una falta de respeto y una vergüenza nacional. 
El mundo necesita más peregrinos.

(efcicco@gmail.com)
Fotos: Abdul Haqq Salaberria


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