webislam

Miercoles 29 Enero 2020 | Al-Arbia 03 Jumada al-Zani 1441
1040 usuarios en linea | Español · English · عربي

WebIslam.com

» Artículos

?=0

Diversidad cultural del Mediterráneo

Simposio homenaje a Pedro Martínez Montávez. Universidad Autónoma de Madrid/Centro Cultural Árabe Sirio, 27-29 de junio de 2007

24/11/2013 - Autor: Rodolfo Gil Benumeya Grimau - Fuente: benumeya.wordpress.com
  • 0me gusta o estoy de acuerdo
  • Compartir en meneame
  • Compartir en facebook
  • Descargar PDF
  • Imprimir
  • Envia a un amigo
  • Estadisticas de la publicación

Rodolfo Gil Benumeya Grimau
Rodolfo Gil Benumeya Grimau

Todos sabemos que el mar Mediterráneo y sus orillas, sus tierras, significan al mismo tiempo una pluralidad y una unidad; el circulo apenas abierto a dos o tres salidas, el gran foco y punto central siempre polo de humanidades, de corrientes creativas, de atracción. Médula de las ideas y sede de las grandes religiones, área de perenne cruce. Pero también zona de las mayores diversidades de la Historia.

El Mediterráneo es en sí mismo un foco, como acabo de decir, pero es asimismo un núcleo rodeado de áreas focales, de puntos de centralización. Urbes edificadas a lo largo de ríos o en terrenos con agua, a veces aprovechada mediante obras hidráulicas notables, o cruces de caminos comerciales, o núcleos ciudadanos con ambas circunstancias, o puertos naturales. Todo lo cual hizo necesario gobiernos estructurados, en principio constituidos por plutocracias que podían manifestarse como tales o bajo la forma de monarquías. Lo que significaba asimismo formalizaciones mayores del fenómeno y del culto religiosos, tanto más si la existencia de templos, santuarios, o lugares sagrados famosos justificaban y consolidaban los caracteres focales. E hizo necesarias agricultura, administraciones, construcción, escritura, geometría, cálculo, comercio, búsqueda de materias primas, etc., con los consiguientes contactos, diálogo y guerras.

Llamo áreas focales a las que recogieron en sí la atención de una cora étnica de mercado, religiosa y social, y potenciaron muchas veces una sección de ruta comercial. También a las que, orientadas hacia una zona de fuerte cultura, absorbían elementos de ésta y los reexportaban hacia su cora. Egipto en sí mismo a lo largo de su río cultivado y culto, las zonas cananeas, las ciudades árabes enfrentadas al mundo egipcio-cananeo y amorreo por un lado, que luego serían las abiertas al más amplio helenismo, las ciudades pertenecientes al mundo mesopotámico y elamita, por otro, que luego absorberían la irradiación persa-parto-sasánida, en torno a esa segunda parte del foco mediterráneo que es el Golfo Arábigo o Pérsico… Las ciudades que controlaban la bolsa del Mar Negro, las islas grandes, parte de Italia, parte de la Península Ibérica.

Nunca debió haber una separación bien definida entre áreas urbanas o fijas y áreas de expansión, viaje y nomadeo, ya que las primeras eran los puntos centrales en donde se resolvían buena parte de los intereses de las segundas, y la segunda eran el apoyo natural y el desahogo, u origen, de las primeras. Este fenómeno está bien reflejado en la historia del patriarca José, que pasa a ser primer ministro del faraón y egipcio él mismo; un latido y un ejemplo del mismo compás pero a la inversa que el de Sinuhé, príncipe egipcio fugitivo que llega a ser jefe y padre de beduinos. No había frontera entre el ser ciudadano y el ser nómada o viajero, salvo la de estar en una u otra situación. La estepa o la montaña seca y el valle fértil o el oasis viven juntos, igual que, en las civilizaciones lacustres, lo hacen el canal y el islote, la barca y la acera. Lo uno y lo otro se interfieren, se intercambian y se complementan.

En aquellas zonas con agua y foco religioso, o en las que tenían la capitalidad de un estado-ciudad o un estado más amplio, la jefatura civil se vio identificada muchas veces con la religiosa y éstas ser en parte la consecuencia lógica de una preponderancia económica en el control de los entornos. Determinadas familias o personas, especialmente conectadas con el comercio, salían consagradas con funciones religiosas que desembocaban en el poder civil. El habitante urbano debía sentirse más determinado a centrarse en una postura religiosa y un culto más concretos, por cuanto que constituían parte de su misma situación focal respecto a una zona de influencia económica y política sobre otras gentes.

En el caso árabe buena parte del comercio con La India y el monopolio del incienso y de la mirra, por ejemplo, eran base de dos rutas de transporte, una siguiendo la costa del Golfo y otra la del Mar Rojo, que arrancaban de un ancho asiento formado por las regiones del sur y sudeste de Arabia, en comunicación directa con Canaán, Siria y Mesopotamia, y desembocaban en los estados árabes de Petra, Palmira, Gassān, Al-Hīra, etc.

Pero también hubo otra ruta o haz de rutas, que comunicaba Egipto, a través de la península del Sinaí, con la misma Arabia y con Palestina, conectando por lo tanto el camino comercial que, de por sí, era el curso del Nilo, con la costa líbica, los oasis del Sahara y el resto del norte de África. El valle del Nilo era todo él un foco de economía y de religión para las gentes circundantes, en parte seminómadas; si bien parece haber habido tres punto de divinización fundamentales: uno, fijo, en On —Heliópolis—, cerca de El Cairo actual, otro oscilante en el Alto Egipto, finalmente fijado en Tebas , y un tercero, igualmente oscilante, en Nubia, finalmente fijado en Abu Simbel y en las islas contiguas del Nilo…En la península del Sinaí debieron estar los punto dedicados a los cultos de YHWH y de Sin. El oasis de Siwah, en el desierto occidental, era probablemente el centro de fijación religiosa, en torno al oráculo de Imen-Amon, del comercio saharaui.

Cabría buscar muchísimos puntos más de divinización en las grandes rutas comerciales —que fueron las mismas de las migraciones— en esta Antigüedad. En términos generales podemos pensar que las vías naturales del comercio provocaron la concentración del fenómeno religioso y del poder político en determinados puntos favorables, concentración que después se transformaba muchas veces en acumulaciones ciudadanas, focales como campos magnéticos hacia los entornos.

De este modo si, en el caso del este y sur del Mediterráneo del que estoy hablando, el movimiento de los pueblos se efectuaba, según todos los pareceres, de sur a norte y de este a oeste, pasando de una situación agrícola urbana a una móvil, y de ésta a una segunda agrícola, tal movimiento comportaba la fijación de algunos grupos y sus herencias culturales a lo largo de los caminos. Se creaban nuevas zonas focales o se potenciaban las existentes, lo mismo que se haría al final de las rutas para ser mercados del comercio.; con tendencia todo ello a la fijación del pensamiento en unas y otras formas de normas y comportamientos particulares. A la diversidad.

Del movimiento hacia el oeste de los pueblos y culturas semítico-occidentales y turanios, así como del de los helenos, surgen las culturas ítalas y andaluzas y una cultura amazigh que no llega a eclosionar y que permanece siempre subyacente. Lo que ahora llamamos Europa del norte absorbe éstas, y sus propias formas culturales creadas en puntos focales propios tratan siempre de verterse hacia el Mediterráneo.

Las cosas no son de hoy y ahora, sino que vienen de ayer y anteayer, y si no tenemos el sentido de la profundidad y de la causa-efecto seremos incapaces de entender lo que ocurre. Las ideas y las grandes religiones han creado en torno al Mediterráneo inmensas zonas espirituales, algunas en expansión, dotadas de poder y riqueza.

Es el poder y la riqueza, tanto materiales como espirituales con el dominio que significan, los que atraen violentamente a los pueblos indoeuropeos, que se vuelcan sobre el Mediterráneo norte y que poco a poco van constituyendo Europa. La forma espiritual y exclusivista del catolicismo, procedente del judaísmo y heredera en buena parte de otras figuras salvadoras orientales como Osiris y Mitra, va a ser la suya. Junto con las formas protestantes, a su vez derivadas de aquella. Ni el cristianismo ortodoxo, ni el copto, ni el arrianismo egipcio-visigodo, u otras maneras del cristianismo como el nestoriano de los lajmíes de Al-Hīra y el cristianismo monofisita de los gassaníes, ambos reinos árabes, o el mozarabismo (también católico) andalusí, han sido tan excluyentes hacia el sur como el catolicismo europeo y algunos protestantismos que han ido creando la separación y la fisura.

Porque lo cierto es que ha habido grandes tendencias integradoras con éxito, todas procedentes del mismo Mediterráneo: la helenística y persa a partir de Alejandro Magno, la romana, constructora de una Administración y de un imperio, la musulmana con un gran Califato, sobre todo durante los omeyas. Todas sufrieron de alteraciones y enfrentamientos, pero su defensa fue siempre contra el exterior. Y su tendencia fue siempre de entendimiento y mezcla de una manera u otra.

Es verdad que, con el Imperio Otomano, el Islam ha puesto en guardia a Europa con su deseo de conquistarla; un deseo y un intento que las grandes migraciones de este a oeste, en este caso procedentes de las estepas asiáticas, Atila, Gengis Jan, Tamerlán y los propios turcos otomanos, con una u otra religión hicieron siempre suyo. Temporalmente, la última en desearlo, también proveniente de esas estepas, pero con una ideología a cuestas, ha sido la Unión Soviética.

A partir del Imperio Otomano —salvando el periodo de las Cruzadas— ha habido por parte del occidente europeo, luego del occidente neo-europeo o sea del norteamericano, un intervencionismo cada vez más acentuado en la zona oriental del Mediterráneo con el propósito de dominar sus riquezas, sus pasos —Dardanelos. Canal de Suez, Mar Rojo y el Golfo— navegación y petróleo. Gran Bretaña ha sido la gran promotora de esta acción a partir del siglo XVIII, añadiéndole Gibraltar. El nacional-socialismo, el fascismo y el nacional-catolicismo trataron de oponerse a ello, evidentemente no con el empeño de ayudar a las sociedades del sur sino con el intento de sustituir a Gran Bretaña. Y cabe pensar que, en el triunfo del nacional-catolicismo en España, la misma Gran Bretaña tuvo su parte de acción para impedir que Francia se instalara en el Estrecho.

Se reequilibra internamente Europa y se reequilibra también en el Mediterráneo con la desaparición forzada de los colonialismos italiano, francés, inglés y español, por presión esencialmente norteamericana, constituyéndose las nuevas naciones casi todas ellas enteramente musulmanas, casi todas ellas en posesión de las materias primas. Surge el estado de Israel, rehabilitación ideológica de uno de aquellos pueblos semítico-occidentales removido por Roma, que a su vez viene a remover a otro pueblo dándole características similares, y que equilibra a favor de occidente a las nuevas naciones en posesión de las materias primas esenciales. Mientras tanto, la nueva y la antigua Europa contienen el avance de este a oeste de la Unión Soviética.

Pero llega un momento en que la Unión Soviética deja de avanzar. Ya no hay nada que sostener o frenar. Las estructuras montadas al afecto por las naciones occidentales dejan de tener justificación en tanto que las naciones mediterráneas implicadas, sobre todo en el sur, empiezan a reivindicar sus situaciones y a proceder a reformas. Las estructuras políticas y militares creadas por occidente necesitan de un nuevo enemigo en las fronteras y de un nuevo «emigrante en marcha» que amenace atacar de este a oeste, de sur a norte. Ni China, tal vez La India, o África negra, están en condiciones reales e ideológicas para representar ese papel.

Lentamente, pues, se va perfilando cual es el enemigo potencial que contiene su propia ideología y formas sociales de vivir, una ideología que ya fue contraria durante el imperio Otomano: son los países musulmanes del sur y del este, implicados en el dominio de los recursos energéticos, en evolución y reivindicativos pero pacíficos. Los medios informativos occidentales y algunas partes de sus clases políticas descubren un valor guerrero en la palabra árabe ğihād al que atribuyen el significado de «guerra santa» (con la imagen inconsciente de unos beduinos atacando a caballo alfanje en ristre), cuando en realidad quiere decir «esfuerzo, tesón en una vía» más personal que colectiva y es ciertamente uno de los pilares del Islam. La «guerra santa», el ğihād pomposamente dicho, se transforma en el símbolo de la peligrosidad de los musulmanes contra la que hay que mantener las viejas estructuras de defensa.

Por su parte, el Islam actual —en realidad, como siempre le ha ocurrido desde sus comienzos— está en plena ebullición de ideas y de actitudes en las que influyen ciertamente su adecuación a la Humanidad global en la que hemos entrado, a su extensión humana y geográfica, y a las vivencias de muchos de sus miembros incorporados a la sociedad occidental. Dentro del Islam coexisten los fundamentalismos y los modos más desarrollados y modernos. Las sociedades musulmanas, por otra parte, conocen mucho mejor a las sociedades occidentales que a la inversa, donde muchas veces persisten los viejos tópicos y desconfianzas renovados o los nuevos creados en estos últimos años. Y en las sociedades musulmanas se ha instalado una fuerte aprensión hacia occidente —basada en el colonialismo y neocolonialismo anteriores— que tiene su porqué en las guerras injustificadas, los asesinatos selectivos y las injusticias, creados también en estos últimos años.

El terrorismo, en este caso el llamado «islámico» dentro de los variados terrorismos que hay en el mundo, que es rechazado por la inmensa mayoría de la sociedad musulmana, tiene evidentemente una carga de fanatismo, de alienación y de incultura humana indudables, pero su impulso próximo o distante y sus motivaciones son oscuros, pendientes de hilos, planes, supuestas organizaciones y cinismos que todavía no son claros. Este terrorismo, como estamos viendo, favorece la conservación y el endurecimiento de las estructuras de defensa de occidente. Es el nuevo enemigo.

Junto al Islam mayoritario que evoluciona en la modernidad de forma natural, hay dos corrientes del mismo polarizadas en torno a dos combinaciones de poder religioso y de medios, expansivas de una manera u otra ambas, que son la sunní de Arabia Saudí y la shi‘í de Irán con sus focos de atracción religiosa; la primera aliada más o menos segura de Gran Bretaña y de Norteamérica desde su formación, y la segunda con una vocación imperial desde los reinados de los šah Pahlevi. La Shi‘a —Šī‘a— se está ahora extendiendo por Palestina bajo el movimiento político armado Ḥamās, y por el Líbano con Ḥizbu Al.lah y otros grupos; independientemente de por el Golfo, la propia Arabia Saudí y subrepticiamente por el Magreb.

Sin embargo, tanto la defensa vocacionalmente ofensiva de occidente, como la expansiva de una parte del Islam, debieran resolverse en la globalización en la que empezamos a estar inmersos; significando siempre, como estamos hablando, ‘una pluralidad y una unidad; el circulo apenas abierto a dos o tres salidas, el gran foco y punto central siempre polo de humanidades, de corrientes creativas, de atracción’. Diversidad cultural entremezclada y, por su propia entremezcla, abierta a toda clase de diálogos.


Anuncios



Escribir comentario

Debes iniciar sesión para escribir comentarios.

Si no estás registrado puedes registrarte en un minuto.

  • Esta es la opinión de los internautas, no de Webislam
  • No están permitidos comentarios discriminatorios, injuriantes o contrarios a la ley
  • Céntrate en el tema, escribe correctamente y no escribas todo en mayúsculas
  • Eliminaremos los comentarios fuera de tema, inapropiados o ilegibles

play
play
play
play
Colabora


 

Junta Islámica - Avda. Trassierra, 52 - 14011 - Córdoba - España - Teléfono: (+34) 957 634 071

 

Junta Islámica
https://www.webislam.co/articulos/91922-diversidad_cultural_del_mediterraneo.html