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Joyas de piedra para los dioses

India, huellas de historia en la roca

01/10/2013 - Autor: Pablo Donadío - Fuente: Página 12
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Halebeedu, templo dedicado a Shiva

Como cuadernos de láminas desvencijadas, acaso centinelas de un pasado glorioso, dos templos yacen inmóviles en el suelo de Hassan. Sus frisos, sin embargo, se extienden a uno y otro lado, como si adquiriesen vida propia sobre los inmensos muros, ladeando esculturas y perdidos a la suerte del humo del sándalo. En ellos se relatan batallas épicas sobre elefantes, amores de dioses y hombres, escenas sexuales e hitos de la religión hindú. Algunos brahmanes y sadhus, pero también personas comunes de túnicas coloridas y rostros pintados con bosta de vaca, se posan frente a ellos, elevan sus manos al cielo e intentan unir lo terrenal y lo celestial con su invocación.

Así el templo de Halebeedu consagrado a Shiva, dios guerrero defensor del hombre frente a los demonios, y el de Belur en honor a Vishnú, dios la preservación y la bondad, hacen de Hassan una ciudad imperdible y muy viva. Día a día llegan aquí muchos turistas pero también indios de otras regiones y pueblerinos que se quitan los zapatos, se arrodillan y piden por sus cosas, ya que ambos lugares se mantienen activos y representan un excelente sitio para comprender parte de la mitología hindú, relatada con maestría a través de los grabados. Las múltiples formas y colores que adquieren sus deidades, los curiosos rezos ofrecidos por los fieles, y los mercados montados como un circo alrededor de los templos son parte de la historia que sigue escribiéndose.

Primera lectura

Viva, sagrada, sensual. Cada rincón de la India atesora una historia atrapante para contar. Aquí, bien al sur, en el departamento de Karnataka, Hassan se muestra hoy como una ciudad tranquila pero muy visitada, reconocida como viejo centro de la literatura jainista. Gobernado por los hoysalas con toda pompa entre los siglos X y XIV, el distrito fue un centro de arte y música para la época, cuando se construyeron los legendarios templos de Halebeedu y Belur, índice del momento de mayor esplendor de la dinastía, cuando florecieron verdaderos expertos en el cincelado.

Hacia el primero de los pueblos nos conduce Suri –nuestro contacto local y también chofer–, unos 27 kilómetros al noroeste del centro de Hassan. La ruta por la que andamos es devorada a cada instante por las ondulaciones del terreno y los campos inundados para el arroz. En ese camino predominan los camioncitos cargados de plátanos y algunos tuk-tuk o rickshaws, como les llaman a los motocarros locales. Bueyes y hombres que caminan por el asfalto sin banquina, así como algunas vacas que merodean sin inmutarse, son sorteados por el talento al volante de Suri, que ni se despeina, confiado en que Ganesha, el dios cabeza de elefante a quien los conductores entregan su destino, nos cuidará.

A la media hora el atascamiento, un denominador común universal, anuncia la llegada. Antigua capital del imperio, conocida con el nombre de Dwarasamudra, Halebeedu muestra imágenes bien rurales, con mujeres lavando sus saris en los ríos, hombres cosechando arroz en campos verdes y luminosos, y mucha presencia de ganado. En el centro de la población, rodeado de un mercado donde abundan vendedores de telas, inciensos, postales y figuras religiosas talladas en piedra, se vislumbra la principal atracción: el templo. Cruzamos la calle hasta un comedor donde el arroz y el picante nunca faltan, y al rato de sobremesa llega Gutva, guía e historiador con quien iniciaremos la visita al predio. Cruzamos primero un jardín y una angosta vereda de piedra, y ya más de cerca entendemos el porqué del intrincado desa-rrollo del edificio: sus contornos son los que requieren cada escena y personaje, en las dimensiones que le corresponden a su lugar de privilegio o duración de la contienda.

En medio del templo está el santuario, activo permanentemente, y razón por la cual entramos descalzos, como en todos los templos nacionales. Enfrente hay un pequeño pabellón donde descansa la enorme figura sentada de Nadi, el toro sagrado y vehículo de Shiva, asociado también con la fertilidad. Cuentan que la construcción del complejo comenzó en el siglo XII y requirió 86 años, pero nunca se terminó. Pese a que en el interior hay ornamentos muy bellos y se concentran los rezos en sus variadas formas (parados, con las manos elevadas al cielo, de rodillas y hasta dando pequeños saltos y girando sobre el propio eje del cuerpo), sin dudas el atractivo lo establecen los muros exteriores. Todos están cubiertos con una variedad sin fin de diosas y dioses, reyes y bailarinas, animales, pájaros y plazas naturales, donde se libran las principales batallas, retratadas con carros y monstruos de varias cabezas, luchando frente a hombres con arcos, flechas y demás armas. Lo aromático y lo visual cobran un rol preponderante en los pasillos, y una a otra las sensaciones se maximizan a tal punto que las perfectas siluetas talladas y rodeadas del humo tibio del sándalo parecen cobrar vida en los relatos de Gutva. “Este templo nunca pudo terminarse. Estas figuras, que para muchos son de las mejores que pueden verse en el mundo, atraen a estudiosos del arte, la música y la fotografía, pues guardan los secretos no sólo de batallas, dioses y amores, sino de esa historia inconclusa. En las millones de figuras y relatos que hay aquí, no hay dos esculturas que sean iguales, y ése es otro gran tesoro”, asegura el guía.

Rumbo a Belur

Unos 20 kilómetros nos separan de Belur, y allá vamos otra vez con la suerte como aliada en la ruta 234. Más pequeña que Halebeedu, esta aldea a los pies del río Yagachi se luce con algunas callecitas, su plaza y el arco de entrada al templo, en honor a Vishnú. También activo, en él predomina el portal de acceso dorado y empinado, tallado hasta lo imposible y cuyo final simboliza los cuernos de una vaca. Mencionado por muchos textos como un sitio religioso dedicado al dios Krishna, no se aclara que para muchos (en el hinduismo hay varios millones de dioses) Vishnú es visto como dios, mientras Krishna sería una de sus encarnaciones, por lo cual sería casi lo mismo.

A diferencia del de Halebeedu, éste sí está completo (y vaya si lo está), y fue levantado por orden del rey hoysala Vishnuvardhana, su nieto y su bisnieto, que tardaron 103 años –desde 1116 a 1219– para completarlo. Su plataforma en forma de estrella, rodeada por otras construcciones y un lago sagrado, genera nuevamente un asombro desbordante. Todo es recargado, soberbio y espiritual. Los muros se cubren con enmarañadas esculturas sin un solo espacio libre, y una larga fila de elefantes, caballos y leones se asocia con episodios gloriosos y poéticos, con escenas eróticas y virtuosos danzantes de cuatro manos. Gutva asegura que cada uno de esos millones de dioses tiene un lugarcito en algún rincón de estos muros, cuestión incomprobable por cierto. A diferencia del anterior, aquí parece haber más fieles que visitas, y las intensas muestras de devoción se extienden del friso más humilde hasta las figuras de rostros y proporciones humanas, distintas de otras representaciones de dioses inmensas, como abundan en otras partes de India.

El edificio central tiene muchos avatares y reencarnaciones del dios Vishnú, y da cuenta de una religión que carece de una doctrina única, y por tanto está sujeta a interpretaciones parciales, relativas y propias de una u otra rama. Frente al salón central está la estatua de Garuda, ave y vehículo celestial de Vishnú, y del otro lado, hacia las afueras, subyace el mundo mercantil cargado de puestos, garitas y vendedores ambulantes. Nos quedamos sentados contemplando la entrada y salida de fieles, y de repente suenan campanas que anuncian el inicio de un nuevo rezo. Tras el último timbre todo se calla, y en medio de tanta inmensidad sobreviene un silencio estremecedor, donde escena y tiempo se vuelven una misma cosa, y hasta al más agnóstico algo le toca por dentro. Compramos un pequeño dios en roca, y nos vamos sin decir palabra.

Pasión por el arte

En tierras míticas de maharás, la dinastía Hoysala tuvo su momento glorioso hasta que los ejércitos musulmanes del norte marcaron su decadencia y posterior final. Sus distintos líderes gobernaron la mayor parte del actual estado de Karnataka entre los siglos X y XIV, comprendido también por parte de la actual Tamil Nadu y Andhra Pradesh. En esos cuatro siglos hicieron de su capital Belur, y posteriormente Halebeedu, dos enclaves no sólo políticos sino también artísticos. Fueron asimismo una suerte de mecenas que fomentaron el florecimiento de la literatura en canarés y sánscrito, aunque sobre todo la arquitectura dominó su existencia.

Los dos templos en honor a Shiva y Vishnú son la muestra fehaciente de una destreza proveniente de las colinas de Malnad, en la meseta del Decán, bajo un despliegue singular, provisto desde luego de una carga religiosa preponderante. El trabajo en todos sus frisos representa estratos de distintos niveles de la existencia, y lleva todas las facetas de lo divino y lo humano a escenas inspiradas en Ramayana, Mahabharata y Bhagavad Gita, las grandes epopeyas indias. El uso de piedras minuciosamente elegidas les permitió a sus artistas trabajar los relieves hasta lo imposible, imprimiendo en las figuras un movimiento y una vida que los eleva de la roca.

Su composición, no muy dura pero sí resistente, posibilitó que los templos se conserven en el tiempo, ofreciendo la perfección alcanzada por sus escultores, que para muchos son considerados orfebres: la abundancia de joyería, la variedad de peinados y tocados que lucen las figuras cinceladas son sorprendentes. Algunos guías sostienen que se han levantado entre mil y mil quinientas estructuras durante la dinastía, de las cuales alrededor de un centenar permanece hoy en día en distintos rincones de India. Sin embargo, son 18 los templos completos que se les asignan a los hoysala, entre grandes y pequeños, aunque todos meticulosamente construidos. Algunas agencias del sur promocionan un tour por esos distintos complejos, con la posibilidad de examinar la arquitectura medieval hindú de la tradición Karnataka drávida, ya considerada independiente en el recorte de lo estrictamente hoysala. Eso ocurre gracias a sus características innovadoras, como el uso de la piedra del talco (además de la clorita y la esteatita), considerada como el límite de lo blando, y los efectos de luz y sombra logrados en las paredes talladas. En Belur, hoy en día la capilla privada del santuario muestra al mismo Shiva girando la rueda de creación y destrucción, acaso la ruleta de nuestra existencia ilusoria.


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