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Atlas místico de la hospitalidad-trashumancia

Prólogo al nuevo libro de Reyna Carretero Rangel, publicado por Editorial Sequitur

11/09/2013 - Autor: Eduardo González Di Pierro - Fuente: sequitur.es
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Óleo de Portada por Miguel Ángel López Medina

En verdad muy pocas veces, en la actualidad, podemos encontrar auténticos textos filosóficos que sean originales, creativos y, al mismo tiempo, no abdiquen del cometido esencial de la filosofía, desde su surgimiento hasta nuestros días, a saber, el de construir conceptos para llegar a buscar –que no a encontrar- con mayor profundidad, la Verdad y la esencia de la realidad, bajo sus diferentes formas, advocaciones y manifestaciones.

El libro que tenemos el honor de prologar constituye, sin duda alguna, una rara avis en el panorama editorial filosófico de estos primeros lustros del siglo XXI, verdadero oasis en el desertificado panorama editorial filosófico contemporáneo. Texto que aglutina en sí mismo, como resultado de las investigaciones de su autora, la Dra. Reyna Carretero, inteligencia, originalidad, sensibilidad, erudición, y aportación conceptual.

Una de las principales tendencias contemporáneas ha sido, dentro de los estudios filosóficos y afines, la multidisciplinariedad o transdisciplinariedad, -no entraremos aquí en la discusión de la terminología al respecto-. Pues bien, el libro, de sugerente título sin duda, Atlas místico de la hospitalidad-trashumancia es paradigmático en cuanto a tal tendencia. Es un libro ejemplarmente multidisciplinar. Abreva de la fuente nutricia de la filosofía occidental como buena parte de su sustento teórico y conceptual, y va dialogando con diferentes disciplinas como son, entre otras, la historia, la antropología –cultural y filosófica-, otras tradiciones filosóficas, la religión, la filología; y, dentro de la filosofía misma, se ponen en juego, de manera igualmente creativa y productiva, la estética, la ética, la filosofía del lenguaje, la filosofía de la religión, la historia de la filosofía, la filosofía de la cultura, entre otras.

Igualmente, las dos categorías que presiden el poderoso entramado de todo el texto, a saber, la hospitalidad y la trashumancia, no habían sido objeto de tratamientos amplios y de grande aliento, como el de este trabajo. Es verdad que sobre el ser hospitalario y sus variantes han escrito filósofos de diversas épocas, y, como ejemplo de ello en nuestro tiempo, entre otros, lo han hecho inmejorablemente María Zambrano y Emmanuel Lévinas, no gratuitamente protagónicos como interlocutores de Reyna Carretero. Sobre le trashumancia, aún menos. Ya esto debe mover a cualquier genuino interés filosófico a sentirse atraído hacia su lectura, misma que, ciertamente, en un primer momento, podrá parecer tarea ardua, pues, a la profusión de autores, corrientes de pensamiento, figuras simbólicas, elementos históricos, hay que agregar la profundidad de pensamiento de la propia autora que se despliega como forma definitiva de sus intuiciones previas y que utiliza todo el riquísimo bagaje ya mencionado, como verdadera herramienta para construir su propia concepción sobre los fenómenos, indisociables para ella, de la hospitalidad y de la trashumancia; de ahí que la “y” conjuntiva se convierta, bajo la visión de Reyna Carretero, en un guión, igualmente conjuntivo, pero mayormente expresivo respecto de la continuidad que hay entre ambas categorías.

Quizá la teofanía sea la expresión culminante y más sublime de toda teología y, en forma más concreta, de toda religión. Se trata de la manifestación de la divinidad y, aunque tal manifestarse pueda darse de distintos modos, su principal rasgo es su potencia para el ser humano. Gran parte del “esqueleto” que soporta al corpus hospitalario-trashumante, lo constituye la exploración impresionante que lleva a cabo Carretero acerca de distintas modalidades teofánicas. Sin pretender agotarlas todas, -no es su propósito, desde luego, y, además, no tendría ello mucho sentido- ella va dando cuenta de muchas de las formas de teofanía que tienen su origen e inspiración en los relatos bíblicos y evangélicos en especial, y va construyendo un entramado que se sirve de varios autores –filósofos y no- que muestra conocer con profundidad: la filosofía y la cultura de la Antigua Grecia, los ya citados Lévinas y Zambrano, pero también Paul Ricoeur, Primo Levi, Víktor Frankl, Peter Sloterdijk, Deleuze y Guattari, así como literatos de distintas épocas, desde Dante y Goethe hasta Rulfo y Borges. El resultado es una inusitada muestra de agudeza para configurar lo que podemos denominar el “espacio teofánico” precisamente como clave de esta narrativa propuesta por la autora.

Concomitantemente, es parte central del propósito de Reyna Carretero, la de ir mostrando un recorrido en que los contenidos de las tres grandes religiones monoteístas se ven no como oposiciones, derivaciones, complementos, superaciones o correcciones, sino como manifestaciones teofánicas en línea de continuidad; este continuum teofánico, si podemos llamarlo de ese modo, es el mismo, pero sus advocaciones particulares, como sabemos, son diferentes en las tres diferentes tradiciones religiosas referidas. Esto abona para una comprensión mucho más integral del fenómeno de lo sagrado, pero tal comprensión se da porque hay detrás todo un análisis conceptual, no siempre fácil de reconstruir, más que un mero análisis descriptivo, de corte historiográfico, sobre las religiones, lo que ha conducido con frecuencia a malinterpretaciones, visiones parciales, apreciaciones superficiales, comparaciones innecesarias, etc.

Digamos entonces que Reyna Carretero descubre una nueva koiné (lengua común) en este binomio de hospitalidad-trashumancia. Una koiné que constituye una auténtica propuesta para superar las aparentes diferencias entre las religiones, sus libros sagrados, sus expresiones dogmáticas, etc., propugnando, en cambio, una concentración en los muchos puntos comunes que existen entre ellas y que, cuando uno lee con atención el libro, son muchos más de lo que cualquiera supondría. Buena parte de esta "lingua franca", sin duda, está representada por ese adjetivo que acompaña en el título al de Atlas, es decir, místico. Por supuesto, como el lector tendrá ocasión de ver, se trata de un misticismo sui géneris, fundado en la experiencia mística originaria y común a los seres humanos, independientemente de la adscripción religiosa o la cosmovisión que posean, de ahí que absuelva de manera impecable esa función de koiné. Místico, en esta obra, puede entenderse como "espiritual" en el sentido filosófico que en la modernidad occidental encontró su culminación en la noción misma de Geist en la filosofía alemana romántica y postromántica, aunque, desde luego, desde la perspectiva e intención de la autora, sin duda el adjetivo mencionado va todavía más allá de ello; cabría por tanto, hablar de mística en el sentido de la experiencia de unión o asimilación con la divinidad, pero también de actitud respecto de las diferentes formas de la realidad, actitud que tiende a la "espiritualización" de los elementos que se presentan ante la percepción y  emoción humanas.

De este modo, uno encuentra, en igual solución de continuidad, la convivencia conceptual, que no es fruto en ningún momento de un eclecticismo acrítico o arbitrario sino de una selección pensada y creativamente combinada, de personajes y autores aparentemente lejanos entre sí como Abraham y Muhammad –Mahoma-, como Jesús y Jidr, o Moisés y Shams de Tabriz, o todavía más, María y Rumi, por mencionar algunos. La presencia paulina es, igualmente, significativa como expresión de variedad en la unidad a propósito del cristianismo en su fase de ascenso para consolidarse en su pretensión de religión ecuménica, y Reyna Carretero recupera esa visión original, no sólo del cristianismo, sino de las tres grandes manifestaciones monoteístas en su afán itinerante y hospitalario, que cobra dimensiones distintas en cada una, naturalmente. Abraham representa ese largo camino que se vuelve éxodo, la hipóstasis del exilio, vivencia que nos describe inmejorablemente María Zambrano, interlocutora privilegiada de Carretero por sus finos análisis filosóficos sobre la expatriación y el consecuente ser hospitalario, de la que ella misma fue, en diferentes momentos, depositaria.

Igualmente, el tratamiento que la autora realiza sobre los distintos filósofos occidentales, es acorde con la temática que requiere en determinado momento. Es decir, ella sabe muy bien "apropiarse" de los filósofos y filósofas para desarrollar sus propias tesis acerca de las categorías mencionadas, así como otras derivadas y concomitantes desprendidas de ellas. Lo que hemos mencionado respecto de María Zambrano, por ejemplo, es aplicable a Emmanuel Lévinas, pensador que también preside y guía varios de los planteamientos de Carretero.

Este Atlas místico de la hospitalidad-trashumancia es en verdad, un Atlas, una guía topográfica de la identidad narrativa que constituye al ser humano contemporáneo, es decir, que nos constituye; su abordaje en perspectiva universal permite que casi todas las consideraciones filosóficas vertidas puedan aplicarse para pensar también, por ejemplo, en la realidad mexicana, en la que, especialmente en tiempos recentísimos, ha visto transfiguradas estas categorías, en sentido negativo, pero también en sentido positivo. Y es que, leyendo el Atlas, uno puede percatarse, por ejemplo, de cómo la "hospitalidad mexicana" había sido objeto de tratamientos superficiales, por lugares comunes, edificándola en un rasgo distintivo que, sin duda existente, no era profundizado, sino tratado en forma de mito folklórico a lo sumo y vuelto incluso en "fetiche cultural"; si cruzamos la lectura de la  obra de Reyna Carretero con los duros acontecimientos que aquejan a la sociedad mexicana de la última década, nos percatamos de cómo esa visión "romántica" e ingenua de la hospitalidad es socavada, para dar lugar a un replanteamiento de la misma categoría que, sin duda, sigue constituyendo un fundamento de la actitud del pueblo mexicano respecto de los visitantes, pero con claves diferentes de interpretación y dando cuenta de una complejidad fundada en una particular visión de la propia alteridad cultural. Esto sólo como un ejemplo de la riqueza interpretativa a la que este libro da lugar.

No resta más que recorrer este Atlas, que tiene estación de partida y de llegada, aunque esta llegada, se insinúa en varios momentos de la obra, no es nunca definitiva, un poco como el ya citado Lévinas hace ver respecto de la lectura de las gestas de Ulises, que, para el pensador lituano y su perspectiva filosófica, no es un héroe suficientemente radical, porque justamente "regresa a Ítaca", y este regreso es por él interpretado como una abdicación del abandono absoluto del ser humano respecto de la seguridad de su ser, lo que impide, en su propuesta, abrirse a la alteridad en todas sus formas. Nos parece que el libro de Carretero constituye, como todo Atlas que se precie de tal, un rico entramado de mapas, en este caso conceptuales, muy detallados, que permiten la ubicación perfecta de los lugares que uno quiere encontrar, y que son muchos. En la abrupta y compleja geografía de la filosofía de la cultura, esta guía se vuelve de valor inusitado. Al igual que su homólogo estrictamente geográfico, este Atlas místico podría leerse sin problemas en un orden distinto al acostumbrado, o recorrer sus páginas saltándonos apartados o capítulos, para luego volver a ellos, sin detrimento del sentido y la significación profundos que los temas abordados poseen.

Una salutación para la publicación de este Atlas místico de la hospitalidad- trashumancia que, estamos seguros, contribuye de manera seria y objetiva, a la apertura de temáticas de pensamiento poco exploradas, por un lado, y, por otro, al deleite que representa percatarse que, en el convulso y difícil panorama que se presenta a la filosofía y las ciencias humanas en la actualidad, existe una obra capaz de orientarnos para salir justamente de una crisis amenazadora para la propia filosofía y, por ello, para el futuro de aquello que verdaderamente nos constituye como seres humanos, en sentido individual, comunitario e histórico.

London, Ontario, Canadá y Morelia, Michoacán, México, junio de 2013.


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