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La Política Internacional explicada con la Física Clásica de Arquímedes

Esta uele ser demasiado complicada de entender como para poder formarse una opinión precisa sobre los fenómenos que atestiguamos habitualmente a través de los medios de comunicación

04/09/2013 - Autor: Moámmer al-Muháyir - Fuente: Webislam
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Una pequeña fuerza bien aplicada puede cambiar el mundo

"Dadme una palanca y moveré el mundo".
Arquímedes, 287 a 212 a. C.

Introducción:

Para muchas personas, la política internacional suele ser demasiado complicada de entender como para poder formarse una opinión precisa sobre los fenómenos que atestiguamos habitualmente a través de los medios de comunicación, fenómenos que tienen una causa que podría definirse como 'política', pero que son ante todo hechos económicos y sociales, porque afectan directamente a la vida, la salud, la economía y la opinión de miles de millones de personas a lo largo y ancho del planeta. Para esas personas, está dedicado este artículo.

La política y especialmente la política internacional, como muchas otras disciplinas que tratan con conceptos y fenómenos intangibles o enteléquicos, responde a las mismas leyes que el mundo físico. Estoy convencido de que eso es exactamente lo que quiso decir Jesús (la paz sea con él) cuando dijo según los Evangelios: "Como es arriba, es abajo". Por eso creo que para evaluar y analizar correctamente fenómenos políticos es tan importante estudiar ciencias naturales.

En este breve artículo intentaré demostrar la validez epistemológica de un conocido axioma político del sacerdote, pacifista y militante sudafricano contra el régimen racista del Apartheid, Desmond Tutu:

"Si eres imparcial ante las injusticias, ya has escogido el lado del opresor".

Para hacerlo me serviré de la física más elemental expuesta hace más de 2000 años por el maestro Arquímedes de Siracusa, y de su famoso "principio de la palanca", y bajo esa óptica analizaremos y compararemos dos puntos de vista políticos bien conocidos entre nosotros: el de la izquierda clásica, y el de las modernas centroizquierda, centroderecha o simplemente, "centro". Estas dos corrientes del pensamiento moderno se disputan espacios dentro del espectro que conocemos como progresismo, y me referiré a ellos bajo los nombres de "defensores de la justicia" y "defensores de la imparcialidad" respectivamente, basándome en un análisis sociopolítico que publiqué anteriormente en el que contrapuse los criterios de justicia e imparcialidad durante la resolución de conflictos, explicando cómo la imparcialidad conduce a la injusticia y al agravamiento de la situación que se intenta resolver. Este artículo podría considerarse entonces un marco teórico o una exégesis epistemológica del anterior, y en caso de que durante la lectura de éste les asalte la duda de si el paralelismo entre física y política está bien hecho y se sostiene en la práctica, deberán consultar el artículo previo para ver más ejemplos de la vida real:

Resolución de Conflictos: La Justicia vs. La Imparcialidad

En este artículo entonces se usará el modelo de la balanza y su relación entre dos polos o fuerzas opuestas para explicar cómo funciona la política, y por ende se intentará justificar y explicar una conclusión política en base a las leyes de la física clásica, aplicando sin ninguna licencia semántica ni eufemismo de ninguna clase conceptos como equilibrio, simetría e inercia, a los conflictos humanos. El paralelismo es mucho más profundo y rico de lo que yo podré expresar en este breve ensayo y espero que el buen entendedor pueda intuir cuánto. Pero si bien en mi experiencia he probado esta teoría sometiéndola a todo tipo de antítesis, carezco del tiempo y la claridad expresiva para exponer tales detalles y pormenores en este artículo. Mas bien, agradezco a Dios haberme concedido el momento y la claridad para poder ponerle palabras a esta idea que uso para fundar mi orientación política desde hace probablemente tres décadas.

Justificación metodológica

Sin embargo, antes de continuar es necesario hacer una justificación metodológica y explicar por qué es pertinente y justo usar el paralelismo de una balanza y su modelo de equilibrio entre dos polos para describir la política, y no otro.

Los abanderados de la diversidad se preguntarán, ¿por qué no hay más opción que elegir entre dos polos? ¿Por qué uno está obligado a elegir, por ejemplo, entre un adversario político y otro? ¿No hay una tercera opción, una cuarta, o una quinta? ¿Dónde está la diversidad?

La verdad es que en muchísimos campos de la vida humana las opciones son muchas y diversas, y están en igualdad de condiciones. Pero la política no es uno de ellos, porque es un campo de resolución de contradicciones.

La política se asemeja a la mitosis celular: se produce por polarización. En la mitosis o división celular, los orgánulos internos de la célula comienzan a dividirse; y se dividen por dos, no por tres ni por cuatro. Entonces se agrupan cada copia en dos extremos opuestos de la célula. Cuando se ha producido una copia de cada orgánulo y se han agrupado en polos opuestos de la célula, la membrana celular se estrangula y la dos células se separan. Así se reproducen las células de nuestro cuerpo gracias a la polarización, diviéndose en dos, no en tres ni en cuatro.

Así también es la política y muchas de las coyunturas de la vida humana, pues están basadas en contradicciones, en un enfrentamiento entre opuestos equivalentes. No hay cuatro polos ni tampoco tres: sólo hay dos, y el resto de los actores políticos se alínean en uno u otro polo, aún cuando puedan conservar un alto grado de independencia de criterio. Cuando aparece una tercera alternativa en política rápidamente desplaza a uno de los dos polos previos y se vuelve a producir un equilibrio bipolar. Y cuando se cae en la unipolaridad, tarde o temprano volverá a formarse otro polo que la compense.

Las evidencias de este fenómeno las podemos encontrar en nuestra propia experiencia democrática, ¿cuántas opciones reales encuentras cuando vas a votar? ¿Muchas? Votar... ¿es como ir de compras al supermercado? ¿Cuántos de ustedes acaban votando al menos malo, en lugar de alguien que verdaderamente represente sus ideales?

Si recorremos el mundo veremos que las democracias parlamentarias, por más que estimulen la diversidad de opciones, siempre acaban cayendo en el bipartidismo: Peronismo vs. Radicalismo en Argentina, PP vs. PSOE en España, Republicanos vs. Demócratas en Estados Unidos, y estoy seguro de que ustedes pueden encontrar muchos más ejemplos a lo largo del planeta. Esta es la realidad, porque los actores políticos no hacen más que representar ideas que ya existen en forma polarizada y opuesta en la mente de la población. La política es el arte de lo posible, no un supermercado donde entras y eliges lo que quieres.

Acotaciones importantes al modelo

Las únicas contradicciones humanas que se pueden resolver realmente elegiendo una tercera opción son las falsas contradicciones, por ejemplo cuando un movimiento político propone el dilema de si echar a los inmigrantes o exterminarlos. Aquí aparece el engaño, y las situaciones derivadas del engaño son tan complejas que no serán abordadas ni explicadas en este artículo. La realidad es que la inmensa mayoría de las personas en nuestra sociedad no sabe resolver contradicciones clásicas, ni usar su peso específico para que el sistema colectivo mantenga el equilibrio entre dos polos sin romperse, ¿cómo pretenden entonces encontrar siempre una tercera posición? Precisamente, para enseñar a la gente a resolver una contradicción simple y a posicionarse políticamente en aras del equilibrio colectivo, situación que nos encontramos habitualmente en la vida diaria y especialmente en la política, es que usaremos el ejemplo de la balanza.

Otro punto primordial por aclarar es que este modelo de balanza sólo sirve para resolver contradicciones entre opuestos equivalentes y horizontales, como por ejemplo el que se da entre la búsqueda de la libertad individual y el bien colectivo. Cuando los opuestos no son equivalentes y están en posición vertical no hay equilibrio posible, y buscar un equilibrio entre ellos es una inmoralidad. Por ejemplo, si pretendemos buscar un equilibrio entre el bien y el mal, entre el comercio y el robo, entre la honradez y la hipocresía. Ciertamente, este es el modelo de equilibrio en el que acaban cayendo los defensores de la imparcialidad.

Marco teórico

Toda injusticia es causada por un conflicto humano y es a su vez causante de nuevos conflictos humanos. Una injusticia es básica y técnicamente una asimetría o desigualdad, es decir, una pérdida del equilibrio natural que las personas identificamos como una aceptable paz, en la cual la vida y sus funciones primordiales son posibles. En la naturaleza, el equilibrio, la belleza, la efectividad y la justicia se expresan como simetría o igualdad entre dos extremos. De hecho se ha probado que la simetría en los rasgos faciales y corporales son fundamentales en la elección de pareja tanto en el ser humano como en otras especies, porque indican salud genética, y la salud en la naturaleza se expresa como simetría y belleza.

En la política internacional, las injusticias habitualmente son el resultado de conflictos provocados intencionalmente, como una invasión u opresión del más fuerte contra el más débil; y engendran a su vez como reacción inevitable conflictos insoslayables como las revoluciones, porque someten al sufrimiento a un grupo de personas reales dentro del tejido social.

Lógicamente, para solucionar una situación de injusticia debemos restaurar el equilibrio natural de la sociedad humana, en este punto tanto los defensores de la imparcialidad como los defensores de la justicia estamos de acuerdo. Para darnos una idea de qué clase de equilibrio es este, podemos simplemente entenderlo como una balanza clásica, cuyo arco, que sostiene dos platillos uno en cada extremo, reposa en posición horizontal sobre un punto de apoyo, es decir en equilibrio.

Entonces, supongamos que la sociedad humana es una balanza en equilibrio. En cada punta de su arco hay un platillo, ambos están a igual distancia del punto de apoyo central. Pero de repente, supongamos entonces que para inclinar la balanza a su favor, alguien coloca un ladrillo en el platillo más cercano a él, mientras que la persona o grupo humano desfavorecido por tal acción, quien está al otro lado de la balanza, sólo puede colocar una nuez en el otro platillo. Se produce entonces el desequilibrio, la asimetría, desigualdad o injusticia, que tanto los abogados de la justicia como los abogados de la imparcialidad decimos querer solucionar.

Buscando restaurar el equilibrio del sistema colectivo

Siendo imparciales

Ante un desequilibrio evidente que amenaza con desmoronar el sistema entero y la relación recíproca entre opuestos, muchas personas alrededor nuestro intentan tomar distancia del conflicto recurriendo a la imparcialidad. Su actitud suele ser establecerse como árbitros, mediadores, o simplemente como una "tercera posición", adoptando una posición central entre dos fuerzas en puja, una mayor y otra menor. Y para demostrar que no tienen favoritismos "hacia ningún bando" como suelen decir, se posicionan a igual distancia de ambas fuerzas, en el justo y exacto centro. Llaman a eso "imparcialidad" y colman de pomposos elogios a quienes buscan lograr esa imparcialidad.

Pero la imparcialidad sólo es igual a equilibrio cuando el equilibrio ya está dado. Ante una situación de asimetría, la imparcialidad no hace más que convalidar el desequilibrio y poner al mediador en la posición exacta de claudicar ante la presión del más fuerte. Y luego, cuando claudican ante los intereses del más fuerte, los mediadores imparciales suelen lamentarse con fingida sorpresa: "Hemos tomado esta decisión difícil por razones de fuerza mayor...", como si hubiera sido imposible preveer que el juego de fuerzas daría ese resultado tan previsible. Vemos entonces que ya sea por ignorancia o conveniencia, los abogados de la imparcialidad omiten las leyes físicas a las que responde todo conflicto humano, y especialmente un principio fundamental de todo cambio o movimiento: la inercia.

Pero apliquemos el método de la imparcialidad a ver cómo funciona. Digamos entonces que el ladrillo está a la derecha y pesa 20 veces más que la nuez. Si el peso no se equilibra, el platillo derecho caerá hacia la derecha arrastrando a toda la balanza con él. Colocar el arco de tal manera que se apoye justo en el medio, a igual distancia de ambos platillos, sin conceder más espacio en el arco a ninguno de los dos... ¿permitirá a la balanza mantener su equilibrio?

Nota: el ladrillo que ves a tu izquierda es el platillo derecho de la balanza, no el izquierdo. Recuerda que esta figura es una representación gráfica de un fenómeno humano, por lo tanto cuando observas a alguien de frente su derecha es lo que ves a tu izquierda. Todos los espejos de baño mienten y dan una imagen falsa, el único espejo donde verdaderamente puedes verte reflejado, es tu prójimo.

Obviamente la balanza no se equilibrará. ¿En qué dirección seguirá inclinándose la balanza? ¿Hacia la izquierda? No: hacia la derecha, en la misma exacta dirección que ya se inclinaba antes. Queda demostrado como dijimos antes que ponerse en medio de dos fuerzas en puja no hará más que dejarnos a merced de la fuerza mayor, convalidando y continuando la situación de asimetría que supuestamente intentábamos resolver. Pero además de esto, en la práctica de la convivencia humana, cada vez que alguien "imparcial" se suma al conflicto de esta manera el opresor obtiene más peso y más recursos a su favor, porque los actores capaces de intervenir en un conflicto humano siempre son muy limitados a lo largo del tiempo, y el fallo final de la opinión general se determinará en base al fallo promedio de todos los mediadores que hayan intervenido en el conflicto. Y al igual que en una elección democrática, los indecisos acabarán inclinándose por la mayoría.

Así se prueba la veracidad del axioma de Desmond Tutu: quien se posiciona en el medio de dos fuerzas asimétricas, resulta arrastrado por la fuerza mayor. Entonces, aplicando esto a los términos políticos, podemos afirmar que quienes intentan ser imparciales entre el capitalismo y el socialismo, por ejemplo, en la práctica terminan actuando y comportándose como capitalistas. Y de hecho, la experiencia corrobora esta conclusión lógica. Esto es porque al hacer palanca contra el oprimido, el opresor aplica toda su fuerza e influencia sobre el punto medio, sobre los mediadores. Y si estos se posicionan en el exacto punto medio, no tienen margen ni fuerza alguna para contrarrestar la fuerza del opresor. Pretender adoptar una posición intermedia entre el capitalismo y el socialismo es entonces tan inteligente como quedarse parado durante una tormenta en medio de la lluvia y el toldo; adivinen por dónde escurre el agua.

Por eso nunca verán en las calles a un capitalista diciendo: "soy capitalista". Siempre lo verán diciendo "No me interesa la política, soy apolítico". Lo que está queriendo decir es que jamás sacrificaría un ápice de su libertad económica en aras del bien común. Eso es un capitalista. Existe la creencia errada de que el capitalismo es un sistema político, cuando en realidad es un sistema anti-político: el capitalismo es simplemente la versión económica de la anarquía.

Un genial chiste gráfico encontrado frecuentemente en internet, que ilustra claramente cómo la imparcialidad actúa acentuando las asimetrías existentes entre los distintos actores sociales, convalidando la injusticia y la desigualdad.

Siendo justos

Demostrado por la física básica por qué la posición política de los imparciales es ineficaz como método de resolución de asimetrías y desigualdades (cuando no oculta una impopular simpatía por el más fuerte), apliquemos lo entendido para buscar una solución verdadera: ¿qué debemos hacer para equilibrar la balanza, si no tenemos más peso para poner en el platillo izquierdo, ni podemos restar peso a la derecha?

Simple: debemos desplazar el arco de la balanza de tal manera que la fuerza más débil que está a la izquierda, tenga más espacio y sea favorecida con mayor movilidad, de esta forma:

No hay otra forma de restaurar el equilibrio sino compensando una asimetría con otra asimetría opuesta.

Esto es lo que la sociedad hace por ejemplo, cuando sanciona leyes otorgando facilidades a los discapacitados: proteger a los débiles, compensando una desigualdad con otra desigualdad opuesta. De esta forma por ejemplo, una persona con una discapacidad puede recibir una pensión o estacionar un automóvil sin restricciones, beneficios que el Estado no ofrece a las personas hábiles.

Esta es la única forma de lograr nuevamente el equilibrio mientras las fuerzas sean asimétricas. Y la existencia misma de conflicto es una prueba evidente e inocultable de que la asimetría existe, de que las fuerzas en puja no son iguales: hay un fuerte y un débil, y habitualmente, adivinen quién abusa de quién.

Esta es la forma lógica en que los abogados de la justicia buscamos lograr el tan ansiado equilibrio: calculando el peso de los actores y la inercia resultante del desequilibrio, y empleando contrapesos. No pretendemos ser imparciales ni pretendemos tomar distancia de la realidad de los litigantes posicionándonos en medio como los abogados de la imparcialidad, porque al igual que Desmond Tutu creemos que a los tibios los vomita Dios. Intentamos siempre desplazar el arco hacia la fuerza menos favorecida, para lograr que su escaso peso permita hacer de contrapeso al más fuerte y de esa forma enderezar el arco de la balanza. De esa forma se logra un equilibrio verdadero, y es el único método razonable y efectivo, tanto en física como en política.

Aplicación práctica: algunas reflexiones sobre la actualidad política

En la medida en que Estados Unidos siga intentando extender su influencia en el mundo a fuerza de derrocar e imponer dictadores a dedo, de bloqueos económicos y bombardeos salvajes, es razonable pensar que cualquier nación que pueda oponerse a sus intereses expansionistas merece que depositemos en ella nuestra simpatía y esperanzas, por el solo hecho de colaborar en la construcción de un mundo equilibrado y multipolar.

Aplicado a la actual situación internacional y basándonos en este principio, podemos deducir por ejemplo que el eje Rusia-China-Irán podría salvar a la humanidad de la acuciante crisis económica, política y social a la que Estados Unidos y Europa están arrastrando al mundo entero, y que por consiguiente, deberíamos darles más apoyo. Este apoyo no debe ni necesita estar fundado en ninguna clase de simpatía hacia el gobierno o la política exterior de estas tres naciones, sino en la mera necesidad práctica de ofrecer un contrapeso para Estados Unidos y su voracidad imperial, e impedir así que imponga un gobierno mundial de facto en el que se comporte como dictador y gendarme. Esta es la verdadera independencia de criterio y la verdadera imparcialidad: pensar y actuar lógicamente en beneficio de todo el sistema, pensando en el beneficio de la humanidad toda, sin importar nuestras inclinaciones o preferencias políticas.

Sobre el estado de los derechos humanos en las tres mencionadas naciones, creo sinceramente que este es un planteo impertinente y soberbio, ¿cómo están los derechos humanos en nuestras naciones? ¿Qué tenemos nosotros para enseñarles a ellos?

Sí, los chinos se comen a los perros. Pero nosotros los peinamos y les ponemos ropita mientras los hijos de nuestros vecinos buscan su comida en la basura.

Sí, los iraníes son machistas. Pero en América Latina la familia nuclear está en vías de extinción, y nuestras mujeres crían solas a nuestros hijos mientras nuestros hombres están emborrachándose y mirando fútbol por televisión.

Sí, la vida en Rusia es dura y está lleno de mafias. Pero el pueblo ruso es respetuoso, trabajador y sacrificado en un clima sumamente difícil y hostil, mientras que nuestros jóvenes gastan sus tardes mirando pornografía en internet o drogándose en las calles sin encontrarle sentido a sus vidas en un clima veraniego.

¿Y qué pensar entonces de España, echando a su juventud a la calle por salvar a los bancos mientras su rey hace negocios oscuros? ¿Y qué hacemos con Grecia, donde hace unos años hubo un fuerte estallido social contra el gobierno y una salvaje represión? ¿Invadimos y bombardeamos estos países, para derrocar a sus gobiernos?

Si realmente vamos a juzgar a una nación por el respeto a los derechos humanos de su gobierno, dejemos de ser tan cobardes y juzguemos a nuestros propios gobiernos, en lugar de sentarnos cómodamente en nuestro sillón a criticar al gobierno chino, al iraní o al ruso mientras los hijos de los inmigrantes comen de la basura en nuestras calles y nuestros políticos veranean en Miami.

O mejor aún: cuestionemos el estado de los derechos humanos en Estados Unidos, puesto que como la mayoría de nuestros políticos tienen una actitud de claro vasallaje hacia esta nación y conocen Florida mejor que las provincias interiores de nuestro país, el estado de los derechos humanos en Estados Unidos tiene una influencia directa en nuestra política interna mucho mayor que la que tienen China, Rusia o Irán. Y dejemos que los iraníes se ocupen de Irán, los chinos de China, los rusos de Rusia... los egipcios de Egipto, y los sirios de Siria.

Dejemos de participar en esta cobarde campaña de difamación que el Occidente ha tenido históricamente contra todas las naciones de Oriente. Dejemos de hablar por boca de ganso de lo que no sabemos, repitiendo todo lo que dicen las noticias de unos medios de desinformación masiva que han dado sobradas muestras de falsificar o manipular las noticias en tiempos de guerra. Dejemos de creernos mejores y más civilizados que los demás porque somos más blanquitos y tenemos más plata que ellos.

Cuestionar los derechos humanos en Oriente es la versión a escala internacional de mirar la paja en el ojo ajeno cuando tienes una viga en el tuyo. Quien quiera realmente conocer de verdad el estado de los derechos humanos en Irán o en China, que deje de mirar tanta televisión en el sofá y se vaya a vivir de cuerpo entero a tales países, obtenga la ciudadanía cumpliendo los requisitos legales, y comience a trabajar y pelear en serio allí por lo que crea justo, como hacen los iraníes y los chinos mientras nosotros los difamamos en inglés o en español.

En el caso de los gobiernos socialistas de las naciones pobres de Oriente Medio, como Libia o Siria, además de ofrecer un contrapeso político al obsceno apoyo financiero y armamentístico que las potencias de Occidente ofrecen a Israel en la región, estos gobiernos también tienen o han tenido la indiscutible virtud de ser auténticamente nacionales, y no meros títeres impuestos a dedo desde el exterior. Ghadaffi era libio de verdad, y no un títere afeitado al servicio de Estados Unidos como el Sha de Irán o el Mustafa Kamel de principios del siglo XX. La más ligera revisión histórica de la política exterior que Estados Unidos ha llevado a cabo en las naciones que invadió desde principios del siglo XX, nos demuestra que sus enemigos no son precisamente los dictadores y genocidas del mundo, sino los gobiernos política y económicamente independientes de su influencia, sin importar si son dictatoriales, democráticos, o populares. De hecho, Estados Unidos ha instaurado sangrientas dictaduras o apoyado indiscutiblemente a dictadores y genocidas cuando éstos respondían a su agenda política. Como dijo el entonces presidente de Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt sobre el dictador y genocida panameño Anastasio Somoza: "Puede que sea un hijo de p., pero es nuestro hijo de p.".

Con estos antecedentes, discúlpenme si no me creo todo ese rollo de que Ghadaffi o Bashar eran sangrientos dictadores, y prefiera dejar la responsabilidad de juzgarlos y el destino entero de estas naciones, en manos de sus propios pueblos antes que en manos de las potencias occidentales.

Conclusión:

Ser imparcial suena genial, y no sólo sirve para escapar de más de un apuro en una reunión social, sino también para esconder simpatías inconfesables, desde una predilección por la mera apariencia hasta una secreta fe en el Tercer Reich. Pero de quien afirma ser imparcial, y dice buscar el equilibrio posicionándose en medio de dos fuerzas asimétricas sin ofrecer ningún contrapeso... sólo puede pensarse que o bien es demasiado ingenuo y no comprende las leyes físicas básicas que gobiernan la política... o que está a favor del más fuerte y está queriendo disimularlo.

Mo'ámmer al-Muháyir. Se permite su reproducción total citando al autor, bajo licencia de Creative Commons, 2013.



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