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Salafismo, imperialismo, terrorismo, historia de una relación

Análisis de las estrechas relaciones entre el salafo-wahhabismo y las políticas coloniales y neo coloniales en el Norte de África y Oriente Medio

21/08/2013 - Autor: Anuar Ben-Abderrahman - Fuente: Webislam
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Salafistas exaltados en manifestación

No son pocas las voces de quienes desde los medios mayoritarios están pretendiendo atribuir a la “inmadurez” de las sociedades árabes o a la incompatibilidad entre el Islam y la democracia, el fracaso de la mal llamada “Primavera Árabe”, cuando de facto la inestabilidad y aún la guerra se deben a la alianza entre las políticas neocoloniales y los grupos salafistas. Debemos hacer memoria y recordar que cuando el mundo árabe se levantó reclamando libertad frente a los autócratas que se mantenían en el poder gracias al patrocinio de las potencias neocoloniales, éstas manifestaron “preocupación” al tiempo que ganaban tiempo ante la evidencia de que la era de los tiranos había terminado. El cambio de políticas que necesariamente buscaba mantener la relaciones de dominación económica y estratégica, pasaba por prestar apoyo militar y financiero (a cambio de lealtades) a las únicas fuerzas que aparentemente contaban con cierta legitimidad entre las poblaciones, organizaciones salafistas como An-Nahda en Túnez, la Hermandad Musulmana en Egipto o grupos terroristas como el frente An-Nusra que opera en Iraq y Siria. El apoyo popular a estos grupos, debe ser matizado, puesto que las poblaciones no necesariamente están de acuerdo con sus propuestas políticas, pero al ser los únicos que aportaban prestaciones sociales entre las masas de desfavorecidos gracias a las donaciones millonarias que aporta para Da’awa, Arabia Saudí y otros Estados del Golfo patrocinadores del salafismo, son las únicas entidades cívicas y políticas reconocibles para la mayoría de la población.

La apuesta era arriesgada pero garantizaba, por un lado la legitimad para intervenir en apoyo de los “opositores” demócratas de manera directa eliminando regímenes incómodos y, por otro lado, justificar la necesaria “tutela” de las potencias para las “transiciones” hacia la democracia, una vez derrocados los regímenes despóticos. Quizá resulte contradictorio, pero paradójicamente nos encontramos actualmente con los dos supuestos, Estados Unidos y la UE (las potencias) armando y entrenando a los mercenarios salafistas en Siria, a través de los estados del Golfo, Jordania y Turquía y, al mismo tiempo, dando carta blanca al golpe militar que ha apartado del poder a la Hermandad Musulmana de Egipto (no nos engañemos con las tibias condenas a la violencia dimanantes de la Comisión Europea y el Departamento de Estado de EE.UU.). Como se trata de hacer interpretación histórica, convendría recordar que estos dos supuestos ya se dieron con anterioridad en el pasado. La “Operación Ciclón” de los grupos de Operaciones Especiales de EE.UU. iniciada a partir de 1980 tuvo por objeto debilitar a la URSS que ocupaba militarmente Afganistán; fue impulsada por el congresista Charlie Wilson y consistió en armar, financiar y entrenar (a través de Pakistán y Arabia Saudí) a los muyahidun afganos, ideológicamente afines al salafismo y el golpe de estado del ejército argelino, legitimado por Francia y resto de la UE tras la victoria electoral de los salafistas del FIS de 1991. Creo que resulta evidente la semejanza de estos hechos con los que se suceden actualmente en Siria o Egipto, el salafismo ejecuta y asume la responsabilidad de los errores, pero quien planifica son las potencias neocoloniales que no están dispuestas a ceder el dominio económico, militar y estratégico que mantienen en Oriente Medio y Norte de África desde el periodo colonial.

Pero, ¿por qué el salafismo resulta instrumentalmente tal útil a las potencias? Para responder a esta incógnita, debemos hacer de manera breve una reseña a su origen. El salafismo es una corriente dentro del Islam, ecléctica en tanto que no sigue ninguna de las escuelas de jurisprudencia tradicionales del sunnismo (Maliki, Hambali, Hanafi y Shaafi), a pesar de ello, dicen ser sunníes, pues pretenden seguir el ejemplo de los “salafa salihin” (antiguos virtuosos en árabe) y de los "Tabi´in" (seguidores de los mismos) en total, las tres generaciones siguientes a la muerte del Profeta (AS). Esta pretensión deriva de la visión idealista y distorsionada de Ibn Taimiyya (ss.XIII-XIV) ya que la atribución de falta de error a dichas tres generaciones no concuerda con sucesos tan graves como la Fitna en Siffin o el exterminio de la bendita familia del Enviado de Dios, el Profeta Muhammad (AS) en Kerbala en 680.

Ibn Taimiyya, Sheij del Islam para los salafistas, de hecho su principal teórico, vivió en un ambiente de fractura política del Islam, debilitado por las cruzadas y las invasiones mongolas; era comprensible, por tanto, que idealizase los primeros tiempos del Islam y propusiera retornar a la práctica y el rigor de aquellos tiempos. No fueron ortodoxos, sin embargo, sus métodos, ya que su declaración de independencia para emitir dictámenes legales (fatwa) no vinculándose a ningún madhab precedente y su interpretación literalista del Corán le llevaron a cometer errores como corporizar a Dios y declarar lícito anatemizar a musulmanes, esto es “TAKFIR”, lo cual le llevo a ser condenado por desviado. No obstante. a pesar de sus errores, la intención de Ibn Taimiyya era sincera y su deseo de reforma le llevó a no ser sumiso ni complaciente con los sultanes o los príncipes; su ideal utópico era el retorno a la práctica de Medina y el califato de los Julafáa ar-Rashidun, lo cual hacía que sus enseñanzas fueran incómodas para las monarquías que gobernaban las tierras del Islam. Es preciso remarcar la cuestión del takfir, ya que es sin duda alguna el elemento distintivo del salafismo y uno de los factores de los que se aprovecharon las potencias, puesto que para los salafistas es lícito hacer guerra (de un modo inquisitorial) contra aquellos que consideran desviados, como las comunidades musulmanas shi’a o las táriqas sufíes.

Debemos continuar nuestra indagación para conocer el otro elemento fundamental que hace del salafismo el instrumento idóneo del imperialismo. No vamos a hacer una reseña de los alumnos de Ibn Taimiyya ni del devenir de sus doctrinas a lo largo de los siglos, que como dijimos no resultaban cómodas para el poder y no tuvieron gran difusión; es preciso que nos situemos en el siglo XVIII para encontrar la comunión entre el salafismo y el poder autocrático. Muhammad Ibn Abdel Wahhab, miembro de la tribu de Tamim al este de la península Arábiga, se basó en las enseñanzas de Ibn Taimiyya para proclamar que cualquier acto devocional como visitar las tumbas del Profeta (AS) los sahaba o los awliá era un acto de “shirk” o asociación, al tiempo que negaba el atributo divino de la Omnipresencia al situar a Dios en el “Trono” (lo cual lleva a corporizar a la divinidad). Fue condenado como hereje por las autoridades religiosas de Meca y busco refugio en el Nayd, concluyendo un pacto con el jefe tribal Ibn Saud. Dicho acuerdo, conocido como “Pacto de Diriyah” (1744) se basaba en la obligación por parte de Ibn Saud de difundir la doctrina salafo-wahhabí, al tiempo que la autoridad religiosa que ostentaba Ibn Abdelwahhab legitimaba el poder monárquico de la dinastía saudí, según una fatwa que determinaba que el musulmán debía acatar la autoridad del gobernante aunque fuese tiránica, siempre y cuando éste permitiera la práctica del Islam. Los saudíes iniciaron una rebelión contra los otomanos que fue aplastada en 1818 por el gobernador de Egipto Muhammad Ali-Bey.

Este salafismo “renovado” llamó la atención de los británicos, empeñados en arrebatar la península Arábiga a los otomanos y así, al tiempo que prometían apoyar la revuelta de las tribus leales al Sherif de Meca, Hussain, temían que éste aspirara a proclamarse rey de todos los territorios árabes bajo dominio otomano. Optaron por elaborar un plan alternativo para apoyar a los saudíes, refugiados en Kuwait tras su expulsión de Riad y cuyas aspiraciones se limitaban a la región del Hiyaz.

El salafo-wahhabismo era el elemento ideal para dividir, ya que los saudíes consideraban (según una interpretación perversa de las ayat coránicas que se refieren a los infieles) que podían hacer la guerra contra cualquier grupo de musulmanes que se opusiera a sus interpretaciones. Del mismo modo, al mantener entre su corpus doctrinal la obligación de acatar las decisiones del rey o sultán, podían pactar directamente con éste sin temor a que dichos pactos entre una potencia colonial y un monarca musulmán fueran deslegitimados. La creación del Reino de Arabia Saudí, los contratos con las compañías petroleras británicas a partir de 1930 marcarán el inicio de unas estrechas relaciones entre wahhabismo e imperialismo que como se verá en la parte segunda, se mantienen de manera firme en la actualidad.

Concluimos esta parte citando otras corrientes de actualización del salafismo coincidentes en el tiempo con los hechos anteriores. El movimiento An-Nahda (S.XIX) (renacimiento) surgió como reacción identitaria ante la influencia occidental de los colonialistas, dentro de dicho movimiento, eruditos como Yamal al-Din al-Afgani o Muhammad Abduh abogaban por “modernizar” el Islam o “islamizar” la modernidad, teniendo como objetivo el Islam idealizado de Ibn Taimiyya, pero al contrario que los wahhabíes se oponían al gobierno monárquico y a la dominación británica, sin embargo su relación con logias masónicas puso en entredicho su intención reformista. El movimiento tafkirí en Egipto hace su aparición con el grupo Ansar al-Sunna del jeque Muhammad Hamid, en 1926, que llegó a atacar violentamente tariqas sufíes.


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