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La idolatría interior

Capítulo VII de Las páginas de Ibrahim

10/08/2013 - Autor: Abdennur Prado - Fuente: Webislam
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La capacitación del conocimiento de nuestro espíritu interior es ventajosa para las organizaciones y corporaciones
La capacitación del conocimiento de nuestro espíritu interior es ventajosa para muchos fines

Ibrahîm sabe que Al-lâh no es una criatura, sino aquello que no se desvanece. Y, en este punto, no se admiten concesiones: asociar algo a Al-lâh es el peor de los crímenes, el de empequeñecer a lo más grande para hacerlo coincidir con nuestros puntos de vista de criaturas. Esta es la peor de las transgresiones por significar un empequeñecimiento de la Realidad, una mezquindad. Esta es la fuente de todas las desgracias, de toda forma de dogmatismo, de cerrazón, de tiranía. Falta de visión, falta de amor, falta de conciencia, idolatría.

Frente a esta mediocridad, afirmamos que es Al-lâh es el objeto final de todos nuestros anhelos y deseos, y que es más grande que cualquier cosa que podamos soñar, pensar, imaginar, conocer o desear... sabemos que Al-lâh está siempre más allá de nosotros mismos, que nosotros somos nada. Sabemos que todo lo creado perece, pero que es sustituido constantemente por nuevas formas, por una vida nueva. ¿Por qué entonces preferir lo ya creado a la propia fuerza que renueva la vida? Todo lo que es se desvanece, solo lo que está viniendo a la existencia tiene vida verdadera. Entonces, somos algo en la medida en que dejamos de ser aquello que creemos ser, en la medida en que abandonamos nuestras ficciones, sueños y avaricia, en la medida en que nos dejamos arrastrar por el Poder Creador de Al-lâh el Altísimo.

La degradación de la espiritualidad en idolatría —la espiritualidad cosificada en unas formas sin sentido— es el horror, el auténtico fin, el Fuego. Frente a la desolación de la costumbre, Ibrahîm nos impele a realizar las preguntas esenciales, a verificar la eficacia de nuestras prácticas de adoración:

¿Qué es eso que adoráis?
¿Queréis una mentira – deidades distintas de Al-lâh?
¿Qué pensáis, entonces, del Sustentador de todos los mundos?

(Qur’án 37: 85-87)

Dijo Ibrahîm: “¿Acaso os escuchan cuando les invocáis, u os benefician u os perjudican?

(Qur’án 26: 70)

Esta es la diferencia entre un culto vacío y la recta adoración: el establecimiento de una comunicación interior entre el siervo y su Sustentador. Esta es la diferencia entre la religión como una herencia que no admite ningún cuestionamiento, y aquellas creencias que surgen del realizar las preguntas esenciales y no aceptar otra guía que Al-lâh. Esta comunicación implica la conciencia de que Al-lâh escucha nuestras súplicas, que es el Único que puede darnos o quitarnos algo. A Él nos orientamos con todas nuestras fuerzas.

Ibrahîm, cuando dijo a su pueblo: “¡Adorad a Al-lâh y sed conscientes de Él: esto es mejor para vosotros, si lo supierais! ¡Adoráis en lugar de Al-lâh sólo ídolos inertes, dando con ello forma visible a una mentira! En verdad, esos seres y cosas a los que adoráis no pueden proveeros de sustento: ¡buscad, pues, todo vuestro sustento en Al-lâh, y adoradle sólo a Él y sed agradecidos a Él: pues a Él seréis devueltos!

(Qur’án, 29: 17-18)

Los ídolos de piedra son la forma exterior de una mentira. El verdadero error es invisible: la idolatría interior, el endiosamiento de nuestras fantasías. Representar a Al-lâh no es una práctica inocente. Toda representación es una proyección del ego que la crea. Esto no quiere decir que las estatuas u otras representaciones no sean la cifra de un misterio, que la imagen de un hombre con cabeza de carnero no tenga una explicación psicológica, y que no se puedan cifrar elementos del mundo psíquico mediante obras de arte. Incluso deben ser respetadas como tales, u objetos decorativos, siempre que no traten de ocupar el lugar que solo a Al-lâh es debido. Lo que aquí esta en juego es algo mucho más importante.

La idolatría interior, la religión como una herencia cultural. No solo se trata de una adoración absurda, sino de algo corrosivo, que mina la posibilidad real de un contacto sin presupuestos entre el Creador y la criatura. En efecto, para que éste pueda producirse, es necesario que sea en el interior del ser humano, en esa zona oscura de representaciones donde entramos en contacto con la fuerza creadora de los cielos y la tierra, ese mismo principio vital que nos crea y nos recrea, al único que nos debemos por encima de todas nuestras miserias cotidianas.

Adorar al Creador por encima de su Creación es dirigirse al Mandato Creador antes que al Poder de lo creado. Con ello, Ibrahîm no hace otra cosa que volverse hacia las fuerzas creativas que rigen la existencia, dando la espalda a todo aquello que trata de atrapar y cosificar esta energía vital indomable en una forma. Sólo de ahí puede emanar la guía que nos permita romper con el círculo vicioso de lo conocido, que nos encierra en nosotros mismos, impidiéndonos acceder al otro. Permanecer abiertos a la Guía de Al-lâh, a las señales que vienen de lo indeterminado, es abandonar toda pretensión de existir por uno mismo, dejarse llevar por la propia fuerza que rige la existencia. Es amoldarse a los ciclos del día y de la noche, evitando la violencia de los egos que luchan entre sí.

La adoración de los ídolos nos separa de un mundo constantemente recreado: cosifica la experiencia directa de Al-lâh. Ibrahîm devuelve la mirada de sus contemporáneos hacia la propia dinámica de Creación, hacia el universo del Mandato. Lo abierto es la tierra bendecida, hacia la cual Ibrahîm dirigirá sus pasos.

El universo de la idolatría requiere de templos, dogmas, sacerdotes, explicaciones, jerarquías... Necesita de símbolos identitarios que los distingan de otras identidades. Es un mundo donde unos pocos se han apoderado de Al-lâh, robando a la mayoría la posibilidad de un encuentro más allá de todas las fronteras. Ese es el encuentro que Ibrahîm nos propone: trascender nuestros límites de criaturas, abocarnos al origen indiferenciado de nosotros mismos, donde no existen esas diferencias artificiales que los hombres se imponen para tener una ficción de realidad.

Si admitimos —con Ibrahîm— que Al-lâh está más allá de toda representación, tendremos que admitir que no se lo puede cosificar en unos dogmas. Tendremos que admitir que eso que llamamos “religión” queda limitado a la recepción por parte de cada una de las criaturas de la guía de Al-lâh, y que esta es la única fuente de autoridad que el musulmán admite.

En diferentes momentos del Qur’án, Ibrahîm se dirige a sus conciudadanos mediante las siguientes expresiones:

¡Lejos de mí, en verdad, adorar lo que vosotros adoráis! ¡No adoro sino a Aquel que me creó: y, ciertamente, Él será quien me guíe!

(Qur’án 43: 27-28)

¡No adoro sino a Aquel que me creó!

(Qur’án 43: 27)

Respondió: “¡No! ¡Vuestro Sustentador es el Sustentador de los cielos y de la tierra –el que los ha creado!

(Qur’án 21: 56)

Dijo: “¿Disputáis conmigo sobre Al-lâh, cuando es Él quien me ha guiado?

(Qur’án 6: 80)

En estas y otras aleyas se pone siempre el acento en la misma idea: abocarse al propio Creador para alcanzar la guía, una guía que ninguna criatura puede ofrecernos. El hombre que se deja guiar por elementos externos está perdido. No podrá salir nunca de ese limite de referencias que su costumbre le impone, no podrá nunca abrirse a lo desconocido, ampliar su campo de conciencia. Permanecerá atrapado de “la religión de los antepasados”, una serie de atavismos que le impiden avanzar en el camino de Al-lâh, siempre abierto hacia lo desconocido-creador.

Ibrahîm insiste, nosotros insistimos. Una y otra vez se trata de lo mismo: ¿es qué no oiréis? Dirigir directamente la mirada del hombre hacia su Creador. Apartarse de todo saber constituido, no hacer caso de ninguna casta sacerdotal, huir como la peste de todos aquellos que quieren usurpar las funciones de Al-lâh, haciéndose pasar por sus representantes en la tierra. ¡Este es el mensaje del Islam en toda su pureza! Luego llegarán los sacerdotes con sus maquinaciones, transformando el sometimiento a Al-lâh en una religión de estado, recopilando libros de hadices que dicen lo que el Qur’án no dice y que hay que venerar, so pena de herejía... Pero esta es otra historia.

Frente a la actitud de aquellos que pretenden hacerse garantes de la religión, controlando sus discursos e imponiendo la idolatría, la única posibilidad de permitir que todos los hombres accedan a su Señor sin limitaciones temporales es preservar la absoluta trascendencia de Al-lâh. Negar la idolatría no es romper unas estatuillas que simbolizan las fuerzas de la naturaleza. Es afirmar la relación directa que cada creyente establece con el Todo.

En la surat de la Araña (al-Ankabut) se recoge de forma admirable el mensaje que Ibrahîm lanza a sus conciudadanos, unas palabras claras que todavía resuenan, a las que retornamos siempre, in sha Al-lâh:

E Ibrahîm dijo a su pueblo: “¡Adorad a Al-lâh y sed conscientes de Él: esto es mejor para vosotros, si lo supierais! ¡Adoráis en lugar de Al-lâh sólo ídolos, dando forma visible a una mentira! En verdad, esos a los que adoráis no pueden proveeros de sustento: ¡buscad, pues, todo sustento en Al-lâh, y adoradle a Él y sed agradecidos a Él: a Él seréis devueltos!

“Y si desmentís... ya comunidades desmintieron antes: pero un enviado no está obligado mas que a transmitir con claridad el mensaje.” ¿Es que no ven cómo Al-lâh crea en un principio, y luego la suscita de nuevo? ¡Esto es, ciertamente, fácil para Al-lâh!

Di: “¡Id por la tierra y contemplad cómo Él ha creado en un principio: y así, también, creará Al-lâh vuestra segunda vida —pues, ciertamente, Al-lâh tiene el poder para disponer cualquier cosa! “Castiga a quien Él quiere, y concede Su misericordia a quien Él quiere; y a Él se os hará retornar: y no tenéis escapatoria ni en el cielo ni en la tierra; y no tenéis a nadie que os proteja de Al-lâh, ni nadie que os preste auxilio.”

Y quienes se empeñan en negar la verdad de los mensajes de Al-lâh y de su encuentro con Él —esos son los que desesperan de Mi gracia y misericordia: y a esos les aguarda un doloroso castigo. Pero, la única respuesta del pueblo de Ibrahîm fue decir: “¡Matadle, o quemadle!” —pero Al-lâh le salvó del fuego. ¡Ciertamente, en esto hay en verdad mensajes para los que confían!

E Ibrahîm dijo: “Habéis dado en adorar ídolos en lugar de Al-lâh únicamente por mantener un lazo de amor, en esta vida, entre vosotros y vuestros antepasados: pero luego, en el Día de la Resurrección, renegaréis unos de otros y os maldeciréis unos a otros —pues vuestra meta común es el fuego, y no tendréis quien os preste auxilio.”

(Qur’án, surat 29, ayats 16-25)

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