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Ciencias del Hadiz IV

Las Casas del Hadiz (Dûr al Hadîz) y los títulos de los expertos en Hadîz (Alqâb Al Muhadizzîn)

26/07/2013 - Autor: Redaccion Musulmanes andaluces - Fuente: Musulmanes Andaluces
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Alcanzar el título de hâfiz es muy difícil porque exige una consagración plena a la ciencia del hadiz.

Las Casas del Hadiz (Dûr al Hadîz) y los títulos de los expertos en Hadîz (Alqâb Al Muhadizzîn)

En el siglo sexto después de la Hégira (aproximadamente, s. XII) la vida cultural islámica se vio afectada por la aparición de un nuevo elemento que debilitó el movimiento de viajes en busca de hadices. Efectivamente, hasta ese entonces no se habían abierto escuelas propiamente dichas especializadas en el estudio del hadiz. Los interesados se veían obligados a realizar esos viajes a los que hemos aludido en el capítulo anterior. Las escuelas existentes permitían profundizar en el estudio del Derecho (Fiqh), sus corrientes (madzâhib) y las opiniones de los grandes expertos (muŷtahidîn), y eran promocionadas por la administración para formar jueces (qudât, plural de qâdî).

La primera escuela (madrasa) especializada en el hadiz fue creada en el signo sexto de la Hégira por el sultán Nûr ad-Dîn Mahmûd ibn Abî Sa‘îd Zanki, y llevó su nombre, al-Madrasa an-Nûría, en Damasco. Un gran muháddiz (experto en hadiz), Ibn ‘Asâkir, autor de la Historia de Damasco, fue uno de los maestros que enseñaron en ese centro.

Una segunda escuela (la Casa del Hadiz, Dâr al-Hadîz) fue fundada años más tarde en el Cairo por el sultán ayyûbi al-Kâmil Nâsir ad-Dîn, y en ella enseñó Abû l-Jattâb ibn Dáhia. La escuela recibió el nombre de al-Madrasa al-Kâmilía.

También en Damasco se fundó la al-Madrasa al-Ašrafía, en la que enseñó Abû ‘Amrû ibn as-Salâh y donde estudió el que más tarde sería una de las figuras principales en las ciencias del hadiz, el Imam an-Náwawi.

Hubo otras casas del hadiz, menos importantes. Lo que es de destacar es que ninguna tuvo una vida prolongada. Por una parte, esa especialización no era del interés de las administraciones. Por otra, se renovó el interés en el sistema antiguo, prefiriendo los estudiantes seguir realizando viajes para contactar directamente con los trasmisores directos de los textos.

Los títulos de los expertos

Una de las particularidades de la ciencia del hadiz es el desarrollo de una terminología técnica, a la vez complicada y puntillosa, que resume en un solo nombre o adjetivo la consideración en que debe ser tenido tal o cual hadiz y tal o cual experto. Al igual que para los estudiantes que viajaban existieron títulos que describían a la perfección la cantidad y calidad de esos viajes, los estudiosos y expertos en esta materia recibieron títulos ‘oficiales’ que definen sus características, grado de fiabilidad, etc. Esos títulos no los concedía ninguna institución, sino que eran fruto del juicio de los críticos según mereciese la labor del interesado. Tres de esos títulos (alqâb, plural de láqab) nos interesan especialmente: músnid, muháddiz y hâfiz.

Se llamaba músnid al trasmisor de un hadiz que era capaz de hacerlo mencionando toda su cadena de trasmisión (isnâd), pudiendo o no analizar esa genealogía; pudiendo o no, por tanto, juzgar la autenticidad del hadiz que comunicaba.

Un muháddiz -que es un rango superior- era el que sí era capaz de juzgar la validez del hadiz. El muháddiz conoce las cadenas y sus posibles defectos (‘ílal), las biografías de los mencionados en ellas, la fiabilidad de cada uno, conociendo de memoria un buen número de hadices con sus cadenas, y haya estudiado los seis libros de hadiz, el Músnad de Ahmad ibn Hánbal, los Súnan de al-Báihaqi, la enciclopedia de at-Tabarâni, sumando a todo lo anterior mil cuadernos de hadices.

El hâfiz es ya la cumbre en estos conocimientos. Es definido como aquél que conoce las sunnas del Profeta (s.a.s.), y es experto en las vías que han seguido y modos en que han llegado a él. Debe saberse de memoria todos los hadices sobre cuya autenticidad haya acuerdo, las discrepancias que existen y las fuentes y claves de los criterios propios. También tiene que ser hábil en la terminología de la ciencia del hadiz, capaz de diferenciar el texto de las expresiones utilizados en su interior para aclarar conceptos o describir situaciones, etc. Alcanzar el título de hâfiz es muy difícil porque exige una consagración plena a la ciencia del hadiz. Y, además, requiere una memoria excepcional y una habilidad fuera de lo común, y con el tiempo se fueron añadiendo más exigencias, cada vez más exageradas, para considerar a alguien hâfiz. Se ha dicho que, por ello, ha habido en realidad pocos huffâz. No obstante, hubo muchos de ellos entre las primeras generaciones del Islam. Los relatos sobre su prodigiosa memoria (hifz) son desconcertantes. Era normal que un hâfiz se supiera de memoria y pudiera comunicar cientos de miles de hadices (incluyendo entre ellos las enseñanzas de los Compañeros del Profeta y sus Continuadores), cada uno con su cadena de trasmisión y el juicio sobre su validez. Al-Bujâri dijo: “Me sé de memoria cien mil hadices auténticos y doscientos mil que son dudosos”.

La memoria era la principal herramienta de los huffâz, si bien muchos de ellos pusieron por escrito o dictaron a sus discípulos los textos que conocían tras asegurarse que también se los aprendían de memoria. La escritura (kitâba) era considerada un mero auxiliar y debía servir, exclusivamente, para ayudar a la memoria. Se cuenta que había quienes, tras asegurarse de que se sabían de memoria el hadiz que estudiaban, borraban el texto para dejar de depender de la escritura. Entre los huffâz se decía: “Los cuadernos son pésimos depositarios de la ciencia”. El ideal era la persona que contenía la ciencia.

La trasmisión del hadiz por la memoria (riwâyat al-hadîz bil-hifz)

Si la memoria de la que hicieron gala los expertos en hadiz es sorprendente, aún es mayor la admiración ante ellos cuando se tiene en cuenta que, sobre todo los más antiguos, hacían hincapié en que la trasmisión debía ser absolutamente literal, comunicando exactamente, palabra por palabra, las enseñanzas del Profeta (y también, las de sus Compañeros y los Continuadores de estos, distinguiendo claramente entre ellos). Decían que el discípulo debía ser capaz de repetir las palabras de su maestro (sháij) sin alterarlas en lo más mínimo, sin suprimir nada ni añadir nada, al igual que el maestro le había trasmitido las del suyo. Por tanto, la función fundamental de la ciencia del hadiz es la trasmisión rigurosa, de modo que la nación musulmana tenga conocimiento exacto de lo que dijo e hizo el Profeta, pudiendo sacar cada cual el provecho del que sea capaz. La necesidad de esta función la basaban precisamente en un hadiz en el que el Profeta (s.a.s.) dijo: “Allah bendiga a quien escucha un hadiz y lo trasmite tal como lo ha oído, pues cuántas veces saca más provecho aquél al que le llega que el que lo trasmite”. Las gentes del Hadiz (Ahl al-Hadîz) deseaban así rendir un servicio a la comunidad.

La fidelidad a la letra ya había sido establecida como una virtud por el Profeta (s.a.s.), quien corregía a sus Compañeros (los Sahâba) cada vez que se equivocaban al repetir sus palabras. En cierta ocasión, enseñó a al-Barrâ ibn ‘Âçib una invocación (du‘â) que debía pronunciar cada vez que se acostara; al pedirle que se la repitiera, al-Barrâ cometió un error que fue emplear un sinónimo para una palabra que el Profeta le había dicho, y él se lo corrigió poniéndole la mano en el pecho, indicándole con ello que debía guardar estrictamente lo que se le comunicaba.

Por todo lo anterior, los Compañeros del Profeta (s.a.s.) fueron severos exigiendo la trasmisión literal (riwâya bil-lafz) de los hadices. Consideraban que cambiar una palabra por un sinónimo era una traición al legado de Sidnâ Muhammad (s.a.s.), aun cuando no se altere el significado de lo que dijera, y son abundantes los relatos que lo testimonian.

En la época de los Continuadores (los Tâbi‘în) y en la de los Seguidores de estos últimos (los Tâbi‘î at-Tâbi‘în), es decir, las dos siguientes generaciones, continuó siendo estricta la obligación de trasmitir los hadices literalmente. Pero también empezó a haber aquellos que opinaron que no estaba mal trasmitir el significado de los hadices (riwâyat al-ma‘nà). Ibn ‘Awn, de la época de los Seguidores, dijo: “He sido discípulo de tres maestros que exigían la trasmisión literal y de otros tres que autorizaban la trasmisión del significado. Los tres que permitían el significado  fueron al-Hásan, Ash-Sha‘bi y an-Naj‘i, y los tres que se aferraban a la letra fueron al-Qâsim ibn Muhammad, Raŷâ ibn Hyiwa y Muhammad ibn Sîrîn”.

Debemos advertir que cuando hablamos de la trasmisión del significado no queremos decir que el trasmisor interpretara el hadiz o que explicara su sentido, sino que no se exigía a sí mismo la literalidad absoluta. Efectivamente, los que se atenían a la letra estricta no toleraban ninguna alteración, por insignificante que fuera, e incluso ‘pronunciaban las letras tal como lo habían hecho sus maestros, con su tono y su deje’, y consideraban estos extremos como parte de la fidelidad que les debían. Los que aceptaban la trasmisión del significado (el ma‘nà) no veían necesario esa rigidez. Pero se les exigirá grandes conocimientos de gramática, de modo que la trasmisión ‘más libre’ que hacían jamás afectase al sentido.

Fue así como la gramática pasó a formar parte de las ciencias islámicas (‘ulûm islâmía). Esos estudios permitieron valorar el estilo del Profeta (s.a.s.) y de sus Compañeros, y descubrir dos de sus características fundamentales: la Fasâha (la elocuencia) y la Balâga (la expresividad). Se investigaron pormenorizadamente esas artes, que también se convirtieron en ciencias. Pero sirvieron sobre todo para entender exactamente lo que querían decir el Profeta y sus Compañeros, y adquirir conciencia del valor del lenguaje. Con ello, se pasó a escuchar con una mayor atención los hadices. Estas sutilezas fueron exigidas a todo el que quisiera trasmitir ‘el significado’ de los hadices, de modo que no alterara lo esencial.

El Imâm Mâlik tuvo una posición intermedia. Permitía la trasmisión del significado cuando se trataba de relatos no alzados al Profeta (es decir, dio permiso para ello cuando se trataba de las enseñanzas de los Sâhâba y de los Tâbi‘în), pero exigía la literalidad en los hadices alzados (es decir, en las palabras del Profeta). al-Báihaqi contó que Mâlik “corregía la i, la y y la t en lo que se atribuía al Profeta (s.a.s.)”, como ejemplo ilustrativo de su severidad.

No obstante, poco a poco, se fue imponiendo la licencia. Ibn as-Salâh, tras repetir lo ya señalado acerca de los necesarios conocimientos gramaticales, dijo: “Hay quienes han prohibido la trasmisión del significado de las palabras del Profeta, autorizándolo en el caso de las de los demás, pero en realidad no hay inconveniente en todos los casos, siempre que el trasmisor conozca bien lo que describe, con la seguridad de que comunica exactamente el significado”.

También debemos mencionar que, en el caso de la trasmisión del significado, el comunicante debe dejarlo claro utilizando, al final, expresiones como kamâ qâla (o tal como dijera el Profeta) o kamâ wárada (tal como se ha citado que dijera el Profeta).

Con el tiempo, también dejó de verse con recelo el que un hadiz fuera ‘resumido’ o que se recogiera de él la frase más adecuada a un tema. Pero también en este último caso se puso una férrea condición: que dicho hadiz que se resumiera o del que se eligiera una frase debía aparecer citado en su totalidad en otra parte. Y, así, vemos que al-Bujâri hizo eso mismo: en su Sahîh, dividido en temas, escogía lo más apropiado para cada caso, pero siempre el hadiz es citado completamente en algún capítulo. En caso de no hacerse así, se considera que el experto ‘oculta’ parte del o que le ha sido ordenado comunicar.

Poco a poco, los hadices fueron siendo recogidos, investigados y clasificados, y eso hizo que los modos de recepción variaran. El método principal era el samâ‘, la audición directa del hadiz de boca de un maestro para ser inmediatamente retenido en la memoria. Esto fue cambiando, si bien el samâ‘ mantuvo su prestigio. Aparecieron nuevas formas de recibir un hadiz, como veremos en el próximo capítulo, que consagraremos, in shâ Allah, a las formas en que se trasmitían los textos y a las autorizaciones que legitimaban a un discípulo.


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