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Ibrahim no era judio ni cristiano

Capítulo I de Las páginas de Ibrahim

06/06/2013 - Autor: Abdennur Prado - Fuente: Webislam
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La vida se puede definir como una sucesión de cambios

El lugar en el que Ibrahîm se situaba;
quien entra en él encuentra paz interior.

(Qur’án, surat 3, ayat 98)

La trayectoria de Ibrahîm (aleihi salem) es una de las más ricas y sugerentes que encontramos en el Qur’án, llena de episodios significativos. Aquí, más que nunca, la revelación no se da como doctrina, sino como acercamiento a la vivencia de un profeta, una serie de experiencias arquetípicas en las cuales nos vemos implicados.

Esta trayectoria puede ser dividida en cuatro episodios centrales: 1) la destrucción de los ídolos y enfrentamiento con la religión de su padre; 2) el exilio y la prueba del sacrificio; 3) la vista de los ángeles y la destrucción de la ciudad de Lot (as); y la fundación de la Kaaba junto con su hijo Ismail (as), en una tierra bendecida.

El conflicto, el exilio, el encuentro y el retorno: “un arranque, un desprendimiento, una unión, una luz”. Más allá de cualquier genealogía imaginaria, son estos “cuatro momentos” los que enlazan a Ibrahîm con Mûsa (as), con Isa (as) y con Muhámmad (saws), en una transmisión espiritual de la cual el primero se sitúa como polo, el segundo como cauce, el tercero como centro y el cuarto como sello.

La meditación sobre los profetas y todos los episodios de sus vidas ha nutrido la espiritualidad islámica desde los tiempos de la revelación coránica. No en vano, estos “cuatro momentos” han sido comparados a los cuatro pájaros de la metáfora mediante la cual Al-lâh explica a Ibrahîm el secreto de la resurrección:

Y, he ahí, que Ibrahîm dijo: “¡Oh Sustentador mío!

¡Muéstrame cómo devuelves la vida a los muertos!”

Dijo: “¿Es que acaso no crees?” Respondió:

“Ciertamente, pero para que mi corazón quede tranquilo.”

Dijo: “Coge, pues, cuatro pájaros y enséñales a obedecerte; luego, colócalos separados en las colinas; después llámalos: acudirán a ti volando. Y sabe que Al-lâh es el Poderoso, el Sabio.”

(Qur’án 2: 260)

No se trata pues de ninguna historia, ni personal ni colectiva, sino de acontecimientos arquetípicos. Sucesos que afectan a lo más profundo de las criaturas, preparando a los hombres para el Día del Juicio, cuando todas y cada una de las criaturas se tengan que enfrentar cara a cara a su destino, para dar cuenta de lo que han hecho con el don precioso de la vida. A través de estas historias somos zarandeados, nos vemos enfrentados a nuestro destino, lo cual no es poca cosa. Colocar estos “cuatro momentos” en las colinas es lo que nos disponemos a hacer, con el permiso de Al-lâh.

1. Ibrahîm no era ni judío ni cristiano

Los profetas son material sensible. Hablar sobre ellos, a partir de ellos, requiere un determinado grado de conciencia sobre el sentido de la profecía. No son personajes de novela, ajenos a nosotros mismos. Son mensajeros de Al-lâh, venidos para despertar en nosotros la comprensión de lo que nos rodea, a ayudarnos a estar de un modo integrado sobre el mundo. Nos son judíos, ni cristianos, ni hinduistas, ni budistas ni nada por el estilo: son personificaciones de la energía espiritual que nos constituye, despertando desde el sacro hasta la coronilla, dotando al hombre de una dimensión trascendente en medio de la perfecta inmanencia de las cosas. Sus seguidores pueden haber construido el budismo a partir de las enseñanzas de Buda, como otros el cristianismo a partir de Isa, pero Buda no era budista ni Isa era cristiano, que la paz sea con ellos, sino mensajeros de la misma y única Realidad que se comunica con los hombres a través de la experiencia que viven y transmiten los profetas.

El Qur’án opone la condición interna de Ibrahîm a la pertenencia a una religión establecida, invitándonos a seguir su ejemplo:

Y dicen: “Sed judíos” o, “cristianos” —“y estaréis en el camino recto.” Di: “¡No!, sino que seguimos la creencia de Ibrahîm, que se apartó de todo lo falso, y no fue de los que atribuyen divinidad a algo distinto de Al-lâh.”

(Qur’án 2: 135)

“¿O diréis que Ibrahîm, Ismael, Isaac, Jacob y sus descendientes fueron ‘judíos' o ‘cristianos'?”

(Qur’án 2: 140)

Ciertamente, Ibrahîm no era ni judío ni cristiano, sino un hanif, uno de los que se apartó de todo lo falso para afirmar su sometimiento al Creador de los cielos y la tierra. Y aquí está nuestra primera dificultad, que debemos apresurarnos a despejar para que se comprenda todo lo que sigue. Los “musulmanes” solemos llenarnos la boca con estas aleyas, y al cabo de un minuto las estamos traicionando. Decimos: no fue judío ni cristiano... sino “un musulmán, uno de los nuestros”. Tararí que te vi, la nuestra es la única religión verdadera, todos los demás están equivocados...

Para evitar que el Shaytán se cuele tan pronto en nuestro escrito, será necesario superar toda consideración sectaria y adentrarnos directamente en las enseñanzas que los profetas nos deparan.

Si decimos que todos ellos son “musulmanes” es solo a costa de no traicionar el sentido original de esta palabra: seres sometidos a la Realidad. En el Qur’án, la palabra Islam no se refiere a la religión histórica establecida a partir de las enseñanzas de Muhámmad (as), sino del estado de sometimiento de todas las cosas al Creador, que puede ser asumido como estado de conciencia por las criaturas.

¿Cómo entender, sino, la aleyas donde diferentes profetas (que la paz sea con ellos) y personajes anteriores al Muhámmad histórico se declaran “musulmanes”?

Mûsa dice a sus gentes:

¡Confiad en Él, si realmente sois musulmanes!

(Qur’án, Yunus, 84)

Nuh:

“Se me ha ordenado ser de los musulmanes”

(Qur’án, Yunus, 72)

Ibrahîm e Ismael:

“¡Oh, Señor! Haznos ser musulmanes ante ti”

(Qur’án, al-Baqara, 132)

Yacub:

“Al-lâh ha elegido vuestro dîn: no muráis sino siendo musulmanes”

(Qur’án, 2: 132)

Yusuf:

“¡Haz que muera como musulmán”.

(Qur’án, Yusuf, 101)

Los apóstoles de Isa dijeron al Mesías, hijo de Maryam:

“¡Sé testigo de que somos musulmanes!”

(Qur’án, al-Miran, 52)

El hombre justo:

“Hacia Ti me vuelvo y soy de los musulmanes”

(Qur’án, al-Ahqaf, 15)

Y la Reina de Saba:

“Me rindo como musulmana junto a Suleyman ante Al-lâh, el Sustentador de los Mundos”.

(Qur’án, al-Naml, 44)

Aquí no se está hablando de ninguna religión histórica, sino de una condición interior, de un estado de conciencia. En caso de que confundamos una y otra acepción de la palabra musulmán, estaremos escamoteando el Mensaje del Qur’án. Para evitar esto, sería recomendable no usar las palabras árabes muslim o islam, sino sus traducciones: hombre sometido, sometimiento a Al-lâh. Esto puede arrojar luz sobre lo que nos propone el ejemplo de Ibrahîm:

Mâ kâna ‘Ibrahîmu Yahudi yan wa lâ Nasarâniyan wa lâkin kâna hanîfam-muslimâ.

(Qur’án 3: 67)

Donde algunos traducen:

Ibrahîm no fue ‘judío’ ni ‘cristiano’, sino hanif y musulmán.

Nosotros leemos:

Ibrahîm no fue ‘judío’ ni ‘cristiano’, sino uno que se apartó de todo sectarismo, sometiéndose a Al-lâh.

Lo mismo sucede con una aleya tan clara como esta:

‘Inna ad-dîna ‘inda Al-lâhi al-islam".

(Qur’án 3: 19)

Donde unos traducen:

Ciertamente, la única religión junto a Dios es el Islam.

Nosotros entendemos:

Ciertamente, el único comportamiento lícito, lógico, sensato ante Al-lâh es la aceptación de que Le estamos sometidos.

Esta es una buena ocasión para hacer preguntas comprometedoras. ¿Por qué estas —de todas las palabras del Qur’án— son las únicas que los arabistas sistemáticamente no traducen? ¿Por qué se traducen —y tan mal— muchas palabras del Qur’án y se dejan sin traducir estas, que tiene un sentido unívoco, y cuya traducción no presenta dificultad alguna? Parece que si hablamos de “sometimiento a Dios” se comprenderá lo que el Qur’án y la tradición muhammadiana no cesan de repetir: eso que llamamos islam no es una religión histórica, sino la condición natural del ser humano. Una mente tan lúcida como la de Goethe dio testimonio de esto en su Diwan OrientalOccidental:

Si Islam significa sometimiento a Dios, entonces, todos nacemos y morimos musulmanes.

Lo cual no deja de ser cierto, siempre y cuando completemos la reflexión desde nuestra conciencia de seres sometidos: Si por Islam se entiende otra cosa que sometimiento a Al-lâh, entonces, no somos musulmanes.

Frente a las lecturas reductoras de nuestra tradición, es necesario volver al Qur’án y proclamar bien claro cual es nuestro dîn. Todo esto afecta a nuestro modo de ver la tradición: ¿cuál es nuestra herencia? Si por “historia del Islam” entendemos la de los califatos omeya, abbasida y otomano, entonces no somos musulmanes. Si un concepto tan vago como el de “historia del Islam” tiene sentido, este no puede ser sino la recepción de la Palabra revelada a través de los tiempos.

No es una historia en el sentido lineal: se trata más de una “metahistoria”, una serie de acontecimientos arquetípicos que se repiten en todas las épocas, y de la cual la propia vida de los profetas es un signo. En el plano reducido de las religiones, se trata de la larga travesía de la profecía frente a la cosificación de la espiritualidad humana en unos dogmas, una tensión que no ha dejado de repetirse en todos los tiempos.

Con esto, estamos acercándonos a la posición de Ibrahîm dentro del ciclo universal de la profecía, una cadena magnética a través de la cual la Realidad se nos revela, las puertas se abren y el hombre accede al centro. Ya hemos superado la ilusión de fijar un Ibrahîm histórico, de adscribirle a una religión determinada. Ya podemos presentarlo como un ejemplo para todos los mundos:

Di: “Creemos en Al-lâh y en lo que se ha hecho descender para nosotros, y en lo que se hizo descender para Ibrahîm, Ismael, Isaac, Jacob y sus descendientes, y en lo que Mûsa, Isa y todos los profetas han recibido de su Sustentador: no hacemos distinción entre ninguno de ellos. Y a Él nos sometemos.

(Qur’án 3: 84)

La aceptación de todos los profetas de todas las tradiciones es una condición interna antes que una idea. Se trata de la propia aceptación del fenómeno universal de la revelación, la posibilidad de una Palabra que desciende al corazón de aquellos que se postran, que se someten voluntariamente a la fuerza creadora de los cielos y la tierra. Esta aceptación no puede limitarse, debe abrirse a todos aquellos lugares desde donde Al-lâh le habla a las criaturas. También a aquellos profetas y a aquellas tradiciones no mencionadas explícitamente en el Qur’án.

Con esto, el Qur’án no hace más que afirmar la primacía de la revelación sobre la historia. Reivindicamos nuestra condición de seres sometidos a al-Hayy, el Viviente, a al-Wâsi’, el que todo lo abraca, al poseedor de los Más Bellos Nombres (al-asmâ’ al-husnà). Ponemos todo nuestro empeño en la comprensión de este prodigio: Al-‘Azîz, el Inaccesible, no ha dejado de hablar al hombre desde el principio de los tiempos, en una revelación constante, que aún siendo la misma ha adoptado diferentes formas en función del contexto donde se produce. Esa revelación ha dado pie a las grandes creaciones de la humanidad, no solo a las llamadas “religiosas”, sino también a la ciencia, al arte y al comercio, a todo aquello a través del cual el hombre se realiza. Este hecho, el contacto entre el Todo y la parte, entre Dios y el hombre, es el hecho central de la única historia que aceptamos como nuestra.

Con todo esto, afirmamos nuestra voluntad de seguir la misma senda que seguían Ibrahîm, Mûsa, Isa y todos los profetas, siguiendo literalmente lo que el Qur’án al-Karim afirma:

Decid: “Creemos en Al-lâh y en lo que se ha hecho descender sobre nosotros y en lo que descendió sobre Ibrahîm, Ismael, Isaac, Jacob y sus descendientes, y lo que fue entregado a Mûsa y a Isa, y en lo que fue entregado a todos los profetas por su Sustentador: no hacemos distinciones entre ninguno de ellos. Y es a Él a quien nos sometemos.”

(Qur’án 2: 136)

Esta es una escritura clara en si misma, para que los dotados de razón no puedan engañarse. Aquellos que se someten a Al-lâh no sitúan a un Mensajero por encima del otro. No ponen a Muhámmad por encima de Lao Tzé, ni a Manco Capac por encima de Ibrahîm. Que la paz de Al-lâh sea con todos ellos y con sus descendencias, que Al-lâh derrame sus bendiciones sobre todos y cada uno de sus seguidores. Tal vez este sea el signo del Islam bien entendido, justo aquello que legitima que sigamos hablando del Islam como un camino abierto para todos, tal vez la última oportunidad de una vida digna para la humanidad en un mundo cada vez más deshumanizado.

Así está escrito, para que todos aquellos que quieran adentrarse en las enseñanzas que contienen los libros revelados lo hagan libremente, sin la presión de ninguna ortodoxia. Para que nadie pueda afirmar que el sometimiento a la Realidad es el camino particular de ningún pueblo, de ninguna religión, de ningún país, de ninguna casta, de ningún Estado, de ningunos ninguneadores, ladrones de palabras, escamoteadores del contacto directo entre el Creador y la criatura. Solo entonces,

Ningunos niños matarán ningunos pájaros, ningunos errores errarán, ningunos cocodrilos cocodrilearán. Ningunas nubes nublarán ningunas estrellas, ningunas lluvias lloverán cuchillos, paciencias ningunas de mujeres pacienciarán en vano.

(Gonzalo Rojas)

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