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Lo que dificulta la movilización es el miedo a perder

Entrevista a Juan José Tamayo

31/05/2013 - Autor: A.G.Encinas - Fuente: El Norte de Castilla
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Juan José Tamayo invita a rebelarse contra la resignación que inocula esa dichosa crisis

La palabra es crisis. Palabreja infiltrada en las conversaciones cotidianas, cargada con todas sus connotaciones negativas. Juan José Tamayo (Amusco, Palencia, 1946) invita a rebelarse contra la resignación que inoculan esa dichosa crisis y sus consecuencias en los ciudadanos.

Ha cambiado un poco el título de su conferencia, ‘Utopía en tiempo de crisis’, respecto al título de su libro, ‘Invitación a la utopía’. Aunque no va desencaminado porque, al fin, es un tema que trata.

–En realidad, el subtítulo del libro, que es ‘ensayo histórico para tiempos de crisis’, es el que refleja en buena medida la necesidad y la urgencia de la utopía para no desembocar en el desencanto y en la desesperanza. Porque en tiempo de crisis es cuando más peligro existe de que la gente se hunda y se desanime. Decía Gramsci, el gran filósofo y politólogo italiano, que el pesimismo de la razón debe ir acompañado del optimismo de la voluntad, y eso es lo que pretende este libro. Hacer un análisis crítico, severo, de la situación de la crisis que sobre todo afecta a los sectores populares, más desprotegidos, con menos defensas. Y claro, el pesimismo de la razón, de los análisis y las reflexiones que se puedan hacer sobre economía, política, etcétera, no puede desembocar en una actitud de hundimiento de la persona. Ahí está la voluntad precisamente para elevar el ánimo y levantar el vuelo. De lo contrario, es como si a un volador se le cortan las alas. En este caso, el sistema busca eso. Eliminar la esperanza de las personas, matar los sueños. Y eso supone una depresión que, si es individual, se va uno al psiquiatra. El problema es si es colectiva, como la que están viviendo España y Europa ahora. Pero no podemos permitirnos conceder esa victoria y ese triunfo al mundo financiero, político, mediático, militar. Hay que invitar a la esperanza, y ese es el objetivo del libro.

Se están produciendo dos reacciones contrapuestas, según parece. Una, de resignación, de ‘es lo que hay, nos han dicho que hay que recortar y ser austeros, viene impuesto y no se puede hacer nada’. Y otra, de indignación, quizá plasmada en el 15-M como parte más visible.

–Claro.El sistema impone el realismo.Dice ‘las cosas son como son y no pueden ser de otra manera’. El sistema lo que quiere es racionalizar lo irracionalizado. Y decir que todo lo irracional es absolutamente necesario para superar la crisis. Y claro, racionales son los recortes, las restricciones en Educación, en Sanidad, en servicios sociales, limitar la inversión para la investigación... Eso es terrible. Y genera la actitud de resignación en estos sectores, que se sienten impotentes y que se encierran sobre sí mismos, pero al mismo tiempo provoca la indignación.

Y el origen de la utopía está precisamente en la indignación.

¿Es ahí donde nace?

–La utopía tiene distintos pasos y momentos. Primero el indignarse, dar el golpe en la mesa, protesto y no estoy de acuerdo. Pero claro, después esa indignación individual debe colectivizarse, y eso es lo que está generando todos estos movimientos sociales, los foros sociales mundiales, los movimientos alterglobalizadores, Democracia Real Ya...

Es decir, toda esa indignación que se traduce en protesta y que hace propuestas al mismo tiempo y propone alternativas. Alternativas que ya se van realizando, porque el hecho de actuar, militar, salir a la calle y movilizarse, ya da buenos resultados. Esa idea de que no se consigue nada es muy peligrosa, porque el hecho de movilizarse ya es empezar a conseguir. Ese movimiento ciudadano que toma conciencia, que crea una comunidad de propuestas, de alternativas y de proyectos afines, me parece que es una conquista extraordinaria.

No caer en la violencia

¿Y cómo se evita el riesgo de que el paso siguiente a esa indignación derive hacia la violencia?

–La madurez y la sensatez de estos movimientos evita esa deriva en la violencia. Si eso derivara en violencia, se produciría una espiral que no habría quien la detuviera. Porque el sistema diría ‘ellos son los violentos’, y los violentos dirían ‘la violencia está en el sistema’. La primera violencia que se da en este mundo controlado por los poderes financieros y el neoliberalismo es la del sistema. Es una violencia que está instalada en las cúpulas del poder. Y a esa violencia hay que responder organizadamente, pero no con una violencia activa. Yo, por tradición religiosa cristiana evangélica, creo que los métodos no violentos son mejores que los violentos. Pero es que además hay ejemplos en la historia que ponen de manifiesto que esa forma de no-violencia activa también es eficaz y consigue los resultados sin derramamiento de sangre y sin destruir vidas humanas.

¿Por ejemplo?

–Ahí está la no-violencia del fundador del cristianismo; de Sócrates, enseñando a la juventud otros valores; de Francisco de Asís, que consigue reformar o renovar la Iglesia; de Lutero, de Gandhi, de Martin Luther King, de las madres y las abuelas de mayo frente a esa terrible violencia de la dictadura... Pero no-violencia activa. Y no-violencia, o paz, que tiene que vincularse con la justicia. No podemos hablar de no-violencia de brazos cruzados. No, no. Tiene que traducirse en un grito de protesta que pare y frene esta deshumanización.

¿Qué ocurre si se responde con violencia?

–Lo que quiere el sistema es que se responda con una violencia armada, pero esa es una provocación en la que no debemos caer. Porque además, cuando se produce una respuesta violenta a la violencia del sistema, la vida más amenazada es la de los que se rebelan contra ese sistema. Porque el sistema se protege a través de sus medios, que son las fuerzas represivas.

Algo que se achaca a estos movimientos es que no se materializan en algo, como si se dijera que si no luchas desde dentro del sistema, configurándose como partido político, por ejemplo, no cuenta. ¿Se puede conseguir algo con movimientos tan segmentados?

–Se está removiendo ya. Ahora mismo existen cuatro o cinco luchas que creo que están transformando totalmente la mentalidad de la gente y ayudando a superar esa mentalidad pasiva. El caso, por ejemplo, de los desahucios. ¿Quién iba a pensar que personas tan indefensas como gente mayor que no puede pagar el alquiler, o inmigrantes que no pueden pagar la casa que compraron, se iban a empoderar? Eran gente humilde, sin defensas, sometida a las arbitrariedades de los bancos. Y mira por dónde el movimiento contra los desahucios da poder a la gente, la dignifica. Y la hace sentirse defensora de unos derechos que han sido pisoteados. Esa es una lucha. Otra es la que está teniendo lugar a través de la marea blanca en el mundo sanitario. ¿El éxito consiste en que eliminen todos los procesos de privatización? No, porque eso no va a ser fácil. Pero sí genera una conciencia colectiva de que se está privatizando lo público, y eso es un atentado contra la ciudadanía.

Nada que perder

Comentaba lo de las plataformas, que han cogido mucha fuerza. Quizá es el efecto rebote de la gente que ya no tiene nada que perder. Ahora no tengo miedo y doy el salto. ¿Estamos en ese momento?

–Efectivamente. Lo que dificulta o frena la movilización es el miedo. El miedo a perder. Todos tenemos miedo a perder. A perder nuestro puesto de trabajo, nuestro renombre, unos niveles de ingresos... Pero, ¿por qué tenemos miedo a perder? Porque somos personas posesivas. Nos agarramos a lo que tenemos y renunciamos al ser. El hecho de tener miedo a perder es porque no somos. ¿Por qué tenemos miedo a perder? Porque no tenemos una riqueza personal, interior, que brota del propio ser humano y de todas sus capacidades. En el fondo, el miedo es la manifestación más clara de la debilidad de la persona, mientras que la valentía, el compromiso, la decisión, es el signo de la autoestima. La persona que tiene miedo no se estima, porque pone todo el peso en algo externo a sí mismo. Y eso es lo más deshumanizador posible. Estamos rodeados de un tener, y empobrecidos en el ser. En el momento en que valoremos más el ser que el tener, habremos perdido el miedo a perder lo que tenemos.


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