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De Tejas a Dhaka, la explotación económica sigue derramando sangre

19/05/2013 - Autor: Deborah Orr - Fuente: sinpermiso.info
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Tragedia en Bangladesh
Tragedia en Bangladesh

Ya se trate de una explosión en una fábrica de fertilizantes en los EE. UU. o del derrumbe del edificio de una fábrica en Bangladesh, se tiende a dar noticia de las catástrofes industriales casi como si se tratase de un desastre natural. Un individuo que lleva a cabo una matanza a tiros o pone una bomba, eso sí que son noticias, eso es censurable, eso es merecedor de justicia para las víctimas. Pero cuando la culpa la tienen las empresas, el dedo acusador se juzga menos importante. Lo que resulta extraño, en cierto modo. La humanidad nunca puede decir con plena seguridad qué gentes perturbadas o enojadas son verdaderamente peligrosas.

Pero una buena gestión del riesgo industrial es notablemente conseguible. Una explosión en la West Fertilizer Company de Tejas hace unos días el 18 de abril mató a 14 personas e hirió a muchas otras. ¿Fue solo un terrible accidente que no podía haberse previsto?

Quizás. Pero la fábrica había sido multada por los reguladores norteamericanos debido sus chapuceras disposiciones, razón por la cual tuvo que apoquinar sólo 5.250 dólares.

En el año 2006 se investigó a la empresa después de recibir “quejas a causa de los olores”. Se descubrió que había estado utilizando materiales controlados sin autorización. Rellenando una solicitud para poder utilizar legalmente esas substancias peligrosas, en lugar de hacerlo ilegalmente, resolvió la cuestión. Mirando hacia atrás, estas intervenciones por parte de los reguladores parecen bastante irrisorias, aunque las razones del accidente no se han determinado todavía.

Sin embargo, la empresa matriz, Adair Grain Inc, va a ser llevada a juicio por compañías de seguros en nombre de una serie de particulares, en una demanda que afirma que la empresa "obró de modo negligente en lo tocante al funcionamiento de sus instalaciones, creando una situación irrazonablemente peligrosa, que acabó provocando el incendio y la explosión".

El derrumbe de una fábrica textil de ocho plantas esta semana en Dhaka es un desastre de mucha mayor envergadura. El viernes 26 de abril se habían extraído más de 2.000 cuerpos de los escombros, casi 300 de ellos muertos. Las estimaciones sugieren que puede haber llegado a 5.000 el número los trabajadores en el edificio. Los testigos han declarado que se les dijo que volvieran al trabajo tras informar de la aparición de una grieta en uno de los muros. No se puede evitar preguntarse si acaso se trata de un edificio que nunca fue construido para soportar el peso de 5.000 personas más su maquinaria.

Está claro que la dirección no había prestado atención a la muerte de 112 trabajadores en una fábrica de confección de ropa en un barrio cercano, Ashulia, en noviembre pasado. Se declaró un día de luto en Dhaka por los fallecidos, pero pocos meses después se ha producido un desastre mayor con más víctimas. Esta vez se declaró un día de luto en todo el país.

No hace falta ser un científico sofisticado para entender lo que está pasando en Bangladesh. Se trata del segundo exportador mundial de prendas de vestir después de China. El secreto del éxito en ambos países es que un trabajo barato y cualificado elabora una ropa de excelente calidad, pero se vende al por menor a precios que son una minucia en Occidente. El salario mensual de la industria textil de Bangladesh puede llegar a ser de sólo 25 libras esterlinas, mientras que con 25 libras se pueden adquirir tres bonitas prendas en cualquier calle comercial de Gran Bretaña. Primark ha confirmado que uno de sus proveedores trabajaba en el edificio, mientras que Matalan afirma que había utilizado empresas ubicadas en el edificio en un pasado reciente. Nuevamente, nada hay que nos sorprenda. Los grupos de presión han estado tratando de nombrar y afear a los proveedores occidentales para que impulsen los niveles de salud y seguridad de los trabajadores del mundo en desarrollo con cierto éxito, pero no todo lo que desearían.

Hay una escuela de pensamiento que cree que la explotación en curso es culpa enteramente de la industria de la moda. Pero eso no es del todo cierto. Si preguntamos a los diseñadores de moda si preferirían adquirir cada temporada una o dos piezas cuidadosamente escogidas de entre colecciones de calidad superior o un montón de gangas de calle comercial todos los meses, se decantarían encarecidamente por la primera opción. Es algo así como afirmar que los cocineros más famosos son la razón por la que hay establecimientos de pollo frito. Los minoristas de las calles comerciales ofrecen una aproximación de pacotilla de las elaboradas colecciones de moda de calidad, una experiencia de gratificación excitante para el consumidor que resulta un tanto desesperada, muy parecida al envase grasiento que ofrece cierta comodidad, pero no mucho alimento. Comprar cosas constantemente es una afición occidental, adictiva pero insatisfactoria. Llena el tiempo sin exigir compromisos ni destrezas. 

El horror cotidiano de la sociedad postindustrial estriba en que descualifica y vuelve pasiva a aquella gente que otrora habría estado fabricando aquellos cosas que ahora compra en cambio en las tiendas. Y solo se pueden permitir comprar esas cosas porque la gente de otros países no puede permitirse decir que “no” a fabricarlas en condiciones que hoy se consideran – justamente – inaceptables aquí. La gente compra esos productos porque están a precios baratos que se convirtieron en la némesis del antiguo “taller del mundo” expresión para referirse a la Gran Bretaña victoriana.

Mucho se ha valorado la capacidad de la globalización para extender la riqueza. En realidad, se trata de un proceso endemoniado que recompensa a una población explotable hasta que se vuelve demasiado grande para sus zapatos, y a la que deja luego tirada, con el producto tan solo del siguiente grupo de víctimas para mantenerse a flote. Con el tiempo, la gente de Bangladesh logrará condiciones de trabajo decentes, como las lograron los trabajadores de la Gran Bretaña industrial. Y entonces también ellos comprarán prendas de ropa baratas hecha en fábricas remotas en las que no serán ellos los que trabajen.

Lo que está sucediendo en la actualidad es un vasto reajuste de seres humanos y de sus categorías económicas. Los niveles generales de vida todavía se predican ampliamente de la parte del mundo en que vivimos nosotros. Pero la globalización difunde una relativa pobreza lo mismo que una relativa riqueza. Al final, los pobres del mundo y los ricos del mundo lo tendrán todo en común unos con otros y nada en común con sus vecinos y compatriotas.

Puede verse ya, no sólo en la condena de la "dependencia de prestaciones sociales" sino en la demanda de empresas para la inmigración, por mucho que sea el dolor de cabeza que les plantea a los políticos. Lo vemos en la clase de los consumidores de China, que afluye a las tiendas occidentales de "moda asequible”, como Zara y H&M, que florecen en Asia como margaritas en un parque. Se ve en la forma en que dos fábricas, en dos partes del mundo que a primera vista no podrían tener menos que ver, acabaron causando la muerte de un grupo de empleados.

Y se ve, por supuesto, en la continuidad de las luchas económicas, a medida que el equilibrio de poder se escapa del mundo desarrollado al mundo en desarrollo, en un masivo ajuste estructural. Es una paradoja que la Unión Europea aparezca como culpable principal en buena parte de esto.. Cualesquiera que sean sus fallos, sigue representando el mayor experimento en igualdad transfronteriza que se haya visto alguna vez en el planeta. Y sin embargo, nunca ha sido menos popular entre la población de los países miembros. ¿Qué solución puede haber, sin embargo, si no forma parte de ello el intento de crear una igualdad de condiciones comerciales en países en situación económica diversa?

Hasta que los seres humanos no se den cuenta de que la explotación económica sistemática es tan cruel y disociada como disparar un arma de fuego contra un grupo de extraños, seguirá habiendo sangre. Mucha sangre.

 

 

Deborah Orr es columnista del diario británico The Guardian.
The Guardian, 26 de abril de 2013

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