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El ruiseñor

Sólo conoce el que tiene la experiencia

02/04/2013 - Autor: Emilio Alzueta - Fuente: Webislam
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La manifestación de la Belleza y la Alegría

Una noche, tras salir de la casa de campo en el valle de Órgiva, en las Alpujarras, mientras ascendíamos la pequeña colina poblada de naranjos y olivos, mi acompañante trajo a mi atención el discreto pero maravilloso concierto de los pájaros. “Son los ruiseñores”, dijo.  Sólo el que haya escuchado ese canto, inspirado y cristalino, lleno de modulaciones, sabrá de qué hablo: sólo conoce el que tiene la experiencia. Significativamente, la belleza de su música se ha traducido en la que su nombre atesora en múltiples lenguas: nightingale, rosignol, usignolo, bulbul. A lo largo de los siglos y las literaturas, el ruiseñor ha sido símbolo del ideal, de la belleza, del amor. La poesía sufí encuentra en él una de sus figuras predilectas: el ruiseñor entregado al amor de la rosa simboliza al fervoroso amante de lo Divino, que es capaz de sacrificar su misma vida en tal aspiración. En las palabras de Attar:

Cuando el ruiseñor ve la rosa,
comienza a cantar en su alegría;
mas yo permanezco deslumbrado,
mudo ante Tu visión. 

En la tradición occidental, su presencia es frecuente ya desde los clásicos grecolatinos, que acuñaron el mito de Filomela (ruiseñor en latín) y que solían asociar su canto con la melancolía: Virgilio lo comparó con el lamento del mismo Orfeo. Pero si hay un texto que en Occidente haya guardado de manera inconfundible la imagen y el símbolo de esta ave es la Oda a un ruiseñor, de John Keats, acaso el más grande de los poetas románticos ingleses.

Keats escribió este poema casi espontáneamente –If poetry comes not as naturally as the leaves to a tree it had better not come at all- en el jardín de su casa de Hampstead, entonces a las afueras de Londres. El poeta, casi dormido, escucha la canción melodiosa y feliz del ruiseñor, en la sombra. Su espíritu siente la aspiración de elevarse y fundirse con ese canto, que procede de una esfera más alta que lo terrestre, una esfera que no conoce el dolor mortal:

Fade far away, dissolve, and quite forget
What thou among the leaves hast never known,
The weariness, the fever, and the fret
Here, where men sit and hear each other groan.

El ruiseñor se encuentra más allá de las garras del tiempo, del nacimiento y la muerte. Y desde esa inmortalidad contempla las generaciones de los hombres, inmerso en su canto feliz:

Thou wast not born for death, immortal Bird!
No hungry generations tread thee down;
The voice I hear this passing night was heard
In ancient days by emperor and clown.

La oda termina con el regreso del poeta, tras su rapto, a este mundo físico y al ser transitorio, abocado a la muerte –que el joven Keats presentía, certeramente, cercana.

Este famoso poema, de extraordinaria hermosura, presenta sin embargo un problema lógico que Borges se ocupó de señalar en uno de sus ensayos. El poeta percibe de forma muy intensa la inmortalidad del ruiseñor; pero el pájaro que cantaba en su jardín era tan transitorio como el poeta mismo; en realidad, más aun. ¿A qué obedece entonces tal alteración? Decir que el ave es una metáfora de la poesía o de la belleza no hace justicia a la vivacidad de la conciencia con que Keats siente que su canto procede de una esfera celeste.

Acaso la respuesta pueda hallarse precisamente en la metafísica tradicional, tal y como ha sido expuesta por multitud de sabios a lo largo de los siglos, y que ha sido casi completamente olvidada en nuestros días. Según la metafísica y la scientia sacra de las grandes tradiciones religiosas -especialmente la tradición islámica, por ser la que la ha preservado de manera más clara e incontaminada- el mundo no se limita al ámbito físico, sino que consta de diversos niveles ontológicos, que pueden resumirse en cuatro: el ámbito de lo Divino; el ámbito del absoluto dominio, del espíritu; el ámbito de lo angélico, de los significados; y, por último, el ámbito del mundo físico –incluyendo sus manifestaciones energéticas y sutiles. Cada nivel ontológico contiene, como principio, los niveles inferiores. No se trata, sin embargo, de una compartimentación, sino de una presencia simultánea. Al experimentar por medio de los sentidos y la inteligencia discursiva  un árbol -por ejemplo, un abedul de montaña- aquellos en los que el ‘ojo del corazón’ no está completamente cerrado pueden percibir -en muy diferentes grados de claridad- los principios de los que este procede en los ámbitos superiores: el resplandor del ser que brilla en el abedul, en el temblor de sus hojas, en la blancura lunar de su corteza, refleja los árboles del Paraíso; así como su arquetipo –uno y al tiempo de infinita variedad- en el ámbito del espíritu; y los atributos Divinos que se manifiestan en esa criatura. No se trata de ningún panteísmo: el mundo no es Dios –se define, antes bien, como lo que no es Dios. Pero es Su acción y permanente creación, así como la expresión de Sus atributos -en infinitas combinaciones, en cada criatura o lugar de manifestación.

El verdadero poeta, el verdadero artista, es el que tiene una cierta intuición, aunque sea muy débil o difusa, de esta realidad. Entre sus ráfagas de inspiración y la contemplación del santo hay un abismo -como el que hay entre un reflejo lunar en el agua y la visión de la luna llena-, pero ambas proceden, según esta visión metafísica, de una misma realidad esencial. Así que el joven e inspirado John Keats, en su jardín de Hampstead, al escuchar el cristalino canto del ruiseñor, percibe, no el pájaro individual, sino su arquetipo, y, en él, la manifestación de la Belleza y la Alegría que no pasan. Y aunque su espíritu humano es eterno e incomparablemente más grande que el ruiseñor, el poeta se contempla a sí mismo desde el punto de vista de su ser mortal, que anhelante se torna a lo celeste. De este modo, la intuición e inspiración del poeta inglés coinciden, en su profunda verdad poética, con la metafísica de los sufíes; y el ruiseñor de oriente y el de occidente se funden en una sola música. La misma que aquella noche, en las Alpujarras, nos iluminó como la luna en las montañas, con la alegría del ser, y el resplandor de la Belleza. Aunque no supiésemos deletrear la experiencia, sino sólo vivirla.


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