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Estrategias y Políticas de Hospitalidad-Trashumancia (II)

Verdadero primer paso en la luna para la humanidad

05/03/2013 - Autor: Reyna Carretero - Fuente: Webislam
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Estrategias de hospitalidad-trashumancia
Puede acceder a la primera parte del texto aqui

La tragedia del viajero, trashumante, indigente

En un pasaje memorable, Simone Weil  escribe que lo verdaderamente sagrado en cualquier ser humano, «desde la primera infancia hasta la tumba», en el fondo de su corazón y a pesar de «toda la experiencia de los crímenes cometidos, sufridos y observados», radica en la obstinada esperanza de encontrar el bien.  Si concordamos que todos somos trashumantes y que seguimos reproduciendo y actualizando ese inmenso legado nómada parido desde nuestra  misma aparición en esta madre tierra, tendremos que reconocer que tal movilidad significa dolor, esfuerzo y muchas, muchas veces desconsuelo; y que esa esperanza  de ser objetos del bien,  en este caso de hospitalidad, comporta uno de los grandes principios decretado desde épocas inmemoriales.

Millones somos obligados –con mayor o menor violencia– a cambiar de espacio continuamente, a salir con más o menos recursos para formar parte de legiones que van hacia una suerte de exilio colectivo a lugares cercanos o lejanos. El sentimiento predominante es el de la dificultad o imposibilidad para permanecer, aquietarse; de deficiencia para arroparse o de ser anfitrión, dar hospedaje, ni siquiera para los más cercanos y queridos. El marroquí Tahar Ben Jelloun  es más que descriptivo cuando narra en su novela Partir: «tengo veinticuatro años, soy licenciado, sin trabajo, ni dinero, ni coche, soy un caso social, sí, yo también lo soy, sin rumbo fijo, estoy dispuesto a todo para marcharme de aquí, para conservar de este país sólo imágenes, tarjetas postales».

¿Cómo ser héroe en esta tragedia de nuestro tiempo, si hombres y mujeres de todos los colores abordamos los riesgos de muerte por puro valor o por pura necesidad? ¿Cómo ser héroe si las circunstancias nos incapacitan para  combatir y triunfar sobre nuestras limitaciones históricas personales y locales, sin conseguir el reconocimiento y la valoración social a través de nuestro paso por el abismo de la muerte?: "... mi tierra no ha sido clemente, ni conmigo ni con muchos jóvenes de mi generación, y hemos tenido que arreglárnoslas como podíamos para salir del paso…", nos dice Ben Jelloun.

La hospitalidad como otro- modo- de- ser

Aprender a vivir en la hospitalidad es reconocer lo que hemos sido y no recordamos; es el retorno de nuestra mirada al sentido vital, al descubrimiento de la plétora del ser, ésa que durante milenios nos ha lanzado al viaje cotidiano, al descubrimiento de nuevas formas en el mundo y a dotarlas de nuevos nombres, muchos de ellos ahora olvidados, borrados. Es otro modo que saca del empeño nuestras vidas y almas ante el espejismo de recursos vitales ilimitados y de una felicidad hechiza y engañosa basada en las tecnologías, sean del cuerpo, hogareñas, del esparcimiento o laborales.

Ser hospitalarios es una respuesta a la ansiedad y a la fatiga del sí mismo, a la indigencia originaria  y a la  insatisfacción infinita que sólo puede curarse a través de la comunidad con el Otro; comunidad que se manifiesta en el servicio, en el cuidado y la gratitud. Todas estas virtudes, hunden sus raíces en la historia de nuestra especie, y requieren  de la obediencia de cuidar al Otro, no como un deber marcado por reglas morales, sino como una deuda y responsabilidad franca y sincera.

Reconocernos y practicarnos como comunidades trashumantes y hospitalarias, en medio del horizonte sorpresivo de la movilidad masiva, nos recuerda lo que nunca dejamos de ser y tener, pero que inmersos en la dinámica de la homogeneización de las formas sociales habíamos olvidado: nuestra calidad de incomparables, in-englobables, sagrados.  Esto puede sumergirnos en un mar de dudas sobre lo que deberíamos y podríamos hacer a nombre de un rosario de costumbres pasadas, presentes y futuras. Sin embargo, de lo que se trata es de transformarnos y aprender a ser-de-otra-manera, de otro-modo; un modo que nos permita integrarnos a ese  «misterio casi tan turbador como el de la muerte» escribe Proust, donde se disuelve el egoísmo que nos ata a nuestros “sí mismos”, a través del Otro y para el Otro. Esta es la única manera de ser comunidad, convertirnos en ella, vivir en y con ella.  La crónica de Sanah, una mujer palestina, presa en una cárcel israelí,  es una muestra que este diferente modo de ser ni siquiera demanda grandes actos épicos, sino cosas cotidianas  que se convierten en un gran logro: «‘Mañana voy a ver a mi hermano’. Sanah está feliz porque sólo puede verle una vez al año. ‘Lo veré y no podré tocarlo pero lo veré’, me dice con sonrisa triunfadora. Sabe que es un éxito».

La hospitalidad implica abrir esa mi-casa a gentes como Sanah y su hermano; saber que no son extranjeros que sufren en la lejanía, sino personas como tú y como yo, desconsoladas con un mínimo y efímero sentimiento de felicidad. A través de ellos o de Otros se trastoca la narración habitual del sí mismo,  del tú-no-me-interesas, del desprecio o de la evasión solapada. Con esta virtud, que es sentimiento pero sobre todo acción, el necesitado y perdido en la incertidumbre deviene en significación de lo infinito, de lo trascendente; se transfigura en epifanía que renueva la existencia general de todos los seres; hace comunidad al retribuir esa responsabilidad primaria que es la apertura de “llegar a casa”.  En lugar de ser fuerza alienante, la hospitalidad es una fuerza que rompe las cadenas que atan a la soledad. El yo mismo se desatasca, se libera, se desocupa de su obsesión por mantenerse, de su fastidio y del peso que carga por su propia existencia.

El Otro, el rostro indigente, es el camino a que conducen todos los sentidos; representa la cura del abismo que se abre ante la búsqueda compulsiva de la individualización extrema, fundamentada en la negación de la dignidad humana que es, así, minimizada, soterrada. La hospitalidad es el reconocimiento de la desposesión de un dominio humano, de un lugar, de una persona, de un grupo humano. Como otra vez nos recordaría Lévinas, el Otro es un extranjero, un desenraizado, un apátrida expuesto a las inclemencias del tiempo; es un no-habitante que, a pesar de no ser concebido ni alumbrado por mí,  se ve obligado a recurrir a mi persona:

"…lo tengo ya en los brazos, ya lo llevo … Eso me incumbe".

No hay mejores palabras para expresar este anhelo y necesidad de hospitalidad, porque ¿qué otra fuente de reconocimiento puede abrir caminos a los seres desconsolados que nos representan a todos? Si todos somos de alguna manera indigentes trashumantes que ven el horizonte con la mirada borrosa ¿cuál es el faro que nos alumbrará en esta selva oscura? Si la noción de propiedad es ya espacio inaccesible para las actuales y futuras generaciones, si “mi casa”, “mi empleo”, “mi familia”, mi “patria” son imágenes en extinción ¿cuál es el tiempo, el sentimiento, la acción y la virtud que puede conjurar dicha imposibilidad?

La respuesta está en la hospitalidad infinita –liberada de cualquier condicionamiento– ante la profundidad y fuerza de la aparición del Otro; una hospitalidad que me une a él desde una responsabilidad pre-temporal y pre-espacial, y que sólo puede presentarme como servidor suyo. Ante el juego de seguir quebrando a los demás con nuestra indiferencia se deben y tienen que instrumentar estrategias de hospitalidad, las cuales sólo pueden ser implementadas con-los-otros, a partir del propio reconocimiento de nuestra condición trashumante. Estrategias de hospitalidad que abren el camino hacia una comunidad que alivia, que cura, para retomar a Heidegger. La misma palabra de comunidad transmite una sensación amable porque evoca una vida en la que se puede confiar;  produce una sensación de dulce sonido, necesario de tenerse en cuenta en estos tiempos despiadados y sin tregua donde pareciera que todo mundo tiene tanta prisa o miedo como para detenerse  a  escuchar los gritos de auxilio.

Cuando levantamos la cara, el rostro del Otro está frente a nosotros: igual que el mío, su aparición demanda protección y abrigo. Su rostro, como mi rostro, es una interpelación al esfuerzo, a la solicitud,  a la entrega, es motivo suficiente para hacer una obra de cura consistente en la resolución de abrirse para atraerlo y desencajarlo de la abyección social y humana que empuja a abandonarlo. Es justamente en este movimiento en que se transparenta la naturaleza de la comunidad, ya que en su base se fermenta la cura  del sufrimiento y no otro interés. Hospitalidad que cura hace comunidad, y ésta no puede realizarse sin la primera. No puede existir una sin la otra. Heidegger lo tenía claro cuando afirmaba que la comunidad tiene el deber de custodiar y procurar la curación de todos, y no sólo la de algunos de sus males. Esta es la condición que nos hace  responsables, querámoslo o no, de la misma posibilidad para reconocer el Bien como presupuesto esencial de la ética.

La hospitalidad es el lenguaje de la casa-abierta-al-otro para hacerle un lugar como alguien singular, incomparable, como Bien infinito; es descordar la conciencia y que el alma deje de ser paralítica, nos clama Levinas, para devenir en «poder de recepción, de don, de manos llenas»   Su lenguaje es enseñanza de dar, de recuperar la trashumancia sin indigencia y a ésta para transformarla. Es el lenguaje de la promesa que renueva y hace visible al que ha sido negado, borrado, invisibilizado, de reparar su vida lastimada.

El reconocimiento y la hospitalidad nos dotan de un modo de ser y de vivir potencialmente compartido por todos, en un horizonte social y humano en el que no prime el mutismo, la ausencia de sentido, la fragmentación de la identidad personal y comunitaria. Eterna búsqueda de la hospitalidad. Su emergencia en el panorama contemporáneo vuelve indispensable una ética, una cultura de atención y acompañamiento; una lucha profunda con nosotros mismos para desterrar el miedo y la ira, para abrir nuestras puertas y atraer a su interior  a un mundo desprovisto e indigente. El que está adentro y fuera  de los muros, errando, necesita del recogimiento que sólo puede obtenerse de una casa abierta al mundo.

Ética hospitalaria que obliga y doblega la tradición del rechazo, que hace surgir otro-modo-de-ser plasmado en diferente orden del derecho y de las obligaciones, en otra política de fronteras no sombreada por el humo de bonzos desesperados, fosas clandestinas, cárceles ilegales; otra política de lo humanitario para aquellas personas que por nacionalidad, raza, discapacidad, edad, género u otras circunstancias, son abandonadas al más cruel de los desamparos. Virtud, ética, política y estrategia para acceder a comunidades hospitalarias, donde cada una sea un hogar. Gran salto cualitativo, verdadero “primer paso en la luna” para toda la humanidad.



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