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Al ‘Aqîda At Tahâwía: Exposición de los Fundamentos del Islam. III

Obra de Imâm at-Tahâwi, con traducción, introducción y comentarios de Abderramán Mohamed Maanán

01/03/2013 - Autor: At Tahâwi, Abderramán Mohamed Maanán - Fuente: Musulmanes Andaluces
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Allah no es un cuerpo situado en un espacio, pero aún así (o precisamente por ello) su Fuerza es Absoluta.

wa imâmu l-atqiyâ*

el imam de los rectos...

Muhammad es Imâm (es decir, modelo, guía) para los atqiyâ, los que buscan sinceramente a Allah, los rectos. Imâm es un nombre que se da al que conquista la consideración y el respeto de los demás -no debemos confundir esta palabra con Îmân, la sensibilidad espiritual del corazón humano-. Atqiyâ es el plural de la palabra taqí con la que se designa a la persona que intuye la grandeza de su Señor y se sobrecoge ante la inmensidad albergada en su propio corazón. Eso es a lo que se llama en árabe taqwà, la inquietud que moviliza al hombre tras el Absoluto y lo desconcierta y rinde ante Él.

Pues bien, Muhammad (s.a.s.) fue investido por Allah como Imâm para todos los que buscan a su Señor Verdadero, los atqiyâ. En el Corán, Allah ordena a Muhammad (s.a.s.) que diga a las gentes: “Si amáis a Allah, seguidme y Allah os amará”, instaurando el imamato de Muhammad (s.a.s.), su carácter de modelo a imitar en todo. De ahí la importancia de la Sunna, su Tradición. El Corán también califica a Muhammad (s.a.s.) de antorcha que ilumina, de misericordia para los mundos,...

wa sáyidu l-mursalîn*

el señor de los mensajeros...

Aquí el autor habla de la preeminencia de Muhammad, de la que él dijo: “Soy el señor de los hijos de Adán, y no es vanagloria”. Al decirse en esta ‘Aqîda que es el señor (sáyid) de los profetas-enviados (mursalîn) se presupone su preeminencia sobre el resto de la humanidad. Los profetas son los ‘mejores’ entre los seres humanos, es decir, son el fruto de la iniciativa de Allah, los escogidos, mientras que los auliyâ (los que han intimado con Allah, plural de la palabra walí) son quienes se han propuesto a Allah y se han acercado a Él. Los mensajeros han sido descontaminados por el acto radical de Allah, pero los auliyâ han crecido espiritualmente en un proceso que no es perfecto y arrastran consigo restos de apegos. Por ello, los anbiyâ siempre están en cumbres absolutas mientras los auliyâ se acercan más o menos a ellas. Esa superioridad de los profetas los convierte en maestros inauguradores de civilizaciones, mientras que los auliyâ están sujetos a esa maestría, de la que son herederos.

Y de todo ello da testimonio Muhammad (s.a.s.), que integra en su experiencia a todos los profetas anteriores y a todos sus seguidores, dejando una herencia magnífica a su Nación (Umma), continuadora en él de la inquietud que busca la reconciliación con la Verdad Creadora. Su rango es el de dar fe de la humanidad y de cada hombre (la Shafâ‘a). Él dijo: “Soy el señor de los hijos de Adán, y no es vanagloria. Seré el primero ante el que se abra la tumba, y el primero en dar fe y del primero del que se de fe”. En esto se cifra su interrelación con los miembros de su comunidad: del mismo modo en que los musulmanes ahora damos fe de él diciendo Muhammadun rasûlullâh, Muhammad es el Mensajero de Allah, y lo bendecimos y saludamos cada vez que mencionamos su nombre, esperamos que él nos incluya entre los suyos ante Allah el Día Terrible en que todos los seres humanos se congreguen ante el Señor de los Mundos...

wa habîbu rábbi l-‘âlamîn*

y el amado del Señor de los Mundos...

Se llama amado (habîb) al invitado a intimar. El Corán enseña que Allah ama a los excelentes, a los sobrecogidos por la intuición que tienen de Él, a los que se vuelven en su dirección, a los que desean purificarse,... a todos ellos los ama, es decir, los invita a intimar con Él. Muhammad (s.a.s.) realizó esas virtudes en su grado máximo, orientando su excelencia, su sobrecogimiento, su deseo de purificación,... hacia el Señor de los Mundos (Rabb al-‘Âlamîn), y no hacia un ídolo, un concepto o un mito. Y en todos sus pasos, fue consciente de que era Allah el que tomaba la iniciativa, no él. Por ello se le llama con propiedad ‘el amado del Señor de los Mundos’. El Profeta (s.a.s.) dijo: “Allah me ha hecho su íntimo (jalîl) como lo hizo con Abraham”. Y él (s.a.s.) habló de Allah desde esa intimidad absoluta.

wa kúllu da‘wà n-nubúwati bá‘dahu fa-gáyun wa hawà*

Toda pretensión de profecía después de él es mal camino y frivolidad...

Puesto que sabemos de modo cierto que él enseñó que sería el último de los mensajeros, toda pretensión (da‘wà) de otro posterior a él debe ser rechazada, y sus enseñanzas no serán más que mal camino (gay) y frivolidad (hawà). Tras él sólo puede haber auliyâ, es decir, herederos de sus enseñanzas y experiencias espirituales.

wa huwa l-mab‘ûzu ilà ‘âmmati l-ÿínni wa kâffati l-warà* bil-háqqi wa l-hudà* wa bin-nûri wa d-diyâ*

Él es el enviado a la generalidad de los genios y a toda la humanidad, para transmitir la verdad y el buen camino, con luz y resplandor...

Muhammad (s.a.s.) se presentó a sí mismo como enviado (mab‘ûz) a todas las criaturas dotadas de entendimiento y receptividad sin excepción, tanto a los seres humanos (warà) como a los genios (ÿinn) -criaturas que pueblan espacios más allá de la percepción directa de los hombres-. Esto es importante: la universalidad de la misión de Muhammad (s.a.s.) no es exclusiva de un determinado grupo, sino que abarca a todos aquellos que sean capaces de comprender, sean lo que sean.

Los genios son criaturas extraordinarias y misteriosas a las que otros pueblos llaman ‘demonios’. Dentro del Islam personifican las causas espirituales e invisibles de ciertos fenómenos, pero no son entes autónomos, ni semidioses, ni nada por el estilo. Son seres creados por Allah y sujetos a su imperio. Sean lo que sean, no tienen un rango superior, y son apelados al igual que los seres humanos, y pueden reconocer la sinceridad y la autoridad de un profeta. El Corán relata cómo un grupo de ÿinn escuchó las palabras de Muhammad -sin que éste notara su presencia- y se hicieron musulmanes.

Esta referencia a los genios subraya la universalidad del mensaje muhammadiano, que va dirigido a todos los mundos capaces de intuir a Allah: todos esos seres son interpelados por el Corán.

Muhammad (s.a.s.) aporta a esos universos -conocidos y desconocidos- una verdad absoluta (haqq), es decir, que no es particular para ninguna especie, raza, sexo, edad,... y les muestra a todos ellos una dirección (hudà), es decir, una forma de enfocar la vida hacia el Uno-Único, Creador de todos y de cada uno de los seres, sea cual sea su condición y características, y todo ello es luz (nûr) que se intensifica hasta convertirse en resplandor (diyâ).

Muhammad (s.a.s.) es Mensajero de Allah y Maestro para la humanidad. Su rango exige cortesía (ádab). El desdén hacia él es desdén hacia lo que representa. Los musulmanes no hemos necesitado divinizarlo para que nos inspire respeto, teniéndole una consideración que no deja de hacérnoslo familiar y próximo. El Profeta (s.a.s.) contuvo un secreto profundo dentro de su humanidad, en la que lo reconocemos y nos reconocemos.

wa ínna l-qur-âna kalâmu llâhi minhu badâ* bilâ kaifíyatin qáula* wa ánçalahu ‘alà rasûlihi wáhya* wa sáddaqahu l-mûminîna ‘alà dzâlika háqqa* wa aiqanû ánnahu kalâmu llâhi ta‘âlà bil-haqîqa* láisa bi-majlûqin ka-kalâmi l-baría*

Ciertamente, el Corán es Palabra de Allah que desde Él aparece -sin modo- como discurso. Lo hizo descender sobre su Mensajero como revelación. Y los mûminîn lo confirmaron en ello verdaderamente, y tuvieron la certeza de que era la Palabra de Allah en su realidad. No es creado como sucede con la palabra de los seres humanos...

Nos encontramos aquí con la definición de lo que es el Corán. El Corán es la Palabra de Allah (Kalâmullâh) comunicada a Muhammad (s.a.s.): Allah lo hizo descender sobre Muhammad, es decir, apoderándose de él. Allah se expresa, y en este sentido todo cuanto existe es signo con el que Él nos habla. Con el universo, Allah se sugiere a nuestro entendimiento instintivo, y también ofrece claves a nuestra capacidad para reflexionar. Pero el Corán nos interpela de un modo directo, con imperativos, con fuerza. Tiene, por tanto, un carácter especial y va dirigido además a la voluntad, a la capacidad del hombre de elegir y actuar.

El Corán es una irrupción poderosa de la expresividad de Allah en el corazón de un hombre (el Mensajero), y éste lo transmite a la humanidad. Esto es a lo que denominamos Revelación (Wahy). El Wahy no admite resistencias: el Profeta -que ha sido previamente purificado por su Señor- se ve obligado a comunicar aquello que tiene en él una fuerza descomunal, que tiene tal intensidad que no le deja márgenes. El Profeta no interviene en aquello que se le dicta en las profundidades de su corazón. Por tanto, lo que enuncia como Palabra de Allah al resto de los mortales es realmente la Palabra de Allah: no pertenece al Profeta.

La Revelación no es inspiración (ilhâm): el Profeta era inspirado en su vida (lo que nos permite recoger su Tradición -Sunna- y encontrar en ella su valor modélico), pero el Corán pertenece a otra categoría de certeza mucho más profunda y radical.

Lo anterior nos ayudará a comprender el auténtico alcance del Corán para los musulmanes, que preferentemente lo recitan. Recitar es una actividad distinta a la de leer. Al entonar el texto, el musulmán se sumerge en la esencia real (haqîqa) del Corán, y ahí disfruta del sonido revelado que lo reconduce a la Fuente de la que emana la Palabra. La recitación del Corán es una práctica cotidiana que permite al musulman vislumbrar esos orígenes eternos del Libro, y por ello puede decirse que el Corán es algo increado (gáir majlûq): el Corán saca a su recitador fuera del espacio y del tiempo y lo comunica con Allah, que es Quien se le está expresando. Cada uno de sus sonidos está revestido de esa atemporalidad.

En el Islam se abrieron debates sobre el carácter increado del Corán. La sensatez dice que cada ejemplar del Corán es un volumen concreto compuesto de hojas y tinta, de palabras y sonidos, todo ello revelado en un momento histórico determinado. Pero el mûmin, el que cuenta con sensibilidad espiritual, sabe que la cuestión no es tan simple.

El que recitando el Corán siente la emoción que es capaz de desatar, sabe que no se encuentra ante un libro común: el papel, la tinta, las palabras,... todo ello pasa a un segundo plano y ante él se despliega el secreto contenido bajo su forma, y vislumbra en sus adentros correspondencias con algo eterno e indefinible que también subyace en él mismo. La recitación del Corán es la puerta a la experiencia que tuvo el Profeta, a quien el Corán asomó al universo del Uno-Único, al lado del cual todo lo demás es secundario, transitorio, nada...

Por ello, el autor de la ‘Aqîda nos avisa de que el modo (la kaifía) en que el Corán eterno se relaciona con nuestro mundo efímero es algo para lo que no hay palabras justas. Ante la evidencia de la fuerza del Corán sólo es posible decir que nos viene de Allah y nos alza hasta Él de una manera para la que nuestro entendimiento carece de explicaciones.

La lectura del Corán constituye otra operación con la que el musulmán se inspira en él para dirigir su vida y establecer en torno al Libro una comunidad cuyos miembros no reconocen otra autoridad que la de Allah y el modelo de su Mensajero (la Sunna). Muhammad (s.a.s.) dijo: “El Corán es el Libro de Allah en el que se os informa acerca de los que os han precedido, se os anuncia lo que sucederá, se dirime entre vosotros, y el Corán es tajante y en él no hay frivolidades. El engreido que lo abandone será quebrado por Allah. Quien busque en otra parte, será confundido. El Corán es el sólido cordón umbilical de Allah: en él hay un recuerdo sabio y en él hay un sendero recto. Las vanidades de los hombres no lo torcerán, ni las lenguas lo distorsionarán. Quien actúe de acuerdo a él, será compensado. Quien juzgue de acuerdo a él, será justo. Quien invite a seguir al Corán, invita a las gentes a seguir una senda recta”. Siendo de una importancia capital esa lectura del Corán que descubre en él el modo de engendrar una civilización, sin embargo sólo la recitación la completa y comunica al musulmán el secreto íntimo del Corán, y por ello el Profeta dijo: “No es de los nuestros quien no canta el Corán”.

La recitación del Corán va dirigida a la sensibilidad del corazón (el Îmân), y por ello, los que cuentan con esa receptividad, reconocen la autenticidad del Libro y comprenden su verdadera significación y su profundidad: la aceptación del Corán por los mûminîn, los dotados de Îmân, es la prueba de que su origen se capta en la emoción que es capaz de transmitir.

fa-man sámi‘ahu fa-ça‘ama ánnahu kalâmu l-báshari faqad káfar* wa qad dzámmahu llâhu wa ‘âbahu wa áu‘adahu bi-sáqar* háizu qâla ta‘âlà in hâdzâ: illâ qáulu l-báshar* sa-uslîhi sáqar* ‘alimnâ wa aiqannâ ánnahu qáulu jâliqi l-báshar* wa lâ yúshbihu qáula l-báshar*

Quien lo escuche y afirme que es palabra humana, niega a Allah. Ése ha sido denostado y maldito por Allah, quien le amenaza con el Fuego de Sáqar. Allah ha dicho: “Dice (el ignorante): ‘No es sino palabra de hombre’. ¡Lo quemaré en el Sáqar!”... Sabemos y tenemos por cierto que el Corán es Palabra del Creador del hombre, y no se asemeja a lo que dice el ser humano...

El Corán es una Palabra o Discurso (Kalâm) que nada tiene que ver con lo que son capaces de elaborar los  humanos (báshar). Por un lado, debido a su Fuente tiene un poder transformador y vivificante únicos. Si bien está compuesto de letras y sonidos semejantes a los que el hombre tiene a su disposición, en el Corán, esas herramientas básicas tienen la fuerza de lo primario, la energía de aquello en lo que late la posibilidad de dar vida. El Corán dice: “Allah deposita un espíritu que viene de su orden en quien quiere de entre sus criaturas”.

El Corán resulta desconcertante para quien se asome a él esperando encontrar lo que imagina que debe ser un libro. Aparentemente, el Corán carece de un hilo conductor, de una trama concreta. Si bien la Biblia, por ejemplo, nos cuenta una historia (la del pueblo elegido, en el Antiguo Testamento; la de la salvación, en el Nuevo), en el Corán todo aparece para ilustrar su mensaje básico que es el de la Unidad de Allah, inexpresable más que en destellos. Es un Libro especial que trabaja en las profundidades del ser humano, y no para satisfacer su curiosidad. Por esto decimos que el Corán no es como el discurso humano, y quien lo niegue, quien no pueda reconocer su origen inmenso y lo atribuya a un autor humano, es porque es incapaz de saborear experiencias espirituales, está apegado a las formas, y está condenado a la frustración cuando su mundo desaparezca: su mundo se agota en la escasez de sus horizontes y tras la muerte se verá en el Fuego de la Privación (el Sáqar con el que amenaza el Corán al que no descubre a su Señor tras todas sus manifestaciones, liberándose en Él de todas las apariencias, agrandándose en su Inmensidad sin límites). Rechazo e ingratitud se dicen en árabe con una sola palabra: Kufr. El que niega lo que viene de Allah rechaza un obsequio en el que hay vida; es desagradecido, es decir, no es capaz de reconocer el bien que tiene delante de sí y se aleja condenándose a su vacío.         

wa man wásafa llâha bi-má‘nan min ma‘ànî l-báshari fa-qad káfar* wa man ábsara hâdzâ ‘tábar* wa ‘an mízli qáuli l-kuffâri nçáÿar* ‘álima ánnahu bi-sifâtihi láisa kal-báshar*

Quien describa a Allah con las particularidades de los atributos propios de los hombres, niega a Allah. Quien comprenda esto, aprende y de lo que dicen los negadores se aparta, sabiendo que Allah no es, en sus Cualidades, como los hombres...

Tras haber hablado del carácter especial del Corán, atribuyéndolo a Allah y revestido por tanto de una inefabilidad homóloga a la Verdad a la que hace referencia, el autor vuelve al Tançîh, es decir, vuelve a mencionar la naturaleza indescriptible de Allah -naturaleza en la que está enmarcado el Corán y le comunica su poder vivificante-. El Tançîh consiste en despejar a Allah de límites y características que lo equiparen a cualquier cosa cognocible por el entendimiento humano. Con el Tançîh renunciamos a imaginar cómo tienen lugar procesos que se realizan en esa dimensión escurridiza de la Unidad Absoluta.

Esta mención del Tançîh es especialmente oportuna en el contexto del tema del Corán: ¿qué es el Corán? ¿qué significa que sea Palabra de Allah? ¿cómo tuvo lugar la Revelación? Todas estas son cuestiones que se nos escapan porque tienen lugar en el Poder, la Voluntad y la Ciencia creadoras de nuestra existencia, y por tanto no están sujetas a nuestras condiciones y a nuestras contradicciones. Nuestro lenguaje es insuficiente para expresar lo anterior a sí mismo. Y dentro de ese ámbito están Allah y el Corán.

wa r-ru-yatu háqqun li-áhli l-ÿánna* bi-gáiri ihâtatin wa lâ kaifía* kamâ nátaqa bihi kitâbu rabbinâ* wuÿûhun yaumáidzin nâdira* ilâ rabbihâ nâzira* wa tafsîruhu ‘alà mâ arâda llâhu ta‘âlà bi-‘ílmih* wa kúllu mâ ÿâa fî dzâlika min al-hadîzi s-sahîhi ‘an rasûlillâhi sallà llâhu ‘aláihi wa sállama fa-huwa kamâ qâl* wa ma‘nâhu ‘alà mâ arâd* lâ nádjulu fî dzâlika mutaáwwilîna bi-ârâinâ* wa lâ mutawáhhimina bi-ahwâinâ* fa-ínnahu mâ sálima fî dînih* illâ man sállama lillâhi ‘áçça wa ÿálla wa li-rasûlih* sallà llâhu ‘aláihi wa sállam* wa rádda ‘ílma mâ shtábaha ‘aláihi ilà ‘âlimih*

Verdaderamente, las gentes del Jardín verán a su Señor -sin abarcarlo ni condicionarlo- tal como anuncia el Libro de nuestro Señor: “Ese Día, rostros resplandecientes mirarán hacia su Señor”. Y todo lo que hay sobre esta cuestión en los hadices auténticos que nos han llegado del Mensajero de Allah es tal como él lo ha dicho, y no entramos en el tema interpretando según nuestras opiniones ni suponiendo en función de nuestras ilusiones. Pues no está sano en su Islam más que el que se entrega a Allah y a su Mensajero, y remite lo ambiguo a quien lo sabe...

Otra cuestión básica y polémica es la de la Visión (Ru-ya). Según el Corán y muchos hadices, los musulmanes verán a Allah tras la muerte. Esta rotunda afirmación ha provocado el rechazo de los que llevan a su degeneración el Tançîh cayendo con ello en el ta‘tîl, la anulación de Allah. Se ha dicho que los que llevan a su extremo el Tançîh adoran la nada (‘ádam), y los que caen en la antropomorfización adoran un ídolo (sánam). Ambas posturas son rechazadas en el Islam. Por ello el autor afirma la Visión y la matiza diciendo que se producirá sin que ésta abarque a Allah y sin un modo material (es decir, sin ihâta ni kaifía), integrando la cuestión -sin anular su posibilidad- en el Tançîh. Es así como queda reconciliada la Visión con el carácter trascendente de Allah, que nunca es concebido como un objeto sobre el que pueda recaer la mirada de la criatura.

El Corán dice: “Ese Día, rostros resplandecientes mirarán hacia su Señor”..., el placer de estar en el Jardín (ÿanna) -que hace resplandecer los rostros-  lo culmina un deleite supremo que es la contemplación de Allah, sin velo que lo separe del mûmin. En otro lugar, refiriéndose a lo mismo, el Corán declara: “Para los que han hecho el bien hay una gran recompensa (el Jardín) y algo añadido a ella (la Visión)”. Estos versículos son definitivos sobre el tema, pero además existen muchos hadices del Profeta al respecto. Sus Compañeros le preguntaron. “¿Acaso veremos a nuestro Señor el Día de la Resurrección?”, y él les respondió: “¿Acaso dudáis de la luna las noches de plenilunio? ¿Acaso dudáis del sol cuando no hay nubes? Pues con esa claridad veréis a vuestro Señor”.

Lo significado en última instancia por estos textos es aquello a lo que aspiran los que sienten en su interior una poderosa inquietud espiritual, lo que moviliza a quienes ansían la plenitud más absoluta. El anhelo de ver es lo que pone en marcha a los mûminîn, los abiertos de corazón, los que han intuido en sus profundidades esa inmensidad ilimitada que les habla de algo profundo, inabarcable, poderoso,... de Allah. Eso es lo que pretenden alcanzar, y ese deseo se culmina en la Visión. Por ello se ha dicho que el asunto de la Visión es uno de los puntos más nobles entre los Fundamentos del Islam (Usûl ad-Dîn).

El Corán dice: “Las miradas no perciben a Allah”, y en este versículo se han apoyado los que niegan la posibilidad de la Visión (la Ru-ya), pero precisamente lo que hace es subrayar su carácter extraordinario. En primer lugar, el versículo continua diciendo: “...pero Él si abarca las miradas”, es decir, las miradas de los hombres son condicionadas por Allah, y hace con ellas según su Voluntad. Allah no es material, no es un objeto, no es alcanzable por ninguna mirada ni ningún análisis. Pero esto no quiere decir que Allah sea invisible; al contrario, Él es lo más evidente. Sólo el velo de la ignorancia, la desidia y la dispersión del hombre lo ocultan. La Verdad es presente, y es la ausencia del ser humano lo que le impide percibir claramente al Único, el Irrebatible. Por ello, la Visión se producirá después de la muerte, cuando el ojo no ve, cuando sus facultades naturales han desaparecido para dejar lugar a otra cosa para la que ya no tenemos palabras. Es entonces cuando el Ojo del musulmán distinguirá a su Señor -si bien ninguna mirada encerrará a Allah- de un modo inexpresable, y sin abarcar su Verdad.

Sólo verá a Allah el musulmán, es decir, quien se le haya rendido (el múslim). Esto quiere decir muchas cosas. El que no se ha rendido a Allah (el kâfir, el negador; el múshrik, el idólatra) está aferrado a sus apegos, no se ha liberado para Allah, no ha inmensificado su universo interior, y por ello sólo verá el tormento al que se ha condenado: las llamas de su desesperación en un abismo infinito, habitado por los fantasmas que se ha llevado consigo.

wa lâ tázbutu qádamu l-islâm* illâ ‘alà záhri t-taslîmi wa l-istislâm*

El pie del Islam sólo se afianza sobre la superficie de la entrega y la rendición...

En la segunda parte del punto anterior, el autor de esta Exposición de los Fundamentos del Islam (la ‘Aqîda) expresa la postura más coherente  del que se inicia en la espiritualidad: la de remitir estos saberes a quien sabe (en primer lugar, el Nabí, el Profeta, el Anunciador). La razón (el ‘aql) intenta enjuiciar los contenidos de lo que nos ha llegado del Infalible (el Ma‘sûm), es decir, el Mensajero. Pero la transmisión (naql) sólo debería ser enjuiciada en su calidad. Una vez nos hayamos cerciorado de la fiabilidad de la trasmisión, su contendido debe ser admitido y comunicado tal como lo expresó el Sincero (s.a.s.). Aplicar la razón entonces sería intentar hacer digerible lo que es ofrecido al corazón, y ello sería un error, pues la razón está afectada por la fuerza de las opiniones (los arâ) y la arbitrariedad y frivolidad de la fantasía y las ilusiones humanas (los awhâm). Estas actitudes no son rigurosas, y a lo único que conducen es a pugnas y al surgimiento de sectas y grupos enfrentados a causa de las interpretaciones divergentes. La actitud más seria es la admisión de ese legado y dejar al corazón su saboreo, pues es a él al que se dirigen Allah y su Mensajero.

La razón (‘aql) alcanza a intuir a Allah, pero de Allah viene más información (la Revelación, el Wahy), que nos ha llegado a través de una rigurosa transmisión (naql). Y Allah -por su naturaleza misma y que ha sido descubierta por la razón- exige de una absoluta entrega (taslîm) y rendición (istislâm), y esto es el Islâm, la claudicación ante el Absoluto. La resistencia de los apegos y los formalismos intelectuales a los que estamos habituados nos desvían de la vivencia de lo que supone fluir con Allah, con su Poder, su Ciencia y su Voluntad Libres de todo condicionante. Por ello el autor declara que no es firme el Islam más que con las actitudes que le son propias, y que consisten en la absorción sin reservas de lo que nos viene de Allah.

fa-man râma ‘ílma mâ házara ‘áunhu ‘ílmuh* wa lam yáqna‘ bit-taslîmi fáhmuh* háÿabahu marâmuh* ‘an jâlisi t-tawhîdi wa sâfî l-má‘rifati wa sahîhi l-îmân*

Quien ansíe conocer lo que no está al alcance de su ciencia y su entendimiento y no se contente con la entrega de su ser, su objetivo lo ciega ante el Tawhîd sincero, la Ma‘rifa pura y el Îmân auténtico...

El Islâm -la abdicación ante Allah- es taslîm (entrega y devolución de todo el ser a su Señor) e istislâm (rendición incondicionada a Él), que son la vía hacia una Reunificación sincera y pura, libre de adherencias y artificialidades (Tawhîd). Son la puerta hacia un Conocimiento superior y directo (Má‘rifa), y la  realización de aquello que se intuye cuando se posee sensibilidad espiritual (Îmân).

La razón (‘aql) -la inquietud que hay en ella- nos acompaña hasta los aledaños de Allah asomándonos a lo infinito. Es un filtro idóneo que confiere sensatez a las elecciones y resoluciones del ser humano y nos evita errar por lo absurdo en lugar de afrontar lo verdadero. Una vez que nos asoma a ese universo, ahí debe empezar el Islam, recogiendo sin reparos directamente de la Revelación de ese Océano. Lo contrario -el intento de hacer digerible a la razón lo que se aprehende en esos momentos- es erróneo porque es utilizar un instrumento inadecuado: la razón nos ha conducido hasta Allah pero ya, a partir de entonces, no puede juzgarlo, precisamente por la representación que se ha hecho de Él. Ante Allah, el ser humano debe fluir por el espacio indeterminado de la Verdad Absoluta que se convierte en su guía y habla a todo su ser (no sólo a su inteligencia), transformándolo en su raíz. Se llama musulmán (múslim) al que acepta ese reto. Lo contrario es convertir la Revelación en motivo de especulaciones y elucubraciones pseudointelectuales, y entonces surgen controversias inútiles y divisiones arbitrarias. El Corán dice: “Hay entre las gentes quienes discuten acerca de Allah sin conocimiento ni criterio ni luz alguna. Confunden a los demás y serán avergonzados en este mundo, y el Día de la Resurrección probarán el tormento del Fuego”.

La Revelación es para ser vivida, para que conduzca la integralidad de nuestro ser ante su Señor Único, no para elaborar teologías o metafísicas o sistemas filosóficos. Para hacer esto último en ese terreno hay que ser completamente arbitrario, y esto lo prohibe el Islam. Dice el Corán. “No sigas lo que desconozcas. El oído, el ojo y el corazón serán interrogados”,... es decir, sigue sólo aquello de lo que tengas absoluta certeza (que es Allah, gracias precisamente a la razón) y abandona las especulaciones basadas en suposiciones. Efectivamente, las iglesias y las jerarquías religiosas han sido creadas para respaldar el absurdo de los montajes en torno a hechos tan básicos y sencillos como las revelaciones espontáneas, que acaban siendo retorcidas por voluntades enfermizas que desean controlar y someter a su lenguaje y a sus intereses e inclinaciones -espirituales o materiales- lo que es de naturaleza escurridiza. En cierta ocasión llegaron a oídos del Profeta los gritos que varios de sus Compañeros se lanzaban mientras discutían acaloradamente sobre la significación de un pasaje del Corán. Muhammad acudió a donde estaban, rojo de ira, y empezó a tirarles el polvo del suelo, y dijo: “¡Despacio! Eso es lo que destruyó a las naciones que os han precedido, que se desviaron de sus profetas y se golpeaban entre ellos con el libro que les fue transmitido. El Corán no se contradice sino que se confirma a sí mismo. Lo que entendáis de él, ¡cumplidlo!; y lo que ignoréis de él remitidlo a quien lo sepa”.

Algunas cosas en el Corán pueden parecer oscuras, confusas y ambiguas (mutashâbih). En esos casos, en lugar de arriesgarse a interpretaciones que siempre serán caprichosas, lo mejor es la modestia y abrir el corazón porque esa es la comprensión que se debe tener en ese momento, y eso que era oscuro pasa a estar iluminado por la habilidad interior del ser humano. Es entonces cuando queda realizado el Îmân, llega a su extremo el Tawhîd y despierta la Má‘rifa, todo lo cual es inexpresable porque tiene profundidades a las que sólo llega el secreto del hombre.

A quien, por el contrario, le apetece medirlo todo con sus medidas, incapacitándose para un crecimiento absoluto, creyendo que actúa racionalmente cuando está especulando sin más fundamento que sus ilusiones, le suele ocurrir lo que se dice a continuación:

fa-yatadzábdzabu báina l-kúfri wa l-îmân* wa t-tasdîqi wa t-takdzîb* wa l-iqrâri wa l-inkâr* muwáswasan tâihan shâkkan lâ mûminan musáddiqan wa lâ ÿâhidan mukádzdziban*

Oscila entre la cerrazón y la apertura, la confirmación y el desmentido, la afirmación y la negación, indeciso, perdido en el laberinto, titubeando, no siendo mûmin confirmador ni rechazador desmentidor...

La razón (‘aql) conduce hasta Allah, ante el Uno-Único, descubre su Inmensidad Irrepresentable y se rinde a Él, despertando el Îmân, la sensibilidad integral que deja de ser simple emoción para tener las firmes bases de ese ejercicio intelectual anterior y suficiente para tomar una decisión que permita al hombre avanzar por los espacios sutiles de Allah. Todo se echa a perder si el Îmân carece de sensatez o si la razón carece de pasión. La conjunción perfecta es el Islam sano y elevado. De lo contrario se produce la situación que el autor de la ‘Aqîda describe en el párrafo anterior. Si faltan sólidas bases en cualquiera de esos dos aspectos complementarios, el ser humano se debate en la indecisión y la ambiguedad y se entretiene con lo primero que se le presenta en lugar de enfrentarse al gran reto. El exceso de intelectualidad enfría las posibilidades de la emoción, y entonces jamás se confirma lo que el corazón intuye. Se está siempre en medio, entre la cerrazón (kufr), es decir, la ignorancia de todo lo relacionado con Allah, y la apertura (el Îmân), que no llega a concretarse porque no da los pasos decisivos que son la entrega (taslîm) y la rendición (istislâm), realizando el Islâm y encontrando la Paz (Salâm) junto a Allah... No se confirma lo que la razón empezaba a adivinar ni tampoco se le rechaza porque hay tantos argumentos en su favor como en su contra, y así hasta que la muerte sorprende al que dedica su vida a especulaciones y teologías.

wa lâ yasíhhu l-îmânu bir-rú-yati li-áhli dâr s-salâm* li-man i‘tabarahâ mínhum bi-wahm* au taáwwalahâ bi-fahm* idz kâna tá-wîlu r-rú-ya* wa tá-wîlu kúlli má‘nan yudâfu ilà r-rubûbía* bi-tárki t-tá-wîl* wa luçûmi t-taslîm* wa ‘aláihi dînu l-muslimîn*

No es correcto el Îmân en la visión para la Gente de la Morada de la Paz en quien la considera en función de su ilusión o la interpreta desde su entendimiento, pues la comprensión de la visión -así como de toda Cualidad atribuida al Señorío- consiste en abandonar el intento de comprender y asumir la entrega. Sobre esto se basa la senda de los musulmanes...

Comprender significa abarcar. El ser humano comprende sólo aquello que es capaz de encerrar en sí, lo que es capaz de percibir por sus medios e integrarlo en su conocimiento, lo que puede controlar. Por definición, Allah escapa a esta posibilidad. Querer encerrar a Allah, sus Cualidades y sus Acciones, dentro de los límites de lo que tenemos por lógico o lo que esperamos, es negarse a acercarse realmente a lo que Él sea en su Libertad Absoluta. No verá a Allah quien tenga de Él una imagen concreta, sólo lo verá el que ha despejado a su Señor de todo, el que ha destruido todas las imágenes que pueda concebir, afrontando el infinito ante el que sólo cabe rendirse. Sólo ése ha ampliado lo suficiente su horizonte como para empezar a vislumbrar -en la Morada de la Paz, Dâr as-Salâm- la Grandeza de su Señor, que trasciende sus conflictos y sus contradicciones, y se le muestra entonces en su Plenitud.

La imposibilidad de abarcar a Allah es la única comprensión que podemos tener de Él, por tanto, ahondar en el desconcierto que ello nos produce, crecer en perplejidad ante Él, asumir que nos contradice para abatir nuestros dioses, es lo que cada vez nos irá acercando más. Por tanto, la razón nos sirve para arrimarnos a ese Océano, que a partir de entonces se revela a Sí Mismo y en el que sólo cabe sumergirse, ahogándose en su inefabilidad.

wa man lam yatawáqqa n-náfia wa t-tashbîh* çálla wa lam yúsibi t-tançîh*

Y quien no se prevenga contra la negación o la comparación, resbala y no alcanza la abstracción...

Ya hemos dicho que el Tançîh, la abstracción -que consiste en despejar a Allah de aquello con lo que podamos contaminar su pureza y simplicidad- tiene un extremo que es el nafy, la negación (a la que también hemos llamado ta‘tîl, anulación) con la que lo reducimos a la nada. Por otro lado está el tashbîh, la comparación que acaba antropomorfizando a Allah. En realidad, el Tançîh es situarse en medio de esas dos tendencias.

Por otra parte, la antropomofización tiene dos direcciones: la de asimilar Allah a lo creado, dándole cuerpo, imaginando que es como el ser humano, y por otro lado está la de asimilar lo creado a Allah, que es la representación que está bajo la adoración de encarnaciones, profetas, maestros espirituales, imágenes de dioses, objetos religiosos, ángeles, demonios, fuerzas de la naturaleza, etc.

El nafy, la negación, degenera en una espiritualidad vacía y fría (ilhâd), y el tashbîh, la homologación, conduce a la idolatría (shirk). Apartarse de las dos vías del nafy y el tashbîh es a lo que el autor llama aquí precaución o prevención (taqwà, que es sobrecogimiento ante Allah). Quien se asoma a la Unidad de Allah descubre que Él es Trascendente y Presente, y esto le obliga a afirmarlo sin homologarlo a nada, y ésta es la perfección del Tançîh que posibilita la Reunificación, el Tawhîd.

fa-ínna rabbanâ ÿálla wa ‘alâ mausûfun bi-sifâti l-wahdânía* man‘ûtun bi-nu‘ûti l-fardânía* láisa fî ma‘nâhu áhadun min al-baría*

Y es porque nuestro Señor es descrito por la Cualidades de la Unicidad, se le adjudican los Atributos de la Singularidad, y ninguna criatura participa en lo que significan...

Con esta afirmación Allah queda Despejado (Munaççah) en la descripción (wasf) que hace de Él mismo. Para evitar confusiones, el musulmán se debe limitar a las negaciones y afirmaciones que Allah hace en su Libro Revelado, evitando con ello la descortesía y el desvío de lo que posibilita una verdadera Reunificación. Todo el Corán tiene esa función, y ante él se rinde el mûmin, el que intuye en sus adentros correspondencias con la capacidad sugerente que tiene el Libro del Islam. Hablar de Allah sin saber es mentir.

Se llama Cualidades de la Unicidad (Sîfât al-Wahdânía) a las expresadas en los versículos que dicen: “Di: Él es Allah, Uno-Único (Áhad), Allah, el Absolutamente Autosuficiente en Sí y del que todo depende (Sámad)...”. Y se llama Atributos de la Singularidad (Nu‘ût al-Fardânía) a los expresados en los versículos que siguen a los anteriores: “...No ha engendrado ni ha sido engendrado, y nada hay que le equivalga”.

También se ha precisado que las Cualidades de Unicidad hacen referencia a su Esencia (Dzât) y los Atributos de Singularidad son los que describen sus Capacidades y sus Acciones (Afâ‘l), determinantes del Destino. Ni en Sí ni en su Voluntad le es equiparable nada, ni se le añade nada, siendo esto la perfección y plenditud de la abstracción que evita a los musulmanes caer en la idolatría, pero que no niegan el Señorío y el Dominio absolutos de Allah, que impera realmente en cada criatura y en cada acontecimiento.

wa ta‘âlà ‘an il-hudûdi wa l-gâyât* wa l-arkâni l-a‘dâi wa l-adawât* lâ tahwîhi l-ÿihâti s-sítti ka-sâiri l-mubtada‘ât*

Transciende los límites y las finalidades, carece de pilares, miembros e instrumentos. No lo contienen las seis direcciones como sucede con las cosas creadas...

El Tançîh exige este tipo de expresiones para evitar cualquier antropomorfización de Allah, pero, como ya hemos advertido, casi homologa Allah a la Nada, y ello eliminaría su Señorío (Rubûbía). Allah es indeterminable, pero positivo y eficaz: no es concretable ni nada lo encierra, pero su Acción es lo que gobierna todas las cosas.

Allah no es un cuerpo situado en un espacio, pero aún así (o precisamente por ello) su Fuerza es Absoluta. Es Anterior y Posterior a todo lo que existe, por lo que no lo afectan el tiempo ni las dimensiones, pero por eso está sobre todas las cosas y gobierna cada instante y cada lugar desde su trascendencia absoluta. Ese ‘sobre’ no indica lugar sino rango. No es contenido por nada, pero por ello está Presente con su Poder Doblegador en todas las cosas. No tiene órganos, pero en Sus Manos están todo lo que existe. Carece de ojos materiales pero su visión lo abarca todo. No es un individuo pero su Voluntad rige cada movimiento. No se mueve, pero su Presencia desciende de las alturas de su inefabilidad hasta el mundo de su esclavo...


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