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Estrategias y Políticas de Hospitalidad-Trashumancia (I)

Verdadero primer paso en la luna para la humanidad

26/02/2013 - Autor: Reyna Carretero - Fuente: Webislam
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Estrategias de hospitalidad-trashumancia

Como parte de la campaña "Salvemos la Hospitalidad" que enfrenta el intento del Estado de criminalizar la Hospitalidad en España, compartimos este artículo derivado del libro La comunidad trashumante y hospitalaria como identidad narrativa ya presentado en Webislam.

En un periódico español la imagen de un hombre envuelto en fuego, inmolándose frente al Ministerio de Relaciones Internacionales de Madrid, demanda la mirada que nunca llegó en vida; aquella que le permitiría ser deportado junto con su familia a su pueblo natal en Rumania. Vida de indigente trashumante, ignorada a su paso por todos, y en especial por aquellos oficialmente responsables de atender sus demandas. Al no ser escuchado, obligado con su familia a vagar por la ciudad, sin techo y sin comida, entregó su vida en este acto extremo que es llamado radical de respeto a la dignidad esencial e inviolable del ser humano. 

En  otro lugar, Alemania, diez mil personas se suicidan cada año; cincuenta por ciento de ellas ancianas, la mayor parte de los muertos son profesionales: médicos, maestros o farmacéuticos. Como reflejo del estado de abandono y soledad en que viven muchos, hay un disco que se vende con el título Nunca más solo, el cual se promueve como método innovador para acompañarlos, aunque tengan otras comodidades. El disco contiene sonidos que hacen sentir a quien lo oye que hay otras personas en su propio hogar, y en la portada aparece la cara de una muñeca adulta. Entre los temas se encuentran "El refrigerador está lleno otra vez", "Darle una hojeada al periódico", "Secarse el pelo con la secadora", "Hora de lavar los trastes", "Cualquiera tiene que ir al baño", "Freírse un bistec", "Darse un baño", y "Planchar una camisa".

En México la noticia sobre los setenta y dos migrantes centroamericanos asesinados en el norte del país es el relato extremo del pasaje de terror de los trashumantes hacia Estados Unidos; miles de narraciones de abuso, extorsión, esclavitud se agolpan en la abigarrada agenda de los medios de comunicación que ha normalizado el horror en su repetición incesante.  Como en la mayoría de megalópolis  del mundo,  en su ciudad capital cientos de indigentes, ancianos abandonados y niños en la calle trabajando como payasitos, tragafuegos, casi todos bajo los efectos de una droga barata, pueblan los círculos dantescos de las metrópolis contemporáneas.

Tales experiencias nos acosan cada amanecer en distintas regiones del planeta y reflejan algunas de las múltiples aristas que predominan en el siglo que comienza: la indigencia material y espiritual que, con sus máscaras y representaciones de muerte y destrucción, llevan a millones de personas a padecer migraciones en condición de miseria extrema; a ser víctimas  de la trata de personas, de violaciones, secuestros y asesinatos. Una indigencia desconsoladora que convierte al mundo en un hervidero de narraciones cotidianas basadas en la desmesura, en lo impensable, en lo insostenible, lo que no puede simbolizarse porque, como escribe Julia Kristeva, pertenecen al poder de una realidad exorbitante, infame.

Realidad exorbitante  que rebasa con mucho nuestra capacidad de nombrar el mundo, de darle un nombre a la experiencia compartida e individual. La indigencia, que no es sólo material, sino ética, se revela así como oquedad, como ausencia de identidad, de poderse nombrar, de contarse un pasado, de una memoria y proyectarse un futuro, de un hacia dónde ir. Condición que nos coloca trágicamente en un presente sin fondo ni sustancia, efímero y resbaladizo, sin fuerzas que provengan de un pasado y nos ayuden a pensarnos en un futuro donde se abra el espacio para preguntarnos ¿no quieres volver a probar el sabor de la cereza?, como nos pregunta el cineasta iraní Abbas Kiarostami?

La soledad gestada y derivada del esfuerzo para alcanzar la autorrealización en el auge del individualismo ha conducido a un vacío desolador y a una depresión colectiva que imposibilitan la ejecución de la vida; un vacío y hundimiento que nos llevan personalmente y  como sociedad a la «fatiga de ser uno mismo»;   esa permanencia de las mil y una noches consigo mismo que en la demandante actividad y ansia de intensidad nos deja exhaustos,  y ante la cual no queda más que fluctuar  «entre una autenticidad simulada o la fuga hacia la enfermedad depresiva, entre la originalidad orquestada por motivos estratégicos y el enmudecimiento enfermizo», denuncia Axel Honnet.  Condiciones tan desesperanzadoras se alimentan de la paulatina extinción y fragmentación de los canales de reconocimiento tradicionales, de la carencia de un empleo estable con derecho a la jubilación, de la falta de espacios recreativos colectivos accesibles permanentes, de tejido social que pueda darnos soporte y abrigo. Prevalecen los empleos temporales, desterritorializados, que implican no contar con un domicilio estable y la  imposibilidad de familia y amistades duraderas que, por lo mismo, corren la misma suerte.

Somos testigos directos de una profunda trans-formación civilizatoria basada en una sociedad fragmentada y en su extremo "líquida", para utilizar el  famoso adjetivo de Bauman; porque se han diluido paulatinamente los marcos de referencia que determinaban las fronteras y límites en los distintos ámbitos sociales, perturbando todos los ordenes comunitarios –incluyendo los cognoscitivos y afectivos. La misma explosión del prefijo “trans” alude a la dislocación,  difuminación y fragmentación tempo-espacial de las estructuras fijas que daban seguridad a las circunstancias de la vida. Esto ha puesto en jaque el concepto mismo de identidad en su sentido esencial, a saber, el del reconocimiento del sí mismo y del Otro que han devenido en entidades errantes y sin residencia fija.

Ante el inminente colapso  se genera tal magnitud de incertidumbre y angustia, que no queda más que preguntarse ¿quién me conoce?, ¿quién me recuerda? Tiempos de olvido, no sólo para aquellos obligados a movilizarse, sino también para los que permanecen, los que se quedan atascados y abandonados en un camino sin salida, como los jubilados alemanes y sus discos de auto-compañía, o los indigentes que duermen en las calles. Tiempos de soledad, de la falta de alguien con quien compartir el dulce sabor de la cereza, conquistado tras muchos años de esfuerzo.

Si no es por esta abrumadora indigencia ética que asola las sociedades contemporáneas y por la laceración de la necesidad material ¿de qué otra manera nos explicamos el hecho de que millones se lancen hacia el desierto de la trashumancia, de ir por el mundo sin rumbo y sin refugio? De qué otra forma puede entenderse la audacia absurda de levantar la mano sobre uno mismo, a fuerza de humillación y codicia. ¿Qué otra explicación encontramos para la decisión de iniciar el camino a una especie de muerte “voluntaria”?, sino es aquella dictada por la ausencia de la mirada atenta, de respeto, en suma, del reconocimiento que nos brinda la aceptación incondicional de un valor fundamental: nuestra inviolable dignidad humana, puesto que cualquier persona la posee en sí misma, «está por encima de cualquier precio y no admite equivalente alguno, pues no tiene un valor relativo sino absoluto», como nos recuerda Thomas De Koninck.  Es precisamente este reconocimiento de la dignidad humana el estímulo que nos levanta de cualquier desgracia para dotarnos de una historia, para recuperar la identidad, la palabra, el hogar perdido.

La conciencia del valor incuestionable de esta dignidad nos ayuda a levantarnos cada mañana a pesar de la «grieta matinal», con que Álvaro Mutis evoca a la llana condición humana de incompletud y de necesidad de búsqueda de sentido que cada amanecer nos acosa;  nos auxilia a enfrentar el dolor heredado y reproducido consciente e inconscientemente; nos permite construir esa distancia emocional indispensable ante la abyección y nos conduce hacia el horizonte de la hospitalidad, opuesto al de la hostilidad y el desprecio. La hospitalidad y la hostilidad son las vías que han transitado los trashumantes de todos los tiempos.  En el nuestro, caracterizado por la falta de compromiso y responsabilidad de nadie que no sea uno mismo y ahogado por una demanda de soberanía de hacer lo que nos plazca a partir de una inmensa negación,   se responde a las aspiraciones del más fuerte olvidando las aspiraciones de servicio, respeto,  y responsabilidad hacia ese Otro que somos nosotros mismos. La mayoría estamos potencialmente lanzados a vivir en el desconsuelo de una indigencia trashumante que sólo puede ser superada mediante esa «hospitalidad absoluta», de la que hablaba Derrida, única capaz de derrumbar los muros yermos de la hostilidad y la evasión, tal y como se hace presente desde tiempos bíblicos, cuando Abraham se levanta de la entrada de su tienda para ir al encuentro de tres hombres llegados de quién sabe donde y, postrándose a sus pies, reconoce en ellos la presencia de Dios:

"Señor mío, si quieres hacerme un favor, te ruego que no pases de largo …  Yo haré que les traigan un poco de agua. Lávense los pies y descansen a la sombra del árbol (…) Abraham fue rápidamente a la carpa donde estaba Sara y le dijo: “¡Pronto! Toma tres medidas de la mejor harina, amásalas y prepara unas tortas”. Después fue corriendo hasta el corral, eligió un ternero tierno y bien cebado, y lo entregó a su sirviente, que de inmediato se puso a prepararlo. Luego tomó cuajada, leche y el ternero ya preparado, y se los sirvió".

Al principio…, la hospitalidad infinita

La gran potencia de la hospitalidad emerge hoy frente a la constante puesta en escena de los estados de excepción, que son dirigidos y aplicados para indigentes trashumantes, cualesquiera sea su condición de indigencia y su necesidad de tener un hogar. Bajo su cobijo se desvanece esta reminiscencia infame de la hostilidad que es falso principio existencial sostenido por esa «teodicea del mal», que bajo el supuesto de conciliar y justificar el sufrimiento y el dolor, deifica una autoridad omnisciente y omnipresente, llámese Dios, Estado o un imperativo mayor, el de la "seguridad propia".

Con el resguardo de la virtud de la hospitalidad se descubre el disfraz de una legitimidad formal y de un egoísmo que esconden su ausencia de relación con la vida y que privilegian la desconfianza frente a la aceptación del Otro, cuando más lo necesita. Un disfraz que erige la mezquindad como modo privilegiado de relación humana con muros rodeados de socavones que son la máxima representación del rechazo y la hostilidad: “pobres, los mataron en la frontera…, pero primero hay que ver que no se lastimen las relaciones entre países…, lo bueno es que aquí no hay paso de migrantes…, apaga el televisor que ya vimos demasiadas malas noticias”, “mira cuantos ancianos hay que están abandonados…, por cierto ¿ya le hablaste a la vieja?, hace mucho tiempo que no sabemos de ella”,  “ufff, estos niños de la calle son un tropel bastante molesto…, cierra la ventanas del coche y mira para otro lado”. La virtud de la hospitalidad significa abrir entre estos muros un espacio para la acción humana que corte de tajo el nexo entre violencia y derecho o defensa de cualquier tipo, porque en ella el mundo y la humanidad comienza. 

En la mayoría de los relatos que hablan del inicio de la vida  y de la vida humana, siempre se alude a un estado caótico y turbulento en que las fuerzas no logran conciliarse: nada, gases venenosos, oscuridad, fuerzas ciegas. En el momento en que la tierra deja de ser inhóspita y se convierte en madre, en Pachamama,  es cuando aparece el milagro del nacimiento de las cosas y también el de su muerte, pues es en su regazo oscuro en donde tales misterios se juntan para volver a refundar los ciclos de la realidad viviente. Por ello la hospitalidad tiene su sentido más lato en el vientre materno, resguardo primordial por el que se posibilita la existencia. Como dirá Levinas, en su interior se gesta «el acoger o el acogimiento de la hospitalidad absoluta, absolutamente originaria, pre-originaria incluso, es decir el origen pre-ético de la ética, nada menos».  Como la madre tierra en los tiempos de creación de la vida,  el seno materno es nuestro primer hogar, nuestro primer lugar, nuestra primera casa, y al mismo tiempo, el primer lugar del que emigramos para salir a la búsqueda incesante de otro lugar, otro hogar, otro refugio: principio de la existencia que constituye para todos la infinita responsabilidad de brindar hospedaje, de recibir a quien arriba a este mundo que es propio y que no es de nadie.

Por ello, la hospitalidad implica el reconocimiento de la inviolable dignidad humana, de la aceptación pre-temporal de la sujeción al Otro. Hospitalidad y reconocimiento son fundamentos de la cultura misma y no mera cuestión de una ética relativa, nos recuerdan que no sólo los desamparados críticamente, sino todos nosotros,  somos seres fronterizos, limítrofes, habitantes de la frontera; que somos seres en movimiento  y por lo mismo transitamos por los caminos de la sorpresa y el descubrimiento, pero también por los de la desventura, el extravío y la aflicción. De aquí que este limes se encuentre en relación constante con la indigencia, porque en su origen alude a la llana condición humana de incompletud y necesidad que puede dejarnos desvastados en un momento dado; una situación que representa a un ser inconcluso o despojado, con conciencia de lo perdido y que desarrolla sentimientos de nostalgia y añoranza,  cuando no de infinita desesperación.

Es así que nuestra condición primaria de insuficiencia ha constituido en la historia de la humanidad dos grandes horizontes de sentido: por un lado la hospitalidad y la aceptación,  y por el otro el miedo que deriva en hostilidad, violencia y rechazo para quien los practican, como el desamparo, la humillación y la desesperanza para quien los recibe. Cada uno de estos actos, virtudes, vicios y sentimientos han configurado todo un continente de significación fortalecida o debilitada en cada época y región.
El tiempo hospitalario es el tiempo de la apertura y ésta se decide, se elige, en un pequeño margen de maniobra: ese reducido limen selectivo que determina nuestra estación en este mundo y que nos hace comportarnos como seres más bestiales o por el contrario, poseedores de nobleza y otras virtudes propias de la dignidad humana.  Las mismas raíces hospes y hostis tienen un origen etimológico e histórico compartido en el sentimiento de amistad. Recordemos que hospedaje, hostal, hostería, hospicio, aluden a espacios de albergue, lugares para enfermos, para niños abandonados: protegen del frío, dan sustento al hambriento y medicina a los enfermos y sobre todo significan espacios de descanso ante las fatigas de los viajeros, errantes y trashumantes. Al paso de los siglos esta comunión inicial terminó por desdoblarse, imponiendo una  barrera de separación que acabó por  infectar el segundo término (hostis) con los significados de hostilidad riesgo, amenaza y desconfianza.

El no tener un lugar y la necesidad que esto acarrea son circunstancias que abren o cierran puertas de Sésamo, incitan a la solidaridad o al rechazo, a la violencia o al reconocimiento, a la  cálida  acogida o al congelante miedo. En otras palabras, conducen  a los actos y sentimientos con los que experimentamos la condición trágica de nuestra propia existencia. La hospitalidad y la lucha por encontrar el hogar perdido son dos caras de la misma moneda: nos enfrentan a la angustia que cierra las puertas, los oídos, los ojos, el corazón; nos colocan ante la humillación de tender la mano ante un Otro que esconde la suya o da la espalda. Una doble condición que puede llevarnos a “no sentirse en casa”, ni en nosotros mismos, porque nadie puede asegurar que el que se esconde, simula y niega, experimenta un sentimiento de satisfacción y bienestar personal, a menos que sea un cínico o esté enfermo de odio y rencor, sentimientos de por sí dolorosos.

La máxima que dicta que para existir se necesita ser-en, se convierte en aquella que responde “si, pero no en-mi-casa, en-mi-barrio, en-mi-ciudad, en-mi-país, en-mi-mundo”: ninguna otra cosa significa hablar de inhospitalidad. Pero habrá que recordar que siempre tenemos algo de extranjeros, que en cualquier momento podemos salir de nuestro territorio (aunque éste sea el de nuestra propia tranquilidad emocional), que siempre estamos errando y necesitando refugio y que el verdadero significado de hospedar a Otros, de ofrecerles algo en el seno de nuestro hogar, tiene una liga doble de ida y de regreso. Dar y recibir no sólo es cuestión de dos personas sometidas a una relación desequilibrada (el que tiene y el que no tiene); conforman un acto unitario en donde cada parte reconoce la condición contraria, la posibilidad misma de estar en su lugar. Hospedar también es recibir.

Es justamente el reconocimiento de nuestra doble calidad de hospes y hostis, de huéspedes y extranjeros, lo que abre el horizonte a la estancia y a la plenitud donde no hay espacio para la distancia y la indiferencia que permanecen en su condición de efímeras y transitorias. Porque, para comprender cabalmente al que nos pide cobijo,  necesitamos reconocer  otra vez que también estamos en el camino, que somos forasteros en este planeta, seres separados buscando trascender dicha separación vital mediante la presencia de los demás, de su existencia, de su hospitalidad. De eso se trata la infinita responsabilidad por el Otro, clamada por Lévinas, aquella que no simula ni niega el imperativo ético que nos vincula a la otredad: «En el conatus essendi, que es el empeño por existir, la existencia es la ley suprema … Volverse humano es trascender la propia ley del ser, respondiendo éticamente al mal que aqueja al prójimo».

En tales términos, romper con el primado de la hospitalidad es levantar la mano no sólo contra aquellos que han caído en situación de necesidad y desconsuelo, sino contra nosotros mismos, contra nuestra propia dignidad intransferible. Es cuestión de elección y no de destino. Ser hospitalarios es una de las grandes utopías del mundo  que puede lidiar con el mal y sus diferentes formas de transgresión, porque contraviene otra marcada por la hybris, esa codicia avariciosa de protegerse y expandirse a costa de lo que sea, y la cual ha devenido en lugar común a fuerza de repetirse con todo el horror que nos provoca, puesto que nunca terminamos por aceptarla como eje rector de nuestras vidas.  Por ello, obliga a la única respuesta proporcionada a la altura de su malignidad: el atender, amparar, acoger, arropar, sustentar, albergar.

La hospitalidad y su relación con la trashumancia constituyen el principio existencial de la dignidad, su valor y su ejercicio; desmantela  la formulación de la violencia y el mal como fundamentos de la condición humana que sostienen a la sociedad de todos los tiempos y fundamentalmente al Estado Moderno. Coloca a la maldad y a la violencia como derivaciones  perversas de esa separación originaria, cristalizada en el  estado de excepción para indigentes (que siempre son trashumantes) y el cual intenta justificar, a través del derecho ausente, el «sufrimiento inútil»  fuente de toda inmoralidad; expresión de un mal en el que no tengo parte, «que  me alcanza como si me buscara y en tanto de la malicia ajena».

En esta suspensión de lo propia responsabilidad el estado de excepción se muestra como vacío ético, como un no-lugar, ausencia total, caos primordial, noche eterna, fuego perenne, cataclismo sin Arca de Noé, en los que todas las determinaciones jurídicas y todos los mandatos de humanidad son desactivados, menos aquel que dice “sálvese quien pueda”. A partir de este vacío, los estados de excepción para trashumantes – que son también para los sedentarios, atrapados en una situación de abandono-, el aislamiento y la soledad se imponen como único horizonte posible alimentado por  un miedo  ahogado en un sin fin de  justificaciones y de pretextos que acaban triturando el resto de los valores de la justicia, de la libertad, la buena vida, la igualdad y, por supuesto,  de la fraternidad.

Esta forma de vivir, ejercida a través del terror y la violencia, esto es, del mal  –que también es política y cultura– demanda, esfuerzos y recursos extraordinarios para operar en el mundo. Una escenografía del horror siempre dispuesta a recibir requiere de una colocación dispuesta a ofrecer, a pesar de que su provisionalidad temporal y  contextual impida una integración plena, puesto que hay que repetirlo tantas veces como sea necesario: el mal, a pesar de su omnipresencia, nunca es integrable porque el rostro humano, el del prójimo, cualquiera que este sea, es manifestación de algo sagrado que nos solicita y nos llama en cualquier parte; a través de él se revela la dimensión de lo divino.

El Homo, homini sacra res, esto es, el hombre es lo sagrado para el hombre, proclamado por Séneca, sustituye al Homo homini Lupus est, non homo, quom qualis sit non novit  (lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, que desconoce quién es el otro)  que se ha erigido como principio rector de nuestras sociedades modernas y de nuestras vidas. Porque no, no somos lobos que siempre destruimos al Otro. Aunque caigamos en una cierta contradicción predomina nuestro carácter sagrado, nuestra humanitas,  que reside precisamente en ser seres salidos de la tierra, del humus; seres in-comparables, in-englobables, pero también trashumantes que cada mañana nos levantamos y miramos el horizonte para buscar el sustento, resistiendo el miedo al peligro de perder no sólo la libertad, sino también de encontrar o de convertirnos en blanco de una inhumanidad que nos  hace merecedores de todo menos de una mano amiga, de un corazón bondadoso y desinteresado.

El próximo martes 5 de marzo será publicado en Webislam la segunda parte de este texto.

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5 Comentarios

Dolors Magaagarca dijo el 26/02/2013 a las 15:42h:

Nadie nos había pedido que nos sintiéramos tan abandonados, pero hemos llegado a escurrirnos entre las voces sordas de las promesas y de las esperas. O eso he llegado a ver entre mis semejantes. Pocos lo están reconociendo. Sin embargo, tampoco conocen lo que ellos mismos necesitan. Nos hemos acomodado en nuestra comunidad llevados por un carro ajeno, dirigido por voces humanas que a la riqueza la llaman objetivo, de lo que se deduce que quien se hace rico, es afortunado. Nadie ha sabido hacerme rica, ni yo he sabido hacer rico a nadie, de lo que se desprende que yo trabajo para mí y tú para ti. ¿Y qué intereses comunes decimos tener? ¿Estar juntos? ¿Movernos entre nosotros desde la hospitalidad? La riqueza promete buena vida, pero eso es lo que creemos. Por esta razón, hemos olvidado detalles que la vida nos regala y que son los que más firmemente llenan el corazón de las personas. A pesar de esto, la razón ha advertido que no somos suficientemente capaces de generar felicidad. Unos l

Dolors Magaagarca dijo el 26/02/2013 a las 15:43h:

Unos le han perdido el rastro al sentido de la educación; otros, al sentido de la familia; otros, al sentido de la comunicación... Y así, el mundo ha dejado de tener sentido para muchos. ¿Qué estamos esperando? ¿Quién piensa que el mañana depara algo mejor? Estamos equivocados. Mientras estás contigo mismo estás perdiendo siempre algo mejor, y no te estás dando cuenta. Ahora bien, ¿podemos calcular cuán dependientes nos hemos hecho de lo que otros u otras cosas pueden hacer u operar en nosotros? Sobre todo, hemos dejado que se convierta en una epidemia, y hemos dejado de encontrar también el sentido y el valor de nuestras relaciones. Al mismo tiempo, nos hemos deshecho de nuestra plena capacidad, como seres humanos, de reconocer las cosas. Ahí mismo es donde todo pierde su significado. Ahí es cuando, entre todos vosotros, me encuentro completamente sola. Creo en la felicidad, como ser humano que soy y que la ha experimentado. Mas, ahora, cuando la necesito, no la tengo. La felicidad se

Dolors Magaagarca dijo el 26/02/2013 a las 15:43h:

La felicidad se ha convertido en esperas, en promesas, en ventas... Y así continuamente nos encontramos perdiendo oportunidades. Yo creo que la vida es algo mucho más importante que las oportunidades. La vida es desde que tú eres. Rastrea entre sus implicaciones y consecuencias y deshazte de la penosa herencia que nos ha legado la confusión humana.

Dolors Magaagarca dijo el 26/02/2013 a las 16:09h:

El contenido de este texto es un tesoro.

Reyna Carretero dijo el 19/06/2013 a las 08:21h:

Agradezco mucho tus comentarios Dolors Magaagarca, y me identifico con ellos. Un abrazo hospitalario desde México. Reyna Carretero


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