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Itinerarios en Bienes Comunes

A menudo se confunde bien común con bien público

07/03/2013 - Autor: Alain Ambrosi - Fuente: Webislam
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bien Común
Bien Comun
  1. Preámbulo
  2. El bien común está en boca de todos
  3. Definir el bien común
  4. Prácticas sociales diversas
  5. Un sistema de valores
  6. Un nuevo paradigma socio-económico
  7. Un movimiento global que se institucionaliza
  8. A modo de conclusión preliminar: vuelta a la educación y a la huelga estudiantil de Quebec

1. Preámbulo

El presente texto es el fruto de una mixtura de lecturas, conferencias, conversaciones y reflexiones sobre el tema que nos ocupa surgidas a raíz de mi experiencia, mi contexto socio-cultural y, por último, mi deseo de comunicar y contribuir a la cultura en movimiento de los bienes comunes.

Este texto se enriquecerá con otros enlaces y notas. Además, una aplicación permitirá contribuir y hacer un uso colaborativo del mismo. Seguiremos informando en la wiki de www.remixthecommons.org.

2. El bien común está en boca de todos

El aumento de savia refrescante del movimiento estudiantil no sólo ha atraído simpatías entre la población para su causa, sino que ha despertado la capacidad de indignación de un movimiento social multisectorial e intergeneracional que tan solo esperaba la llamada de esta Primavera Arce para hacerse escuchar y salir a la calle. Y la ola de "Combate es Futuro” no ha hecho que se deje de hablar de esta primavera ya que las manifestaciones que se avecinan van mucho más allá del ámbito de la educación. Las asociaciones, sindicatos y movimientos sociales que las convocan, trabajan en campos tan diversos como el medio ambiente, los recursos naturales, el trabajo, la salud, la vivienda, la educación y la cultura. El signo de adhesión de todas estas luchas es el bien común y es bajo esta bandera desde la que se impulsa la gran manifestación del 22 de abril con motivo del Día de la Tierra. En esta ocasión, las reivindicaciones de los quebequenses están en sintonía con una indignación mundial en materia de medio ambiente con la perspectiva de la reunión Río+20 de la ONU, paralela a la cual la Cumbre de los Pueblos se reúne... en torno al tema del bien común.

El bien común está en boca de todos lo cual es muy bueno. Pero aún hará falta precisar qué se entiende por este término que tan rápidamente se ha convertido en una palabra compuesta y adaptable utilizada en no pocas salsas, tanto en todos los discursos de la derecha de Harper y el Tea Party como de la izquierda. A menudo se confunde con el "bien público" o con los servicios públicos, no se hace mucha diferencia entre un bien común y un derecho fundamental y se habla desde hace poco de los bienes públicos globales, que son muy evocadores de la situación de nuestro planeta pero añaden más confusión.

Sería lamentable, sin embargo, que maniéramos este término hasta el punto de agotar su significado y que lo utilizáramos sin juicio. Es una lástima, ya que si el "bien común" se ha convertido en un punto de encuentro para los movimientos sociales de todo el mundo desde donde enfrentar la crisis de la civilización (económica, alimenticia, social, ambiental) a la que nos enfrentamos hoy, entonces es que más que una simple toma de posición filosófica, el bien común se presenta como un paradigma socio-económico fiable que se opone a las lógicas del mercado y del Estado, sin por ello negarlos o mucho menos excluirlos.

Una definición genérica del bien común debe reflejar tanto el sistema de valores que propone como la variedad de prácticas sociales que representa desde hace milenios hasta hoy en ámbitos tan diversos como la educación, la agricultura, la moneda, la investigación científica, el software libre, la soberanía alimenticia o la gestión de los recursos naturales.

3. Definir el bien común

En el marco de Remix the Commons, un proyecto colaborativo multimedia que trata el tema del bien común, preguntamos a personas de diferentes medios, diferentes culturas y diferente nivel de estudios que nos definan el "bien común" en una frase. Las respuestas son, en general, muy espontáneas, como si todo el mundo tuviera la intuición profunda de este concepto. Sin embargo, estas respuestas son tan variadas como personas responden.

Alguien puede responder que "el bien común es lo que nos pertenece a todos" y su vecino puede decir que "el bien común es lo que no pertenece a nadie". Tanto una como otra tienen razón y están equivocadas a la vez. Y tienen razón, porque si tomamos el aire que respiramos, por ejemplo, es para todos y no pertenece a nadie en particular. Ambos están equivocados porque en realidad el bien común no tiene nada que ver con la "pertenencia", sino con la utilización de un recurso. Para obtener el uso, no se trata de una cuestión de "propiedad" sino de "acceso" y si queremos que este uso sea compartido por todos de forma equitativa, hay que hacer una gestión democrática y participativa del recurso. De este modo, el acceso y la participación son temas centrales de los bienes comunes, existiendo múltiples formas de exclusión o cercos (aislamientos) de todo tipo (físicos, políticos, culturales, económicos) para evitar tanto el acceso como la participación. Esto produce que muchas personas den una definición de bien común desde la negativa, diciendo que "un bien común es lo que es susceptible de apropiación". El agua, los fondos marinos o la tierra de cultivo son por desgracia ejemplos de actualidad.

El bien común sienta en la misma mesa interés general e intereses particulares, pudiendo convertirse en objeto de lucha entre estos dos polos. El carácter profundamente político del bien común es lo que resume en términos filosóficos François Jullien cuando analiza y compara los diferentes conceptos de universal, uniforme y común y dice que: "el común es aquello de lo que formamos parte y aquello de lo que tomamos parte, que es algo que se comparte y de lo que se participa. Es por ello que es un concepto político en su origen: lo que se comparte es lo que nos hace pertenecer al mismo barrio".

Existen definiciones del bien común en los campos de la filosofía, del derecho, de la economía y de las ciencias políticas. A menudo se evoca que en tiempos de los romanos, ya se diferenciaba entre res communis o bien común, res nullis o bien personal y res publica o bien público. Actualmente diferenciamos en economía los diferentes tipos de bienes (privados, comunes, públicos) en función de la rivalidad y la exclusión. A un bien se le llama "no rival" cuando su uso por una persona no afecta en absoluto a la cantidad disponible de dicho bien y no impide por tanto su uso por otra. El aire que respiramos es un bien no rival. Un bien es "no-exclusivo" si es accesible a todos. Tanto los bienes públicos como los bienes comunes se oponen al bien privado ya que son bienes no-exclusivos. En términos económicos, un bien común se opone a un bien público en la rivalidad. Pero en términos políticos, es el modo de gestión lo que los distingue: del bien público se hace cargo el Estado, mientras que del bien común se hace cargo de la "Comunidad". Aún hay que ponerse de acuerdo sobre el concepto de comunidad, este "nosotros" que, tomado de forma extensiva, puede ir desde la junta de vecinos al conjunto de la población de la comuna, ya se trate de una ciudad, una nación, o toda la humanidad. Algunos llegan entonces a diferencias los bienes en función de si revelan una lógica de mercado, una lógica de Estado o una lógica social o "de la humanidad" (que sería la "comunidad" en su sentido más amplio).

Antes que utilizar estas definiciones técnicas que responden a exigencias de tipo económico o jurídico, nos decantamos por una definición genérica para la que las últimas reflexiones filosóficas, sociológicas o las investigaciones económicas sobre el bien común nos sirven de inspiración:

Hablamos de "bien común" cada vez que una comunidad de personas se ve animada por el mismo deseo de hacerse cargo de un recurso heredado o creado y que se auto-organiza de forma democrática, amistosa y responsable para garantizar el acceso, el uso y la perennidad, por el interés general y la preocupación del "buen vivir" entre todos y del buen vivir de las generaciones venideras.

El agua, el aire, los bosques así como los océanos y otros recursos naturales; una lengua, un paisaje, un código fuente informático, una obra o un edificio que ha pasado a dominio público, pueden ser tratados todos ellos como bienes comunes, y la lista no es exhaustiva. Los investigadores establecen tipologías de los Comunes que clasifican los bienes comunes, según sean naturales o culturales, materiales o inmateriales. El agua, el aire, los bosques, las tierras cultivables y los océanos, entre otros, son bienes comunes naturales mientras que la música, las artes, el saber popular o los conocimientos tradicionales, son bienes culturales. Los bienes comunes del conocimiento son inmateriales: la educación, la ciencia, la Internet, los contenidos de las bibliotecas, los derechos intelectuales, etc. Por último, clasificamos como bienes comunes globales: la biodiversidad, el espectro electromagnético, el calentamiento global, etc.

Lo que es por tanto importante retener de esto es que no sólo el recurso (natural o no) constituye el bien común, sino que es el recurso junto con la comunidad en acción y las reglas de gobierno que se desprenden de esta. Estos son los tres elementos unidos de forma indisociable que constituyen el bien común. En resumen podríamos decir que el bien común es, antes que una cosa, una práctica social: Se trata de un ser y un actuar conjunto para gestionar y asegurar la perennidad de un recurso para el interés general. Encontramos pues su carácter eminentemente político.

4. Prácticas sociales diversas

Los "Comunes" en nuestra civilización occidental hasta la Edad Media hacen referencia a los recursos naturales (pastos, bosques, fauna) a los que todos los miembros de una comunidad tenían acceso por igual y sobre los que se ponían de acuerdo para hacer un uso compartido y equitativo de manera razonada. Estos comunes hacían eco de prácticas milenarias como las de los pueblos autóctonos de América Latina, por ejemplo, para construir el "sumak kausay", conocido en español como el "buen vivir"; es decir, una vida en armonía con las personas y la naturaleza.

Hoy en día, las prácticas societales de bien común abundan en nuestro entorno y no por ello se proclaman en voz alta o se les pone una etiqueta. Algunas de nuestras sociedades de caza y pesca, la gestión participativa de los bosques y la renovación del trueque directo heredan directamente de los Comunes. También desvelan este mismo paradigma prácticas más modernas y recientes sobre uso compartido. Compartir coche, el couchsurfing o la financiación participativa (crowd funding), por ejemplo, son prácticas que se convierten en cotidianas y casi "naturales" para las nuevas generaciones, y ponen de manifiesto este paradigma en un mismo sentido. Pero más allá de lo que para algunos pueda parecer anecdótico y de poco impacto económico, nos damos cuenta, y la crisis ayuda, de que el paradigma de los Comunes toma cada vez mayor espacio en la cotidianeidad de la gente tanto en el espacio político como en la economía global. La comunidad de código abierto y de software libre es uno de los iconos modernos y, tras él, todos los movimientos de "acceso abierto" (open access) a la información, códigos fuente, datos públicos, datos científicos, etc. La proliferación y el paso de escala local a regional de las monedas complementarias y muchas prácticas de economía social y solidaria entran también dentro del paradigma de lo común.

5. Un sistema de valores

Lo que relaciona las múltiples prácticas de los bienes comunes es una misma lectura crítica y una concepción del mundo que aspira al "buen vivir", es decir, a la buena convivencia entre humanos, la armonía con la naturaleza y el desarrollo sostenible responsable y equitativo. Esta filosofía se basa en un sistema de valores que promueve la inclusión, la participación, la colaboración de igual a igual, el interés general, el respeto y la valoración de la diferencia y la hibridación. Este último aspecto (la diferencia y la hibridación de las culturas, generaciones, capacidades, etc.) se considera un punto a favor en la participación, la cooperación y la colaboración creativa. De la misma manera que notamos esta apertura al pluralismo, notamos también un rechazo al dogmatismo.

No se podrá decir, por ejemplo, que trabajando por el interés general, el bien común niega o excluye los intereses particulares. Enfrentando (más que situándose en oposición absoluta) a uno y a otro, diremos más bien que el bien común hace primar el interés general sobre el interés particular. Del mismo modo, el bien común hace primar lo colectivo sobre el individuo, la cooperación sobre la competición, el uso sobre la posesión, etc. Finalmente, notamos la importancia dada al afecto en las relaciones se evidencia el bien común. Entre las motivaciones que llevan a hombres y mujeres a estar y actuar juntos por un bien común que trascienda los intereses individuales, se encuentra la de que el deseo prima a menudo sobre la necesidad.

6. Un nuevo paradigma socio-económico

Estos últimos años hemos visto proliferar estudios sobre el bien común y análisis de su potencial como paradigma socio-económico que coexiste, sin excluirlos completamente,  con los paradigmas del mercado o del Estado. El Premio Nobel de Economía otorgado a Elinor Ostrom en 2009 por su trabajo sobre la gobernanza de los Comunes, marcó sin embargo un punto de inflexión reactivando las investigaciones. Inspirándonos en las prácticas de la comunidad del código abierto, hablamos ahora de la economía de la contribución o la economía de contribución creativa, mientras que otros, insistiendo más en el uso y prácticas de compartir, evocan una economía de la funcionalidad. Pero, de nuevo, lo que impresiona radica sobre todo en el crecimiento exponencial de nuevas prácticas y aplicaciones de co-creación colaborativa en los procesos de innovación social abierta y ascendente utilizando las nuevas tecnologías de la información (TIC) en áreas tan diversas como la agricultura y la alimentación, la producción cultural, la investigación científica, las monedas complementarias o la construcción de objetos manufacturados. El abono indispensable para este despliegue es una cultura digital inclusiva y participativa que responda de todos los valores de los comunes y que algunos querrían libre. Nuevos lugares de innovación abierta aparecen tales como los living labs, los media labs o los fab labs que promueven la aparición de nuevas formas de participación ciudadana poniendo de relieve las competencias y la capacidad de creación de los individuos, la valoración profesional ciudadana, la inteligencia colectiva ciudadana y el saber popular.

7. Un movimiento global que se institucionaliza

En la búsqueda de soluciones a la crisis de la civilización que la crisis financiera y económica de 2008 ha evidenciado, hemos asistido en los últimos años a una multiplicación de eventos, conferencias, manifiestos y otros posicionamientos políticos que se inscriben en el nuevo paradigma de los Comunes. Fundado, como hemos visto, en años de investigación, aunque sobre todo en prácticas societales de co-creación abierta cuyo ejemplo por excelencia es el software libre, nos encontramos ante un verdadero movimiento global de los Comunes que parece encontrar hoy su lugar y proponer soluciones alternativas. Las repetidas llamadas a una coalición de los comunes han suscitado encuentros multi-actores entre los defensores de los bienes comunes informáticos (software libre, open data, etc.), los bienes comunes naturales (agua, tierra, etc.) y bienes públicos sociales (salud, vivienda, educación, etc.). Ahora se vuelven habituales las reuniones entre activistas locales y empresarios, entre científicos y movimientos sociales. Surgen manifiestos internacionales para la recuperación de los bienes comunes. Las iniciativas para la creación de universidades de los bienes comunes emergen en diferentes países de Europa y América del Norte. Los movimientos sociales que participan en el Foro Social Mundial, en los primeros Foros Mundiales de Ciencias y Democracia, en las Cumbres internacionales de economía social y solidaria incluyen el bien común en su orden del día. Los indignados europeos y el movimiento Occupy de América del Norte han organizado foros públicos sobre el tema de los Comunes, con expertos de renombre internacional.

Pero lo más notable de esta institucionalización de los Comunes se traduce en su inscripción en el plano jurídico-legal y en el nivel más alto de las jurisdicciones de algunos países y de organismos internacionales. Las licencias Creative Commons permiten a los autores y creadores individuales o institucionales poner a disposición del público sus obras y trabajos bajo reglas que permitan su utilización, reproducción o difusión manteniendo los derechos de autor. La serie de licencias codificadas en Creative Commons permite al creador elegir por sí mismo las condiciones y límites de reutilización. Creative Commons, que es una alternativa a los copyright tradicionales, celebrará este año su décimo aniversario y acaba de lanzar su versión 4.0 que ya se ha expuesto a debate abierto al público. CC es reconocido en un número creciente de jurisdicciones nacionales (70) y muy recientemente el Banco Mundial acaba de adoptar el principio y las licencias. En 2011 había 500 millones de obras en la web que utilizaban alguna de las licencias CC.

El paso a la escala de prácticas y jurisdicciones de los comunes es más espectacular aún cuando las municipalidades, estados y organismos internacionales adoptan y promueven el principio. Algunos países contemplan el bien común en sus constituciones, como es el caso de Ecuador (el buen vivir) y de Bolivia (los derechos de la Naturaleza).

Municipalidades de diferentes países los han imitado, siendo la ciudad de Nápoles en Italia un ejemplo destacado. La Asamblea General de la ONU reconoció el derecho fundamental al agua y somete a estudio los Derechos de la Naturaleza. En junio de este año, Río +20, la conferencia de las naciones Unidas que conmemora el 20 aniversario de la primera Cumbre de la Tierra en esta misma ciudad de Río de Janeiro, deberá tener en cuenta este  movimiento de los bienes comunes. La "Cumbre de los Pueblos por la Justicia Social y Medioambiental para la defensa de los bienes comunes" organizada en paralelo por la sociedad civil, estará ahí para recordárselo.

8. A modo de conclusión preliminar: vuelta a la educación y a la huelga estudiantil de Quebec

Uno puede preguntarse dónde se sitúa el bien común en el campo de la educación. ¿Es el conocimiento, como tal, esta suma de saberes tradicionales, científicos, populares y ciudadanos que es un bien común? ¿O se trata de la transmisión de este conocimiento? ¿O quizás es ambas cosas?

En el plano internacional y en las legislaciones de los países democráticos, se reconoce la educación como derecho fundamental y generalmente se la considera un bien público. Esto es porque el conocimiento es un bien común que queremos preservar, enriquecer y transmitir a las generaciones futuras que hemos hecho de ella un bien público. Para ello, se ha delegado la gestión de este bien común al Estado, que trabaja por el interés general y crea las condiciones jurídico-legales y económicas para un acceso universal, una participación activa en la gestión y la calidad de la enseñanza. Y esta "delegación", que es el resultado de informes y luchas sociales, solo ha podido hacerse en el marco de un sistema democrático donde los representantes elegidos por el pueblo soberano deben responder de sus acciones ante la población. En Quebec es una verdadera revolución, aunque considerada "tranquila", que ha sido necesaria. Los resultados del informe Parent son uno de los primeros y principales ladrillos de esta revolución que ha consagrado la educación como derecho fundamental y universal y ha hecho de ella un bien público al alcance de todos. Las reivindicaciones estudiantiles de esta primavera de   2012 ponen en duda la buena gestión por parte del actual gobierno de la educación pública como bien público. Poniendo la accesibilidad a la cabeza de sus reivindicaciones, no sólo pretenden la congelación de los gastos de escolarización, sino una participación activa y una revisión de la gestión de las universidades en su conjunto. Su capacidad de iniciativa en el espacio público y su capacidad de interlocución en el ámbito político muestran una madurez admirable y una gran creatividad. Las propuestas que nos adelantan se basan en un análisis crítico y autónomo de la situación y las universidades y del sistema educativo que la sitúa en la perspectiva más amplia de los bienes comunes. El gobierno liberal del señor Charest, atascado como está en su lógica neoliberal y cuyos sobres marrones de corrupción son sólo la punta del iceberg de la colusión con el sector privado para la gestión de los bienes comunes y los servicios públicos, no puede aceptar sentarse en la misma mesa que estos estudiantes. Él no habla el mismo idioma y sin duda teme que, una vez expuestas a debate público, las alternativas propuestas, que reúnen ya a buena parte de la clase política e intelectual, se vuelvan obvias para aquellos y aquellas que aún no están convencidos de su rectitud.

Traducido por Beatriz García Quesada

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