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Yebel Musa

Camino de ascensión a la montaña sagrada

08/01/2013 - Autor: Jaled Ibarra - Fuente: La Línea del Horizonte
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Panorámica de Yebel Musa. Jaled Ibarra

«Dios es grande, Dios es grande, testifico que sólo hay un Dios y el profeta Muhammad es su enviado, acudid a la oración, acudid a la salvación, Dios es grande, sólo hay un Dios, Dios es grande».

La fuerte voz del Muecín resuena entre los acantilados rocosos de este pequeño valle perdido en el Sinaí. Un sonido ancestral que no tiene final, que recorre las cárcavas de arenisca, que sube por las palmeras polvorientas, que se introduce en las casas y penetra en los oidos de todos los que estamos aquí. El vello de los brazos se me eriza al escuchar la llamada a la oración o Adhan repetido incansablemente durante tantos siglos.

 

Acantilados rocosos de este pequeño valle en el Sinaí. Jaled Ibarra
 

La pequeña aldea resiste el calor del mediodía con construcciones de roca de las montañas de alrededor. La ubicación de esta población totalmente mimetizada con el entorno tiene relación directa con las cumbres que la rodean. Un monasterio copto con el nombre de Santa Catalina protege el camino de ascensión a la montaña sagrada que me ha traído hasta aquí. Desde sus origenes en el siglo VI siempre ha estado habitado por una comunidad que pertenece a la iglesia ortodoxa de Jerusalén. Aquí el profeta Moisés vio la zarza ardiente y desde aquí se toma el camino que asciende hasta la cumbre del Monte Sinaí o, como lo llaman por esta región, Yebel Musa. Allí la tradición cuenta que el profeta judío recibió las Tablas de la Ley en su encuentro con Dios. Por eso este lugar es importante tanto para judíos, cristianos y musulmanes.

 

Monasterio de Santa Catalina. Jaled Ibarra

 

He conseguido alojamiento en un albergue de beduínos que amablemente me reciben con los brazos abiertos. Se ofrecen para buscarme un guía. Mi habitación es un habitáculo pequeño y confortable en forma de cubo totalmente aislado, tanto del calor durante el dia como de las frías horas de la noche. Descanso tras ducha fresca y antes de la puesta del sol me asomo al centro de la aldea para relacionarme con la población. Los hombres visten una túnica blanca con un pañuelo del mismo color que les cubre la cabeza o con otro de cuadritos rojos típico de los beduinos de la Península de Arabia. Las mujeres visten en general de oscuro. Unos niños juegan al fútbol en una explanada polvorienta. Una nube de humo me informa en todo momento de dónde está la pelota.

 

Beduina. Jaled Ibarra

 

Llega la noche y, tras la compra de unos dulces energéticos, vuelvo a mi habitación para preparar el equipo fotográfico. El guía me espera sentado en la puerta. Es de mediana edad y no habla ni una palabra de inglés. Se llama Alí. Confirmamos la hora con la ayuda de los responsables del albergue y me retiro a cenar.

A las doce y media de la noche las estrellas inundan un cielo hermoso y frío. No hay luz y el silencio queda roto de vez en cuando por los ladridos de un perro. El guía está esperándome sentado en el mismo lugar. Se levanta al verme y me da la mano con el saludo islámico «la Paz de Dios» y con las linternas frontales encendidas nos alejamos de las viviendas por un pedregoso camino que se pierde en la más absoluta oscuridad. En seguida comienza la subida con una cuesta empinada rodeada por un muro de una casa aíslada. Nos vuelven a ladrar varios perros que no vemos. Como no podemos tener una conversación vamos callados. Mi imaginación se desborda mientras me fijo en cada piedra del camino. Sé que muy cerca está el monasterio de Santa Catalina que no puedo ver por falta de luz. Mi cabeza es como una sala de cine donde transcurre una película bíblica. Pasan las horas y las mismas piedras que esquivar. No siento el cansancio con una noche tan fresca. Me extraña que no encontremos a nadie. Tras dos horas llegamos a un refugio de montaña con una pequeña lámpara encendida tras un sucio cristal. Un joven con cara de dormido nos ofrece refrescos y café caliente. Hacemos una pequeña parada y mi guía se enciende un cigarrillo con papel de liar. Volvemos al camino y llegamos a un paso entre amenazadoras rocas a punto de precipitarse al vacío. La caída debe de ser potente, pero me lo tengo que imaginar. Justo al pasar aquel desfiladero aparecen luces en movimiento en clara ascensión. Como vamos rápido, alcanzamos a un grupo de cristianos ortodoxos rusos que quieren, como nosotros, amanecer en lo alto de la montaña. Los adelantamos con un saludo y comprobamos que hay más peregrinos gracias a la estela de luz que, como una luciérnaga alargada, nos va indicando dónde se encuentra la cima. Por fin llegamos y buscamos un rincón para descansar. Hombres y mujeres de numerosas nacionalidades y de las tres religiones del Libro se protegen del frío recostados entre las rocas. La pequeña ermita está cerrada. Me siento en una roca apartada al encuentro con el astro sol y me relajo. Todas las personas que quiero y que ya no están presentes en este mundo terrenal sonríen en mi mente. Doy gracias a Dios por este regalo.


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