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“La educación debe tornar las relaciones de dominación en simétricas e igualitarias”

Entrevista a Juan José Tamayo, en la que reflexiona sobre la utopía, objeto de su última obra

24/12/2012 - Autor: Antonio Chazarra / Pilar Cordelia Chazarra - Fuente: Escuela
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Juan José Tamayo es director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones, de la Universidad Carlos III de Madrid.

Acaba de aparecer "Invitación a la utopía, estudio histórico para tiempos de crisis" de Juan José Tamayo. Además de profesor, escritor, conferenciante y luchador a favor de los oprimidos, y de tender puentes para el diálogo entre las religiones, este palentino, nacido en 1946 en Amusco, es doctor en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca y doctor en Filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid. Dirige la Cátedra de Teología y Ciencia de las Religiones “Ignacio Ellacuría” en la Universidad Carlos III, y es profesor invitado de diferentes universidades nacionales e internacionales. Es cofundador y secretario general de la Asociación de Teólogos y Teólogas Juan XXIII. Se ha convertido, por sus estudios e investigaciones, en un referente imprescindible en filosofía de la religión, teología política y de la liberación, y en el diálogo interreligioso e intercultural.

Entre sus obras figuran Para comprender la Teología de la Liberación, Otra teología es posible o El pensamiento de Ernst Bloch.

Es un placer escuchar su palabra, tranquila y serena por ese viaje a tierras utópicas que constituye su última obra, donde somete a la utopía a una reflexión filosófica, se aborda su papel en la reflexión teológica, se analizan las críticas contra la utopía, con especial incidencia en el neoliberalismo y el pensamiento único, y se apuesta por su rehabilitación crítica como principio de esperanza y como motor para liberar al ser humano de la opresión, de la resignación y del conformismo.

En Invitación a la utopía habla del largo destierro de la utopía. ¿Qué quiere decir con esa expresión?

Que no corren vientos propicios para la utopía. Quizá nunca los hayan corrido y esa sea su característica principal: la de tener que avanzar contra viento y marea. La situación de destierro en que viven hoy las personas y los proyectos utópicos en nuestro mundo es muy similar a la de los poetas en la República de Platón. El filósofo griego los expulsa de ella alegando que son meros imitadores y no creadores; no contribuyen a la mejora de las ciudades ni han demostrado ser buenos legisladores; no han hecho ninguna invención, ni han realizado aportaciones propias de los sabios, ni han sido guías de la educación, ni alcanzan la verdad. Lo único que sabe es imitar, y la imitación es una niñería.

¿Ni siquiera en el campo del saber y de la vida cotidiana está presente?

Tampoco ahí. La utopía tiende a ser excluida de los diferentes campos del saber: de las ciencias –naturales y sociales– y de las letras, de la economía y de la ética, de la filosofía y de la teología, de la política y de la religión e, incluso, de la vida y del quehacer cotidiano. Hemos pasado de la tan jaleada consigna del 68 “seamos realistas, pidamos lo imposible” al “seamos realistas, atengámonos a los hechos”, del “fuera del sistema está la salvación” al “fuera del sistema no hay salvación”, tan afín al principio eclesiástico medieval excluyente “fuera de la Iglesia no hay salvación”.

¿Este destierro es de ahora o viene de lejos? 

No, no es un fenómeno nuevo. Desde el siglo XVI viene salvándose una vieja y virulenta pugna entre la razón utópica y la razón instrumental, que se ha manifestado de distintas formas.

¿Puede enumerar algunas?

Por ejemplo: entre el realismo político de El Príncipe, de Maquiavelo y el pensamiento utópico de Utopía, de Tomás Moro; entre la Revolución Francesa y las sucesivas restauraciones políticas posteriores; entre el liberalismo de tendencia humanista y el tradicionalismo católico; entre la revolución burguesa y la revolución socialista. Y, dentro de la tradición socialista, entre el socialismo utópico y el socialismo científico, así como entre el marxismo ortodoxo y el anarquismo; entre el neoliberalismo y el socialismo democrático.

La pugna se ha librado entre dos contendientes desiguales: la imaginación utópica, que aparece desarmada como el joven pastorcillo David, y la razón calculadora, armada hasta los dientes, como el gigante Goliat. Pero, a diferencia de lo que narra la historia bíblica, hasta ahora la victoria está del lado de la razón del más fuerte (Goliat) y no de la imaginación utópica (David).

¿Sigue produciéndose actualmente esa pugna? ¿Cómo?

Hoy la contienda tiene lugar entre los neoconservadores, que apelan al “sentido de la realidad” para convertirla en inmutable, y los utópicos, que apelan al “sin-sentido de la realidad” para intentar transformarla desde la raíz y proponer alternativas “con sentido”. Los primeros miran con desprecio a los segundos y critican a la utopía en su conjunto, sin ver en ella un solo atisbo positivo. Colocan a la utopía del lado de lo ideológico, y, como, según ellos, hoy nos encontramos en el final de las ideologías concluyen que también estamos llegando al final de las utopías. La sitúan del lado de lo irracional. Y, como lo que impera hoy es la razón instrumental, todo lo que va contra esa razón se considera no racional. La ubican del lado de lo político, económico, social y culturalmente incorrecto. Consideran la utopía como subversiva y desestabilizadora. Y eso, en tiempos de “orden y concierto”, debe ser combatido, recurriendo a la violencia, si preciso fuere, hasta su eliminación. Los neoconservadores, al defender una razón calculadora, donde todo está programado, combaten el carácter imprevisible, sorpresivo e incontrolable de la utopía.

La actual pugna entre la razón utópica y la razón instrumental me parece muy bien reflejada en un relato que leí hace muchos años en un libro del teólogo holandés Edward Schillebeeckx y que se me quedó grabado en la memoria. Es el siguiente: Una vez aterrizó un europeo con su avión en medio de un poblado de habitantes africanos que miraban atónitos al extraño pájaro grande. El aviador, orgulloso, dijo: “En un día he recorrido una distancia para la que antes necesitaba 30”. Entonces se adelantó un sabio jefe negro y preguntó: “Señor, ¿y qué hace con los 29 días restantes?”.

Se oye decir que la utopía de otro mundo posible se hace realidad con la globalización.

Es verdad, eso dicen los neoconservadores. Mientras destierran a la utopía de todo el territorio de lo humano y de la naturaleza, nos hacen creer que está haciéndose realidad a través de la globalización realmente existente. Con el capitalismo democrático, dirá Francis Fukuyama, la humanidad ha llegado al final de la historia y ya no se puede aspirar a más. Ha nacido el “último hombre”, el “hombre nuevo”. No hay nada nuevo que esperar, porque el objeto de la esperanza se ha logrado. No hay nada que hacer, porque todo está hecho. Han desaparecido las fronteras, la humanidad es una comunidad armónica. No hay que luchar por la utopía porque ya se ha hecho realidad.

Pero esa argumentación es una trampa en toda regla. La globalización no es la descripción de una realidad ideal, ni de un mundo sin fronteras. Es un proyecto imperial que pretende uniformar las culturas, controlar las economías y someter todo tipo de heterodoxia al pensamiento único. Es un manto con el que se quiere ocultar el fenómeno de la neocolonización del mundo por el capital multinacional. Es, a su vez, una construcción ideológica, y no la descripción del nuevo entorno económico.

¿Por qué está tan olvidado el pensamiento de Ernst Bloch? ¿Merecería la pena recuperarlo?

Está muy olvidado porque la esperanza y la utopía han sido desalojadas de todos los campos. Los utópicos, la propia utopía y las personas esperanzadas, los que tiran de la historia hacia delante, intentando subvertirla, han sido excluidos de la sociedad de distintas formas. Desde decirles que son unos ingenuos hasta que han perdido el sentido de la realidad. Hoy, llamar a una persona utópica no es precisamente un piropo. Son muchos los que afirman que la utopía está cerca de la fantasmagorería y no tiene razón de ser. Es necesario recuperar a Bloch. Es vital releer y repensar El principio esperanza. No hay que olvidar que esta obra se publica en castellano entre los años 77 y 80, y en los 90 el libro ya no está en la agenda. Durante diez o 15 años el pensamiento de Bloch no ha sido un referente. No es casualidad que durante ese tiempo se afianzara el pensamiento único y se intentara demoler todo atisbo de pensamiento utópico, todo pensamiento proyectivo hacia un mundo mejor. Bloch necesita ser rehabilitado, por las mismas razones por las que hay que rehabilitar el socialismo utópico. Engels escribió el opúsculo Del socialismo utópico al socialismo científico. Hoy, hay que hacer el viaje inverso, el viaje desde la razón científico-técnica, la razón de Estado y la razón neoliberal a la razón utópica, sensible y simbólica y ahí es donde Bloch nos puede ayudar. La misma democracia está sometida a la dictadura de los mercados. La filosofía de Bloch contiene principios de gran riqueza y dinamismo.

En varios de sus libros nos ha hablado de la mujer, ¿es el feminismo una utopía?

Para mí una de las grandes aportaciones del feminismo es la consideración de la mujer como sujeto ético y político, es decir, devolver a las mujeres algo que el patriarcado les había robado, su propia subjetividad. Al ser las mujeres sujetos éticos, tienen la capacidad de decidir por sí mismas, en todos los terrenos y verse libres del sometimiento a la moral y a la ética patriarcal. El feminismo es el reconocimiento de las mujeres como sujetos morales. Y, es a partir de ahí, donde asumen su propio protagonismo en la historia. Ciertamente, el feminismo es una utopía que va camino de hacerse realidad en algunas comunidades religiosas, por ejemplo, en el cistianismo, aunque con la feroz resistencia del Vaticano.

Se cumplen 50 años del Concilio Vaticano II, ¿qué huella queda hoy de este Concilio en la Iglesia? El Concilio Vaticano II fue una primavera maravillosa y de un esplendor extraordinario. Juan XXIII expresó muy bien sus propósitos e intenciones cuando dijo: “Este concilio pretende abrir las puertas y ventanas del Vaticano al aire fresco de la modernidad”. El problema es que esa primavera duró poco. Apenas los años de las sesiones (1962-1965) y luego hasta 1968. A esta primavera, sigue una larga invernada, en la que aún hoy nos encontramos.

En cuanto a lo que ha quedado del espíritu del Vaticano II, depende desde la óptica con que lo miremos. Si miramos a la cúpula de la Iglesia, no queda absolutamente nada. Juan Pablo II y más tarde Ratzinger no solo no aplicaron las reformas del Concilio, sino que tuvieron una actitud de claro retroceso. Suele hablarse de las tres hermenéuticas del Concilio: la de la ruptura, la de la reforma y la de la involución. Creo que la que ha predominado es la hermenéutica de la involución, que ha hecho retroceder a la Iglesia hasta posiciones anteriores al Concilio. Sin embargo, desde la óptica de las bases cristianas sí ha habido realización por parte de la teología de la liberación, las teologías modernas, la teología feminista, la teología del pluralismo religioso, los movimientos cristianos de solidaridad, etc.

¿Qué está cambiando en la sociedad española con respecto a la laicidad? 

Uno de los problemas políticos y religiosos que más me preocupa es el de la laicidad. Creo fi rmemente y, además, puede argumentarse de forma empírica, que la transición religiosa todavía no se ha realizado en España. El atraso en este campo es notable. No estamos en un Estado no confesional ni laico. Esto se debe a dos razones: el excesivo protagonismo que tiene, todavía, la Iglesia Católica no solo a nivel religioso, sino político; y, en segundo lugar, porque ese protagonismo, que no le corresponde, se lo han reconocido todos los gobiernos de la transición, por ejemplo, la Unión de Centro Democrático aprobando los acuerdos con la Santa Sede en 1979, los gobiernos socialistas aumentando la asignación tributaria del 0,5 al 0,7%… Todavía persisten muchos restos del nacional- catolicismo. Podría decirse que todos los gobiernos del período democrático, de una forma u otra, han sido rehenes de la Iglesia Católica.

Se ha hablado tanto de choque como de diálogo de civilizaciones, ¿cuál es tu opinión sobre este asunto?

Creo que la propuesta de Samuel Huntington es una de las más alocadas e irracionales que se han defendido como orientación y guía de la historia. No es cierto que haya un choque de civilizaciones, es más, las civilizaciones no han chocado nunca, quienes se han enfrentado han sido los imperios, los poderes absolutos. Las civilizaciones, por el contrario, se han construido dialógicamente. Todas las culturas se han construido a través de la interrelación y el diálogo con otras. Decir que vivimos en un tiempo de choque de civilizaciones es una auténtica irracionalidad e irresponsabilidad. En realidad, es una construcción ideológica del imperio para legitimar, más fácilmente, su dominio. Lo más preocupante de esta propuesta es que si tuviera visos de realidad convertiría el mundo en un coloso en llamas que nos llevaría a una situación apocalíptica.

La alternativa es el diálogo entre las culturas, el encuentro entre las religiones y, sobre todo, la lucha contra la pobreza. La solución del problema es articular adecuadamente estos elementos. Es muy importante el componente social. Hay que luchar por el principio de igualdad para que el diálogo de civilizaciones no se convierta en algo vacío e inoperante, en una tertulia de sobremesa.

En el conjunto de tu obra, uno de los temas recurrentes es la Teología de la Liberación. ¿Hay que seguir pensándola y repensándola?, ¿sigue interesando, hoy, en Latinoamérica y en España?

La Teología de la Liberación nace en América Latina a mediados de los años 60, para responder a una serie de desafíos. Es la época de las más férreas y sangrientas dictaduras que no respetan, en absoluto, los derechos humanos y que tienen totalmente marginadas a las mayorías populares. La Teología de la Liberación sabe escuchar el clamor del pueblo oprimido. La Teología de la Liberación, dirá Gustavo Gutiérrez, es una reflexión crítica sobre la praxis histórica, a la luz de la Palabra de Dios. Es una reflexión crítica, pero que parte de la praxis y del compromiso por los marginados y por los excluidos. Además, lo hace codo con codo con los movimientos de liberación de esa época.

Esto queda muy claro en una anécdota de Fernando Cardenal, hermano de Ernesto, jesuita y ministro de Educación, Juventud y Cultura de Nicaragua durante el Gobierno del Frente Sandinista de Liberación Nacional. El general de los jesuitas le llama y le dice: “Padre Fernando, usted es jesuita y tiene que elegir entre seguir siéndolo o continuar con sus responsabilidades como ministro del Frente Sandinista. Las dos cosas no son posibles, tiene que optar”. Fernando Cardenal le contesta con una respuesta proverbial: “Es posible que me equivoque, pero déjeme equivocarme a favor de los pobres porque la Iglesia se ha equivocado, a lo largo de la historia, a favor de los ricos”. Creo que esa es la clave de la Teología de la Liberación, poner al cristianismo del lado de los marginados.

Los adversarios de la Teología de la Liberación dicen que ha muerto. Rotundamente, no es cierto. Lo que ocurre es que ha cambiado de escenario.

Del conjunto de tu obra ¿cuáles serían los libros que te parecen más importantes, aquí y ahora?

Sin duda, serían tres. Para comprender la teología de la liberación, que ya está en la 6ª edición. Es un libro que ha sido muy estudiado y lo he actualizado con La teología de la liberación en el nuevo escenario político y religioso. Vendrían a ser como la columna vertebral de mi pensamiento.

Otro campo en el que he venido trabajando, con bastante rigor, es el de la fi osofía y la teología de la esperanza, donde me considero un discípulo de Bloch en los aspectos filosóficos y de Jürgen Moltmann en los teológicos. Creo que lo que he podido aportar en ese terreno es que la esperanza y la utopía son la espina dorsal de las religiones monoteístas. Lo que ha ocurrido es que las tres religiones han olvidado la esperanza y la utopía, y se han fundamentado sobre el dogma. No tiene que haber contradicciones entre utopías históricas y esperanza cristiana. La esperanza cristiana es esperanza para este mundo y para la existencia de otro mundo posible y mejor dentro de este y no en el más allá.

Finalmente, creo que Invitación a la utopía, estudio histórico para tiempo de crisis es relevante, ya que ayuda a mantener viva la esperanza en estos tiempos de tribulación, de crisis y de dolor.

Finalmente, te has distinguido como un firme defensor de la escuela pública y has venido participando en plataformas, encuentros y jornadas, propugnando un modelo de escuela democrático, integrador, igualitario y laico. ¿Cuáles son las consecuencias de la situación de postración que padece la escuela pública, hoy?

Desde mediados de la década de los 70 he venido participando en diferentes plataformas y colectivos en defensa de un nuevo paradigma de enseñanza con estas características: democrática y democratizadora, intercultural e interétnica, descolonizada y descolonizadora, contrahegemónica y no subalterna, igualitaria (no clínica) y respetuosa de las diferencias, crítica y autocrítica, ecológica y humanista, creadora y creativa, solidaria y no solipsista, dialógica y no autista, transformadora y no repetitiva, inclusiva e integradora, laica y no sexista, liberadora y emancipatoria, no directiva y generadora de libertad. Se me dirá que eso es una utopía. Claro que lo es, y hacia ella hay que tender. De lo contrario, se impone la repetición, el tedio, la abulia, la instalación en el orden establecido, y se educa en la reproducción de las relaciones de dominación y de poder de todo tipo: étnico-cultural, político, patriarcal, social, económico, etc. Cuando de lo que se trata en la educación es de revertir esas relaciones y tornarlas simétricas, igualitarias, en una palabra, fraterno-sororales.

Fuente: ESCUELA Núm. 3.965 (1.776)

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1 Comentarios

Samira Saker dijo el 24/12/2012 a las 13:46h:

Juan José Tamayo siempre acertado en sus pensamientos, creo que debe haber un equilibrio en todo, sin olvidar a los necesitados.saludos


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