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¿Qué es la tradición? (2)

Los tiempos míticos

29/11/2012 - Autor: Iahia ibn Said Al Andalusi - Fuente: shadilia.com.ar
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arios, semitas, antiquisima ciudad de la edad mítica
Reconstrucción de una ciudad mítica

El abuso racionalista recurre desde hace tiempo a las más absurdas quimeras para negar a Dios, reconocer la existencia y la unicidad de Dios es lo más lógico ante la evidencia histórica del como se conformó la vida civilizada, y de la existencia de Dios, deriva que por lógica Él debió comunicarse con la humanidad, de aqui la veracidad de la existencia de los Profetas, la paz sea con ellos.

Demos una mirada científica a los orígenes de la historia y disolvamos las quimeras imaginarias para entender que Dios esta mucho más cerca del ser humano, que el ser humano mismo.

El tiempo histórico

Para la ciencia de la historia, es necesario dividir el tiempo en períodos, incluso en la historia “pre-científica”, el tiempo pasado es siempre dividido en varios períodos, separados por hitos, hechos que denotan el cambio de una edad a otra, aunque muy pocos de los contemporáneos de estos eventos puedan suponer que más tarde serán tomados como un punto de quiebre.

Sin embargo, los historiadores engloban todo lo anterior a la escritura, a la que consideran “aparecida alrededor del -5000, en la prehistoria, y de ella se limitan a hablar de dos grandes períodos, separados únicamente por la aparición de la agricultura y algunos avances en la pulimentación de las herramientas de piedra: paleolítico y neolítico, casi a desgano, los ceñudos libros de historia, repasan rápidamente entre el neolítico y la época puramente histórica las edades de los metales, del cobre, el bronce y el hierro respectivamente. Pero este análisis es tan difícil, ya que la edad de los metales se monta sobre el período histórico aunque le precede en sus orígenes por miles de años, que resulta casi incómodo.

Sin embargo, no se debería imaginar al hombre antes del -5000 como un tosco ser irreflexivo, de este período proto-histórico, nos llegan demasiadas cosas para dejarlo sin más como una época de poco valor.

“No se puede sostener ya la opinión de que la humanidad haya salido lentamente de los abismos de la brutalidad animal”1.

Lo cierto es que sin que hasta hoy existan refutaciones al respecto, existió un extensísimo período donde el ser humano, totalmente civilizado ya, construyó grandes ciudades, vivió, amó y pensó, de este período nos quedan por un lado nombres sueltos, que en realidad dicen bien poco, y que o bien son los nombres de cosas cuyos restos hoy existen aún, como Troya o Stonhedge; o de asuntos que se repiten en las historias y leyendas orales de pueblos sin contacto alguno, como el diluvio.

Pues bien a este extensísimo período, como mínimo igual al tiempo transcurrido entre la aparición de la escritura y la llegada del hombre a la luna, la investigación en los elementos que sobreviven en las formas históricas nos permiten conocer algo, muy poco en relación al enorme tiempo que abarca, pero sabemos, por ejemplo que los cuentos compilados por Grimm en Europa, son idénticos a los cuentos infantiles que aún hoy se narran como puramente indios en el norte de la India, “Blancanieves”, “Encarnada como la Rosa”, y muchos más, son mucho más que relatos infantiles, son piezas del período proto-histórico, al que con gran acierto se da muchas veces en denominar “mítico”.

La historia antes de la historia

Este período debió necesariamente, por su duración muy extensa, ser testigo de una vida material y espiritualmente muy rica, pero la ausencia de testimonios escritos nos hacen ignorarlo groseramente.

Sin embargo, si por la tradición oral nos han llegado narraciones, muchas de las cuales fueron puestas por escrito en la antigüedad en forma de lo que, casi subestimándolos denominamos mitos y leyendas. En diferentes momentos de esta extensa edad, debieron, casi necesariamente, vivir las personas históricas que dieron lugar a narraciones poéticas, considerando que el lenguaje poético parase ser muy anterior a la prosa, tales como el Gilgamesh semita o el Yima indoeuropeo. Incluso nos ha quedado de esta época, como una realidad de la que casi nada sabemos la “gran migración de los arios”, es decir, la llegada de los europeos a Europa, de la cual por lo antedicho respecto a las historias recogidas por Grimm,  estas son anteriores.

Rigor científico y conjeturas, los dragones no existen.

Pero claro, a todo lo que se diga sobre esta edad, hay que asignarle un valor científico muy precario, el lenguaje poético es bello, pero no se lleva con la ciencia, y lo mismo ocurre con la transmisión oral, al menos si consideramos “la ciencia” a la luz de nuestra concepción actual, heredera del racionalismo.

Sin embargo, basta un ejemplo simple para observar que de muchas civilizaciones muy posteriores al -5000 sabemos lo mismo que de las personas que vivieron en la edad mítica, en cuanto a cantidad de datos al menos, y también podemos observar como la historia se convierte en mito “poco creíble”.

Al encontrarnos con narraciones como “El cantar de los Nibelungos”, podemos con certeza saber que estamos frente al relato poético, mítico, de hechos que de alguna manera debieron ocurrir. Efectivamente, sabemos que los dragones no existen, pero ¿qué podría suponer un hombre, digamos entre los siglos –VII y XVII que eran los huesos de dinosaurio que se encontraban a flor de tierra en la isla de Capri?

Evidentemente no podría caber duda de que eran las osamentas de algún dragón,  Claro, esto exacerbó sin duda el agregado de elementos fantásticos a una literatura ya de época totalmente histórica. ¿Qué esperar entonces de los relatos que nos llegan del período mítico? Un altísimo grado de agregados, sin contar con que al observar la estructura, por ejemplo del poema de Gilgamesh, no existe un “hilo conductor” en el sentido de las narraciones modernas. Es necesario pues, desmenuzar cada retazo de las historias de la edad mítica para extraer los elementos que pueden inducirnos a reconstruir un evento.

No se trata de una tarea tan compleja y casi imposible como pudiese parecer, al menos si observamos, como decíamos al citar el caso de “Los Nibelungos” que si deseamos investigar la antigüedad tardía y la alta edad media, chocamos con dificultades análogas sino idénticas.

Inténtese reunir todo lo que sabemos de los Teucros u los Avernos, o incluso de la Heptarquía Anglosajona, evidentemente no es el lapso de tiempo transcurrido, sino la transmisión de las narraciones y sobre todo la sobrevaloración de “lo clásico”, en desmedro de lo “preclásico”, hija del humanismo, lo que hace que sepamos más de Grecia en el siglo –V que de Inglaterra en el siglo VI. Este fenómeno es observable en multiplicidad de casos; Sócrates no escribió, sin embargo es clásico, luego sabemos de él más que de cualquier filósofo griego anterior.

Y es que el movimiento clasicista, entre el renacimiento y el siglo XVIII, identificó la antigüedad clásica con las raíces de la cultura occidental, mientras que las verdaderas raíces, mucho más antiguas y profundas, fueron ocultadas bajo una de esas habituales farsas de la historia, todo lo pre-clásico quedó tachado de barbarie, de pertenecer a una época donde el ser humano era aún medio animal medio humano. Pero las propias narraciones clásicas ya nos indicaban que esto no fue así, la contradicción entre el texto escolar y la realidad es tan evidente que basta citar unos pocos ejemplos. Nínive era solamente una palabra para referirse a una ciudad legendaria, hasta que Layard un buen día, para trastocarlo todo, ¡desenterró las ruinas de Nínive!, Troya era un mito, hasta que Schliemann desenterró la ciudad; y no una, sino siete fundaciones superpuestas, y aunque fuese una sola sería igual, alguien podrá objetar que Troya existía y estaba poblada a principios del período histórico, lo cual es cierto, pero la inexistencia (o la falta de hallazgos) de crónicas de aquella época, viene a ratificar que la edad mítica y la edad histórica se engarzan y se superponen durante un extenso período.

Palabras sueltas

Para adquirir más datos sobre la que, también él, llamó “edad mítica”, Müller recurrió a la filología, trabajosamente elaboró tablas comparativas de palabras que demuestran la similitud de vocablos del sánscrito, el gaélico, el griego, el latín, el letón, el alemán antiguo, llegando finalmente a la conclusión de que todas las lenguas arias, y análogamente las semitas, derivan de un lejano idioma ancestral, anterior a la migración de los arios.

El problema de la mentalidad y el espíritu

Luego de establecer que verdaderamente existe un extenso período de gran actividad intelectual anterior a los hallazgos de escritura, es necesario observar que un hombre, digamos del -7000, necesariamente vería el mundo con ojos muy diferentes a los de nuestros contemporáneos, y necesariamente se expresaría en forma muy diferente.
El mayor problema que encontramos al intentar revisar científicamente la época mítica, que es indudablemente un punto de partida ineludible para la tradición, es que muchas personas de imaginación vivaz y escaso sentido del rigor de la ciencia, gustaron y gustan de las explicaciones mágicas.

Si las narraciones que se pueden rastrar a la época mítica, como “Blancanieves” o “Encarnada como la Rosa”, son la narración poética y tal vez alegórica, de hechos que ocurrieron, deberíamos ser muy cautos e intentar despojar del elemento fantástico del lenguaje a estas fuentes, para obtener un resultado científico. Pero esto es simplemente aburrido para muchos, requiere conocimientos de historia y filología que pocos reúnen, y en definitiva es un trabajo tan arduo que resulta mucho más atractivo para el siempre dado a las salidas fáciles, conjeturar rápidamente.

He aquí el problema fundamental de no comprender la realidad de las cosas, el dualismo insidioso entre lo natural y lo sobrenatural.

En una antiquísima inscripción egipcia se entiende “Seth nos enseñó que no debemos comer la carne de las personas”. Seth es como todos saben, el nombre de un dios del panteón egipcio, sin embargo, la conclusión más lógica respecto a esta inscripción, debería ser que un hombre llamado “Seth” vivió en algún momento, tal vez fuese un profeta, o un gnóstico, y evidentemente transmitió leyes en alguno de los antiguos nomos egipcios, luego al pasar el tiempo la acción corruptora de la imaginación politeísta lo deificó.

El mezclarse de la edad mítica con la edad histórica, es una época de deformación, que destruyó el conocimiento cabal de la edad más antigua. La distancia geográfica y temporal no fue el gran asesino, sino la imaginación pagana.

Hasta que a algún sacerdote–mago se le ocurrió la peregrina idea de que Angra-Manyu es el nombre de un dios, el zoroastrismo veneraba solo a Dios, pero si, como casi con seguridad lo fue, aunque no podemos afirmarlo, Zaratustra era un Profeta, lógicamente su mensaje fue monoteísta, y la introducción de Angra-Manyu, Ishtar y las  divinidades en el Avesta es una invención posterior. Esto no es raro, basta observar la diferencia entre la promulgación de Jesús –as- y la promulgación eclesiástica para observar como aparece el culto trinitario, el culto mariano, el culto a cientos de santos y santas; y como aún hoy aparece el culto a nuevos piadosos difuntos, sepultando el monoteísmo, esencia de la revelación bajo el monumento de la idolatría.

1-Max Müller, “Mitología Comparada”, Ed. Teorema, Barcelona


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